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The Little Stranger (2018)

The Little Stranger
Trailer
5,8
216
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Sinopsis
En la Gran Bretaña posterior a la Segunda Guerra Mundial, un médico visita una mansión llamada Hundreds Halls, donde su madre trabajó una vez como enfermera. Los propietarios están a punto de perder la casa porque no pueden pagar los impuestos, y dicen que el fantasma de la primera hija de su madre habita la casa. El médico se obsesiona con casarse con una de las hijas de los dueños... (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Irlanda Irlanda
Título original:
The Little Stranger
Duración
111 min.
Guion
Lucinda Coxon (Novela: Sarah Waters)
Música
Stephen Rennicks
Fotografía
Ole Bratt Birkeland
Productora
Coproducción Irlanda-Reino Unido; Element Pictures / Potboiler Productions / Film4. Distribuida por Focus Features
Género
Intriga Drama Años 40 Sobrenatural
6
El Cadáver de un Hogar
Esto no es una película. O más bien, no nació con la intención de serlo.
Guarda más similitudes con un ensayo, con un modesto experimento literario, y por lo tanto no sorprende que en su origen sea un relato de la autora Sarah Waters.
Lenny Abrahamson podría haber jugado con él para hacerlo más cinematográfico, pero al conservarlo sin apenas cambios desde su fuente original consigue una pieza curiosa, más cuidada en sus detalles de lo que aparenta.

Precisamente en ‘The Little Stranger’ no existe, a priori, ningún detalle que destaque por encima de los demás.
La llamada interrumpiendo la gris mañana del Doctor Faraday aparece como otro encargo similar a tantos, del pueblecito natal en que eligió quedarse tras la muerte de sus padres. Nada rompe la rutina, nada la altera demasiado, como si la mortaja llamada 2º Guerra Mundial hubiera cubierto todo el campo.
Pero entonces, al entrar en la mansión llamada Hundreds Hall propiedad de la familia Ayres, recuerda una época de esplendor en la que él y su madre tenían permiso para formar mínima parte de ese cuento de hadas que era la aristocracia inglesa, en la cima de su poder cuando no tenían dificultades económicas de las que encargarse.

Poco queda de esa ilusión en la familia que se encuentra, con el piloto de guerra Roderick tristemente desfigurado, junto a su hermana Caroline y su madre Mrs. Ayres viviendo en la sombra del legado que tenían, malvendiéndolo pieza a pieza porque hasta ellos no se pueden resistir demasiado a los tiempos que están cambiando.
La tristeza se ha instalado en la casa, una callada desesperación anida en sus paredes, y la prosperidad ha quedado enterrada en el jardín trasero. Casi como si el niño Faraday, al arrancar discretamente un yeso ornamental la tarde de la celebración, fuera responsable de precipitar un futuro en que cada humilde volvería a reclamar su parte.
Sin embargo, idealizada aquella impresión infantil, Faraday encuentra excusas para quedarse, al principio apoyado por un vago sentido del deber, y más tarde aferrándose a la fantasía increíble de que Hundreds Hall podrá reconvertirse en el hogar que soñó alguna vez. Hace de Roderick un sujeto de trabajo, de Mrs. Ayres su confidente de paseo, de Caroline su objeto de deseo… pero olvida que la casa tiene sus propios planes para ellos.

La clave fascinante en esta historia, hasta admirable por lo bien tratada, es la sensación de que existe un “algo” inquietante, un no-sé-qué constante, apagando la llama de felicidad cada vez que esta empieza a avivarse.
Lo menciona Roderick casi al principio, clamando que una presencia le odia y le observa desde los pasillos, pero no hay por qué prestarle atención a los delirios de un enfermo torturado por la medicación. Es poco después, cuando Mrs. Ayers empieza a creer que su tristemente fallecida hijita Susan ha venido a visitarla de nuevo, y Caroline muda su aire taciturno por otro más extrovertido, que Faraday empieza a tener miedo de verdad: esa presencia, aunque temible, es bienvenida por ambas mujeres, y las va alejando de su vida.
Las esperanzas de acercarse a la clase dirigente, parecía que al alcance de su mano, dan paso a una serie de brumosos inciertos mostrando su propio fondo de mediocridad vital e inseguridad social, como si realmente solo hubiera esperado el momento adecuado para acercarse, y la presa malherida se estuviera resistiendo más de lo pensado.

Waters (o Abrahamson, por defecto) no querían hablar de un terror inmediato, oscuro, monstruoso.
Sino de una desesperación lenta, acusada, confundida con un leve escalofrío, que se vuelve agobio con cada campanilla que suena tocada por nadie, o con cada cuarto vacío donde anida una conciencia del pasado resistiéndose a marcharse.
Quizá entre todos, público y habitantes de la propiedad, hemos dado vida a una criatura pesadillesca, extendiendo sus tentáculos por cada recoveco de la casa, y nos olvidamos de que las desgracias ocurren, o se posan suavemente justo cuando tienen todos los motivos para marcharse.

Al final, la anticipación se vuelve insoportable, como si se viera una persona que poco a poco se ha ido desangrando.
Y, en ese caso, lo que me provoca un terror espeluznante es que del pobre doctor depende salvar su moribundo agonizante: porque hay recuerdos marcados tan a fuego, que la triste perspectiva de rozarlos y nunca tenerlos puede dejarte inválido de por vida.

No ha dejado de ser un experimento, como digo, de esencia literaria.
Pero igualmente te quedas en Hundreds Hall, rumiando todos los caminos equivocados que tú también habrías tomado.
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5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
El fantasma es lo de menos.
Aviso y esto no es spoiler, si esperan ver una película de terror sobrenatural llena de sobresaltos, gritos, fantasmas, etc, pasen de largo, porque ésta les va a resultar lenta, insulsa, aburrida, y pretenciosa. Ahora que si están abiertos y esperan ver un drama de época ingles que analiza las secuelas socio-económicas que dejó la segunda guerra mundial.
De verdad que es muy interesante y logrado el retrato de esa época, sin caer en concesiones al presente como las que suelen hacer casi todas las historias actuales que transcurren en otros períodos, que es adaptar la psicología de los personajes a nuestra época haciendo que lo que se cuenta pierda por completo el realismo, al tener reacciones modernas siendo gente que se crió y educó con otros valores. Acá detallan con rigurosidad y elegancia la decadencia de una aristocrática familia británica caída en desgracia, y un médico de pasado humilde que de forma obsesiva quiere entrar en ella y ayudarlos a que tengan el antiguo esplendor y de paso escalar socialmente.
Muy interesante y bien construida la relación entre Domhnall Gleeson y Ruth Wilson, tal cuál se podría haber dado en la época, igual que los diálogos y situaciones tanto de ellos como de los demás personajes, reflejan el período de transformaciones que se estaba dando.
Excelentes interpretaciones, sobre todo la de Domhnall Gleeson.
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3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil