arrow
6
Cagney y los reformatorios
En los años 30 Hollywood y en especial la productora Warner pusieron en escena un amplio número de películas con relatos protagonizados por delincuentes -llegó a ser conocida como el “ganster studio”- en filmes de denuncia, ágiles y directos, que iban al grano, en muchos casos sin mayor preocupación estética que la de entretener reflexionando al desprevenido espectador y de la que salieron, sin embargo, un importante número de obras maestras que resultaría ocioso citar aquí. “Major of hell” dirigida por el gran artesano Archie Mayo no es, desde luego, una de ellas aunque se atisbe el origen de la mucho más prestigiosa y trágica “Dead end” (1937) de William Wyler. James Cagney se pasea con su irrepetible cara de “no me busques las vueltas” para protagonizar esta fábula de mafioso redimido a través de su trabajo en un reformatorio, aunque los verdaderos protagonistas de la función sean los jovenzuelos pandilleros liderados por la intensa interpretación de Frankie Darro como el joven rebelde Jimmy Smith. La primera parte del film parece corroborar el modelo de película señalado antes, con una exposición muy inteligente, realista e intensa a un tiempo de los entornos familiares de los muchachos –así, la escena del tribunal de menores modélicamente relatada-. Sin embargo la película va decayendo en su segunda parte al instalarse en el discurso moralizante y voluntarista, afectado de buenos sentimientos, que afea irremediablemente la habilidad narrativa demostrada hasta ese momento. Por suerte la película consigue recobrar nuevos bríos en la magnífica escena de la revuelta del reformatorio y termina por cerrar con dignidad un buen producto. El simpático Allen Jenkins con su nasalizada dicción y la bellísima Madge Evans acompañan a un Cagney menos protagonista de lo habitual.
[Leer más +]
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Donde no hay justicia surgirá, un día, la rebelión
Cuán precisa resulta la escena en la que vemos a algunos padres acompañando a sus hijos a los estrados judiciales donde van a ser juzgados por algunos actos delincuenciales. Sólo se necesita, ¡un minuto!, para que su comportamiento nos revele, a ciencia cierta, que los chicos están en muy malas manos. Observándolos más a ellos que a los chicos, el sensato juez H.J. Gilbert optará, entonces, por enviar a los muchachos a un correccional donde espera que se les convierta en hombres útiles a la sociedad… pero, como suele ocurrir en las instituciones donde los funcionarios se nombran más por influencias políticas que por idoneidad, otro tirano incompetente se encuentra en ejercicio como director del reformatorio. No obstante, para fortuna de los chicos, un director adjunto va a ser nombrado y con Richard “Patsy” Gargan, un gánster con ansias infinitas de redimirse, las cosas van a ser a otro precio.

De nuevo se demuestra aquí que, más que un diploma, es la experiencia de vida lo que hace a alguien idóneo para determinadas profesiones. Y también se comprueba que no es castigo, ni intolerancia, ni mal trato, lo que se necesita para reformar a un hombre. Reconocimiento, apoyo, empatía, trato digno, participación… pesan mucho más para llegar al alma de un ser humano, que sólo espera ser tenido en cuenta para que de él aflore lo mejor que puede dar.

Una historia -muy seguramente inspirada en la labor que, desde 1917, venía haciendo el sacerdote Edward J. Flanagan, fundador de Boys Town (La ciudad de los niños)-, escrita por Islin Auster con el título “Reform school”, y llevada a guion de manera muy efectiva por Edward Chodorov, da comienzo a ésta y a una serie de historias cinematográficas que vendrían luego con notable acogida por parte de un público ávido de justicia social: “Dead end”, “Boys town”, “The crime school” (remake del filme que nos ocupa) y otras tantas.

Durante la marcha del rodaje, la Warner desistió de que, el personaje Jimmy Smith (que muy sólidamente interpreta el joven Frankie Darro), creciera para ser interpretado luego por James Cagney (nótese el parecido de ambos), y entonces se llamó a Michael Curtiz para que asistiera al director de cabecera Archie L. Mayo, y se agregaron las escenas que los tuvieron a ambos (Darro y Cagney) como auténticos protagonistas. El director húngaro rechazaría ser incluido en los créditos por deferencia con Mayo… y porque ya tenía suficiente con las ¡ocho películas! que, él personalmente, había rodado en 1933.

La preciosa Madge Evans -otra de esas lindas actrices que tendría que dejar luego su carrera por haberse casado con un marido conservador e inseguro-, tiene aquí un fuerte rol femenino como la enfermera Dorothy Griffith, dispuesta a asegurar los cambios que traigan dignidad a los chicos del reformatorio.

“POR EL MAL CAMINO” se beneficia significativamente de haber sido realizada en tiempos de pre-code, pues se pudo mostrar la dureza con que eran tratados los chicos en aquellas instituciones llamadas a “socializarlos”, y se logró realizar una escena cumbre de altísimo impacto que, de haber sido rodada un año después, hubiese sido cortada sin remedio.

Probablemente se corrobore aquí como, la injusticia llevada a situaciones extremas, obliga finalmente a las resoluciones violentas.
[Leer más +]
Sé el primero en valorar esta crítica
Ver críticas con texto completo