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7
El reino del silencio
La continua atracción de Angelopoulos por el Norte nos lleva, en esta ocasión, a un gélido territorio de frontera en el que todos los valores parecen subvertidos. ¿Cómo no pensar en el hilo tenue de la muerte al ver la línea que separa ambos países? No existe un verdadero avance en la "sala de espera" en la que aguardan las almas exiliadas de los refugiados. Todo es vida vegetativa y gris, melancolía esencial y tristeza indefinida. El tiempo queda suspendido, inerte y congelado. Los habitantes de ese microcosmos (que pudiera integrar a todo el género humano) comparten un ¿perpetuo? aislamiento, sin apenas capacidad para comunicarse o comprenderse, cercenados, en apariencia, de las vivencias más profundas de sus semejantes. Todo se muestra como un continuo simulacro, con seres que actúan entre hastiados y abatidos. Abundan en la cinta las escenas memorables: la boda, a caballo entre dos mundos, con el río inexorable en medio de los novios; la primera escena, circular y sobrecogedora, en la que asistimos al rescate de los cuerpos suicidados en medio de una nube de helicópteros; el final, ¡ah, el final!, maravilloso. Con un amarillo deslumbrante, el de los "ángeles" que resplandecen en los postes, tratando de restablecer la comunicación. Una escena fallida: el reencuentro, protagonizado por los personajes de Marcello Mastroianni y Jeanne Moreau; hay algo en su tempo que no acaba de funcionar, pese a la preparación milimétrica de los encuadres y la exquisitez con la que está rodada. Un defecto: una película tan lenta, con un planteamiento tan diáfano, no debería resultar confusa, y, a ratos, adolece de ese vicio. Demasiado aire, demasiada contención, y un exceso de preciosismo retórico que desluce el tejido emocional de aquello que se nos presenta. Una idea tópica: el informador objetivo que no puede evitar su implicación sentimental. La atmósfera de nieve, lluvia y frío da vida al limbo de la espera, donde el desánimo penetra hasta los huesos. El guión parece salido del estudio de un ingeniero del lenguaje y de la imagen (¡qué pulcritud en cada toma!); todo está medido hasta el extremo, las simetrías, las reiteraciones, la inexistencia del sol y de la acción. La falta de utopías e idearios. Y el personaje más logrado de la cinta: el olvido de sí mismo en el silencio de la muerte.
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39 de 46 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Sobre lo absurdo de las fronteras
Casi en el mismo comienzo nos encontramos con uno de los elementos centrales de la película: un río, frontera natural y centenaria, como bien expresara Ivo Andric en su hermosa obra "Un puente sobre el Drina". Sin embargo, en pleno siglo XX, los conocimientos técnicos del hombre han permitido sortear esa inmensa barrera por medio de un puente, algo que puede ser más o menos hermoso en lo físico pero siempre bello en lo que simboliza: la conquista de la naturaleza, la prolongación de caminos cortados y, por lo tanto, la posibilidad de ir más allá hacia lo desconocido; con la salvedad de que este puente contiene en su mitad la frontera entre Albania y Grecia. Nada más paradójico teniendo el cuenta lo que un puente representa. La película esta ambientada en un momento delicado tanto para griegos y albaneses (qué momentos no lo son para estos pueblos, al menos desde la perspectiva externa), a caballo entre los ochenta y los noventa: los primeros viviendo en una sociedad completamente militarizada por el miedo constante a una guerra con los turcos y para mantener blindadas las conflictivas fronteras con Albania; los segundos una sociedad dominada por una paranoica dictadura comunista desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, completamente aislados del mundo exterior sino es a costa de grandes peligros. Para comprender los parámetros en que se mueve esta película hay que tener en cuenta la conciencia griega hasta hace muy pocos años de ser una isla europea en mitad de un mundo hostil, el último reducto de la civilización occidental en oriente (hasta el ingreso de Bulgaria Grecia no compartía fronteras físicas con ningún país de la UE). Esto queda claramente expresado en una frase del coronel griego al encontrarse en mitad del puente junto a Alexandre, su amigo el periodista: "Grecia termina en la línea azul. Si doy un paso estoy en otra parte o muero". Sin embargo, como siempre, el contrabando sigue siendo un lazo conector entre pueblos: "El año pasado una cajetilla de tabaco me costó un tiroteo y la vida de un hombre".

Es hermoso y muy clarificador respecto a la profesión de estos individuos el papel del periodista, Alexandre. El observador impersonal que desde lo alto del balcón, como un ave rapaz se introduce en vidas ajenas, en destinos que poco tienen que ver con el suyo. Los refugiados cuentan sus experiencias migratorias, hablan del miedo a morir, del pasado de muerte que dejan atrás y de lo que esperan encontrar al otro lado y el miedo a no llegar nunca. Alexandre está investigando la misteriosa desaparición de un ilustre político griego muchos años atrás. La obra con la que éste cerró su obra decía: "¿Cómo podíamos dar forma a un nuevo sueño colectivo?".
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18 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
El pesimismo es un humanismo
• Nacionalismos •

Ya ha llovido desde los tiempos de J. G. von Herder hasta los éxodos finiseculares de esta película. Pero el filósofo alemán del XVIII −uno de los padres del nacionalismo− me invita a completar los fotogramas desde la perspectiva histórica de un proceso, un viaje o una odisea que finaliza en el punto “balcánico” de «El paso suspendido de la cigüeña». Un punto repleto de refugiados de segunda (albaneses, kurdos, rumanos, etc.) que el director retrata a finales del siglo XX en ese paisaje en la niebla griego donde empezó todo. Una especie de desembocadura de proceso digestivo en un siglo marcado por la fuerza nacionalista (Guerras Mundiales, fascismos, guerras civiles…).

• Pesimismo •

La película traza un sentimiento de pertenencia a la historia desde un pesimismo humanista delator del fin de etapa. Ese siglo de nacionalismos y diásporas toca a su fin y algunos sobran: "res nullius"; humano derrelicto; apátrida.

Al vertedero. A la frontera.

• Lo que fue; lo que será •

Y allí, en ese punto suspendido en ninguna parte, se agolpan los desechos de tantos años de pogromos en vagones como ghettos polacos que se retratan en plano secuencia, resaltando el desfile de diásporas y nacionalidades refugiadas en la frontera silenciosa de un nuevo Babel de consecuencias y teorías sociopolíticas que se preparan para ser ahora marginados en el proceso civilizador de renovado lenguaje económico-globalizado.

• El documental •

La doble distancia de la cámara televisiva en la secuencia del encuentro entre Mastroianni y la Moreau remarca nuestra condición de espectadores. Y de ahí la distancia suspendida; de ahí el extraño tono documental que excede los contornos de realidad estricta en diálogos extravagantes, secuencias plúmbeas como el sueño o el pensamiento y el carácter de rito simbólico de los actos y miradas.

• Entre dos tierras •

La celebración de la boda final aparece como forma de recapitulación, una ceremonia que compendia tradición mística, cielo y árbol. Flotan los siglos en un proceso dialéctico de equipos de televisión y ritos centenarios. Y en ese contraste entre elementos contradictorios sigue sin existir una finalidad de previsión colectiva y solidaria, solo un proceso de selección ideológica que ya viró a selección neoliberal de dos velocidades.

• Humanismos •

Theo Angelopoulos ofrece la decepción y el extravío con una capacidad de disección más propia de alguien que observa el pasado y no el presente. Y sientes cercanas a esas gentes de ritos ortodoxos. Quizás por el silencio; quizás por la tristeza de su anacronismo. Quizás porque ellos, los de “allí”, son personas olvidadas por la miseria del historicismo, el "laissez faire" y el racionalismo constructivista. Es decir, olvidadas por todo. Olvidadas por todos.
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14 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
The horror, the horror...
Podría decirse que es una película demasiado lenta, pero yo no estoy de acuerdo. No estoy de acuerdo porque la duración de los silencios, los planos estáticos, las simetrías, el orden, la geometría, todas esas conversaciones de personajes trastornados por lo absurdo, traumático - y real - de la situación, los acercamientos lentos y delicados, casi a cámara lenta de personajes emocionalmente destrozados, toda esa lentitud es necesaria, porque provoca un gran vacío, una enorme sensación de melancolía en cada acción. Y de intemporalidad. Además está muy bien compensado con las conversaciones entre Alexàndros y el coronel, que aportan frescura de vez en cuando, y si a esto le añadimos más de alguna escena de tal factura estética que nos dejará boquiabiertos varias veces, la película consigue mantener un ritmo de expectación bastante alto y constante.

A nivel técnico me ha parecido impecable. Memorables 3 escenas: El comienzo, muy bueno. La escena del baile está muy bien, porque la tensión entre las dos miradas bascula nuestra atención de un lado a otro según las parejas que bailan, que están en primer plano y al moverse nos van dejando sólo uno de los dos rostros visibles; es un juego muy bonito. El final es memorable... armonioso, evocador, un plano laaaaaargo donde todo funciona como un reloj. Como han dicho por ahí, parece todo salido de un estudio de ingeniería, sí.

Otra cosa que me sorprendió es el dominio de la profundidad, hay escenas donde se superponen en un mismo plano hasta 3 ó 4 niveles, pero también hay que decir que la fotografía ayuda mucho en ese sentido.

Respecto a las interpretaciones, quizás sea lo que menos me gustó. Mastroiani y Jeanne Moreau están muy bien, pero el resto tampoco es que me hayan parecido espectaculares, aunque creo que ahí hay una doble lectura: se peca un poco de falta de naturalidad. A veces los personajes se mueven como robots, caminan ingrávidos, miran al infinito una y otra vez... muchos de sus comportamientos se nos antojarán irreales, pero claro, por otro lado todo esto es intencionado por lo que decía al principio y no sé cómo funcionaría la película sin esa carga intencionada en las actuaciones...

Con todo, muy buena película ( 7.5 ), altamente recomendable y muy susceptible de ser vista en pantalla grande, donde creo que ganará bastante. Así que ya saben, si me quieren regalar un proyector en Reyes, les doy mi teléfono y hablamos.
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7 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
Unos breves apuntes sobre El paso suspendido de la cigüeña y, quizá, el cine de Angelopoulos.
Aunque tiene un inicio algo flojo – pese a sus maravillosos primeros 5 minutos -, como ya le pasa en Eleni o Paisaje en la niebla, un golpe de genio nos sumerge de lleno en su mundo. Comprendemos que necesitaba media hora larga para describir cuáles van a ser sus cartas. Pero una vez las conocemos, las esconde para descubrirnos su propósito.

En El paso suspendido de la cigüeña Angelopoulos vuelve al recurrente tema de las fronteras, pero de manera diferente a otras de sus obras. La frontera sabemos que está, pero salvo en dos momentos determinados muy separados, no nos la muestra, no se centra en ella. Lo que Angelopoulos nos descubre aquí son sus propias fronteras, las que lo separan insobornablemente de otros cineastas, pues tiene su mundo propio. Pero estas mismas son las que hacen que alcancemos a hallar la comparación, la conexión, con otros autores.

- En Angelopoulos la intriga da paso a lo que nos quiere contar. Es un instrumento, no un fin. La intriga alimenta el verso, no al revés. Llegado un momento, cuando ha cumplido su labor estructural, desaparece. |Antonioni|

- La intriga policial/de investigación progresa mediante miradas, no a través de subtramas, subintrigas, puntos nuevos de retroalimentación. Asistimos, pues, a un acto de conocimiento de los personajes. Estas miradas confluyen con la intriga a favor de la fluidez narrativa (aún asistimos a un espectáculo “narrativo”). |Hitchcock|

