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En las afueras
Okraina, primera película sonora de Boris Barnet, narra mediante una serie de episodios costumbristas, cómicos y dramáticos, cómo se vivió la Primera Guerra Mundial en una lejana y anónima ciudad de provincias de Rusia que tenía a la zapatería como principal industria.

La película no carece de la complejidad y el recurso al montaje intelectual característicos del cine soviético de la época (como muestran, por ejemplo, los encadenados de lanzamiento de proyectiles en el frente y de botas producidas en el pueblo, que unen mágicamente hechos distantes para subrayar su conexión causal: ya que el propietario de la fábrica apoya la guerra, en la que otros mueren para que él se enriquezca gracias al contrato de suministro de botas para el ejército); pero Barnet añade al rigor y la pasión de Eisenstein o Dovjenko una cualidad particular, difícil de describir sin caer en términos imprecisos y sentimentales (¿ternura, inocencia, humanismo?), un sentido del humor de amplio registro (que incluye el negro), y una visión discreta pero inequívoca del absurdo de la vida, que recuerda a Samuel Beckett.

De este modo, y con la perspectiva del tiempo, Barnet resulta tan moderno o más que los grandes vanguardistas. El ingenuo se revela como más sabio que los grandes intelectuales.

Quizá la clave del carácter de la película es que todos los personajes (en especial los que interpretan Yelena Kuzmina y Nikolai Kryuchov, y desde luego el soldado alemán prisionero) actúan como si fueran niños: y su ingenuidad contrasta eficazmente con la extrema gravedad que adquieren progresivamente los acontecimientos, con la dureza incomprensible del mundo que los rodea. En este sentido, podría haber influido al Godard de Los carabineros, como apuntaba José Luis en la presentación del cine-club.

Pero Okraina es una película mucho menos ideológica que la de Godard, y posee un encanto auténtico, acaso aumentado por su antigüedad y su rareza: su planteamiento es como el de un espectáculo de circo, que une las influencias de la tradición americana del slapstick y del espíritu improvisatorio de la commedia dell'arte. Y ello aprovechando a fondo las cualidades técnicas del medio cinematográfico, su capacidad para manipular el espacio y el tiempo (y ahora también el sonido), y para registrar los matices de la luz y la belleza de los rostros; sin énfasis, con una levedad casi mozartiana.
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