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El hombre de Laramie (1955)

El hombre de Laramie
Trailer
7,5
3.376
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Sinopsis
Un capitán del ejército de los Estados Unidos se hace pasar por comerciante y va a México para averiguar quién le vendió rifles a los apaches que asesinaron a su hermano. Entre los sospechosos se encuentran un arrogante hacendado, su despiadado hijo y el capataz de su rancho. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Estados Unidos Estados Unidos
Título original:
The Man from Laramie
Duración
101 min.
Guion
Philip Yordan, Frank Burt
Música
George Duning
Fotografía
Charles Lang Jr.
Productora
Columbia Pictures
Género
Western
9
Si yo hiciera westerns, me gustaría hacerlos como Mann (8.7)
Qué ritmo tan pausado y, sin embargo, qué intensidad en las miradas de los actores, en sus voces y en la forma de ir descubriendo poquito a poco los pasados de cada uno, sus miedos, sus envidias, sus desencantos... Y es que se trata de personajes maduros (y madurados), no de pistoleros infalibles, ni de chulos fascistas, ni de saltimbanquis, sólo de personas que se enamoran contra su voluntad, que afrontan la vida de formas diferentes, que no son ni guapos ni feos.

Un ejemplo de la madurez de este director es la forma de afrontar la historia de amor en el western. En este caso es romántica y delicada, pero es presentada de tal manera que el desenlace, sea cual sea –por supuesto no voy a desvelarlo aquí–, sólo puede terminar en tragedia.
Otro ejemplo, que a su vez es el rasgo distintivo de esta película –y de alguna otra de este director–, es el gran protagonismo de la intriga. En el pueblo comienzan a pasar cosas raras, se ciernen numerosas amenazas sobre Will, pero tardaremos en saber claramente de dónde y de quién vienen. Y no sólo la intriga se presenta en los rasgos más evidentes, sino también en la propia historia romántica, en el posible pasado militar de Will y en la misteriosa venta de las armas a los indios.

Y al que prefiera las peleas, sólo le diré que aquí hay una cortita pero impresionante que prácticamente transcurre entre las peligrosas patas de los caballos y del ganado bovino.
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48 de 57 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
Sutil
El hombre de Mann no es un rudo héroe, no es quien más rápido dispara ni quien más fuerte golpea. No suele ser un aventurero en busca de tierras lejanas. El hombre de Mann es siempre una incógnita, con un pasado oscuro y casi siempre vengativo. Es un hombre contradictorio que duda entre lo que está bien y lo que está mal. Es un héroe de la calle.

El hombre de Laramie es como cualquier trabajo de Mann, sutil. Hila fino en toda la historia llenando el western de suspense. Mann nos mantiene a la espera, realizando al mismo tiempo una contención de violencia que sabemos descargará tarde o temprano. Es esta película, sobre todo para las fechas en las que se rodó (1955), una cinta violenta, de western puro y añejo. Pero en lugar de mostrarlo todo, la cámara de Mann queda a la expectativa para que la propia historia, con pautas de la tragedia shakesperiana (El rey Lear), se desenvuelva por si sola sin alardes ni concesiones.

Si se rodara hoy la pelea que acontece en la cinta entre Will (James Stewart) y Vic (Arthur Kennedy) la cámara nos daría infinitos primeros planos detallados y secuencias ralentizadas para enfastiar la violencia. Mann sólo necesita dejar la cámara quieta, seguir a los dos entre las patas del ganado y rescatar la imagen de Stewart cuando este sale con una capa de polvo sobre la ropa. La escena espectacular, mantiene la tensión, refleja la violencia y el peligro, y lo más importante, huele a western.

La cámara de Mann es sutil como pocas. Encuadres perfectos, de esos que sin saber cómo, manejan abundante información más allá del primer punto focal. En su primera inmersión en el Scope, Mann ya lo domaba como un vaquero experto. No sólo en cuanto a información, si Mann ponía la cámara en un lugar era el centímetro donde debía estar y era la inclinación que debía tener y creaba la foto sin fisuras: Stewart y O’Donnell entre las sobras debajo del porche, un cielo de azul oscuro, y la iglesia, blanca y azulada por las sombras, detrás, en la esquina perfecta, con su campanario destacado, con una armonía sólo al alcance de los grandes.

Mann también era sutil con el amor. Aunque es cierto que al personaje de O’Donnell le falta perfilarlo más, los encuentros entre Stewart y ella están llenos de tensión sexual, de amor escondido, de dudas, de pasión contenida y todo ello filmado con sutileza.

La sutileza, perdida casi por completo en el cine actual, es un arma de doble filo sólo dominada por los más grandes. Mann era de los más grandes.

Para mis verdaderas almas gemelas de FA
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40 de 42 usuarios han encontrado esta crítica útil