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8
ANTROPOLOGÍA DE UN BURRO INOCENTE
1) Un relato protagonizado por un animal tiene de mano visos de fábula, pero en la seriedad de esta película de Bresson no cabe lo naif. La pensó durante quince años y la realizó casi ensamblada con “Mouchette”. Primera obra completamente suya, es también la más compleja, con más personajes implicados.
Los ojos del burro, testigos de un mundo dominado por impulsos destructivos, son el hilo conductor. El animal sirve de perfecto ‘modelo’ bressoniano: no actúa ni interpreta. Sin amaestrar, era del todo materia en bruto para filmar, y presencia muy conmovedora en varias escenas.

2) La vida del burro empieza y termina en la montaña, entre campanas de ovejas, pero transcurre entre hombres en los valles donde, tras un periodo como juguetona mascota de unos niños que lo bautizan como Balthazar, conocerá de golpe el trabajo: el látigo y la herradura, las vueltas a la noria, tirar del carro y el arado, arrastrar cargas, pasando de un dueño a otro, y conociendo el repertorio de lo cruel con el labrador, los panaderos y su brutal recadero, con el borracho, el circo (donde Balthazar brilla efímero como asno matemático), el comerciante de grano …
En paralelo discurre la vida de su primera dueña, Marie, otra víctima, maltratada por el recadero Gerard, a cuya tiranía es incapaz de sustraerse.
El paralelismo permite evitar la estructura episódica simple, dando ritmo a un relato que, centrado sólo en la azarosa vida de Balthazar habría quedado muy estático.

3) En cada película Bresson alcanza el límite de la austeridad estilística, y en la siguiente, mediante poda y despojamiento radicales, la depura aún más. Quita varias escenas del guión, apurando las elipsis.
Parte de dos esquemas: la visión cíclica de los periodos vitales (infancia, caricias; madurez, trabajo; plenitud, talento; vejez, aproximación mística a la muerte), y el trayecto a través de las lacras morales, descritas como algo natural.
Los organiza sin que parezca un sistema; muy ordenado, pero sin que se note. Como mezcla Schubert, rebuznos, canciones de guateque, jazz y petardos…
La culminante escena en que Balthazar se encuentra, presentados desde su punto de vista, uno por uno con los animales del circo, marca al espectador la pauta de total distanciamiento de lo humano.

4) En entrevista con Godard (V-66), Bresson consideraba esta película la más libre de las suyas hasta entonces; en la que más había puesto de sí mismo.
Comentaba sus creencias jansenistas sobre azar y predestinación: por especial 'azar', el pasaje de “El Idiota” dostoievskiano donde alguien al ver un asno tiene una revelación, le sugirió de pronto una película protagonizada por un burro. Como pintor que era, Bresson veía plásticamente atractiva la cabeza del animal.

Con seco fatalismo, los azares de Balthazar entre los hombres hablan del porvenir de la bondad en un mundo donde tiene poco sitio.
La única salida, se diría, es la desnuda pureza en que Bresson vuelca del todo su arte.

(8,5)
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94 de 97 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
Los siete amos de Baltasar
Séptimo largometraje del francés Robert Bresson, considerado uno de los mejores de su filmografía. Escrito por él, se inspira en un pasaje de "El idiota" (1869), de Dostoievski. Se rueda en exteriores y escenarios reales de Guyancourt (Yvelines, Francia). Obtiene el premio OCIC, de Venecia. Producido por Mag Bodard ("Moustache", "Piel de asno"), se estrena el 25-V-1966 (Francia).

La acción dramática tiene lugar en una villa indeterminada de la campiña francesa. Tras su nacimiento en una granja, el burro es adquirido por el padre de Marie, que lo usa como animal doméstico de juegos y compañía de los hijos. La bancarrota le obliga a venderlo y a partir de entonces su propiedad pasa de mano en mano. Sirve sucesivamente como animal de carga, de tiro, de arrastre, de trabajo agrícola, de reparto domiciliario de pan, de atracción de circo, etc. El burro es noble, paciente, sufrido, sacrificado, resistente y diligente. Con su sencillez y naturalidad se gana el corazón del espectador. El padre de Marie (Asselin) es orgulloso e inmensamente terco. Gérard (Lafarge), líder de la pandilla de chicos, es vanidoso y malvado. La gente del pueblo es miserable, cruel, egoísta y estúpida.

El film se presenta dividido en episodios o viñetas, que cubren el ciclo vital completo de Baltasar. Muestra los cambios azarosos que sufre su vida y, a cierta distancia, expone algunos de los cambios que experimenta la vida de Marie (Wiazemsky) entre la infancia y la adolescencia. De la mano de ambos explora la naturaleza del ser humano, su crueldad innata, sus impulsos violentos, sus conductas destructivas, su debilidad y su perversidad natural.

Frente a esta realidad, el burro simboliza la virtud, la perfección y la gracia. Para Bresson el asno viene a ser en cierto modo la imagen de las personas humanas: el burro y éstas no tienen el control del mundo que les rodea y de los acontecimientos que marcan sus vidas. Para Bresson la facultad de pensar no permite al ser humano gestionar ni sus decisiones de respuesta ni su entorno. Lo ilustra con un ejemplo: Marie a la hora de elegir entre la bondad y el afecto de Jacques, su amigo de la infancia, y la brillante perversidad de Gérard, opta por éste, pese a que la maltrata, abusa de ella y la desprecia. La perversidad ejerce sobre el ser humano una fuerza de atracción tan grande y eficaz que convierte la libertad en una ilusión. El bautismo de Baltasar revela la creencia del realizador de que todos los seres vivos, no sólo los humanos, están destinados a la inmortalidad.

La narración es austera, depurada y clasicista. Lleva la sobriedad a posiciones extremas. Excluye de la imagen todo lo que suscita intriga, todo lo pintoresco, todo lo que puede llamar la atención, todo lo que trasmite respiración y pálpito (el paisaje).
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64 de 67 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
El santo
El cine de Bresson es la eterna historia de la gracia del hombre tras las rejas.

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Jansenio afirmaba que a todo ser humano se le presta el auxilio de la gracia divina. No obstante, distingue entre dos tipos de gracia: suficiente y eficaz. "Adán era libre de acto y poseía la gracia suficiente para evitar el pecado. En el Paraíso, no actuó según la gracia eficaz, pues su gusto por la manzana (delectatio terrestris) le hizo pecar. Para Jansenio, la gracia eficaz es la única gracia absoluta, está predestinada, y no todos la poseen".

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Robert Bresson, riguroso jansenista, pareció idear a todos los personajes de sus películas siguiendo la máxima "Dios ha predestinado a unos a la salvación y a otros a la condenación".

Baltasar, al comienzo de la película, es bautizado. Esto, aparte de símbolo de igualdad animal, adquiere dimensión jansenista: el burro también tiene auxilio de Dios; más aun, es modelo de no-fuente de pecado; es decir, de 'gracia eficaz'. ¿Acaso puede el burro pecar, como Michel, como el cura rural, como Thérèse... como Adán y Eva? No hay en él asomo de vanidad, de egoísmo, de necedad: está predestinado a la pureza espiritual total.

Baltasar es el ejemplo perfecto de gracia eficaz. No sólo eso, sino que en varias escenas, parece personificar la propia gracia de los personajes humanos de la película, que estos, con sus actos, se empeñan en ignorar o abandonar. Ejemplos:

A - Marie, ama de Baltasar, se encuentra dentro de un coche, a punto de mantener relaciones con un muchacho. En el último momento, parece arrepentirse y escapa. El muchacho sale del coche y corre tras ella. Ella se refugia tras el burro, y él intenta alcanzarla; ambos rodean al burro; uno persiguiendo, la otra esquivando. Ella parece pensárselo mejor, se separa del burro y decide abandonarse al pecado. El burro, la gracia, tras esto, ya no aparece.

B - El segundo dueño de Baltasar, alcohólico, despierta en plena noche y, entre sudores fríos, promete que nunca más volverá a beber. Aparece un plano de la cara de Baltasar. Al día siguiente, le podemos ver en el bar, ignorando su afirmación. Lo siguiente que hace, una vez ebrio, es lanzarle al burro una silla o una botella de vidrio vacía... El burro, la gracia, finalmente, le abandona, cabizbajo.

A remarcar, la escena en la que Baltasar es llevado al circo y observa al resto de animales. Un tigre, un oso, un mono, un elefante. Todos enjaulados. ¿No es una forma que tiene Bresson de mostrarnos cuál es el lugar de la gracia en el mundo de los hombres? ¿Acaso no simbolizan cada uno de ellos la virtud de la que uno, dos, tres y cuatro hombres reniegan? ¿Así es el mundo, como para que a los puros les custodien barrotes de hierro?

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Esta interpretación religiosa no invalida, de ningún modo, el plano físico del maltrato animal.

Bresson muestra, sin dramatizar, la severidad de trato; ante la que Baltasar guarda el sacrificado silencio del animal. Y Baltasar no hacía más que, entre rebuzno y rebuzno, avisarnos, con su clarividencia: estuvo constantemente asomado al sinsentido de los hombres, al martirio, a la levedad, a la insignificancia, a la debilidad. Baltasar, como ellos, tuvo sed, tuvo hambre, sufrió el dolor; pero, a diferencia de ellos, no lo creó. Más aún: no lo buscó. Marie buscaba constantemente el desamor. El alcóholico buscó constantemente la botella.

Baltasar no pudo comunicarse con ningún humano, al menos en el sentido formal y lógico; pero fue un modelo; un espejo en el que el humano pudo, y no quiso, mirarse. Baltasar emergió puro, paseó entre nosotros, vilipendiado, chamuscada su cola, herido en el costado; desapareció puro, entre los corderos que se lo llevaron, dejando su cuerpo como cenotafio, un animal que vivió entre bestias que no eran hermanas. La misma inocencia de la que surgió, fue la encargada de recogerlo y llevárselo. Sólo una derrumbada mujer logró entender, y decir que Baltasar 'era un santo'.

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"¿Qué sería de nuestras tragedias si un insecto nos presentara las suyas?" (Emil Michel Ciorán)

Bresson decía... "el cine es movimiento interior". Aquí, lleva al paroxismo su estereotipo de personaje 'bressoniano'; un burro no dramatiza, no se rebela, no grita, no exterioriza ni polariza su emoción. Y las desavenencias por las que circula su existencia son similares a las nuestras. El impacto es igual de duro.

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Curioso que la vida de Baltasar; entre latigazos, trabajo de carga y necedades, tras esos acuosos ojos, con una muerte anónima, no se diferenció demasiado de la nuestra.

Gracias.
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55 de 55 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
El último rey mago
“Podría resumir la idea de la película diciendo que muestra el ajetreo y las pasiones de los seres humanos frente a un asno.”

Yo le daría, en cierto modo, la vuelta a estas palabras de Robert Bresson y diría que Balthazar es un espejo neutro e interior en que se imprimen y reflejan los vicios de los hombres. No se trata de ofrecer una imagen externa y aparente, sino de vislumbrarnos –nosotros, los espectadores– por dentro y en profundidad, a través de una mirada, la del asno, que es a la vez testigo y enlace entre el que observa y lo observado.

Bresson, como Yasujiro Ozu, utilizaba un único objetivo de 50 mm. Un objetivo, en palabras de Ghislain Cloquet (director de fotografía del film) “bastante restrictivo, que impone límites extremadamente precisos. Fuente, como toda regla un poco severa, de consecuencias absolutamente inesperadas y maravillosas.” Para mí, los límites que impone en este caso el objetivo son los límites de la visión de Balthazar; una visión que, como he señalado, me parece neutra e interior y viene reforzada por los ángulos en que se toma cada imagen. Viendo la película no puedo evitar la sensación de que lo que acontece siempre viene tamizado por esa mirada, una mirada acuosa que invita a que el espectador añada al film sus propias emociones.

El director francés renegaba de la puesta en escena, idea proveniente del teatro y que ha campado a sus anchas en el cine, y abogaba, más bien, por una “puesta en orden” de los elementos, gracias, por un lado, al poder de la cámara y el magnetófono y, por otro, mediante el uso del montaje. «Para mí, el cinematógrafo es el arte de que cada cosa esté en su sitio. Algo en lo que se asemeja al resto de las artes. Es conocida la anécdota de Johann Sebastian Bach interpretando una pieza para un alumno. Viendo que el alumno desbordaba de admiración, el maestro le dijo: “No hay nada que admirar, se trata sólo de pulsar la tecla justa en el momento adecuado y el órgano hace el resto” ».

Robert Bresson creía en el automatismo. Pensaba que “la vida no se puede copiar. Hay que tratar de encontrar un truco para llegar a la vida sin copiarla. Si se la copia, lo que se obtiene es falso. Por medio de lo mecánico creo que se puede llegar a lo verdadero, incluso a lo real.” Por ello vacía de expresión profesional a sus modelos y busca en ellos el automatismo. Y por ello el asno que utiliza no estaba previamente amaestrado (una vez rodadas casi todas sus escenas, tuvo que esperar dos meses a que un adiestrador lo preparara para realizar los planos en el circo). “Recreo [la vida] a partir de elementos tomados de la realidad en bruto. Y poniendo esos elementos, sean sonidos o imágenes, unos junto a otros, se produce de repente una transformación en la que hay vida. No es vida natural, ni propia del teatro, ni tampoco literaria, es la vida del cinematógrafo.” De ahí que el montaje sea capital.

Encuentro en una intervención de François Reichenbach en la que habla de ‘Au hasard Balthazar’ una exquisita explicación del uso que el director francés hace del sonido en esta cinta: “(…) me ha conmovido aún más que de costumbre, porque hay menos palabras de lo habitual y, cada vez que éstas llegaban, me producían un shock. Soy, ante todo, músico; y he disfrutado como músico del film. He amado los silencios que realzan el valor de los efectos de sonido, y los sonidos que traen la música, y la música que concede la palabra a la palabra.”

Ritmo, color (cálido o frío), sentido, en ese orden. Así es la jerarquía de Bresson. “Diría que en este arte que se apoya en las imágenes, el espectador ha de perder toda noción de imagen y ha de ser absorbido por un ritmo que lo arrastre. Nunca, en ningún arte, el ritmo ha sido tan esencial. Es necesario que cosas que hubieras sido olvidadas de inmediato se recuerden por el hecho de haber sido atrapadas por el ritmo.” De ahí el aplanamiento de la imagen y el cuidado minucioso y obsesivo por el orden, los efectos de sonido, la música, el silencio. Sus películas podrían leerse o escucharse como una partitura. Cada vez que suena Schubert, algo se transmuta en la pantalla; la música, en Bresson, no es nunca de relleno. No acompaña, transforma.

En ‘Au hasard Balthazar’, el director da la impresión de conocer muy bien lo que persigue, pero siempre abierto a la improvisación. “Creo firmemente en el trabajo intuitivo, pero sólo si viene precedido por una larga reflexión.” Bautizó con nombre bíblico al protagonista, y el film tiene, en efecto, resonancias bíblicas –el asno es animal que figura en varios episodios del Antiguo y Nuevo Testamento–. “Es, además, un santo”, declara la madre de Marie.

[Continúo mi exposición en el ‘spoiler’, desmenuzando el desenlace.]
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33 de 33 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
Robert Bresson es aire
Con el rebuzno de un asno el idita alcanzó la revelación espiritual. El Cine adquirió por fin, una desnudez extrema. Peligrosa. Ya no existe dependencia: ni en los mismos planos fotográficos casi pictóricos y/o arquitectónicos, ni en el rugir de las notas de esa bella sonata de Schubert, ni en ese Idiota siquiera. Queda el aire que lo llena todo.

Jacques (Walter Green) y Marie (Anne Wiazemsky) graban la pureza sobre el banco de madera, para que el tiempo sea testigo, para que quizá la Providencia los recuerde más allá de la efímera presencia terrenal. Y la luz lo inunda todo y la noche nos saluda con coronas de flores y deseos subyugados.

Miramos frente a frente a esa condición humana. Al azar que crea vida y al mismo tiempo la destruye. Miramos frente a frente. Encarcelados en un destino caprichoso, feriantes con vanidad de artista.

Vida y lenguaje depurado hasta casi la inexistencia. Y después no queda nada. Excepto el aire, que lo llena todo.
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29 de 35 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
Bresson el animalista
"... para practicar de este modo la lectura como arte se necesita ante todo una cosa que es precisamente hoy en día la más olvidada... una cosa para la cual se ha de ser casi vaca y, en todo caso no hombre moderno: el rumiar. "

Recupero estas palabras de Nietzsche de "La Genealogía de la Moral" porque valen más que cualquier crítica que pueda escribir. En realidad la consideración moral de las vacas por parte de Nietzsche no dista de ese episodio de iluminación tras ver un burro en el ya citado pasaje de Dostoievski en "El Idiota".

“Au Hasard Balthazar” es el mejor reflejo de la miseria animal humana, porque aunque el burro Baltazhar no es humano, es un animal como tú, como yo y como el vecino del quinto. Es decir, es un ser con la fea costumbre de querer comer y beber todos los días, un individuo con necesidades tan extravagantes como necesitar cagar y mear tranquilo, con necesidades sexuales que le lleven a querer follar de vez en cuando y de cuando en vez, y con una incomprensible respuesta a los estímulos que le sumen en el terror al escuchar la explosión de unos petardos, a rebuznar cuando reconoce a uno de sus maltratadotes, a temblar cuando está cubierto de nieve o a buscar cobijo cuando consigue deshacerse de otro de sus “dueños”. Dentro de sus aspiraciones existenciales, un burro es un ser descabellado, culpable de pretender crear clanes aunque no sean de su especie (véanse las ovejas). Y que por extraño que parezca, se echa a correr cuando le queman la cola, o agacha la cabeza cuando alguien le acaricia, hablamos de un objeto capaz de reír o de llorar. Qué desfachatez.

El valor de esta película reside en que Bresson otorga los mismos privilegios a los animales humanos que la interpretan que a Baltazhar, un burro. No crea fisuras en el tratamiento porque no distingue diferencias entre dos individuos por su especie. Es decir, Bresson se toma en serio a Baltazhar, de ahí que no buscase un burro adiestrado para hacer la película, buscó a un burro sin más, no busca el antropomorfismo del animal no humano, busca la misma honestidad que en un actor primerizo o inexperto. Y si se ha alabado en multitud de ocasiones el humanismo en el cine de Bresson hay que quitarse el sombrero ante su sorprendente animalismo, su inteligencia y su empatía.

(Sigo en spoiler por falta de espacio)
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21 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
Bresson y Dios
La obra de Bresson me parece presidida por cuatro categorías fundamentales: gracia, predestinación, libertad y pecado, que podríamos imaginar dispuestas en forma de cruz: a ambos lados, formando el tramo horizontal, la libertad y la predestinación, en un combate perpetuo que nunca deja de manifestarse en este mundo. En el eje vertical, arriba y abajo, la gracia y el pecado («la gravedad y la gracia», que decía Simone Weil). En el centro, el alma humana sometida a esa cuádruple y heterogénea tensión. Y podemos imaginar el conjunto dispuesto sobre un círculo que no sería otra cosa que la prisión del mundo, idea que recorre toda su obra y que se repite a nivel macrocósmico —la humanidad encerrada en la prisión del mundo— y microcósmico —el alma encerrada en la prisión del cuerpo—. No es casual que Bresson dedicase una de sus primeras películas a contarnos la evasión de «un condenado a muerte», título que acaso deba leerse de forma más metafórica que literal y que bien podría aludir a la propia condición humana.

En la primera mitad de su filmografía —es decir, hasta «Al azar de Baltasar», que se sitúa justo en el punto medio, séptimo de los trece largometrajes que la integran— libertad y predestinación mantienen un difícil equilibrio, pero la gracia prevalece sobre el pecado. El cineasta, como el cura de su «Diario...», parece pensar que, en definitiva, «todo es gracia».

En la segunda mitad, incluyendo «Al azar...», la fatalidad, por el contrario, puede más que la libertad y el pecado superará abrumadoramente a la gracia. Esas dos ideas esenciales de la obra bressoniana, la predestinación y la naturaleza pervertida del hombre caído, son también dos ideas esenciales del jansenismo, al que parece casi obligado referirse al hablar de su cine. ¿Era el cineasta realmente jansenista? Es difícil deducir de sus películas lo que concretamente pensaba, pero la segunda mitad de su filmografía parece ser el terreno en que se desarrolla un agudo conflicto, nunca resuelto, entre su inclinación jansenista y un creciente rechazo de Dios.

La dialéctica entre predestinación y libre albedrío, que a nivel profano se manifiesta como el conflicto entre determinismo y libertad, aparece ya desde «Los ángeles del pecado»; no obstante, hasta su sexta película, «El proceso de Juana de Arco», ese sentimiento de fatalidad se ve contrarrestado por unos protagonistas con motivaciones fuertes, impulsados por una firme voluntad personal que parece darles la suficiente fortaleza para oponerse, con más o menos éxito, a su destino. No ocurre ya así en «Al azar...», donde la joven protagonista, Marie, es absolutamente impotente y donde la sensación de fatalidad se muestra inevitable, asfixiante, y se enfatiza aún más en la figura de Baltasar. Bresson subraya incluso con amarga ironía el carácter ilusorio de la libertad y la seguridad del ser humano a la hora de formular sus propósitos, como vemos en un par de ocasiones al principio del film. La naturaleza pecaminosa del hombre caído —si se prefiere, la presencia del mal en el mundo— pasa a ocupar un lugar central, y será, a partir de ahí, el tema de fondo dominante en sus películas. La visión de la condición humana se ensombrece, el sufrimiento se impone, el libre albedrío choca con la injusticia insuperable del mundo y la ausencia de fe, que deja paso a la desesperanza, retiene el poder de la gracia. La pregunta que se plantea en «Al azar...», más problemáticamente que en cualquier película anterior de Bresson, es cómo se puede creer en un universo dirigido por Dios frente a la devastadora presencia de la ignorancia, la brutalidad, la insensatez. Esta cuestión presidirá y conformará todo su trabajo posterior.

Consecuentemente, la narración ya no va a estar impulsada por una acción virtuosa o una conducta positiva, sino que será generada siempre por un comportamiento inicuo, o, en términos teológicos, por el pecado. Bresson no es, desde luego, un discípulo de Rousseau: el hombre no es bueno por naturaleza, aunque, en realidad, el mal no es tanto el resultado de una voluntad personal cuanto la inevitable expresión de la naturaleza caída del mundo, lo que agrava su condición al situarlo más allá de la voluntad humana. El mal tiene un origen difuso, indistinto, inalcanzable.

La creación parece cada vez más alejada de Dios. ¿Es esa la descreída visión de un Bresson que va perdiendo la fe? ¿O es que Dios se separa del mundo, como parte de su inescrutable proyecto? ¿O acaso es la humanidad pervertida la que se aparta de Dios? En todo caso, desaparecida la fe en la redención, el amor ya no es posible, la soledad se impone, y el suicidio es frecuente, como única forma de escapar a la prisión del mundo. La vida siempre ha sido un viacrucis para Bresson, pero, en sus primeras películas, sus personajes encontraban una salida. Y no solo Fontaine («Un condenado...»), también Michel («Pickpocket»), que encuentra el sentido de su vida en la prisión, y el cura de Ambricourt («Diario...»), al que la muerte le llega de forma providencial para liberarlo interiormente. Y algo equivalente podría decirse de Juana («El proceso...»). Pero ya no va a ser así a partir de «Al azar...»; ahora se diría que ya no cabe esperar nada de la providencia, ni siquiera la salida liberadora de la muerte.

«Al azar...» y su siguiente película, «Mouchette», me parecen las dos alas indisociables de un mismo díptico, y el «destino natural» de Marie parece ser a todas luces el suicidio, como lo será en el caso de Mouchette. Pero, desde el punto de vista de la estructura dramática del film, la muerte de Marie encajaría mal en la trama, al entrar en competencia con la de Baltasar. Bresson prefiere entonces dejarlo en la ambigüedad: «Marie se ha ido y ya no volverá» afirma la madre con una seguridad que llama la atención, como si se hubiera querido dejar al espectador la posibilidad de una interpretación más metafórica que literal de esas palabras.
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11 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Nobles animales
La trayectoria vital de un burro, al azar de las circunstancias. Con esta excusa, Bresson retrata la (insufrible) naturaleza humana en contraste con la (sufrida) naturaleza animal. Destaca la manera naturalista y fría de contar los acontecimientos. No hay apenas emoción, sólo hechos, objetos, sonidos, miradas, vacío,... La sintaxis del film es minimalista y tiende a la elipsis más brutal. El estilo, pues, no encaja con las demandas del espectador convencional. Sin embargo, el poso filosófico de la historia es tal que la hace muy recomedable para espíritus inquietos, deseosos de confirmar los más terribles prejuicios sobre lo que somos.
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9 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
2
¿Ver golpear a un burro durante noventa minutos, es motivo de alegría?
No.Horrible. Noventa minutos de golpes a un pobre animal, un burro, Baltasar. Inaguantable. Cada vez que el guión se pierde en el devaneo de sus asépticos actores o la narrativa hace un parón, comienzan los palos y las injurias al pobre animal, y así, entre dolor y malestar, no se puede disfrutar un film.

Personajes insulsos, esperpentos de una sociedad, sólo aplicables a la cabeza de su propio creador, Bresson y a su trauma personal, infantil podría llegar a aventurar, no existencial, si no terrenal. Puta, chulo, inconformista, borracho, aventurero, soñador, aprovechado, amargado, etc, como pasarela de un pésimo film, desfilan, pero carentes de profundidad y sentido, a excepción del susodicho golpeado, el eterno silencioso rebuznante, el burro, Baltasar.

Sólo una escena se consigue salvar, la de la joven promiscua y el amante infantil, en el banco, hacen las delicias de todo espectador, con un dialogo fluido y con un movimiento de cámara genial, pero aparte de ello, nada, el resto son sólo arcadas, ganas de vómito.
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21 de 34 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Platero y tú
Emotiva cinta al más puro estilo de depuración estilística, austera y seca, de Bresson. Nada de sonrisas entre los personajes, Bresson filma los pies, los rostros y los cuerpos que apenas se mueven. Los ojos de un burro son testigos de las formas de desesperanza, desamor y fatalidad, que dibujan un entorno hostil entre los hombres, donde no existe la piedad. La casualidad es fruto del devenir de uno mismo y la hipertextualidad de las situaciones emplazan a los personajes en situaciones que le son tan contradictorias como aceptadas de por sí. La naturaleza limpia de un burro sirve para reflejar la imagen sucia y contradictoria entre los hombres.
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10 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
La pérdida de la inocencia
Me extraña que, hasta donde he leído, nadie haya relacionado a Bresson con Avedon: ambos comparten la creencia en que la expresión neutra, que solo se obtiene mediante la relajación asociada al cansancio del modelo, es el camino más seguro para revelar el alma; hay que descargar el cine y la fotografía, medios de reproducción mecánica, de toda pose, de toda significación predeterminada, para que el espectador pueda experimentar la indeterminación de lo real, que nunca viene masticado y digerido, resumido en etiquetas fáciles, en interpretaciones evidentes. Por el contrario, y sin tratar de hacer aquí una cita de Lacan, lo real es a menudo incomprensible –y aún así estamos obligados a intentar comprenderlo.

Pierre Klossowski escribió: “Los dioses han enseñado a los hombres a contemplarse a sí mismos en el espectáculo como los dioses se contemplan a sí mismos en la imaginación de los hombres”. El espejo de Bresson no nos proporciona una imagen muy favorecedera del género humano. El contenido de sus películas incomoda a algunos comentaristas, que tratan de ponerlo entre paréntesis para centrarse en los aspectos formales. La obra de Bresson bebe de Dostoievski, uno de los grandes críticos de la modernidad, pero también de esa estirpe, hoy pasada de moda, de los novelistas católicos franceses (Mauriac, que ganó el premio Nobel en los años 50, Bernanos, Green…). En todo caso, el contenido de sus películas es inseparable de su forma; como Rossellini, Bresson utiliza su estilo radical para acercarse a comportamientos humanos radicales, extremos.
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6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
Entrañable
Este film del frances Robert Bresson es entrañable. Lo más curioso del asunto radica en que siendo una película típica del estilo Bresson ( naturalismo, dirección ascética, concisión etc... ), da lugar a que nos encariñemos del burro protagonista por la forma en la que el director galo nos lo cuenta, siendo lo más logrado que no caiga en sentimentalismo alguno.
Otro aspecto destacable del film es lo bien cohesionado y redondo que está hecho el guión, funcionando a la perfección para mostrarnos todas las peripecias del burro protagonista.
Es destacable que el estilo Bressoniano antes comentado resulta fundamental para mostrarnos las vicisitudes del animal desde una perspectiva aséptica y a través de la cual se plantea desde una mirada cuasi-científica las relaciones entre algunas personas y los animales.
A todo lo dicho anteriormente hay que añadir también un buen uso de la fotografía que resalta los paisajes naturalistas y la atmósfera de fino cirujano de los paisajes y las situaciones que era Bresson ( véase ejemplos como " Pickpocket ", " Diario de un cura rural " ó Mouchette " ).
Este film es a su vez una sabia reflexión sin ambage ni pretenciosidad alguna sobre como a veces las personas dejan mucho que desear en su relación con los animales.
Un saludo, efelson.
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6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Nada más natural
Es esta una película con dos capas. La primera capa es una capa visible a simple vista, que cuenta la historia de un burro y de las gentes que lo rodean (entre ellos, el joven Gérard, uno de los malos más malos de la historia del cine). La segunda capa, invisible al principio, se va desvelando conforme avanza la historia. Es esta segunda capa, profunda y rica, la que convierte el desconcierto inicial en la clave para entender la película, y la que hace de 'Al azar de Baltasar' un gran largometraje. Robert Bresson es capaz de hacernos ver con los ojos de un animal. No se trata aquí de un animal pasado por el filtro de la prosopopeya. Aquí se ve a un burro que rebuzna, a seres humanos que hacen el mal, y a un mundo mudo. Nada más natural. Nada más doloroso.
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5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Bresson me conmueve a través de un burro
Robert Bresson es cruel. La historia de este burro, paralela a los humanos que le rodean, es triste y solitaria. La condición humana es representada sin atisbos de esperanza, personas que ceden al orgullo y la soberbia, dando bandazos y tropiezos que rebotan inmisericordes en la existencia del animal. Personajes inexpresivos, menos que el jumento, pueblan las tribulaciones de un ser vivo que me ha ganado el corazón, sobretodo en la escena final, para mí tremendamente emocional, por la decisión a la que opta Bresson, un director cruel con el espectador. De todos modos es un cine alejado de sensiblerías y convencionalismos narrativos, que consigue aflorar el desasosiego en la fibra de un servidor...
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4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
Los personajes bressonianos no lloran pero conmueven aun más que si lo hicieran
Robert Bresson es uno de los realizadores que tiene un sello de autor tan distintivo y único que es imposible no reconocer una película suya. No se trata simplemente de rodar en exteriores, de ser un cine sencillo, lento, reflexivo, totalmente natural y con pocos diálogos, ya que muchos directores han basado su filmografía en rodar de la forma más realista y menos maquillada posible.

La historia en forma de fábula de un burro, que aunque es la excusa para contar la vida de un grupo pequeño de personas en un pueblo campesino, se centra en todo lo que le ocurre a este animal. Baltasar nació entre un grupo de niños, los cuales lo consideraban como su mascota más querida, llegando incluso a jugar constantemente entre ellos, pero con el pasar del tiempo se convierte en una simple bestia de carga, maltratado por sus diferentes dueños.Paralelo a esto también cuenta la historia de su dueña, una bella joven que se verá inmersa en las dificultades de la vida, al igual que su familia, también un grupo de motociclistas, un agresivo borracho, etc.

A mi parecer donde más se distingue el sello de Bresson es que sus películas que carecen de diálogos extensos y de dramatismo, de hecho sus personajes parece que no demostrarán sus sentimientos física y abiertamente, lo que irónicamente hace que la película sea más expresiva; es muy poco común por ejemplo ver a los personajes bressonianos llorar, pese a estar inmersos en una situación sumamente triste, es muy difícil verlos reír aunque se trate de un momento lleno de júbilo, dicha represión sentimental física se expresa dentro del argumento y las imágenes, cosa que hace más fuerte las sensaciones que el espectador experimenta.

Al Azar de Baltasar es una película muy conmovedora, es un despliegue poético exquisito, un film de una belleza artística inigualable, a pesar de que cuenta la historia de un animal, dicho animal se convierte en parte misma del ser humano, Godard dijo “Al Azar de Baltasar es la vida en 90 minutos”. Bresson intenta comparar la vida del Burro con la del ser hombre, intenta explicar la ambigüedad de las decisiones, la dependencia y la fragilidad de ser humano, sus momentos de gloria y exaltación (Como cuando el burro multiplica), la opresión del más fuerte sobre el más débil, el miedo y la soledad.

Su narración es absolutamente depurada y exquisita, solo ofrece pequeños fragmentos, y deja inconclusa algunas escenas para permitir el seguimiento argumental dentro de la mente del espectador. El final es absolutamente magistral… no hay palabras!. una obra de arte puro.

Por cierto.. de películas sobre animales, ya tengo a mi favorita.