- Cuando la intriga, como personaje más, ha realizado su labor, Angelopoulos la elimina del guion. Corte radical. No da soluciones, ni da opción a la pregunta, todo carecía de importancia, pero era necesario. |Antonioni|

- Angelopoulos es un director subyugado por el misterio del cine, de la imagen. A través de ella busca respuesta, descubrir la vida y las emociones|Antonioni|. El protagonista se vale de ella para darnos a conocer los acontecimientos. De toda imagen, de un fotograma, nace una intriga interior, toda tragedia. Desde su punto de vista, con una pequeña cámara siempre presente |cine etnológico, Rouch|, el protagonista, A, que podría ser José Luis Guerín, busca captar el instante revelador.

- Angelopoulos es un director apasionadamente romántico, profundamente romántico, desesperadamente romántico. Está enamorado de las personas. Pero él es un poeta, y sus personajes solo existen en su mundo. Pero también es un filósofo de la historia |Pasolini|, y sus poéticos y únicos personajes representan a cualquier hombre de cualquier tiempo, de cualquier país. Destruye todo tipo de frontera.

- Su amor por la humanidad naturaliza su cine, de extrema belleza e incuestionable profundidad. La nostalgia siempre está presente, pero de ahí nace la felicidad (el personaje de Mastroianni). Es confusa la línea que separa ambas cosas. Cuando sus personajes están tristes en la soledad física que les suele acompañar, entre la lluvia y la niebla, Angelopoulos no les pone en sus manos un libro de Satre. Le interesa la tragedia del hombre mundano. Se refugian en la música y la bebida, la tradición, las raíces |Ford, Kaurismaki|. Entiende a todos los personajes, no les hace preguntas, no discrimina |Renoir|.

- En El paso suspendido de la cigüeña vemos a un Angelopoulos más cercano que nunca al que fue su íntimo amigo Erice. Familia unida mediante el silencio, tren que pertenece a otro tiempo.

- En “la sala de espera”, el microcosmos creado por Angelopoulos para unir las sociedades contemporáneas, nuestro mundo real se convierte en el lugar mítico (Ítaca siempre está presente, pero nunca llegamos a ella; Ítaca no existe – La mirada de Ulises). Un político y un vagabundo son la misma persona. El tiempo permanece suspendido, el paso forma parte de la utopía.

- “El río ruge, el río me llama. Soy feliz.” En Angelopoulos el medio natural es parte de la vida, la condiciona (al final, el agua es la única frontera). Fusión de los elementos |Tarkovski, Whitman|.

- La magia nace de lo cotidiano. |Rossellini|. Sobrecogedora secuencia de la boda: desaparecen las barreras, el cura llega en su rudimentaria bicicleta en medio de la belleza y la emoción nace de lo frecuente en el mundo real. Ausencia de idealismo. El padre se despide de la hija |Erice|.

- El guion está estructurado milimétricamente, aunque irregular, en secuencias. Hay independencia pero interdependencia. |Hitchcock|. Sir Alfred, en Psicosis, elimina a su protagonista llegados a la mitad, aquí Angelopoulos es en ese punto cuando hace que aparezca. Pero, ¿es ese su protagonista realmente? Alterna en la planificación lo documental y la ficción. Y, pese a la claridad de lo expuesto, dificultad para atraparlo. En sol nunca ilumina, los electricista congelan la comunicación.
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7 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Entre grises claros y grises oscuros el hombre INDESCIFRABLE
Un periodista heleno reconoce entre los refugiados albaneses, griegos, turcos, etc. en la frontera norte de Grecia, a un antiguo y alto político que llegó a ocupar un puesto de gran mandatario en su país. Durante todo el filme, este periodista trata de hallar respuestas a la desaparición y cambio de vida tan radical de ese hombre que ahora vive de forma pobre y con una nueva hija, lo ronda de cerca, se enamora de su hija, etc.

La película es tristísima como suelen ser las obras cinematográficas de Theodoros Agelopulos, repleta de ambiente y tonos grises, a veces claros y otras muchas oscuros como la pesadumbre misma que cargamos los hombres y las mujeres.

