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El reportero (1975)

El reportero
Trailer
7,0
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Sinopsis
David Locke (Jack Nicholson) es un desilusionado periodista que emprende una peligrosa investigación sobre las intrigas políticas internacionales que facilitan la implantación de regímenes dictatoriales en algunos países africanos, lo que le hará vivir situaciones muy arriesgadas. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Italia Italia
Título original:
Professione: Reporter (The Passenger)
Duración
119 min.
Guion
Mark Peploe, Michelangelo Antonioni, Peter Wollen (Historia: Mark Peploe)
Música
Ivan Vandor
Fotografía
Luciano Tovoli
Productora
Coproducción Italia-Francia-España; Compagnia Cinematografica Champion / CIPI Cinematografica S.A / Les Films Concordia
Género
Aventuras Intriga Drama Thriller Periodismo África Road Movie
7
Reportaje de vida
Dirigida por Michelangelo Antonioni, se basa en un guión escrito por él, Mark Peploe y Peter Wollen. Se rodó en exteriores de Argelia (Fort Polignac), Londres, Munich, Barcelona, Almería, Málaga y Osuna (Sevilla). Producida por Carlo Ponti, fue nominada a la Palma de oro de Cannes.

La acción tiene lugar en África, Londres Barcelona, Almería, Sevilla y Osuna, en 1973/74. David Locke (Jack Nicholson), de 37 años, es un reportero de TV, nacido en EEUU y afincado en el RU, que desea entrar en contacto con los rebeldes de un país africano para grabar imágenes y entrevistas. Tras quedar solo y sin apoyos en una zona desértica, cae en un estado de desánimo que le lleva a tomar la identidad de su compañero de hotel, Robertson (Charles Mulvehill), fallecido por causas naturales, con el que guarda gran parecido. Provisto de nueva identidad, emprende un largo viaje para gozar de una vida exenta de los dramas de su vida anterior.

LA HUIDA ES IMPOSIBLE. Locke huye de su pasado (mujer, hijo adoptivo, profesión, puesto de trabajo), de si mismo y de su desesperación. Sobre todo, huye de una soledad asfixiante, como la del desierto que muestra la cámara con delectación y parsimonia. Su huida se convierte en interminable, porque no se puede huir de uno mismo y del propio pasado. Cuando se acelera el ritmo de la huida, ésta se convierte en persecución implacable, tensa y opresiva. LA VIDA ES DRAMA. No hay vida humana sin soledad, incomprensión, incomunicación y angustia, porque la vida está hecha de lodo, injusticia, suciedad y desesperación. Lo explica con elocuenica la parábola del ciego que recupera la vista. EL FUTURO ES INMUTABLE. Los niños no son muestra de un futuro más humano: son las próximas víctimas de una vida implacable. UN MUNDO SUCIO. Como la arena del desierto y el polvo del camino rural, la vida inunda al ser humano de contaminación, de aire irrespirable, de polución y suciedad: injusticia, crueldad, venganza, odio, insolidaridad. EL AMOR ES UNA MALA COMPAÑIA. Según el realizador, la vida es suma de soledades, prueba de incomunicación, choque de egoismos, combinación de persecuciones y huidas, que no aminoran el dolor y que causan frustración. El amor no ofrece lo que no puede dar y decepciona porque es superficial, efímero, insuficiente. OMNIPRESENCIA DE LA MUERTE. Los símbolos de la muerte (cruces encaladas, ancianos ociosos, ejecuciones trasmitidas por TV) se ven por doquier. La evocación de la misma (panas irreparables de vehículos) y sus signos naturales (crepúsculo, anochcer y noche) saturan el campo de visión del espectador. La muerte quita sentido a la vida, le aporta un dramatismo lacerante y la hace insoportable. A la vez, sólo la muerte puede poner fin a la huida, la persecución, la soledad, la asfixia y la desolación.

La fotografía construye una narración pletórica de belleza, construida con fashbacks sugerentes, travellings vibrantes, encuadres precisos, planos emocionantes y composiciones de harmonías inusuales.
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61 de 71 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Multiplícate por cero, suspense
Todo empieza en la habitación de un hotel... y no, no es un relato pornográfico.

¿Cómo tratar el problema de la identidad personal en el medio cinematográfico? En literatura, autores como Henry James, Joyce o Faulkner, vulneran los tratamientos de la novela decimonónica y observan al personaje desde el exterior, acompañando el punto de vista del narrador, y por tanto, del lector mismo. Podemos encontrarnos con personajes incompresibles, tanto que el lector se topa con una vida ajena, propiedad del personaje que se mueve según sus reglas. La información que a nosotros nos parece insuficiente es, en sí, excesiva para el propio personaje.

Antonioni retoma un tema muchas veces expuesto (sobre todo en el cine negro, como por ejemplo “Solo en la noche” de Mankiewicz) pero sin variar la forma de los escritores citados. David Locke (Jack Nicholson) decide prescindir de su identidad en los primeros compases de la película, pero no puede ser aquel personaje cuya identidad robó en el hotel (David Robertson) porque desconoce quién es en realidad Robertson, e igual que su personaje, nosotros desconocemos al nuevo David. Queda pues vagando entre identidades, apático en una vida que desconoce. Poco a poco podemos desgranar la vida de Robertson, pero en lugar de crear un thriller que tiene todas las papeletas, a Antonioni le interesa buscar una solución narrativa distinta de lo decimonónico. El suspense queda minimizado al cero. Antonioni elimina la distancia entre narrador y personaje. Con un personaje como narrador, todo lo que estamos percibiendo es lo que percibe a tiempo real el propio personaje. Nicholson interpreta a un nuevo Robertson sin el histrionismo que nos tiene acostumbrado, buscando los lugares de las citas sin verdaderas ganas, como viviendo la nueva vida que le ha tocado en un sorteo. Sí, se percibe que se arrastra por la vida, como quien se deja morir.

Y ahora toca morir. Cuando la cámara se va acercando a la verja de la ventana, Nicholson ya está muerto. Como identidad que sólo existe mientras es filmado, la cámara, tras un recorrido en plano-secuencia maravilloso, regresa tras un giro de 360º a la verja de la habitación, pero en el exterior. Las elipsis usadas por Antonioni (por lo acontecido fuera de campo) pueden ser meramente contemplativas, una ayuda para cerrar el thriller. Pero lo bello es que cinematográficamente, Antonioni recoge con la cámara, esa ambigüedad de la conciencia individual, mostrando todo, menos al propio personaje. Como ya demostró en el montaje de la escena final de “El eclipse”, el ser humano no es más que un objeto en el decorado y como tal, su importancia es relativa no sólo en el plano, sino también en la historia.

(Abróchense los cinturones porque esto continúa).
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34 de 39 usuarios han encontrado esta crítica útil