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Dos hombres en Manhattan (1959)

Dos hombres en Manhattan
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6,3
304
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Sinopsis
Un diplomático francés que trabaja en la sede de la ONU en Nueva York desaparece inexplicablemente. Con el fin de hallar alguna pista sobre su paradero o sobre las misteriosas razones que pudieron obligarlo a abandonar la ciudad, los periodistas franceses Moreau (Jean-Pierre Melville) y Delmas (Pierre Grasset) se trasladan a Nueva York. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Francia Francia
Título original:
Deux hommes dans Manhattan
Duración
84 min.
Guion
Jean-Pierre Melville
Música
Christian Chevallier, Martial Solal
Fotografía
Nicolas Hayer (B&W)
Productora
Belfort Films / Alter Films
Género
Intriga Thriller Drama Nouvelle vague Crimen Periodismo Política
5
Franchutes en Manhattan.
-Cambiamos los bajos fondos y los tugurios de Paris por Manhattan.

-Cambiamos a un investigador privado o un delincuente por periodistas.

Y tenemos una película típica de Melville con su manera de filmar los callejones oscuros, los tugurios llenos de humo, las mujeres poco recomendables y la eterna lucha entre romper los códigos o ceñirte a ellos.

La investigación que lleva a cabo el periodista y el fotógrafo es la excusa para llevar al límite esos códigos y tomar difíciles decisiones.

Una película que esta bastante por debajo de lo que son las mejores obras de Melville pero que ofrece apuntes de su estilazo.
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12 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
6
Quien tropieza y no cae, adelanta un paso.
Cuando Melville realizó esta película ya había iniciado su particular camino hacia el “noir”, género que habría de convertirse en su predilecto, y del que fue, sin duda, indiscutible maestro. En su anterior película, “Bob el jugador”, ya había comenzado a pulsar los ambientes y personajes (turbios los unos, ambiguos y trágicos los otros) que serían característicos de su cine, aunque mostrando todavía ciertos titubeos, propios de quien comienza a orientarse y aún no tiene del todo claro cómo continuar su marcha. En esa transición hacia una narrativa cinematográfica definida se inscribe el presente filme, que adolece en parte de esa condición de “ensayo”.

Y es que en el desarrollo de esta historia, ambientada en una Nueva York nocturna, fugazmente iluminada por las luces de neón y las que despiden los diversos garitos, fallan bastantes cosas. La película comienza casi como un thriller de espionaje, en el que un alto representante de la ONU ha desaparecido y un par de periodistas se encargan de buscarlo, pero precisamente en el desarrollo de sus pesquisas, el filme deriva hacia otros temas, sin llegar nunca a definirse por completo; a ratos parece que la historia quiere derivar hacia cierto documentalismo de la vida nocturna y “canalla” de Manhattan, pero tampoco acaba por decantarse por esa vía. Después, los pocos escrúpulos que muestran los periodistas para cumplir su objetivo, apuntan una reflexión crítica acerca del mundo de la prensa, más certeramente encarnada en el personaje de Delmas que en el de Moreau (interpretado discretamente por el propio Melville), pero en todo caso, alejada en sutileza e interés respecto de los modelos norteamericanos que trata de emular. A todo ello cabe añadir el escaso suspense de la historia y la ausencia de tragedia, elemento básico, absolutamente central, en todas las grandes películas de Melville.

Formalmente la película padece cierta “fascinación neoyorquina”, al punto de que gran parte de los recorridos de los protagonistas parecen no tener otro objetivo que mostrar las luces nocturnas, con sus bellos pero muy repetitivos efectos (todas las panorámicas aéreas de la ciudad), que en este caso no aportan demasiado a la historia (por cierto, casi al principio hay unas secuencias navideñas rodadas en el Rockefeller Center que Garci repetiría años después en “El Crack”). No obstante, cuando las tomas se realizan a pie de calle sí se consigue cierto aire documental, dotando así de mayor frescura e inmediatez a las imágenes; lástima que los interiores resulten bastante anodinos y poco cuidados, circunstancia que pudo deberse, en parte, al hecho de que fueron rodados en estudio, ya en Francia. También el uso de la música es un tanto tópico, recurriéndose al clásico Jazz en las panorámicas aéreas y en alguna secuencia concreta, sin que aporte nada en el campo dramático.

De todo lo dicho podría deducirse que la película no me ha gustado, pero no es así; la he visto entretenido y hasta con cierto agrado, incluso cuando sus imágenes me remitían a otras películas anteriores más originales o a otras posteriores mejor acabadas. Es una obra de transición, en la que el realizador no parece muy convencido de lo que hace, pero en ningún caso me parece una mala película. Podemos considerarla, como dije antes, una suerte de ensayo, y en ese sentido sin duda sirvió para que Melville definiera mejor su futuro cinematográfico, como ocurre a partir de “Le Doulos” (“El Confidente”), y sobre todo en el espléndido tríptico que componen “Le Samourai” (“El silencio de un hombre”), “El ejército de las sombras” y “Círculo Rojo”.
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7 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil