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Extraña
“El lagarto negro” es una pequeña rareza ya que no queda claro si pretende ser una parodia de James Bond en formato kamikaze-cult con un villano travesti y un bueno, detective.

La adaptación de la novela de Rampo Edogawa se podría resumir como la historia de famosa ladrona de joyas de guante blanco se enamora del detective encargado de capturarla.
Cine negro enmascarado bajo una batuta francamente gayer-almodovariano con la dualidad para la perspectiva de la dualidad.
Posee elementos dentro del cliché (futuro) como el socorrido escondite oculto, un plan maquiavélico, cientos esbirros y un golpe letal en forma de lanzamiento de serpientes. Sorprenden que los lugares comunes como los bares de copas se transformen en un arrebato hippie-pop-setentero. Por supuesto, llega el amor.

“El lagarto negro” es una pequeña joya bizarra de la cinematografía japonesa de la que no se sabe si pretende homenajear/adaptar fórmulas occidentales o directamente parodiarlas. Es cierto que puede existir cierto subtexto en la ‘invasión’ proliferante (y pasada) americana en tierras japonesas como una herencia de rasgos distintivos. Tiene que ser vista como una rareza entre sus secuencias de los clubs de noche, coches de diseño y su villano carismático y pasionalmente drag.
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El caso de Kogoro Akechi y la mujer de negro
No hay detective más hábil e infalible en todo Japón que Kogoro Akechi, ni tampoco criminal femenina más conocida y peligrosa que "Lagarto Negro".
Dos seres situados a opuestos lados de la ley y la moral y no obstante unidos por una inevitable fascinación que se verán enzarzados en un caso lleno de misterio, violencia, traiciones y romance imposible.

Publicada en 1.934, "Kurotokage" es sin duda un icono dentro de la novela negra japonesa y uno de los más importantes trabajos de Taro Hirai, quien bajo el pseudónimo de Edogawa Rampo se convirtió en un auténtico maestro del género, el cual degeneraba y caricaturizaba a su antojo con su inventiva y frescura, no sólo rindiendo tributo al "pulp" americano, sino llevándolo más allá de sus posibilidades. Su carrera está colmada de grandes libros como "Los Crímenes del Jorobado", "La Mirada Perversa" o "El Extraño Caso de la Isla Panorama", pero son las aventuras del detective Akechi las que más éxito le proporcionaron.
Heredero del Auguste Dupin de Poe, del Sherlock Holmes de Doyle o del Hercule Poirot de Christie, este sagaz investigador seducido por el universo del crimen y que ocupó muchas historias, tuvo su momento de mayor gloria en "Kurotokage" junto a la "femme fatale" más seductora, vanidosa, aterradora y romántica jamás imaginada. El activista y polifacético dramaturgo de turbulenta vida Yukio Mishima escribió una pieza teatral basada en la obra de Rampo que sería llevada al cine en 1.962 de la mano de Kaneto Shindo (ejerciendo de guionista), los estudios Daiei y el director Umetsugu Inoue.

Tergiversadora aunque maravillosa adaptación que convertía la novela en un ensoñador y surrealista espectáculo de estética "kitsch" lleno de color y bailes (el cineasta era un experto en el género del musical) más cercano a la comedia que al suspense, y eso fue seguramente lo que llevó a replantear la historia desde otro punto de vista más fiel y acorde con el texto original; sin embargo me veo obligado a romper una lanza en favor del bueno de Inoue y de ese primer "Kurotokage" cinematográfico, pues fue una de las más sorprendentes e imaginativas películas japonesas que he visto en mi vida.
Seis años después, la novela sería tomada por la productora Shochiku, con Masashige Narusawa (asiduo colaborador de Mizoguchi para el que firmó "La Mujer Crucificada" o "La Calle de la Vergüenza") encargándose del guión y tras la cámara un Kinji Fukasaku casi recién iniciado en la industria del cine, cuyo 1.968 se le iba a presentar de lo más fructífero. La diferencia entre ambas adaptaciones se establece desde la primera secuencia, que propone un breve encuentro entre los protagonistas antes de que comience la trama; encuentro en el que sentirán una atracción especial al instante para más tarde verse perseguidos sin cuartel y sucumbiendo cada uno a las artimañas del otro.

La memorable coreografía para presentar al "Lagarto Negro" y su leyenda no existe en la versión de Fukasaku, quien elimina toda la colorista y psicodélica parafernalia del film del '62 inclinándose por un estilo más sobrio, negro, sucio y violento, más fiel a Rampo, aunque no exento de una particular extrañeza; esta sobriedad también acompaña a los personajes (el padre de Sanae pasa de ser un tipo histriónico a un hombre de negocios muy serio y el detective Akechi pierde desparpajo y gana en misterio, aunque será la protagonista la que más cambios sufra).
Akihiro Miwa, que presta su gélida belleza reemplazando la sensualidad salvaje de Machiko Kyo, es menos vanidosa y más romántica (confiesa y acepta su amor por Akechi mucho antes), aun sin perder un ápice de frialdad e inteligencia; asimismo, sus intenciones resultan más obvias y directas, pues se revela de un plumazo su grotesca y enfermiza afición, en una escena de lo más desagradable (la del depósito de cadáveres) a los pocos minutos de comenzar el film (Inoue esperaba hasta el final para contarlo). Y el largo y significativo discurso sobre el ser humano y la sociedad expuesto por Kyo aquí se queda en un par de frases que no logran alcanzar la furiosas reflexiones de Shindo.

La trama (que suprime personajes de la antigua versión, o los incorpora, y que cambia algunas situaciones) se desarrolla de manera eficiente e intrigante, centrándose más en la fatal relación entre Akechi y la criminal que en el secuestro de Sanae, demostrando Fukasaku la gran habilidad que posee para el suspense; Seijun Suzuki deja paso a Masumura y al Kurosawa de "El Perro Rabioso" o "El Infierno del Odio", aunque Hitchcock continúa siendo una poderosa influencia (la figura femenina doble, además de otros códigos del cine negro clásico).
La obsesión de la protagonista por preservar eternamente los cuerpos de las personas se volverá aun más repulsiva cuando ésta bese en los labios a una de sus estatuas humanas (encarnada por el mismísimo Yukio Mishima, que realiza un cameo la mar de curioso); la violencia gana terreno y ni rastro de comedia ni del simbolismo que usaba Inoue a través de los colores y la música. En el plano artístico Isao Kimura, pese a ser un buen actor, jamás podrá ponerse a la altura de Minoru Oki en la piel de Akechi, así como Kikko Matsuoka resulta demasiado empalagosa en comparación con Junko Kano; el único cambio acertado es Jun Usami dando vida al padre de Sanae.

Situada entre dos obras mayores como "Gambler's Farewell" y "Blackmail is my Life", el "Kurotokage" de Fukasaku no deja de ser un "thriller" sórdido, atrapante y muy entretenido, aunque el nivel de extrañeza aumenta demasiado en ciertos momentos (más aún en el tramo final), sin lograr equilibrarse bien con el estilo que plantea el director.
Yo, por mi parte, preferiré siempre la primera versión de Inoue, por muy conocida y exitosa que fuese la que nos ocupa.
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