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El mundo que viene (1979)

Sinopsis
Como la Tierra es un planeta devastado, la humanidad vive en ciudades-refugio instaladas en la Luna. La supervivencia de los hombres depende de un medicamento contra las radiaciones que sólo existe en el planeta Delta Three, que ha sido conquistado por Omus, un mecánico brillante pero loco que no valora la vida humana. Omus quiere dominar la Luna por medio de un ataque robot controlado por naves espaciales. El doctor John Caball, su hijo Jason, un amigo de éste y el robot Sparks emprenderán un viaje espacial para llevar a cabo una misión no autorizada cuya finalidad es frenar a Omus. (FILMAFFINITY)
Director
Reparto
Año / País:
/ Canadá Canadá
Título original:
The Shape of Things to Come
Duración
98 min.
Guion
Martin Lager (Novela: H.G. Wells)
Música
Paul Hoffert
Fotografía
Reginald H.Morris
Productora
Film Ventures International
Género
Ciencia ficción Aventuras Aventura espacial Extraterrestres
Grupos  Novedad
Adaptaciones de H.G. Wells
1
Si Wells levantara la cabeza
Y luego hablan del pobre Ed Wood Jr., y de Jesús Franco, y de Al Adamson... Con las joyas que andan sueltas... Esta perla, de origen canadiense, no sale ni en el Halliwell. Ni en la Enciclopedia Aurum. No os lo voy a contar, porque el resumen de FA es suficiente, pero es de una tal iniquidad que, incluso ahora, me estremezco al recordarla. El guión es infecto, los F/X dan grima, con el agravante de que la estética pretende copiar en todo momento a La guerra de las galaxias. Cuanto daño hizo Lucas... Los decorados son de hermandad fallera, aunque los he visto mejores en algunas fallas, el fotógrafo no da pie con bola, y los actores... Ay, los actores. Está Barry Morse, el teniente Gerard de la serie El fugitivo, que merece el Razzie a perpetuidad: qué estulticia, qué ojos en blanco, qué ridículo tan homérico... Jack Palancas, cómo no, no desaprovecha la oportunidad de arrastrarse por el lodo entre muecas y sonrisitas sardónicas. La parejita protagonista es, simplemente, de bofetada. John Ireland asoma la jeta, despistado, unos momentos, ve lo que hay, y sale zumbando. No perdonaré jamás el trato infligido a la hermosa Carol Lynley, pequeño mito erótico de los 60, tan delicada ella, tan vaporosa ella, tan devorable ella, relegada aquí a un papelón de juzgado de guardia. El tiempo, inmisericorde, no perdona. Mención especial al tal Paul Hoffert, conocido en su casa a las horas de comer, que nos ofrece una tabarra "galáctica" que en un país como, digamos, Corea del Norte, le valdría la ejecución sumaria sin más preámbulos. Y los robots... Y los niños camuflados... Si alguna vez os topáis con este prodigio, no lo dudéis: el suicidio es la mejor alternativa.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil