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Corredor sin retorno (1963)

7,3
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Sinopsis
El ambicioso periodista Johnny Barrett (Peter Breck) se propone ganar el Premio Pulitzer. Su plan consiste en ingresar en un hospital psiquiátrico, haciéndose pasar por loco, con el fin de investigar un asesinato cometido en el centro. Con la ayuda del doctor Fong (Philip Ahn) y de su novia Cathy (Constante Towers) logra engañar a los médicos, que firman su reclusión. Una vez en el hospital, trata de obtener información de los tres únicos testigos del crimen: tres internos a los que no ha logrado hacer hablar ni la policía ni los médicos del centro psiquiátrico. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Estados Unidos Estados Unidos
Título original:
Shock Corridor
Duración
101 min.
Guion
Samuel Fuller
Música
Paul Dunlap
Fotografía
Stanley Cortez, Samuel Fuller
Productora
Leon Fromkess-Sam Firks Productions
Género
Drama Periodismo
8
Drama psicológico con toques de terror y horror
Film independiente, escrito y dirigido por Samuel Fuller. Se rodó en plató con un presupuesto ínfimo. Fue nominado a un Globo de oro y ganó la Espiga de oro de Valladolid. Se estrenó el 11-IX-1963.

La acción tiene lugar en EEUU, en la sede del diario "Daily Globe" y en el interior de un centro psiquiátrico, durante varios meses, en 1962/63. Narra la historia de John Barret (Peter Breck), de 30 años, periodista ambicioso, casado con Cathy (Constance Towers), que desea conseguir el premio Pulitzer. Acepta la misión de fingir una enfermedad mental, apoyado por el doctor Fong (Philip Ahn), para ingresar en un manicomio en el que se produjo el asesinato del paciente Sloan, cuyos autores no han podido ser identificados ni por la policía ni por el personal del centro.

La película muestra a través de las incidencias de la vida de Johnny en el centro una sucesión delirante de hechos protagonizados por los internos y por el personal sanitario, que sumen su ánimo en la angustia, hieren su espíritu, afectan a su mente y lo introducen en una senda de horrores. Las sesiones de electroshock y las lobotomías son práctica habitual, pese a su inconveniencia terapéutica, porque reducen la agresividad de los enfermos a costa de sus capacidades. El drama psicológico de Johnny pone a prueba su capacidad de resistencia mental en un ambiente de reclusión sin asistencia externa. Mientras sus indagaciones avanzan y rinden resultados esperanzadores, el duro y cruel tratamiento que recibe hacen emerger en él problemas de afasia, a los que siguen otros. La cinta explica mediante voz superpuesta los recuerdos, pensamientos, razonamientos, sueños y alucinaciones del protagonista. La fotografía construye una narración visual sobrecogedora, de planos breves y rápidos, encuadres de detalle (block de notas), ambientes claustrofóbicos, proyección de sombras, superposición de imágenes (baile de la ninfa), espacios de angustiosa profundiad (corredor de paseo) y la presencia de barrotes, rejas, rectángulos, ángulos y sombras lineales cruzadas, que exhalan aires de reclusión, indefensión y muerte. La película propone una seria reflexión sobre los límites del periodismo de investigación, la desmesura de cierto periodismo sensacionalista y las prácticas inhumanas de algunos centros psiquiátricos.

La música incluye fragmentos orquestales que provocan desasosiego, canciones de internos desafinadas y troceadas, como "Dixie", evocación del bando confederado de la Guerra Civil y arias del Barbero de Sevilla. La fotografía realiza una narración realista, sincera, desgarradora y convincente. El guión habla de segregacionismo, Ku-klux-klan, comercio erótico ("striptease" de Cathy) y otros temas, en un afán de crítica global a la sociedad americana. La interpetación de Peter Brek sobresale en intensidad y expresividad. La dirección demuestra una extraordinaria habilidad narrativa.

Película de culto, de imágenes inolvidables y de inusual profundidad dramática.
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30 de 38 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
EL VAIVÉN DE LAS VOCES
Sobre texto propio, Sam Fuller produce y dirige con característica vehemencia un drama claustrofóbico: la arriesgada investigación de un periodista que, empujado por el ansia de éxito, se empeña en aclarar un caso abierto de asesinato. Fingiendo desequilibrio, se infiltra en un hospital psiquiátrico para contactar con tres testigos del crimen.

A la intriga creada por el tenso desarrollo de la investigación (dificultad de obtener datos de los testigos; simplemente, de comunicarse con ellos) se añade la creada por el riesgo de adentrarse en los terrenos de la locura: si ese riesgo acabará siendo excesivo, o no.

Visualmente potente y rica, llena de planos vigorosos que se organizan con ritmo enérgico (y alguna tosquedad en el montaje: abundan los fallos de raccord), el intríngulis del argumento pasa, sin embargo, por el juego de las voces.
En la película, la enfermedad mental se manifiesta como multiplicación y descontrol de esas voces, voces que se adueñan de un sujeto y, como vienen, se van, dejándolo a merced de otras que lo ocupan y tiranizan.
En el psiquiátrico, las conciencias tienen voz intermitente. Cuando se eclipsan, manda el griterío, el cántico compulsivo, el monólogo delirante. En ese fracturado coro resuenan el discurso racista, la soflama patriótica, el fanatismo de la investigación nuclear armamentista.
Fuller denuncia lo patológico de estas fuerzas.
En medio de ese vaivén de voces, el periodista busca las que atestiguan el crimen. Su propia voz, a cuyo diálogo interno el espectador tiene acceso, es sometida a una tensión perturbadora, pudiendo inhibirse y hundirse en la afasia cuando más falta hace su clara articulación.

Fuller ingenia recursos: superpuesta como pequeña hada, en el insomnio del periodista se aparece la imagen de su mujer, que le habla y canta.
Y en notable gesto vanguardista, el director inserta fragmentos documentales en color, ilustrando determinados raptos de lucidez en medio de la oscura demencia.
Hay buena psicología en el guión*, pero la parte psiquiátrica se elabora mediante rápidas pinceladas terminológicas y unos retratos de Freud y Jung en la pared.

Con cierto paroxismo, se despliegan peleas de ‘saloon’: series de puñetazos de largo recorrido, con derribo de mobiliario.

Fuller se vacía apasionadamente en la creación de la película; con sus virtudes y defectos, pero en todo caso dotándola de vibrante autenticidad. Incluso transfiere algún detalle autobiográfico al protagonista: el ingreso en un gran periódico como botones, siendo un chaval de 13 ó 14 años, para emprender carrera de reportero.

(7,5)
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22 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil