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El mundo que se fue para no volver
Aún horas después de haber tenido la oportunidad de degustar esta obra maestra de Frantisek Vlácil me encuentro sobrecogido por su imponente belleza. Desde la misma secuencia inicial uno se ve turbado por un tren que sale a toda velocidad de un túnel marchando imparable sobre sus rieles en medio de una luz cegadora. De pronto se produce la transición del blanco y negro al color mientras suena una pieza de música coral de J.S. Bach. Ese cambio simplemente nos trata de explicar que el blanco y negro sería demasiado benévolo para con el espectador al permitir a éste distanciarse de la acción, pero al darle color se pone a éste de frente con una realidad que verdaderamente tuvo lugar. Al mismo tiempo, ese tren no es más que el curso imparable de la historia, que no espera por nadie.

Acaba de terminar la Segunda Guerra Mundial, sin embargo millones de tragedias todavía están en ciernes. A lo largo de los países de Europa oriental millones de alemanes étnicos -al igual que ellos ocurre con millones de europeos de otras minorías- esperan en las comunidades donde habían vivido durante siglos su destino definitivo, tras un pasado reciente de, a menudo, colaboracionismo con las autoridades del III Reich. Sin embargo, derrotada Alemania estas minorías alemanas están completamente a merced de los nuevos estados-nación, que cuentan con el beneplácito de las grandes potencias para "reubicar" y, más tarde, expulsar a estas poblaciones. En este sentido el caso de Checoslovaquia es particular, dado que fue a causa de la minoría étnica alemana instalada en los Sudetes -región donde transcurre la película, concretamente al noroeste, en un pueblo fronterizo frente a la ciudad alemana de Chemnitz- la que forzó el desmembramiento y definitiva destrucción del país en septiembre de 1938 a raíz del Pacto de Munich. La traumatizada sociedad checa sentía una profunda necesidad de vengarse por todos los agravios sufridos, algo que vamos a poder ver perfectamente a lo largo de la película, especialmente en la figura del inspector Hejna. Para las autoridades checoslovacas la liberación se convierte en una enorme orgía de excesos y violencia donde poder dar rienda suelta a su sed de venganza, algo que tratan de justificar constantemente en las vejaciones sufridas en los años anteriores.

De este modo, casi dos millones de checos serán desplazados desde Bohemia y Moravia en un gigantesco ejercicio de ingeniería demográfica para tomar el control de los Sudetes. Ese tren que vemos al principio es un gigantesco convoy cargado con decenas de ellos, entre los cuales se encuentra Viktor, el protagonista, un joven oficial checo que, como muchos otros, abandonó el país para poder seguir combatiendo a los alemanes y acabó, definitivamente, encuadrado en la RAF, en suelo británico. Sin embargo, desde que el protagonista abandonara el país en 1938-39 las cosas han cambiado sobremanera, tanto que éste se encuentra con un mundo irreconocible para él.
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