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Love & Honor (2006)

Sinopsis
Yamada cierra su trilogía sobre samurais con esta historia acerca de un fuerte servidor del Shogun que pierde la vista en una misión. Su mujer, por la que siente devoción, se sacrifica para salvar su honor. Ahora el samurái promete venganza por su amor perdido y por su honor como guerrero... (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Japón Japón
Título original:
Bushi no ichibun (Love and Honor)
Duración
121 min.
Estreno
28 de marzo de 2008
Guion
Yôji Yamada, Emiko Hiramatsu, Ichiro Yamamoto (Novela: Shuuhei Fujisawa)
Música
Isao Tomita
Fotografía
Tadashi Kaneda
Productora
Shôchiku Eiga / Asahi Broadcasting Corporation / Hakuhodo DY Media Partners / J Dream / Nagoya Broadcasting Network / Nippon Shuppan Hanbai / Sumitomo Corporation / TV Asahi / Tokyo FM Broadcasting Co. / Yahoo Japan / Yomiuri Telecasting Corporation
Género
Drama Samuráis
"Yamada destaca en la ternura de sus dramas, en la sensibilidad para abrazar a sus personajes y en la intensidad de su lirismo."
[Diario El País]
9
Un Zatoichi lleno de lirismo
Yamada cierra la trilogía sobre temática samurai con la mejor película de las tres. Rescata el personaje creado por Daiei Studios e interpretado por Shintano Katsu: Zatoichi.Yamada amolda con una actuación impecable de Takuya Kimura la vieja leyenda del samurai ciego a su conveniencia, dotando a la historia de una veracidad palpable y dolorosa.

El director usa una fotografía bellísima (con las sombras y los paisajes nos trasportan directamente a la historia) que durante toda la cinta ejerce de elipsis temporal. Y al mismo tiempo, nos acongoja impidiendo que su protagonista pueda disfrutar de ella debido a su minusvalía. Y lo hace adrede, mostrándonos lo que Kimura se pierde.

“Es siempre al despertar cuando el mundo se muestra más oscuro.”

No recalca tanto en la idea crepuscular de los samuráis como en sus dos anteriores trabajos, pero se ciñe más, como el propio título nos anuncia (Bushi no ichibun), al código Bushi (guerrero). No contentos con doblar ciertos títulos difamando a los creadores, a las distribuidoras les da por mantener el título de un doblaje anglosajón que hace un flaco favor a la película.

Todo en “Bushi no ichibun” está narrado y mostrado de forma impecable. Y los actores entran a trapo, desde un gran Takuya Minura hasta el siervo que se desvive por su señor Takashi Sasano. La cámara se muestra viva y los sonidos cobran una importancia vital, e igual que la fotografía, Yamada los usará para crear elipsis: como los cantos de los pájaros, los insectos o el propio viento arrastrando las hojas. Consigue que esta película se sienta auditivamente, muy adentro.

Las piedras (se mueven al tropezar).
Los choque de palillos que usan los catadores (ese roce capaz de crear atención).
Los pasos… y su espera.
La lluvia y la lágrima.

De nuevo Yamada crea un baile final con los contrincantes: hermoso y veraz.

“Basta un solo golpe con todo el rencor que hay en mí”.
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30 de 32 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
El samurai lo es SIEMPRE
La película de Yamada nos introduce desde el primer minuto en un cuento sencillo, desprovisto de adornos, sin apartarse nunca del estricto hilo del relato. No tiene secuencias de relleno ni tiempos muertos, y consigue que sus dos horas estén llenas de fuerza esencial.
Está tan lograda la sencillez que de puro concreta se vuelve abstracta: se ambienta en época feudal, sin que se insista en ello demasiado.
El planteamiento juega con un castillo, un amo, una sociedad verticalmente jerarquizada y el código de honor samurai. Pero los exteriores son mínimos, el vestuario no llama la atención, y no hay el menor énfasis en lo arquitectónico. Las ropas, lo mismo que las casas de madera, tabiques corredizos de papel de arroz y patio con frutales, podrían ser de hoy o de cualquier época.

Un joven samurai tiene empleo de catador de venenos en el castillo feudal. Sufre un percance en su trabajo, un aparente envenenamiento del que se recupera de forma incompleta. La esposa aporta su confianza, y va a la piedra de las cien oraciones, pero flota la sombra del harakiri.
Al samurai le crece el pelo en lo alto del cráneo, antes afeitado. Aparece la nefasta familia, con sus presiones sucias, contaminantes.
El honor herido de un guerrero que se siente caído más bajo que un perro multiplica su rencor y lo empuja hacia un combate trascendental. El maestro que le entrena le indica, además, una forma de vencer: “Que estés dispuesto a morir, y que el rival quiera vivir a toda costa”.

El relato tampoco es sofisticado como para absorber la atención mediante sucesos complejos. Al contrario, articula con parquedad temas básicos (pero hondos) de amor verdadero, mundo injusto, dignidad y honor restablecidos, en episodios de prodigio y heroísmo.

La concisión expresiva, guiada por una sobriedad absoluta, no carece de ternura, sensibilidad y humor, calibrados con ponderación y sentido del equilibrio admirables. El actor, Kimura, está asombrosamente metido en la minusvalía del personaje, y el criado es un secundario lleno de humanidad.

Hay repeticiones para marcar ritmo en la historia (la reclamación de agua caliente, y otras). La técnica se mantiene discreta, como la cámara a menudo filmando desde el suelo, el sonido de insectos y pájaros, las hojas secas que vuelan, esa ráfaga de viento en la hora crucial...

Tocada desde el principio por ese halo universal del “Érase una vez…”, o del “Hubo un tiempo en que…”, tiene en su misma concepción rango de clásico de todos los tiempos.
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22 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil