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¿Cine para eruditos?
Història de la meva mort (Historia de mi muerte), lo último del llamado por muchos enfant terrible del cine español, no es una película para ser exhibida en salas comerciales al uso. Y no porque su duración cercana a las dos hora y media de metraje resulte un elemento disuasorio, sino porque su razón de ser, como obra cinematográfica, dista mucho de la convencional intencionalidad de la plana mayor de las obras cinematográficas. Albert Serra no ha rodado su película para que la vean (y la juzguen) vulgares mortales ávidos de consumismo industrial, no. Historia de mi muerte está hecha como pieza museística, careciendo de valor estrictamente cinematográfico y alzándose como monumental obra de ensayo, reflexiva y metafórica, díficil de degustar por paladares quizás no instruidos. No debemos andar muy equivocados cuando su primera proyección pública tuvo lugar en el Museo Reina Sofía de Madrid y es uno de los siete films escogidos por el elitista MoMA de Nueva York para participar en la 43ª edición de la muestra New Directors/New Films.

Sin embargo, la alardeada complejidad de la que hace gala Historia de mi muerte se nos antoja en exceso planificada. Como si Serra, buscando a posta distanciarse de las simpatías del espectador, se afanase por generar una película de gélida temperatura, a través de una puesta en escena bellísima en lo formal, qué duda cabe, pero soporíferamente dilatada, compuesta por una acumulación de parsimoniosos y aletargados planos fijos, muchos de excesiva duración, rebosantes del más intrascendentes de los vacíos. De este modo, el director erige un improbable encuentro entre dos mitos literarios, Casanova y Drácula, en pleno trasvase del siglo XVIII al XIX, personificando cada uno de ellos la corriente de pensamiento imperante en la filosofía y la cultura europeas (razionalismo y romanticismo, respectivamente), sin que a nosotros, impertérritos espectadores, nos llegue a quedar realmente claro qué dista a uno del otro; es decir, qué de especial y subversivo aportan los tratamientos dados por Serra a ambos personajes para valorar Historia de mi muerte como la pretendida obra de arte a que aspira a ser.

Nada más lejos de la realidad: a Casanova nos lo muestra como a un estridente aristócrata, de gustos y apetitos exquisitos, de amplia y arrogante verborrea intelectualoide, voraz lector pero a la vez grosero y sarcástico devorador de las más bajas pasiones, aquellas que con el trasvase de siglo le llevarán a la perdición, personificadas en el conde Drácula, ambiguo y desconocido habitante del bosque al que, por medio de una malsana seducción, acabarán sucumbiendo todos los personajes. La película, así, a grandes rasgos, parte de una idea bastante sugestiva. El problema radica en que, una vez puesta en práctica, la idea se diluye en un mar de secuencias de impostada transcendencia, colmadas de silencios y parálisis visual y cuyo propósito principal parece que fuera el de golpear al espectador con la considerable carga de solemnidad con la que se deben afrontar los grandes temas de la vida; consiguiendo solamente hastiarle ante la pretendida escala de provocación que contienen sus imágenes, como tratando de generar con su secuencialidad algo parecido a los discursos críticos que originan las imágenes del cine de vanguardia.

Sí, se puede asociar ciertos pasajes de Història de la meva mort con el cine soviético de los años 10 del pasado siglo, incluso se permite la comparación con Ingmar Bergman en el tratamiento dado por Serra al paisaje como elemento perturbador. Aunque quizás sea más acertada la comparación con el frío y alambicado ascetismo desarrollado por Robert Bresson, produciéndose en la cinta no poco despojamiento de elementos narrativos al uso, tratando con ello de hallar, a través de la simpleza visual y sonora, un nuevo lenguaje cinematográfico a través del cual exponer lo abstracto y lo divino del mensaje. Por desgracia, lo único que encontramos en Historia de mi muerte es la ególatra vocación de un autor dispuesto a embaucarnos, a plantarnos ante nuestras narices planos de construcción casi pictórica, bellísimos encuadres fotografiados a través de un uso muy depurado y premeditado del color, que no bastan para maquillar la altiva oquedad en la que se sustenta todo el conjunto. Puede que un servidor no esté los suficientemente instruido como para valorar en justicia las virtudes de una cinta como esta, pero una cosa tengo clara: hay en Historia de mi muerte buena materia prima para, sin la mema y engolada superchería de la que hace gala, haber generado una estupenda película.

http://actoressinverguenza.blogspot.com
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18 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
6
El libertino ilustrado, el alquimista y el vampiro
Tengo que confesar que esta es una de las películas más extrañas que recuerdo; la he visto con una mezcla de placer, tedio y desconcierto, y no me atrevo a recomendársela ni a mi mujer. Quizá la impresión pueda ser comparable, en algún sentido y pese a las diferencias, a la que sintieron los primeros espectadores de La edad de oro de Buñuel (hoy la distancia temporal y la cultura nos defienden de su carga subversiva).

Muchas cosas han pasado en el mundo y en el cine después de aquellas primeras películas de Buñuel y Dalí: en el cine de Serra pueden encontrarse otros muchos ecos. Algunos críticos han señalado la influencia de Kenneth Anger; dentro del cine moderno, a mí se me ocurre, sólo por dar una idea, que la película podría situarse en algún remoto punto intermedio entre el Fausto de Sokurov y Los caníbales de Manoel de Oliveira.

En una escena hacia el comienzo, en la que Casanova inspecciona y comenta la biblioteca de un noble de edad avanzada, este aparece al principio tumbado, luego se levanta y se sitúa junto a Casanova, y en el siguiente plano, sin ninguna transición, vuelve a aparecer tumbado, en la misma posición que al principio: este “fallo” de raccord, hablando en términos convencionales, parece una declaración de principios de un director que asume todas las libertades y todas las provocaciones.

La película oculta sus claves y se va haciendo cada vez más opaca y misteriosa, tanto a nivel de detalle como de concepción global. Su gélida oscuridad, atravesada por un sentido del humor de amplio espectro, tiene algo de artificioso y deliberado, y el director, entre cuyas cualidades no se encuentra la humildad (pienso que él la consideraría más bien un defecto), establece las reglas de su juego al margen de todo compromiso, como alguien que sólo busca la complicidad o la irritación absolutas.

El título invierte irónicamente el de las memorias de Casanova, “Historia de mi vida”; según la crítica, esta “historia de mi muerte” debe entenderse en un sentido conceptual y metafórico, alusivo a la muerte de la Ilustración y al nuevo mundo que surgirá después de la revolución francesa (la cual anuncia el propio Casanova, como si hablara de un hecho pasado, en la escena a la que me acabo de referir).

Por cierto, la dicción de su intérprete (Vicenç Altaió) evoca, por su artificiosa y fascinante naturalidad, a la de Francisco Rabal o Fernando Rey en las películas de Buñuel.

La película también evoca, como el título de la de Buñuel, una “edad de oro”: el antiguo orden que representa Casanova se caracteriza por una sensualidad traspasada de intelectualismo, por una racionalidad firmemente anclada en el cuerpo.

La propia sustancia de la película participa de esa misma mezcla, por su concepto extremadamente especulativo y su atención a lo sensible (el refinamiento de la fotografía que capta hasta las partículas de polvo que brillan en el aire, o el registro de los sonidos, amplificados para mayor protagonismo: el canto de un petirrojo o de un autillo, el rumor de unos cerdos comiendo). Casanova se alimenta lascivamente de granadas, y dice que cada grano le trae al recuerdo una historia de las que narrará en sus memorias. El personaje se ríe de la misma manera cuando está cagando (cualquier otra fórmula más eufemística de expresión traicionaría el “espíritu” de la escena que lo muestra en ese trance), cuando está leyendo, y cuando rompe por accidente el cristal de una ventana mientras se está cepillando a una campesina.

También es muestra del antiguo orden la relación fraternal entre señor y criado, Casanova y Pompeu. Diferente es la tentación que el mundo moderno ofrece a los siervos, y que el conde (cuya peluca, por cierto, parece una parodia de la imaginería del Drácula de Coppola) susurra a la hija del alquimista transilvano para atraerla hacia sus dominios, al otro lado del río: aprender a leer, ser tratada como una señora... a cambio de la posesión vampírica.

En ninguno de los dos mundos hay lugar para el cristianismo, que es objeto de burla o de humillación. Ligeramente distinta es la apreciación del “opus nigrum”, la transformación de la materia fecal en oro (símbolo baudelairiano de sus pretensiones que el director suministra graciosamente a sus críticos para que la utilicen, en el sentido que gusten, en sus conclusiones). Si Casanova aún es capaz de admirar el milagro de esta transubstanciación profana, en el nuevo mundo de los muertos vivientes (que es el nuestro, si mi interpretación es correcta) tampoco hay lugar para el alquimista: su destino parece una versión esperpéntica del que este mundo reserva al espíritu creador.
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12 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
2
No pasa nada, que muera tranquilo
No dejan de sorprenderme algunas críticas que se escriben al amparo de ocultos intereses comerciales. Acabo de leer una que afirma del cine de Serra que es difícil pero que, si aguantas, tiene recompensas de imágenes bellas e inéditas..... Para eso, indudablemente, es mejor comprarse una cámara fotográfica de alta resolución y pagarse un viaje a un lugar interesante, pero no aguantar el tiempo en una peli pretenciosa y pretendidamente de arte y ensayo que es más de ensayo (de actores) que de arte..... si pudiera decir que es bodriosa, lo diría, pero no me atrevo....
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8 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
6
La primera película de Serra que veo sin sentir ganas de estrangularlo
Para mí sorpresa compruebo que, mientras miro esta nueva película de Albert Serra, la puedo ver sin irritación y con una curiosa mezcla de fascinación y tedio. Y al final incluso le encuentro cosas interesantes... hasta cierto punto.

Exceptuando "Crespià", su primera obra [semi-oficial], he ido viendo todas las películas de Serra. La primera la vi con aborrecimiento, la segunda sin ya tanta inquina y ésta hasta con cierto agrado. No sé si esa progresión se debe a que Serra ha aprendido a dominar los tiempos muertos, que yo he madurado como espectador o un poco de las dos cosas a la vez. Sea como sea, en ésta se comprueba que Serra hace esfuerzos por mostrar cualidades técnicas como se demuestra en la sutil harmonía cromática que se aprecia entre la decoración, la vestimenta y la íntima luz que se ve en la primera parte de la película o la sutil fotografía pictórica que se aprecia en los planos de naturaleza.
Y más importante: creo que los hechos de la obra están conducidos por un sentido muy específico. Sin abandonar el aire iconoclasta y desmitificador de sus anteriores obras, en esta ocasión, en vez del Quijote, toma a la figura de Casanova para utilizarlo como avatar de la decadencia. No por casualidad toma al sensualista por antonomasia y, encerrándolo en situaciones mayormente ridículas, lo muestra como un personaje casi patético. Ya no sólo se trata que sea visto alejado de la pompa de las cortes, dejándose la piel en echar un zurullo o perorando con aire pedante en las reuniones, además, cuando por fin triunfa y consigue echar un clavo, escenifica un acto alejado de cualquier tipo de erotismo. La presencia de Drácula, a caso un símbolo de la muerte, creo adivinar que Serra la utiliza para enfatizar el punto final del sensualista y del esplendor aristocrático que él representa. Es por ese motivo por el que se nombra en diversas ocasiones a la revolución de 1789.

No veo en ello algo 100% innovador. Comparte esa visión con "La noche de Varennes", de Ettore Scola y, hasta cierto punto, con el "Il Casanova di Federico Fellini", sin embargo al pasarlo por el filtro de su estética, adquiere un aire fresco, nada formulario o convencional y que justifica la obra, pues además entra en consonancia con el tono burlón que tiene el resto de su filmografía. Su toque artificioso (visible sobre todo en los diálogos, la dirección de actores y la duración de las escenas) vuelve a tomar relieve para denotar auto-consciencia, que el director se sabe creador de un artificio y que no intenta seducirte con falsas inocencias y otras frivolidades comerciales; también su fino aire desmitificador, su intención de apegarse a una estética más audiovisual que narrativa y por descontado esa intención de querer pillar al espectador a contrapié.

Es quizá por eso último que creo que nunca acabaré de encajar plenamente con su cine. No encuentro plena justificación a cosas como la duración de la película, la utilidad de muchas escenas y los puntos álgidos no los aprecio como deslumbrantes o maravillosos. Serra parece que se basta él solito adoptando ese aire de genio impostado, como si fuera un Dalí de Banyoles, que a veces exagera en sus apariciones públicas, pero yo no le encuentro demasiada gracia o que torpedee nada que yo aborrezca. No estoy en su onda, aunque ahora por fin creo que ya puedo verle algún atractivo sin por ello percibirle como un estrafalario ombliguista pedante pretencioso y un [ponga aquí un adjetivo Boyero aleatorio] con muchas ganas de tomar el pelo. Y eso ya es mucho más de lo que hubiese creído poder decir tras ver "Honor de cavalleria".
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6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
DE LA HORA MÁGICA A LA DEL LOBO
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- Es como si te gusta el foie y ansías saludar personalmente la oca.

Es lo que dijo Arthur Koestler cuando fue saludado nervosamente por un admirador porque él no entendía la necesidad de algunas personas de conocer personalmente a sus ídolos.
A menudo resulta desagradable tener que tragarse las idolatrías de los demás.

Mi abuela me alertaba , a menudo, subiendo un dedo hacia la mejilla :
- ¡ xiquete , no dejes ni un granito en el plato !
Oponerse a sus órdenes era un error que no cometí nunca. María sabía , y perfectamente , como hacerme abrir la boca sin forzarla : todo apuntalando sobre la cuchara un torpedo exquisito de mierda con mierda haciéndola encajar de la mejilla al patíbulo del esófago . Era irremediable y lo digo sin reproches ni malicia , era así y no podía ser de otro modo. La razón pura estaba encarnada en la abuela , por eso es de imbécil negarse a abrir la boca y masticar hasta rebozar . No tiene sentido rechazar nada que se le parezca , pues, hay eventos y figuras que son necesarias.

Lo mismo ocurre con el director Albert Serra , sobre todo cuando me refiero a lo que no tiene malicia porque es bueno , es decir , que te lo tragas. Pero es tierno y casero como una buena cucharada desde Banyoles , tú .

Lo inocente y terrible de la abuela también lo tiene Historia de mi muerte , como un espejismo de aquel cine que se desliza en lo que quizás no nos implica o nos hace entrar directamente -para que las historias y personajes pertenecen a la ficción- pero es precisamente desde este límite hacia la realidad que , con la buena noticia de haber hecho un excelente trato de los diálogos y personajes , la implicación del espectador llega a ser total hasta hacerse partícipe de la fina verdad que los actores forman , siendo todo el conjunto la implicación misma.

La excusa es el delirio del deseo , la hipocresía , la pulsión de vida y de muerte , el final de la belleza , y múltiples cosas más . Todo lo que compromete al espectador de esta película también está comprometido cinematográficamente. Pues, por todo hay signos que enmarcan una personalidad impactante , curada , de fuerte humor .
El acompañamiento es una historia hilada en un ejercicio de sinceridad .
Ahora, auto complazcámonos del acierto.

¿Y qué decir de un tío que omite la fecha de su nacimiento en la biografía del Wikipedia o que en los primeros minutos de rodaje no sanciona una escena donde el protagonista se atasca entre consonantes ?
Lo mismo que hace de un mundo falaz la aventura más provinciana , entre semillas de granadas vírgenes y podridas .
Y de este ambiente en el que desde la hora mágica , la de un otoño ponente , que de a poco a poco se adentra en la sombra de una trágica noche de invierno , salpicada de zumo de frambuesa y bestias . De cerdos guarnecidos de maquillaje escurrido en las mejillas de un Johan Borg o un Gustav von Aschenbach atormentado por lo que se ha hecho público y que tenía que estar resignado , desbordante trágicamente , irremediablemente , como la certeza y eficacia del destino.
Y todas la luz de membrillo . La de un sol nocivo que se pone en pro al ritual de fundirse en la lunática sombra vampírica que reducirá todo al caos.

Esta granada incesante tapiará nuestras gargantas , como el foie de la oca, y no en salvará en Giacomo del fuego de los mártires . Como la toma de la desidia , del placer y la discordia , de un sombrío Drácula que sentenciará el camino de vuelta.

La tragedia es servida en las carnes más blancas , todas aquellas de las que tomamos el hechizo de un mal inocente . Disfrutamos - las , desde la malicia y el disfrute , y congratulamos el cine de Serra , en principio, para tener los cojones de hacer el trabajo bien hecho y sobre todo por ser fiel al carácter que nos hará digerir mejores cucharadas .
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10 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
6
Crònica del meu amor: “Història de la meva mort” (Crónica de mi amor: "Historia de mi muerte")
Estoy en la sala de cine. Es la segunda jornada del "Ibn Arabi Film Festival", el Festival Internacional de Cine de Murcia. Un vídeo da la bienvenida a los espectadores que nos hemos acercado a ver “Història de la meva mort”. Es Albert Serra, el director de la película. Tiene un mensaje que dar. Se disculpa por no haber podido estar aquí. Y aprovecha para dar un aviso a navegantes: tened paciencia, son dos horas y media. Y sí, son dos horas y media, tiempo suficiente para pensar en muchas cosas. ¿Por qué no podré nunca estirar las piernas en el cine? ¿Tendré agua suficiente para pasar el trago que me han anunciado? ¿Esa luz va a estar parpadeando todo el tiempo? Y así empiezas la película, preguntándote.

Sin embargo, conforme avanza la cinta, es más, muy pronto, antes de poder hacerte una cuarta pregunta, te dejas arrastrar por la bonita fachada de la película de Albert Serra. Y es que la fotografía y el sonido son las dos grandes bazas de “Història de la meva mort”:
-El tratamiento de las luces y las sombras características de la época que retrata (s.XVIII-XIX) me lleva a pensar en “Barry Lyndon”, de Stanley Kubrick, sobre todo por la fotografía, tan poco artificial como cuidada. Y en el "Desayuno sobre la hierba" de Manet. Y en los claroscuros de Caravaggio (¡Vamos! que me ha gustado la fotografía).
- El sonido, por otra parte, tiene un papel primordial, amplificado para retratar las fascinaciones y las obsesiones de los personajes: el amor y la muerte, pero también la venganza y la comida. Y es precisamente por ésta última obsesión, y sobre todo por el significado sexual que el director atribuye a ella y a sus sonidos, que esta película me lleva a pensar también en otra referencia externa, en este caso en “El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante”, de Peter Greenaway.

Sin embargo, no ocurre lo mismo argumentalmente. O, al menos, no ocurre tan rápidamente -como me ha pasado a mi, pues al final es cuando he visto que casi todo cobra sentido-. Incluso habrá quien no quiera o no pueda dejarse arrastrar por la historia que se nos quiere contar. Esta película es la historia de un tránsito: el paso del luminoso, ilustrado y revolucionario siglo XVIII, hacia el sombrío, romántico y contrarrevolucionario siglo XIX. Una transición que Serra decide encarnar en dos personajes paradigmáticos, Casanova y Drácula:
- El primero, extrovertido y extravagante, iluminado por la razón, la erudición y la sensualidad.
- El segundo, misterioso y casi terrorífico, ensombrecido por su propia historia novelesca y la sexualidad más visceral.
Pero ambos están obsesionados por las mismas cosas: el amor (l'amor) y la muerte (la mort), y, a la vez, por ninguna de ellas.

En definitiva, como una petite mort, literal, simbólica y cinematográfica, y, a la vez, ninguna de ellas. Eso es “Història de la meva mort”.
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5 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
DE LA BELLEZA AL HORROR
En la presentación de su película en el Cine-Club de Sabadell, Albert Serra confiesa que los orígenes de la misma hay que encontrarlos en la lectura de “Historia de mi Vida” que la editorial Atalanta puso a nuestra disposición, además de una propuesta para hacer algo sobre Drácula. En el prólogo de la obra, que tiene el paréntesis de (hasta el año 1.797) Félix de Azua equipara al libro como una metáfora antropológica, del nacimiento, desarrollo, decadencia y muerte de un hermoso animal contada por él mismo. Pero es además un documento de singular importancia sobre la vida de Europa en el siglo XVIII y un relato que conmueve, exalta, y excita tanto la lujuria como el raciocinio. Albert Serra, que trabaja todas sus películas sobre mitos muy conocidos, como hizo con Don Quijote o los Reyes magos, en ésta ocasión lo hace sobre el fenómeno sexual de Europa, añadiendo en sus encuadres y diálogos al eclesiástico, al músico, al inventor, al político, al químico (o alquímico) pero presentándole, como así quieren la mayoría de los canovistas, como el anti-Don Juan, su contrario y su enemigo. Y lo consigue muy bien con la interpretación de Vicenç Altaio, que además de poeta y escritor estuvo cinco años al frente del Arts Santa Mònica. Serra no trabaja con actores profesionales, y esa naturalidad se agradece y se palpa en sus películas.
La audacia de Serra se pone de manifiesto en la segunda parte de la película, cuando aparece Drácula y crea entonces dos imaginarios contrapuestos, por un lado el racionalismo encarnado en el personaje auténtico de Casanova, y por otro el romanticismo esotérico del personaje de ficción. Personaje contra ficción a modo de una performance, para llegar a una película donde no hay nada real y todo se convierte en una fantasía que pasa de la luz a las tinieblas, del horror a la belleza y de la belleza al horror, de la injusticia de la belleza a la belleza injusta.
La parte última, la que nos lleva a las tinieblas tiene unas características técnicas muy notables, al conseguir, a base de contratipos unos colores altamente oscuros que tuvimos ya ocasión de ver en francisca de Oliveira, o en el Fausto de Sokurov. No era falta de luz, como algunos murmuraban en la sala, era una situación consciente para provocarnos el desagrado.
Reposada la película, después de unos instantes de desconcierto (que se agradece) la pregunta que nos surge es si eso es una película y que valor le damos a la misma. Partimos de la premisa de que las categorías del arte han sido desplazadas a lo largo del tiempo y por ejemplo las películas de Buñuel eran aborrecidas incluso en París. ¿Existe el arte? A esa pregunta le dedican muchas horas los filósofos, y yo a éste cine, que se sale de la Academia, pero que consigue inquietarme no le despacho con un portazo. Me voy a mi sillón y me pongo a leer las páginas que me quedan (son 3.577) de Historia de Mi vida, y si pueden ser en francés, mucho mejor.
Albert Serra, presenta cinco películas de Hong Sangsoo en un pack que me regaló mi hijo hace ya unos años, ahora a éste director coreano le han dado el primer premio ayer en el festival de Gijón por su mirada humanista de la película Right Now, Wrong Then. ¿La vemos? O nos ponemos a la cola de ocho apellidos… En la obra El Público de Lorca, recientemente representada, al director del teatro del aire le preguntan si sabe cómo orina Romeo.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Albert Serra.
Me resistía a ver ningún film de este director temiendo que fuese de una futilidad y pretenciosidad extremas, y pretencioso realmente lo es, pero encierra en su inmadurez puro cine. Lastrada por un metraje excesivo, la película hace aguas al tiempo que es una propuesta original, alejada de lo comercial y, pese a sus fallos, interesantísima.
Con una luz y unos exteriores que apabullan por su belleza, con sonido directo, el guión flojea: ese Casanova maduro, al estilo de la inigualable "La noche de Varennes", enfrentado a un chupasangres Drácula, no consigue convencerme, pero valoro enormemente (ya sé que soy contradictorio) los excesos de un director que si madura y lima asperezas, puede convertirse en algo/alguien muy a tener en cuenta.
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
5
Muy larga sin necesidad y pretenciosa
Tiene ciertas escenas de belleza pictórica. Lo que le pasa a Serra es que no sabe contar lo que quiere en menos tiempo, y eso penaliza mucho a su obra. Un plano no es mejor por durar más en sí, debe tener una justificación por atmósfera o una emoción contenida que aquí no se encuentra nunca y sí podemos encontrar en películas de autores punteros como PTA, Tarkovsky, Tarr etc. En los planos eternos de Serra encontramos tedio.

Hay películas de dos horas o hasta de 3 horas y pico que se hacen cortas. Porque son inmersivas emocionalmente o bien la narrativa fluye. Aquí ninguna de las dos cosas, por eso hay películas de dos horas y poco que son la muy largas. Aquí hay 40 minutos sin ningún contenido, es alargar porque sí.

Se dice que una película de autor es el espejo de su director, y está más que ninguna para el propio Serra, que dijo hace poco que él es el único autor en toda España haciendo cine. No sé si Serra ha visto suficiente cine para creerse esa frase, o quizá tiene una definición errónea de lo que significa autor. Historia de mi muerte es una obra pretenciosa y con muy poca mesura, al igual que su propio autor. Nada que ver con "La muerte de Luis XIV", que sí es una obra mucho más coherente y sólida.

Serra no es el único autor de España ni el mejor director del mundo, pero le gusta recordárselo a la gente por alguna razón.
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
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