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45 años (2015)

45 años
Trailer
6,5
4.610
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Sinopsis
Falta sólo una semana para el 45º aniversario de su boda, y Kate Mercer está muy ocupada con los preparativos de la fiesta. Pero entonces llega una carta dirigida a su marido, en la que se le notifica que, en los glaciares de los Alpes suizos, ha aparecido congelado el cadáver de su primer amor. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Reino Unido Reino Unido
Título original:
45 Years
Duración
93 min.
Estreno
18 de diciembre de 2015
Guion
Andrew Haigh (Relato: David Constantine)
Fotografía
Lol Crawley
Productora
The Bureau
Género
Drama Romance Drama romántico Vejez
8
Historia de un deshielo
‘45 años’ es una gran obra menor. O una pequeña obra mayor, como prefieran. Un mecanismo de relojería emocional brillante e implacable con destellos de genialidad. Es, en fin, la historia de un deshielo. Charlotte Rampling y Tom Courtenay –espléndidos en sus papeles respectivos– dan vida y muerte (es un decir) a un matrimonio, los Mercer, que se dispone a celebrar su cuadragésimo quinto aniversario.

La película arranca con la pantalla en negro y el sonido de un proyector de diapositivas. Un sonido mecánico, intrigante, que más adelante sabremos que habrá de formar parte de uno de los clímax de la obra. Abajo a la derecha (con letra blanca y diminuta), algunos créditos. Resulta conmovedor pensar en los nombres de los dos actores protagonistas sobreimpresos en ese océano de oscuridad. No tardaremos en advertir que ese negror es una ausencia que inunda cada fotograma. La pantalla en negro es símbolo de un personaje, Katya, cuya no presencia es absolutamente omnipresente. No es infrecuente oír que todo el mundo o toda familia guarda un cadáver en el armario ("to have a skeleton in the cupboard", dicen los ingleses); en este caso, Geoff Mercer lo guarda en la azotea. No se trata de un secreto inconfesable sino del fantasma de un antiguo amor.

Cuando alguien ha sido sometido a alguna amputación, es habitual que siga percibiendo sensaciones del miembro cercenado; las más de las veces se trata de sensaciones dolorosas. Es el llamado síndrome del miembro fantasma. Pues bien, me tomo la licencia de diagnosticar que Geoff sufre de ese síndrome, pero a nivel emocional. Perdió a su amada Katya en circunstancias traumáticas y ahora, décadas después, le escriben para comunicarle que han encontrado su cuerpo congelado. El deshielo en un glaciar de Suiza ha hecho que el cadáver aparezca. Y, al recibir la noticia, los recuerdos se deshielan en su mente.

Quisiera detenerme en el inicio. La primera secuencia transcurre al aire libre, en la campiña inglesa. Planos hermosos, generales. Kate Mercer habla con el joven cartero, un antiguo alumno, que la felicita por el inminente aniversario. Por fuera y desde lejos, todo va a pedir de boca. La siguiente escena es de interior. Geoff abre la correspondencia. Se percibe, pese a su sobriedad, un cataclismo. La carta está escrita en alemán. La idea de que necesite un diccionario –puesto que su alemán ha sufrido el óxido del tiempo y del no uso– para descifrar el texto plenamente, es muy hermosa. Un amor pretérito, una lengua semiolvidada, unos resortes emocionales que, de pronto, se desencadenan, de puertas adentro. El hecho de que Geoff, debido a una enfermedad coronaria y un bypass, esté físicamente muy disminuido, es otra excelente idea en la composición del personaje: nunca sabremos con certeza hasta qué punto sus ademanes y dicción son consecuencia de su estado físico o de su estado emocional –al fin y al cabo, cuerpo y mente son indisociables–. Por supuesto, es Kate la que localiza el diccionario. El diccionario de un idioma que no entiende. Esta secuencia también desencadena en ella un torrente de emociones contenidas.

Por fuera, todo bien. La grieta es interior (me viene a la memoria la excelente secuencia en que Kate acaricia, antes de la intimidad, la cicatriz de su marido; una cicatriz que es metáfora evidente del accidente en la montaña). Después de esa segunda escena, un plano memorable. Desde dentro de la casa se nos muestra, a través de la cuadrícula del ventanal, a la pareja hablando en el jardín. Las líneas del marco los separan y, como en 'Ordet' (1955, Carl Theodor Dreyer) el tictac del reloj no deja de sonar. Ni siquiera es necesario oír sus voces. El hogar, desde dentro, los mira entristecido. El uso que hace Andrew Haigh de la alternancia de espacios internos y exteriores, del clima inglés, de los objetos reales y evocados (¿qué pesa más, un colgante de lujo o un tosco anillo de madera?), junto a una planificación exquisita y una verdadera sinfonía de miradas (la de él, huidiza; amarga y llena de matices la de ella), sitúan la cinta a gran altura. La selección de música y efectos sonoros es precisa y minuciosa. El punto de vista también es un acierto. Como en ‘Rebeca’ (1940, Alfred Hitchcock), miramos desde la protagonista femenina. Como en ‘Rebeca’, la sombra de la ex es alargada –aunque los mecanismos son distintos: si en Rebeca todo se sustentaba en un equívoco, en una falsa idealización, en ‘45 años’ (que bien pudiera haberse titulado ‘Katya’) persiste en Geoff el ideal–. Katya, de algún modo, es el reverso luminoso de Rebeca.

El guión es excelente aunque, en ocasiones, alguna línea –especialmente en boca de Kate– explicita demasiado. Hubiera deseado un poco más de ambigüedad. El texto tiene mucho, en mi opinión, del relato ‘Los muertos’, de James Joyce. Un hecho (aquí una carta; allí una melodía) desencadena una tormenta emocional. El clima (la nieve, el hielo, el viento, el agua); la antigua pasión idealizada (personificada en Katya o Michael Furey), que no se sabe si es pasión por el otro o pasión por uno mismo junto al otro, en plenitud de facultades juveniles; el desencanto (mezcla de celos retrospectivos y tristeza) y la duda (¿qué lugar ocupamos en lo hondo de la vida de quien ha sido nuestro compañero –Geoff o Greta– desde tiempo inmemorial?); la decrepitud (aquí una cicatriz y un cuerpo que apenas si responde; allí una abuela cantarina) y la comprensión de que el nosotros no es más que construcción artificial.

Se ha hablado de que esta cinta tiene algo de Ingmar Bergman; para mí es demasiado inglesa como para ser escandinava. En cualquier caso la veo más cercana a ‘Saraband’ (2003) que a ‘Secretos de un matrimonio’ (1973), mujer muerta (Anna) incluida.
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113 de 120 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Secretos de un matrimonio: Bergman en la campiña inglesa
Los aniversarios son circunstancias ambivalentes que sirven para recalcar ciertos eventos. Pueden ser motivo de alegría y regocijo. Pueden causar nostalgia y melancolía. O pueden señalar un punto de inflexión, desencadenando un revoltijo de emociones difícil de ordenar y digerir. La vida es imprevisible y nosotros mismos somos difícil de prever: creemos estar habitando una dicha extrema o una felicidad serena y sin embargo basta un mínimo detalle para que todo se resquebraje. Nos preguntamos qué ha pasado, que si lo que creemos haber vivido realmente ha sido así o tan solo una ficción, fruto de nuestra credulidad o buena fe o de nuestra ceguera persistente. Porque basta una pequeña noticia, apenas un pie de página, para revolvernos las entrañas y hacernos preguntas terribles que nos corroen el alma y nos deforman la percepción de la realidad.

Estamos ante una cinta sutil y nada trivial. Plantea interrogantes complejos que no son fáciles de desentrañar ni encajar. Y lo mejor de todo es que lo hace sin apenas ruido, sin levantar la voz, sin alardes ni aspavientos, sin énfasis ni truculencias, sino centrándose en el mundo íntimo de su protagonista, a la que le cuesta sobremanera asumir que ella no ha sido el primer amor de su marido, que tuvo una historia de amor previa, antes de tan siquiera conocerse ellos y de la que tras más de cincuenta años tiene conocimiento, resurge de entre los muertos y explota en la intimidad familiar con una fiereza inusitada. Un apenas entrevisto espectro que desencadena una crisis y nos revela que nada es como teníamos la certeza que era y nos siembra la duda, la inquietud, la alarma y la congoja.

Comentar la trama corre el peligro de desvelar demasiados datos, porque si algo muestra esta cinta es que es la cantidad de información y la forma de dosificarla y revelarla es lo que convierte un episodio pretérito en una tormenta perfecta con la potencia de un huracán aniquilador que quizás pueda carcomer los cimientos más sólidos y derribar las estructuras más robustas. ¿O acaso estamos imaginando lo que no hay y construyendo castillos en el aire, rehaciendo nuestro recuerdo con jirones de conjeturas, sustituyendo certezas por cábalas, sembrando de sospechas una memoria que creíamos inamovible y firme? La insidia es el máximo disolvente.

Si les gustan las películas que transitan la ambigüedad y los matices con insolencia y descaro, no se la pierdan. También vayan a verla por la inconmensurable interpretación de Charlotte Rampling. Su última escena – un devastador baile sin diálogos – es antológica y memorable. Pura filigrana que disecciona los hondos claroscuros del alma.
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40 de 46 usuarios han encontrado esta crítica útil