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Camino de la cruz (2014)

Camino de la cruz
Trailer
7,1
1.510
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Sinopsis
Maria se encuentra atrapada entre dos mundos. En el colegio, esta chica de 14 años, tiene los típicos intereses de una adolescente, pero cuando está en su casa debe seguir los dictados de la Sociedad de San Pío X y su tradicional interpretación del catolicismo. Todo lo que Maria piensa y hace debe ser examinado ante Dios. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Alemania Alemania
Título original:
Kreuzweg (Stations of the Cross)
Duración
107 min.
Estreno
12 de diciembre de 2014
Guion
Dietrich Brüggemann, Anna Brüggemann
Productora
Ufa Cinema / Cine Plus / ARTE / Südwestrundfunk
Género
Drama Religión Familia Adolescencia
8
Viacrucis adolescente: ¿fanatismo, impostura, integrismo, esperanza o milagro?
I. Jesús es condenado a muerte. Utiliza el plano secuencia con un admirable virtuosismo donde no se deja nada al azar, cada secuencia es un retablo animado que va marcando, con funestos presagios, el inexorable devenir de la atormentada adolescente protagonista, cuyo calvario particular se nos retrata con ascética y fría implacabilidad.

II. Jesús carga la cruz. Además la cámara permanece estática en casi todos los planos de la cinta, dando lugar a una intensidad, veracidad y congoja horrendas, casi inhumanas, reflejando un desapego e incomprensión que choca de frente con el espectador.

III. Jesús cae por primera vez. Sólo hay tres movimientos de cámara (dos en horizontal, uno en vertical) que prueban el poder desasosegante y atroz del fuera de campo.

IV. Jesús encuentra a su madre María. Una madre fría, manipuladora y atormentada que fomenta el sentimiento de culpa y alimenta sin piedad ni consideración la depresión de su hipersensible hija.

V. Simón el Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz. La impotencia de una hija – que podría ser la ilusión y alegría de cualquier madre – para sentirse querida, apreciada, acogida, validada. Nada ni nadie puede sustituir esa falta de caridad en su dolorido corazón.

VI. Verónica limpia el rostro de Jesús. La confirmación como meta inmediata, pero el sacrificio como único medio de darle sentido a una existencia que siente baladí.

VII. Jesús cae por segunda vez. Querer ver la presencia y manifestación del demonio en todas las vivencias que se salen del recto camino, aboca a reinterpretar la realidad y ver una intencionalidad maligna donde no hay nada más que cotidianeidad o gusto trivial.

VIII. Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén. Tener que vivir la propia vida en función de la de los demás (sus creencias, sus imposiciones, sus prescripciones, sus reglas) convierte la existencia en una cárcel de imposible escapatoria.

IX. Jesús cae por tercera vez. El amor terrenal y mundano como expresión del mal distorsiona la vida y la vuelve insalubre, irrespirable, tóxica, nociva.

X. Jesús es despojado de sus vestiduras. La desnudez de la puesta en escena, sin artificios ni retórica, nos confronta con la crueldad de nuestros semejantes, sus prejuicios, sus escalas de valores, sus censuras y su abandono.

XI. Jesús es clavado en la cruz. El sabio uso del plano secuencia nos remite a otra película terrible de ingrato visionado: “Irreversible” (2002) de Gaspar Noé. Ésta – como aquella – trata del cielo y del infierno, de la culpa y la expiación, pero van más allá de las palabras y se clavan como hierros candentes en la mirada atónita del acongojado espectador.

XII. Jesús muere en la cruz. Otras dos películas echan su larga, fatídica y fructífera sombra sobre ésta: “Ordet (La palabra)” (1955) de Carl Theodor Dreyer y “Rompiendo las olas” (1996) de Lars von Trier. Aunque diferentes y divergentes en cuanto a su resolución, no se pueden pasar por alto sus muchas coincidencias y su nada unánime recepción crítica. Son provocadora carne de polémica.

XIII. Jesús es descendido de la cruz y puesto en brazos de María, su madre. Estamos ante un estudio escalofriante del integrismo religioso, de su falta de humanidad, misericordia y compasión. Pero también es mucho más que eso, porque su director y guionista no toma partido, sino que expone y refleja la generosidad de un ser puro y manipulable, que no busca más que amor y encuentra rechazo e incomprensión. En un mundo obsesionado con el beneficio propio, ¿dónde queda y cómo queda el desprendimiento altruista?

XIV. Jesús es sepultado. Catorce planos-secuencia que se quedan por siempre en la memoria. Secos, cortantes, filosos, ingratos, inolvidables. Pocas veces se ha llegado tan lejos con tan parcos medios. No gustará ni a los come-curas profesionales ni a los beatos meapilas, es decir, ¿a quién va dirigida esta cinta? Difícil saberlo. Difícil recomendarla, pero sencillamente genial e irrepetible.
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30 de 38 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Mayúsculo ejemplo de coherencia
Rigurosísimo ejercicio cinematográfico el que nos propone el realizador germano Dietrich Brüggeman en esta severa, intransigente y brillante KREUZWEG (Stations of the Cross –Vía Crucis-). Nos hallamos frente a uno de esos ejercicios en los que desde el primer momento queda claro que el asunto tratado es tan importante como el modo de hacerlo, esto es, en los que el dispositivo escénico pergeñado por su autor impone una significación que, por sí misma, apoya, enriquece e indaga en el contenido al que le toca servir de vía de encauzamiento.

El film aborda de una forma tan original como tajante y exigente la problemática del sentimiento religioso, indagado éste como vía de sufrimiento, represión y fractura. La película narra el conflicto personal que sacude a María, una joven adolescente, criada en el seno de una familia cuya madre posee un sentido de la práctica religiosa católica muy profundo. La protagonista está a punto de cumplir con el sacramento de la Confirmación y se prepara para ello en una parroquia. En ella, se verá arrollada espiritualmente por las palabras del pastor. Su forma de asimilar el discurso allí escuchado le obligará a tomar una serie de tajantes decisiones personales, que alterarán tanto su modo de relacionarse con su alrededor como sus propias capacidades comprensivas.

Como ya ha quedado expresado en el primer párrafo, lo interesante de la propuesta de Brüggemann es el dispositivo formal mediante el que trata de acercarse al calvario particular que va a ir sufriendo la protagonista. El guión del film divide su andadura en trece capítulos, esto es, tantos como estaciones del Via Crucis. El paralelismo entre la peripecia física y espiritual de María queda emparejado al del hecho sobre el que está fundamentado esa celebración católica: la captura de Jesucristo para conducirlo hasta la Cruz.

Sin embargo, lo que deslumbra en este áspero ejercicio de severidad fílmica es la solución escénica que impone el realizador tras la cámara para que el espectador sea testigo del periplo central. Brüggemann dispone trece únicos planos para todo el film. Uno por episodio. La fijeza, el estatismo, la parálisis casi total de la cámara obliga al director a estudiar al máximo la disposición de los actores dentro del plano. Esa fijación formal abunda en la inclemencia para consigo misma de María. El director no permite un solo quiebro a su lacónico artefacto capturador, como ella, en la ficción narrada dentro, tampoco transige con ninguno.

La película es un mayúsculo ejemplo de coherencia endiabladamente adusta. El realizador demuestra un potentísimo talento para sortear todos y cada uno de los peligros en los que zambulle su propuesta (exceso de patetismo, exceso de ironía o burla, exceso de introversión) sin girarle la cara ninguno de ellos. El film avanza sosegada y sólidamente. La exigencia desde la que parte no hace mella ni en su avance narrativo ni en la atención hurgadora, impía y fustigante con la que se merodea a la niña.

Tras un primer episodio arduo, en el que asistimos a cómo la niña, en compañía de sus compañeros de confirmación (todos ellos dispuestos evocando a la clásica Última Cena), asiste entregada a las palabras del cura, el film va a ir introduciendo personajes (la madre, el padre, su tía Bernardette, un compañero de clase que siente un sincero afecto por ella), logrando que la problemática que zahiere a María sea analizada en toda su complejidad.

María (espléndida Lea van Acken) quedará definida como un ser obsesionado con una decisión vital tomada con firmeza. Aunque pudiera ser entendida como una radiografía del fanatismo religioso, KREUZWEG supera ese planteamiento, acaso empobrecedor y muy trillado, y se precipita tan arrojada como sepulcralmente por el terreno del desmenuzamiento psicológico de un ser humano que lleva hasta el límite mismo de su propia vida la intencionalidad de cumplir con su deseo. Los soberbios planos fijos que la encuadran actúan tanto en calidad de cuadrilátero insalvable como de pérfida significación de la pétrea carcoma incandescente que la vapulea por dentro.
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18 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil