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Dead Slow Ahead (2015)

Dead Slow Ahead
Trailer
6,5
430
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Sinopsis
Retrato del carguero Fair Lady, de tripulación en su mayoría filipina. El barco, entre las conversaciones alienadas con tierra firme, se convierte en un escenario fantasmal en el que Alien podría asomar en cualquier esquina. Un voltaje sensorial que carga las tintas del suspense con visión apocalíptica de este trozo de humanidad a la deriva por aguas internacionales. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
Año / País:
/ España España
Título original:
Dead Slow Ahead
Duración
74 min.
Estreno
28 de octubre de 2016
Guion
Mauro Herce, Manuel Muñoz
Fotografía
Mauro Herce
Productora
Nanouk Films / El Viaje Films
Género
Documental Cine experimental
8
Vampiro de acero
«Ningún hombre será marinero si encuentra alguna manera de que lo envien a prisión, pues estar en un barco es como estar en una cárcel, pero con el riesgo añadido de morir ahogado.»
Samuel Johnson

Mauro Herce nos ofrece una visión muy distinta de la navegación. En su primer film como director Dead Slow Ahead nos conduce hacia una experiencia vivencial, con la combinación de imágenes y sonidos nos sumerge en la inmensidad del mar. Un ritmo pausado con el que crea una atmósfera oscura y desconcertante que te atrapa y desorienta. El espectador es trasladado al interior del barco donde siente el tambaleo, la pérdida de rumbo y el movimiento inerte de la máquina. Su mirada se pierde en el horizonte infinito —donde el mar se entrelaza con el cielo— generando una sensación de vacío, una pérdida de referencias, de una realidad que no reconocemos como si nos encontráramos en otro tiempo, atrapados entre las paredes de una fría prisión.

El acero del carguero Fair Lady se abre paso por las profundidades del océano en un desplazamiento continuo, sin detenerse, día y noche la maquinaria sigue funcionando, repitiendo constantemente lo mismos movimientos. Un documental que se sumerge por momentos en la ciencia ficción pero también en el terror psicológico. Un experimento fílmico con una fuerte personalidad que consigue encerrarte en medio del mar acompañado del estruendo de una maquinaria que nunca se detiene. Dead Slow Ahead ha sido premiado en el Festival de Sevilla con una Mención Especial y en el Festival de Locarno con el Premio Especial del Jurado haciendo visible que en España existe una corriente de cineastas dispuestos a innovar, nadando a contracorriente para buscar nuevas formas de expresar y hacer vivir al espectador una experiencia única. Un cine que sigue buscando nuevas formas de mirar y reflexionar.

El sonido de las máquinas y de la naturaleza se enfrentan para convertirse en una única sinfonía que acompaña al carguero en su silencioso viaje hacia ninguna parte. El inerte movimiento del acero surcando el cielo y el mar —dando muestra de su grandeza— un continuo movimiento monótono que se hace eco a su paso. El uso del espacio, el color y los planos generan una atmósfera futurista donde la máquina parece cobrar vida, sin necesidad de que nadie la controle. Pequeños atisbos de luz intentan hacerse un hueco entre la oscuridad, pequeños reflejos de humanidad entre una tripulación fría que ejecuta movimientos mecánicos como robots. El monstruo que termina absorbiendo a su creador, el dominio del objeto sobre vida, personas que se convierten en piezas de engranaje de un mecanismo que les chupa la sangre. Una muerte lenta que avanza sin necesidad de llegar al final. Un movimiento infinito, donde no existe el fin.

Una film sensorial que sin necesidad de utilizar las avanzadas técnicas de la industria del cine consigue sumergirte en una realidad —sin apenas esfuerzo— con solo sonidos e imágenes. El silbido del viento, los pitidos del carguero y el rugir de las olas consiguen arrastrarte hacia la profundidad del océano. Mauro Herce consigue hacer pasar al espectador por su propia vivencia en el carguero, hacerle sentir lo mismo que el sintió cuando observaba la tierra disolverse en el horizonte. Un documental que no te cuenta, sino que te dice «¡Siéntelo!, vive en primera persona la soledad, el aislamiento de la sociedad, la deshumanización, la pérdida de contacto con la naturaleza, la continua presencia de las máquinas…». Una prisión fría donde la monotonía se apodera del ser. La opresión de la naturaleza y la vida por el resonar y la fuerza de un vampiro de acero que absorbe todo a su paso, para devolverlo sin vida.

Una mirada diferente de la navegación donde no hay bonitas historias de amor ni actos heroicos, más bien al contrario, la pérdida de contacto con el exterior y la degradación del hombre. Un reflejo de las sociedades industrializadas y su continua perdida de contacto con la naturaleza. La alienación del hombre a la maquina, convirtiéndose en una mera extensión de esta. Personas que reproducen continuamente los mismos movimientos, el hombre invento la máquina y ahora intenta parecerse a ella. Un terror que no te habla con palabras sino con sensaciones, obligándote a reflexionar e involucrarte en el.

Las miradas perdidas de la tripulación reflejan el deseo de escapar de esa coraza de acero que les aprisiona. Buscan retomar el contacto con el mundo, volver a tierra e integrarse de nuevo en la sociedad. Dentro de la frialdad con la que el director nos muestra al carguero y su tripulación, nos deja ver por momentos rastros de vida. A través de sus miradas, podemos contemplar la humanidad que lucha contra la máquina intentando retomar ese contacto, recuperar su vida y deshacerse del vampiro de acero que se ha adueñado de sus cuerpos, convirtiéndolos en parte del mecanismo que le permite continuar su viaje hacia ninguna parte.

Alejandro García - http://www.cinemaldito.com/dead-slow-ahead-mauro-herce/ - @NoTodoEsUSA
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5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Los hombres, la máquina, la naturaleza
Un monstruo mecánico recorre los océanos del planeta. Es uno de esos mercantes de dimensiones colosales que hacen circular el 90% de todas las mercancías que se mueven por el mundo. A su lado, la escalas de las personas resultan insignificantes. Hormigas que se afanan por mantenerlo en marcha durante una sucesión de interminables días casi iguales.

Dead Slow Ahead funciona simultáneamente como radiografía del día a día durante varios larguísimos meses en uno de estos barcos y como reflexión visual acerca de la compleja relación entre naturaleza, tecnología y humanidad. En su dimensión más notarial la película actúa mediante la aplicación de códigos narrativos más propios del cine de ciencia ficción y del de terror que del documental "clásico". La cotidianidad del encierro en las tripas de esta máquina provoca una proximidad atmosférica que nos recuerda a la experimentada por los tripulantes de la Nostromo, por poner el ejemplo más tópico. Una sensación ominosa de que algo terrible parece a punto de suceder permanentemente junto con un aburrimiento oceánico dan lugar a una atmósfera turbia, algo enfermiza, como de fin del mundo presentido pero nunca realizado. La combinación entre lo inhóspito de las condiciones exteriores y la claustrofobia asociada a los interiores genera una tensión que, se intuye, parece muy difícil de soportar. El barco parece tener algo de ese navío Demeter, que, en la novela "Drácula", lleva al conde desde Varna (Rumanía) a Withby (Inglaterra), portando una carga enferma que va enloqueciendo a su tripulación.

Al margen de ese acto de signar la realidad del día a día en el barco hay un aspecto que confiere una hondura significativa al filme. Hay una mirada al paisaje que es extrañamiento y fascinación ante él. Una mirada que se demora en la contemplación de los fenómenos atmosféricos o en el estado de la mar. Una mirada que se queda absorta ante los perfiles vaporosos de las líneas de costa o los perfiles de los puertos envueltos en la bruma. Una mirada que traslada al espectador la sensación de fantasmagoría que todo ello parece producir. Esa mirada que calificaríamos de "romántica" por esa inmersión abisal en la naturaleza se torna compleja al detenerse también en las tripas del barco. Sus bodegas inmensas, como si fueran la estructura de una catedral sin rematar, como si fueran el tórax vaciado de una ballena gigante, son retradas con lentitud, examinadas calmosamente bajo la luz de lámparas mortecinas. El acta de la travesía de la que hablábamos anteriormente, recogiendo la insoportable aridez de la naturaleza y el agobio del encierro en el interior del barco, se emborrona aún más con esta mirada a lo más profundo de la estructura del navío. Allá abajo hay un vacío maquínico responsable de que todo el invento se mantenga en marcha, un núcleo duro de estructura inhumana que soporta toda la navegación, y su retrato es incómodo, angustioso y perturbador.

Asimismo, resulta singularmente atractivo el uso de recursos pictoricistas para dar cuenta de los diferentes planos visuales sobre los que se articula el documental; cuando la cámara se posa en las incidencias climatológicas o en los paisajes a los que arriba el barco, todo tiene un tono marcadamente impresionista, entre un Turner sombrío y un Monet monocromático; cuando mira hacia los vacíos estructurales que conforman el navío, adopta los modos de la abstracción geométrica; en sus incursiones por las zonas “habitadas” asoman bodegones y naturalezas muertas de gran delicadeza -pienso en la mesa de comedor con los retratos de los marineros presidiéndola-; finalmente, el recorrido por la estructura tecnológica que mantiene en marcha todo el sistema eléctrico y mecánico tiene un hálito hiperrealista que remarca su determinación no-humana con gran eficacia.

Destacar, finalmente, el aspecto sonoro del filme. Compendio de crujidos y quejidos mecánicos, de zumbidos eléctricos y electrónicos, de rumores del viento e impactos de olas, de conversaciones entrecortadas y de diálogos banales en todo su tramo final, el sonido juega un papel fundamental. Conforma una envoltura capaz de evocar ciertos terrores inscritos en la psique humana desde tiempos inmemoriales, acentúa el desamparo del gigante metálico cuando este está sometido a condiciones climatológicas extremas, transmite el tedio inmenso de las larguísimas jornadas y hace transparente la angustia derivada del encierro en medio del océano infinito. El sonido apuntala con eficacia y de forma más primaria las sensaciones que modula la mirada del director con su cámara. Permite un acceso menos elaborado, más directo y como en bruto, al catálogo de emociones asociadas a la travesía.

En resumen, una experiencia visual y sonora de gran intensidad, que apuesta por la demora y la contemplación frente al impacto, que teje sensaciones complejas gracias a su tempo agónico y que nos envuelve con brillantez en una atmósfera cargada de ansiedad y asfixia emocional.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil