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Puerta abierta al dolor
Poco conocido spaghetti western, que reúne las habituales tendencias de este tipo de producciones, polvo, balas, sangre y venganza.
El argumento presenta a un hombre encarcelado que ha perdido la memoria, en un incendio se escapa con unos convictos y comenzarán un viaje, en el que el protagonista intentará conocer su identidad.
Logra despertar el interés y lo mantiene a base de las aventuras y fechorías de los convictos en el camino hacia la verdad que esconde su amigo.
Peca de apoyarse en un guión excesivamente sencillo, donde los personajes son simples y a penas quedan desarrollados, pero es lo de menos en este tipo de películas.
Lo que importa son las secuencias de duelos y disparos, bajo el implacable sol del oeste.
Los amigos del protagonista están llenos de carisma y cada uno aportara su granito de arena para ayudar.
La película va avanzando progresivamente hacia un clímax que promete sangre y tiroteos, cumpliendo con las expectativas.
En su desenlace, se desmantelan todas las mentiras y se solucionan los problemas en un enfrentamiento apasionante, en el que todos lucharan con ahínco, abriendo la puerta del dolor.
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
5
Fuga del sanatorio
Enzo Barboni, aka E.B. Clucher, era director de fotografía, hasta que un día se le ocurrió la malhadada idea de pasarse a la realización. En su segundo intento, tocó oro: Le llamaban Trinidad cosechó un éxito monstruoso a ambos lados del Atlántico, lo cual constituyó la cumbre del spaghetti western y, al mismo tiempo, su condena a muerte definitiva. Cuando un género se instala en su propia parodia, puede darse ya por fenecido.
El primer trabajo de Barboni como director fue esta Puerta abierta al infierno, también conocida como La puerta del infierno. No es que sea una maravilla, pero posee algunos elementos que la elevan por encima de otras. Unos forajidos prenden fuego a un manicomio para distraer a los lugareños, mientras ellos se dedican al elegante deporte de apoderarse de un cargamento de oro. Cuatro internos logran escapar: un fanático religioso (Woody Strode, el inmortal sargento negro de John Ford, muy solicitado para este tipo de coproducciones); un tipo que ha perdido la memoria (Leonard Mann, guaperas pero soseras); un tahúr (George Eastman, né Luca Montefiori, que hizo todo un carrerón: pasó del spaghetti al porno sin apenas despeinarse); y un aficionado al tiro de cuchillo, muy"amigo" del anterior (Pietro Martellanza, más conocido como Peter Martell). Como el guión está sembrado de socavones escalofriantes, los cuatro deciden perseguir a los pistoleros, por motivos que se me escapan. Así llegamos al pueblo del amnésico, y los malos quieren convencerle de que son su familia para que se cargue a su propio padre. Son tan malos, que hasta uno de ellos codicia el culo de su hermana (Evelyn Stewart, o Ida Galli en películas más serias, como La dolce vita o El gatopardo). No es necesario decir que se arma una de no te menees, con peleas a puñetazos, torturas al pobre negro, tiroteos y duelos a pistola. Barboni consigue que no le escape demasiado de las manos la trama (yo habría denunciado a sus guionistas) y lleva con brío las riendas del asunto, bien acompañado por una energética banda del especialista Riz Ortolani. Aunque parezca mentira, los intérpretes no lo hacen mal y, en conjunto, es un entretenimiento bastante decente dentro de su humildad. Cosas mucho peores se perpetraron en nombre del Far West.
Para fans y completistas del spaguetti western.
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