Obra maestra le queda corto
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4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
Platero en negro, a todos los efectos.
Y quizá también nosotros mismos. Por ahí va, creo, el discurso de Bresson en esta cinta en que un burro va recibiendo palos por la vida hasta el fin. Alrededor del asno está una angelical Anne Wiazemsky (por cierto, acaba de sacar una novela donde habla de su relación con Godard) que se va moviendo entre el amor y la desesperanza. Y por allí anda un joven sin escrúpulos, y un viejo avaro y cruel, y los propios padres de la chica. Todos parecen más suecos que franceses en cuanto a unos comportamientos fríos y desconcertantes. Más que personajes se trata de arquetipos que van vocalizando sus recitativos, como piezas de un gran retablo en que el autor trata de plasmar el mundo. El clima es inquietante y desesperan un tanto ciertos comprotamientos aparentemente gratuitos y masmoquistas. Habría que conocer algo más el universo bresoniano y sus presupuestos ideológicos y estéticos. Lo que sí se aprecia al momento es un interés muy especial por la belleza de la fotografía y por la música, que crean una pátina de belleza que contrasta con la angustia de lo narrado.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
3
Subnormalidad
No me gusta nada esta película. Creo que Bresson se equivocó completamente a realizarla. Me preguntó por qué la hizo. Por esta película se nota la clase de hombre que era: seguro que no atendía a consejos de nadie. Me lo imagino extremadamente individualista. Un obseso de sí mismo.
Pocas películas he visto tan malas como esta. Además resulta cargante porque se ve que Bresson pretende trascender. ¿Hay algo más estúpido que pretender trascender y no conseguirlo?
No me creo a nadie que diga que esta película le parece buena, que le ha gustado.
Dicen de Bresson que era un místico. Decir eso y ya parece que hay que caer rendidos de rodillas ante él y ante todas las películas que haya hecho.
Hay películas de Bresson que son buenas. En esta, quizá, se tomó demasiadas libertades.
A mí siempre me ha parecido que lo mejor de Bresson es que haya podido influenciar en Aki Kaurismaki.
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6 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
El damnificado
Si una persona entra en un hipodromo, capto tres pistas independientes. Los pasos de esa persona sobre el piso, el bullicio de gentes con sus tickets alzados, y el galope de los caballos. Cada elemento es independiente. Porque son elementos esenciales. Los caballos en el momento en que Martin Lasalle consuma un delito, pasan cerca. La edición está servida. El aislamiento de cada sonido, es un compromiso del autor con sus elementos esenciales.

Si una chica cae rodando desde un montículo. Sigan esa imagen. Necesitan saber aquí algo de fotografía. Es un teleobjetivo. Se respeta aquí el elemento de un cuerpo que cae, pero la perspectiva es cerrada. Dos motivos: Hay que planchar la imagen, para que los elementos esenciales cobren importancia sobre cualquier subjetividad del espectador, cualquier gran angular que deforme, no la realidad, sino el elemento, es la voluntad del autor la que purifica el elemento, Rosellini no estaría en nada de acuerdo con esto, pues la manipulación, también existe; otro motivo es el cierre de la perspectiva, respetando el tamaño del objeto, pero despreciando y degradando el entorno.

Como consecuencia, ¿Bresson detrime la atmósfera?. Sí, ¿qué le vamos a hacer?

Atmósfera como stage, como decorado. La atmósfera, ese vació que algunos como Polansky tratan de domar y constreñirlo. La atmósfera como ese terreno donde la imaginación, en una ficción, es permitida. La atmósfera es donde el espectador se zambulle, donde se hace preguntas sobre un contexto, sus gentes, sus modos y circunstanciales. Esos prejuicios, esas expectativas, afectan también a los sentidos. Apesta ¨La matanza de Texas¨, tenemos calor en ¨La caza¨, un personaje que se alza el cuello del abrigo...Eso nos transporta.

Por eso, cuando Bresson se pone cada vez más duro, a mi me gusta menos. Ya desde Pickpocket, empieza a cargarse la ¨atmósfera¨como escenario. ¿Se acuerdan si Paris era otoño, verano, o invierno?. Cierto es que blanco y negro quita posibilidades de reflejar, en las pieles de los personajes, el mundo donde se desarrolla.

Hay, aún, en ¨Diario de un cura rural¨. cierta alegría de la campiña. El viento aparece en esa escena de la moto...Es una renuncia de Bresson, que nos regala un momento íntimo de fragilidad y amor a la vida.

En fin....Vivan Cine!
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
4
Por los actores
Película rara rara rara... La historia del burro es quizás lo que más me ha gustado. Menos mal que no se ven imágenes de maltrato al animal, porque hay escenas que casi apartada la mirada de la pantalla porque no quería ver como maltrataban al burro, pero creo (y espero) que al final todo se miraba para no hacerlo, y es más, en las escenas más crudas ni se veía, con lo que conservo la fe en eso.

Los actores bastantes inexperimentados, y se notaba su falta de profesionalidad, poco naturales. Todo eso hace que la película sea bastante aburrida y con poco interés.
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5 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
Mismo destino, mismas circunstancias
Bresson llega por momentos a ser brillante al encontrar un punto de vista tan objetivo como lo sería un burro nimio. Aunque Bresson abusa de varios recursos para seguir el hilo de la historia, el desenlace cobra bastante fuerza, la suficiente para darse cuenta de la triste pero real relación entre el animal y el ser humano. Mismo destino y mismas circunstancias.
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
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