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La gran familia española (2013)

La gran familia española
Trailer
5,8
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Sinopsis
Durante la final del mundial de fútbol de Sudáfrica se celebra una boda. Ese día, mientras España entera se paraliza, una familia con cinco hijos de nombres bíblicos (Adán, Benjamín, Caleb, Daniel y Efraín) se enfrenta también al partido más importante de su vida. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ España España
Título original:
La gran familia española
Duración
101 min.
Estreno
13 de septiembre de 2013
Guion
Daniel Sánchez Arévalo
Música
Josh Rouse
Fotografía
Juan Carlos Gómez
Productora
Atípica Films / Mod Producciones / Antena 3 Films / La Sexta
Género
Comedia Drama Romance Comedia romántica Bodas Fútbol Familia Comedia dramática
5
A lo facilón
Daniel Sánchez Arévalo elabora un cine muy definido; no diré que posee un estilo propio, pero sin duda conoce su oficio perfectamente. Y, si hasta ahora ha funcionado, ¿para qué arriesgarse y cambiar? Sin embargo, no ha podido estarse quieto del todo, y ha logrado lo que hasta ahora parecía imposible: la combinación del cine patrio más hispánico, más de casa, con el formato y el desarrollo de la comedia típica americana, al más puro estilo (y no puede negarse, qué vamos a hacerle) de "La gran boda". Sí, esa comedia con olor a alcanfor que llegó hace no mucho a nuestros cines y que ya el mundo habrá olvidado. Tiene muchos más puntos en común de lo que podría pensarse. En cierto sentido abstracto, son calcadas.
El guión de "La gran familia" tira de manual 100%. Un chico se casa con su novia de toda la vida, que está embarazada. Ambos tienen 18 años. El chico tiene cuatro hermanos: el mayor, que no se siente valorado por su padre; el segundo, que es responsable y luchador y lleva mucho tiempo alejado de la familia; el tercero, que ha vivido siempre a la sombra del segundo; y uno que padece de algo de retraso, y que no tiene conflicto alguno (está ahí para hacer chistes). ¿Les suena? ¿No se parece a A dos metros bajo tierra? ¿No se parece, la verdad, a cualquier ficción en donde salgan hermanos en el centro de la trama? Además de esto, el padre se está muriendo por problemas cardíacos. Y el que se casa no sabe si ama a su futura mujer o a la hermana de ésta.
Pues una vez más o menos montados, durante la primera media hora, los traumas de cada uno, a seguir del tirón. Un par de escenas, unas vueltas de tuerca, y todos son muy felices, y se quieren, y España gana el Mundial, y nos hemos reído. La película, en este sentido, no engaña. Quiere ser pequeña y conmovedora; a mi juicio se queda tan pequeña que se deshace como cuando se sopla un diente de león. No estoy seguro de que conmueva.
Hay varias razones para ello. Para empezar, va a envejecer muy mal. Los personajes, sobre todo los locos jovenzuelos, dicen frases como “no flipes”, “¿Tú me I love you?”, “Contigo no, bicho”, o “mazo de fuerte”; hoy en día uno lo escucha y no pasa nada: pero esperen a revisarla dentro de 15 años, y les sonará tan rancio e impostado como Ramoncín todo él en la película atroz Adolescencia (1982). ¿Qué pasa con esto? Pues que se le ve el plumero a Sánchez Arévalo, más preocupado por el aspecto inmediato que por el acabado artístico. Se asoma peligrosamente a ser una película de época y nada más. Los conflictos antes mencionados no llegan a mucho, y son meras excusas para que se den ciertas situaciones. Hay chistes cansinos que pierden efectividad según se repiten idénticos, como el camarero al que siempre se le cae la bandeja, o el “tema del robo”. Por otra parte, se cae en cierta inverosimilitud, y algunas cosas no se las puede creer ni el más predispuesto, por mera congruencia humana o racional (al spoiler).
Es una película excesivamente planeada, medida, controlada, domesticada, sin riesgo ni puntos de fuga. Le da al espectador la cantidad exacta de humor y de ternura; y todo el mundo es muy bueno. Hay algo irritante, para cualquier corazón sensible, en el esfuerzo consciente por evitar que la gente salga del cine pensando con libertad: La gran familia española te dirige hacia un estado de serenidad artificial en donde la verdadera viveza ha quedado disecada sin miramientos. Te manipula y controla todo lo que debes sentir. Además usa un vil ardid para emocionar: como el partido de España ya puso los pelos de punta a la mayoría de la gente, se tira de catarsis evocativa. Eso es ahorrarse sentimientos: tiran de los ya sentidos. Encima, con aspiración colectiva.
¿Aciertos? Bastantes, también. Seamos justos. El cásting es impecable. Todos y cada uno de los actores bordan el papel; incluso los más jóvenes y desconocidos. Me parece que sobresale, un poco por encima del resto, Verónica Echegui. Es una actriz que lo expresa todo, y que pone verdadera alma a su personaje. Aunque ya nos ha acostumbrado a que esté siempre fantástica. También merece la pena resaltar el montaje de algunas escenas. La doble conversación entre la novia y sus amigas, y, aparte, el novio y sus hermanos, es, sin más, magistral. Muchos chistes son muy buenos, y vaya si funcionan.
En fin, le doy un aprobado pese a todo (peores cosas de largo hemos visto), pero si me preguntan por qué no merece más, diré que por jugar a dos bandas. Al rollo de ser como muy salido del Hollywood más facilón (todas las canciones de la película son pop inglés buenrollero, vaya una declaración de principios), y a la vez por caer demasiado en el costumbrismo más rancio. Sólo cuando elude ambas tendencias consigue respirar de verdad.
Película agradable, fácil de ver, simpática... y para olvidar a los 30 minutos. Es una pena que no se le exija más, porque el director sí tiene talento. Pero va a lo fácil.


En el spoiler destripo algunas incongruencias.
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134 de 175 usuarios han encontrado esta crítica útil
4
Buenrollismo contraproducente
Cuando el buen rollo es contraproducente

Recuerdo que, hace no mucho tiempo, leía sobre aquella polémica surgida del pequeño pique entre el crítico de cine Jordi Costa y al figura del director Alejandro Amenábar. Cuando el segundo disfrutaba de un estatus crítico elevadísimo y de una imagen pública envidiablemente sana, el primero mostró su desacuerdo con casi toda su filmografía reciente. Costa afirmaba que la figura de Amenábar era «fruto de una construcción colectiva. La mayoría ha decidido que el director es un icono irreprochable de nuestro cine y que, encima, es un buen chico. No es más que el fruto de un consenso global».

Daniel Sánchez Arévalo podría ser visto de una manera semejante: “Azul oscuro casi negro” irrumpió de manera favorable en el panorama español como un notable drama íntimo. “Gordos” intentó inyectar a la temática dramática un toque de comedia. Y “Primos” se reveló como una comedia simpatiquísima orgullosa de los clichés y de ejecución medidamente desmedida.

El mundo de la cultura en general, y del cine en particular, se compone de una serie de reglas y comportamientos que llevan a la adhesión y la estabilidad en la materia. Son comportamientos que uniformizan aspectos diferentes de una cultura y marginan productos que intentan salir de los cánones.

“La gran familia española” ha sido alabada como la abanderada de la “nueva comedia española”, tildada de “obra mayor sobre una época y un país” y coronada como “La gran comedia española de los últimos tiempos”. Pero, ¿qué tiene que provoque tal alud de buenas críticas?

El consenso crítico que envuelve la figura de su director.

Porque, en realidad, “La gran familia española” es una obra desigual: Plagada de los clichés típicos de la comedia romántica de boda (muy poco española), montada de manera dubitativa (avanza y recula nada más avanzar), aderezada con escenas quasiridículas (las escenas musicales) y finalmente envuelta en un aire patrio buenrollista en ocasiones asfixiante.

“La gran familia española” está enmarcada en un momento contemporáneo actual que rodea la historia de un halo bienintencionado de compañerismo nacional (inexistente en la realidad). A pesar de sus puntuales aciertos, y del innegable pulso apostando por el agridulce sabor final, “La gran familia española” es de todo menos la esperanza de la comedia nacional.

La comedia de verdad, la que perdura, no surge de los chistes inofensivos. Ni del aire neutro con intención única de agradar a todos por igual.

El cine español no necesita de buen rollo. Necesita garra y mala baba a lo “El mundo es nuestro”. El consenso colectivo es un sinsentido puesto que del arte se espera que guste a unos e irrite a otros. Arévalo parece fruto del consenso: se ha sentado en un asiento muy cómodo que gusta al gran público y que hace ver a la crítica que, si gusta, hará taquilla, y con eso ya basta.

Lo mejor: La escena de la confesión paralela. El (truco) final.

Lo peor: Que sea vista como la esperanza de la comedia española. Cuando, ni hace reír, ni pretende sorprender.

Todo esto y mucho más en: http://macguffilms.wordpress.com/

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