Angelopoulos, nos describe la soledad del ser humano; su idiosincrasia indescifrable; su índole de transéunte que por más familias y hogares que llegue a tener en este mundo suele sentirse lejos de la auténtica familia y del verdadero hogar; su impronta trascendente y misteriosa de ser que pertenecese más al "más allá" que al "más acá".

Una película de arte y ensayo, de las que sólo pueden admirar los aficionados raros que gustan contemplar películas extrañas e insoportables para la mayoría del público común, convencional y corriente.
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8 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Sobre la soledad de un hombre y el desarraigo
Un político conocido desaparece de la vida pública misteriosamente. Unos periodistas graban a hombres sin fronteras en una Europa del Este hecha trizas. Y allí, en una zona sin banderas ni fronteras está el hombre, que no pide explicación ninguna de su cómo y su porqué. El dónde nos lo explica Angelopoulos, con su típicas imágenes silenciosas, auténticas fotografías de una Europa llena de niebla y de paisajes eternos. Temas recurrentes en su obra, la de personas con deseo de encontrar otra identidad en un futuro incierto. La vida aquí y la muerte en otras ("La eternidad y un día") para pegar en la mente el cine de un realizador cuya cámara, de movimiento pausado, no hace dialogar en exceso a sus personajes, sino que son las situaciones externas las que obligan al hombre (muchas veces son personajes masculinos) a desaparecer en un destino borroso y nada esperanzador. Enorme y preciosa a rabiar la última escena de la película, con esos hombres subiéndose a los postes telefónicos.
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4 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
La atención suspendida y cautivada...
Una película preciosa...
Así como "La mirada de Ulises" me decepcionó y me hastió, "El paso suspendido de la cigüeña" ha vuelto a reconciliarme con la obra de Angelopoulos.

La banda sonora y la fotografía son magníficas, esta última categoría, especialmente en la relación del periodista con la joven; y en la genial escena final. Así como el guión, que es de una elegancia lírica, sencilla y emotiva encomiable (bonita metáfora, la del título; que contrasta con la incomprensible situación política, totalmente artificial y ajena a las personas).

Este director ofrece con este película otro retazo de su Obra, ya que las similitudes y conexiones con sus otros films son evidentes, así como esos puentes buscados, que configuran una unidad. No es casual entonces, la coincidencia de elementos en sus películas: niebla; bodas; protagonistas; niños (en el "Paso suspendido de la cigueña" no "abusa" tanto del recurso infantil); el nombre de "Alexandros", álter ego del director (en este caso, conocemos que el periodista se llama así casi por casualidad, ya que un personaje lo llama por su nombre una sola vez); incluso el bar donde ocurre una pelea, parece el mismo de "Paisaje en la niebla" y "La eternidad y un día"; las complicadas relaciones de pareja, etc.

Es un film profundamente simbólico, desde el tema del viaje, la frontera, el concepto de "casa/hogar", la inverosímil boda en la distancia más física y en la lejanía personal más intolerable, la situación política, las relaciones amorosas, la vida del militar (que apenas se permite emocionarse, y subsiste a prolongados tragos de alcohol y autodisciplina)... y el "Cuento de la cometa" que el refugiado cuenta a un niño, y se queda inacabado... como sus vidas y sus viajes... Es hermoso el detalle de recuperarlo al final, desde la desengañada mirada infantil...

El trabajo de los actores es excelente, sobresaliendo Mastroianni, que es, pero no es, el político y a la vez huido; así como el personaje de su esposa, otro ser misterioso y atormentado, que reconoce a su marido, pero no... ¿no lo quiere recuperar? ¿No quiere ahondar en las causas que provocaron su desaparición? ¿Es simplemente más cómodo dejarlo todo atrás y continuar con su nueva vida, y su nuevo marido? ¿No es él su esposo? Es interesante su relación, por la aceptación del cambio, es decir, la mujer sabe que ese hombre, por mucho que sea su marido, ya no es "él", no es el mismo que ella conoció...

El breve amor entre la joven y el protagonista, plagado de silencios, pero de pasión (y consuelo), recuerda la tortuosa relación del protagonista de "La mirada de Ulises" con la(s) mujer(es) de esa película; como también la incipiente y brusca ilusión que siente la niña de "Paisaje en la niebla" por Orestes.

Sin embargo, la falta de ritmo, ayudada por el abuso de los silencios (cuando el guión es bellísimo), y la explotación innecesaria de muchos planos lastra el film; así como el profundo simbolismo de cada mínimo detalle.

Desde luego es una película, no tan críptica como "La mirada de Ulises", pero sin duda, para los no aficionados a este director o tipo de cine, puede resultar aburrida, pesada, e incluso, dar la sensación que "no pasa nada"; o lo que sucede no se acaba de comprender (no se presenta el clásico orden lineal narrativo).

Angelopoulos demanda un espectador culto y atento, pero sobre todo, sensible y abierto a las desgracias y los avatares humanos, dejando atrás ideologías, prejuicios y advertencias infundadas. Que, aunque contemple un film difícil o imposible de aprehender, deje una huella en él, y sea capaz de reflexionar, y volver en calma y en paz a volcarse sobre ese cúmulo de emociones y sensaciones estremecedoras.
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4 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
Metarrealismo en Angelopoulos
Un artículo reciente de Petros Márkaris recordando a Theo Angelopoulos y la realidad actual de los refugiados nos ha llevado a visionar nuevamente: “El paso suspendido de la cigüeña”, una profunda, a mi juicio, meditación sobre la historia contemporánea. ¿Cuántos helicópteros buscando polizones en el mediterráneo desde que Angelopoulos rodó su película allá por el 1.991? Nos duelen las imágenes y es inevitable la emoción, con la música de Eleni Karaindrou y el saxo de Gargaref.
El periodista, antes de iniciar el reportaje nos recuerda a Dante: “no olvides que otra vez, ha llegado el momento de viajar. El viento arrastra muy lejos tus ojos”. No se puede forzar mejor el límite de lo real cuando un joven recluta al pasar revista el coronel dice “Sólo me asusta el sonido del ruido por la noche” ¿algún militar de frontera diría esas palabras al paso de un superior jerárquico?
Si doy un paso más… y el coronel acompaña al periodista a unos arbustos, al lado del rio, de donde parte una música lejana, una balsa cruza una cinta de casete con los sonidos de una vieja canción: “el amor es una luna llena, trato mi cuerpo con locura, y sueño contigo”
La “sala de espera” llena de kurdos, albaneses, polacos, iraníes…, se amontonan en espera de un mundo mejor a “otro lugar”. Hay una escena memorable, en una película que he visto recientemente de Eugene Green que a la pregunta a un refugiado ¿Cuándo has salido de Irak? Éste le responde: “soy caldeo cristiano y me fui de Irak hace 1.300 años”. No hace tantos años que se fueron los personajes que, a modo de fotografías de Walter Evans, nos muestra Angelopoulos en una larga toma de los compartimentos de un tren a ninguna parte, mostrando familias de refugiados con sus trajes típicos y sus miradas silenciosas.
“La desesperación en el fin de siglo” es el título del libro del político que huye del parlamento y que juega un papel significativo y desconcertante en la película. El periodista, después de una relación amorosa rodada en silencio y con miradas de más de 70 segundos pero que parecen una eternidad, lee el final: “¿Cuáles son las palabras clave que podríamos utilizar para que un nuevo sueño colectivo se hiciera realidad? Sueño y realidad, con el único sonido del agua del rio, es la boda a distancia con una toma de cámara y secuencias sólo al alcance de los grandes. Iñaqui me sugería que el final de la película podía haber sido el final de la boda cuando todos los invitados se suben a un camión, que va desapareciendo lentamente por un camino y el padre (Mastroniani) abraza a su hija tiernamente. No le puede faltar razón, pues el libro “Imagen y Contemplación” de Andrew Horton dedicado al cine de Angelopoulos, tiene en la portada una fotografía de ese plano. A mí me parece más potente la iconografía bizantina del final, con esa conexión con la crucifixión, ese sacrificio que hacen esos hombre voluntarios de amarillo (iconos de Theo) que subidos a un poste como estilitas, llenan de comunicación a los hombres simbólicamente por medio de la colocación del teléfono. Si la película hubiera terminado cuando el reportero estaba sólo junto al rio o como el final “Iñaqui”, evocaría las escenas de la boda a la orilla del rio, pero habría excluido los otros grandes temas que transitan por la película. Al ver a los hombres de amarillo subidos a los postes, tanto el periodista como nosotros, somos trasportados más allá de nosotros mismos, de él mismo. Esa imagen final, leo a Horton, tiene fuerza como contacto, comunicación extendida, que nos hace recordar los cuerpos ahogados de los refugiados. El “mito” de cruzar la frontera es fundamental en la película, de ahí la importancia del plano final, concienzudamente elaborado por Angelopoulos, en el que nos muestra al periodista acercándose al rio mientras la cámara lo cruza. En una toma inversa, nosotros pasamos al otro lado de la frontera, casi como si nos estuvieran invitando, a ir más allá.

A Iñaqui
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4 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
La importancia de la frontera
En mis clases de Historia de América Latina, siempre nos decían que las fronteras eran algo especial. En cierta medida eran tierra de nadie.
No funcionan con las reglas de ningún país sino que el sincretismo cultural, social, étnico e ideológico pone sobre la mesa muy peculiares relaciones sociales. Por ello, estas comunidades fronterizas crean sus propias reglas de convivencia, dando como resultado un modo de vida "sui generis."
Theo Angelopoulos nos pone en una difícil situación, en cierto modo nos deja pelear en esta tierra de nadie, donde va la gente a esperar (ir a un lugar donde ya no se trate de malvivir) o a perderse en el anonimato irremediable que ofrece aquella tierra de paso (así, a lo Mastroianni).
La película alcanza varios niveles, creo que el espectador puede verla como una anécdota que Angelopoulos le cuenta o como un lugar donde el espectador va tejiendo partes de la historia dándole diferentes sentidos a las actitudes de los actores.
Una película con una fotografía muy bien hecha, imperdible para los que gustan de las películas reflexivas.
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2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
En Grecia siempre nieva.
Hay que decir que cuando uno se imagina Grecia, visualiza automáticamente sus casitas blancas a pie del mar mediterráneo, con sus habitantes vestidos en ropas blancas, de tela fina y de una ligereza que parecieran ángeles de una postal celestial. Pero Angelopoulos se ha empeñado en mostrarnos el otro lado de Grecia del que apenas tenemos conocimiento. Con sus características nevadas, que posan de fondo en la mayoría de sus obras, la neblina cubre sus largas calles y carreteras medio abandonadas, todo bajo el denso y grisáceo cielo, apenas se vislumbra la luz del sol, apenas pareciera que quedará esperanza. No es de extrañar que los personajes que aparecen en la mayoría de sus obras sean individuos que llegan, o se van, en busca de algo. Supongo que en el fondo, lo que anhelan, es encontrar algo, o a alguien, acogedor y/o acogedora.

No es de las mejores obras del director griego, pero hay que reconocer que contiene algunas secuencias magistrales, como por ejemplo el de la boda al pie del río, su respectiva fuerza metafórica y visual es deslumbrante.

Sigue la estela y el ritmo de la mayoría de sus obras, con un estilo que se acerca mucho al "Nostalghia" de Andrei Tarkovski, en donde sus protagonistas se sienten desplazados, desubicados e incluso rechazados. Separados de su anhelo por una linea abstracta ideada por alguien. Desvaneciendo la posibilidad de estos para encontrar algo cálido tras esa frontera, finalmente los lazos se rompen, por una simple linea dibujada en el suelo, o en su imaginación.
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