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Réquiem por un sueño (2000)

Sinopsis
Harry (Jared Leto) y su madre (Ellen Burstyn) tienen sueños muy distintos: ella está permanentemente a dieta esperando el día en que pueda participar en su concurso televisivo preferido; la ambición de Harry y su novia Marion (Jennifer Connelly) es hacerse ricos vendiendo droga y utilizar las ganancias para abrir un negocio propio, pero nunca tienen el dinero suficiente para ello. A pesar de todo, Harry y Marion no se resignan y harán lo inimaginable para conseguir la vida que anhelan. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Estados Unidos Estados Unidos
Título original:
Requiem for a Dream
Duración
102 min.
Guion
Darren Aronofsky, Hubert Selby Jr. (Novela: Hubert Selby Jr)
Música
Clint Mansell
Fotografía
Matthew Libatique
Productora
Artisan Entertainment / Thousand Words
Género
Drama Drogas Prostitución Película de culto Cine independiente USA
10
La vida es sueño y, a veces, pesadilla
Impresionante experimento visual que sumerge al espectador en el descenso a los infiernos más aterrador jamás proyectado. Es la "Divina Comedia" contada al revés. El guión es sencillamente demencial y la puesta en escena deja en pañales lo arriesgado que había sido ya su trabajo en "Pi". Los actores dan miedo de lo bien que están (incluyendo el onírico 'showman' Tappy Tibbons) y, en especial, una inconmensurable Ellen Burstyn que se quedó sin Oscar por agraciar a Julia Roberts. A lo largo de este recorrido acompaña al espectador la perturbadora y desasogante banda sonora del Kronos Quartet que, una vez acabada la película, no dejará de perseguirle allá donde vaya y de ponerle los pelos de punta cada vez que escuche el asombroso tema principal, "Lux Aeterna". La película avanza como un tren fuera de control para acabar todo con unos 20 minutos finales que dejan al espectador por completo destrozado mientras es incapaz de apartar la mirada de la pantalla. Una película que deja cicatrices.
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431 de 514 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
La alfombra de terciopelo rojo
Había una época, una época remota, en la que tenías toda la vida por delante. Te hallabas al comienzo de ese camino deslumbrante por el que se desplegaba una interminable alfombra de terciopelo rojo, invitándote a avanzar hacia el mañana.
Por aquel entonces creías firmemente que podías comerte el mundo, aspirarlo a bocanadas. Los brazos de tu madre eran los puertos a los que arribabas para escapar a las tempestades, para absorber esa sensación de seguridad y de bienestar que te proporcionaban.
Por aquel entonces, el abrazo de tu madre y los confines de tu hogar eran tu horizonte, mientras en tu desbordada imaginación se gestaban sueños de grandeza. Visualizabas todo lo que ibas a conseguir.
Y tú eres esa madre amorosa sin más perspectivas ni anhelos que el cuidado de tu familia, una mujer cuya identidad siempre ha estado supeditada a la de los que te rodean, sin más sueños que los de ver a tu hijo convertido en todo un hombre.
Comienzas tu andadura por la alfombra de terciopelo rojo con paso airoso, desafiante, mirando exultante a tu alrededor y todo te anima a seguir adelante; el sol, benévolo, brilla con fuerza para ti; las frondas de la vegetación que forman un exuberante túnel a tu paso reverberan con todos los tonos de verde.
Continúas avanzando y el túnel comienza a curvarse. La alfombra de terciopelo va adquiriendo un tono de rojo cada vez más desvaído; la vegetación va amarilleando y se vuelve más rala; el sol se oculta intermitentemente y su resplandor disminuye. Y, en algún momento que no aciertas a determinar, el sendero se ha transformado en un retorcido laberinto tan lúgubre como los corredores del infierno. Y, ¿dónde se halla ese sueño que antes percibías con meridiana claridad al final del túnel? ¿Se ha ocultado acaso en las profundidades de este extraño laberinto que se va alejando de todo lo que te resultaba familiar?
Pero continúas avanzando. Te habitúas al intrincado laberinto, a caminar por la oscuridad sin saber hacia dónde te diriges. Tus sueños de grandeza se van diluyendo lentamente tras una cortina brumosa.
El laberinto, cada vez más degradado y corrompido, oculta trampas, puñaladas. No regala nada. En el laberinto del infierno nada se concede gratis. Te ofrece la luna, la evasión, la huida artificial. Te ofrece esa sensación de falso optimismo, de ficticias esperanzas, de patética euforia. El laberinto coloca muy lejos de tu alcance un sucedáneo de sueños adulterados que promete concederte a cambio de que prostituyas tu alma y tu cuerpo. Tú, que todavía crees que habrá un mañana mejor, te prostituyes a cambio de ese sueño imposible, mientras te destruyes en el universo alucinógeno con promesas de una felicidad que te esquiva.
Sigo en el spoiler.
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280 de 383 usuarios han encontrado esta crítica útil