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Síndromes y un siglo (Syndromes and a Century) (2006)

6,9
793
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Sinopsis
Inspirada en la historia de amor real de los padres del director, ambos médicos, y los recuerdos del propio director. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
Año / País:
/ Tailandia Tailandia
Título original:
Sang sattawat (Syndromes and a Century)
Duración
105 min.
Guion
Apichatpong Weerasethakul
Fotografía
Sayombhu Mukdeeprom
Productora
Co-producción Tailandia-Francia-Austria; Anna Sanders Films
Género
Drama Romance Medicina Historias cruzadas Drama romántico
"Profundamente misteriosa, erótica, divertida, gentil, juguetona, absolutamente distintiva de su director, que ahora puede decir que está acercándose a la liga de Kiarostami y Haneke como uno de los grandes practicantes del cine moderno."
[The Guardian]
7
Caminando por la banda de Moebius
La película se abre con una entrevista de trabajo. Se suceden las preguntas y respuestas, precisas y a la vez desconcertantes. La doctora es dulce y el entrevistado es soso: un tipo acelga que declara que es alegre. ¿Por qué? Porque sus amigos se divierten cuando están con él. Más tarde descubrimos que a pesar de haber servido como médico en un centro militar, le da miedo la sangre. El tono es humorístico y extraño, la composición de planos excelente, la imagen luminosa. El ritmo es pura pausa.

Caminamos por la banda de Moebius y, sin aparente ruptura, un diálogo que se repite nos pone sobre aviso: empieza la segunda vuelta de la cinta. Cambia la decoración y la naturaleza cede el paso a la ciudad.

En ‘Síndromes y un siglo’ los personajes y la acción no tienen relevancia. Lo fundamental radica en el entorno. Mismos actores, mismas líneas de diálogo, situaciones análogas. Y un marco doble, antitético, que es el verdadero actor de este no drama.

Las simetrías subrayan la extrañeza. En la primera parte, la naturaleza resplandece por doquier, con un cariz informe que desborda, exuberante.

En la segunda, las líneas de la arquitectura configuran un espacio muy mecanizado, como si la acción del hombre condujera hacia una paradójica deshumanización. No se nos muestra el fin de ese proceso. Intuimos una tercera vuelta con el verde totalmente descartado, ya sin budas ni figuras religiosas. Prohombres para un mundo sin humanidad.

Es difícil no advertir tres símbolos que quedan suspendidos en el plano y en el tiempo: la orquídea salvaje, el eclipse y el extractor de humos. En ellos cristaliza el quid de la película. La orquídea cuelga sobre el porche de una habitación resplandeciente. La Luna oculta el Sol. El extractor absorbe el humo desde el sótano del edificio –su boca forma un cuadro fascinante.

El director no elude las explicaciones. Las elimina del diálogo. Nos las entrega en forma visual, con píldoras de humor occidentalizado (el monje que quería ser DJ, raíces ancestrales a cambio de somníferos, conversaciones absurdas, chacras y reencarnaciones con un punto de ironía, el licor en la prótesis…).

El eclipse de los personajes, el paisaje industrial, la incomprensión, el aislamiento paulatino de los seres, nos remiten a Michelangelo Antonioni, con sus panoramas (internos y exteriores) desolados.

En esta cinta el argumento es una excusa tibia. No existe dramatismo ni tensión. Lo narrativo es anecdótico.

La forma es el mensaje. El personaje principal es el contexto: la dialéctica sutil entre lo artificial y la vegetación. La oposición de simetrías. Un campo contracampo que se evade del análisis verbal.

Weerasethakul se expresa en una forma de mirar que no es posible sin el cine.
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48 de 50 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
UN FRESCO BUDISTA
La mirada budista de esta película difiere bastante del patrón occidental. No hay trama interesante ni personajes con carácter. No se proponen.

Para el budismo el ego es un espejismo de la mente. No corresponde a nada real.

Los personajes de “Syndromes…” no están acorazados en sus egos; en comparaciones, competencia y autoafirmación. No se dan importancia, son ligeros y fluidos. No se autodefinen, no hablan de sí mismos (Yo soy así o asá, Yo pienso, Yo creo). No viven grandes pasiones: sale un enamorado y parece un enfermo tembloroso. No tienen que progresar ni desarrollar una sólida “personalidad”.
Hablan de sus reencarnaciones, vidas anteriores, pero no como un californiano ‘newage’ probando a decir cosas excitantes: es su forma normal de ver la existencia.
Con peculiar distancia, nos son mostrados en acciones insignificantes.

La narración no se apoya en figuras destacadas contra un fondo sino que presenta un ámbito con la dualidad figura-fondo muy atenuada.

También es peculiar la estructura de la narración, inspirada en las respectivas juventudes de los padres del director. Médicos los dos, el ambiente del film es en gran medida clínico.
Dividida en dos partes muy simétricas (una dedicada a la madre y otra al padre), en ambas se repiten varias situaciones. La mayor diferencia en el juego de contigüidades y contraposiciones la marca el ambiente rural de una y el puramente urbano de la otra.
Sin opinar, el director deja ver lo distinto de esos mundos. Ejemplo: el mismo monje en el dentista. En una, árboles por la ventana, médico y paciente charlan y ríen, y el dentista termina cantando mientras trabaja. En la otra, estancia sin ventanas, gélida luz de neón, médico y enfermera enmascarados trabajan en silencio, sin comunicación, cada cual abstraído.
Otro ejemplo: en el parque junto a la clínica rural, noche serena, las enfermeras contemplan a los chicos mientras juegan al voleibol y otros charlan en bancos, movimiento y quietud en armonía. En un parque de la gran ciudad, docenas de personas envueltas en música a gran volumen, se mueven al unísono, imitando al monitor en el estrado, ritmo gymjazz o lo que sea.

La arquitectura es presencia continua; muy frecuentes las estatuas, de próceres y del buda. Edificios de madera y con vegetación, en una parte, y sintéticos, geométricos, fríos y asépticos en la otra.
En los planos, mucha perspectiva y ritmos visuales, con gran efecto.

El resultado es una película sin drama, conflicto ni tensión, que no se limita a peripecias de personajes sino que traza un fresco global (hecho de apuntes e instantáneas, flexible, matizado, apacible, sutil y a menudo humorístico) del mundo en que palpitan las vidas de esos personajes, sugiriendo que la civilización industrial y urbana quizá no les caiga del todo bien.

Si se siente curiosidad por mentalidades distintas, esta película, realmente ajena a los parámetros occidentales, tiene interés, y varios momentos deliciosos.
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28 de 28 usuarios han encontrado esta crítica útil