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Invictus (2009)

Sinopsis
Adaptación de un libro de John Carlin (Playing the enemy). En 1990, tras ser puesto en libertad, Nelson Mandela (Morgan Freeman) llega a la Presidencia de su país y decreta la abolición del "Apartheid". Su objetivo era llevar a cabo una política de reconciliación entre la mayoría negra y la minoría blanca. En 1995, la celebración en Sudáfrica de la Copa Mundial de Rugby fue el instrumento utilizado por el líder negro para construir la unidad nacional. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Estados Unidos Estados Unidos
Título original:
Invictus
Duración
134 min.
Estreno
29 de enero de 2010
Guion
Anthony Peckham (Libro: John Carlin)
Música
Kyle Eastwood, Michael Stevens
Fotografía
Tom Stern
Productora
Warner Bros. Pictures / Spyglass Entertainment / Malpaso Productions / Revelations Entertainment
Género
Drama Biográfico Racismo Deporte Rugby Basado en hechos reales Años 90
6
Invicto
Mientras Dios lo quiera, la llegada de un nuevo año seguirá suponiendo nuevas producciones de dos de los realizadores que con más pasión "atacan" al séptimo arte anualmente: Woody Allen y Clint Eastwood. Ambos han realizado un gran número de películas, unas fallidas, otras menores, alguna pequeña joya y también sendas obras maestras, así que cualquier pequeño bache se les perdona, con la esperanza de que el siguiente intento sea mejor. "Invictus" no es un film menor en un sentido puramente cinematográfico, al contrario, está dirigida maravillosamente y los partidos de rugby tienen una fuerza arrolladora. Donde quizá falle es en no saber escapar a las convenciones de este tipo de películas, máxime cuando a pesar de basarse en hechos reales no consigue ser demasiado creíble. Sin embargo tiene fuerza, el relato atrapa, por unos segundos sentimos y padecemos esta historia clásica de perdedores, donde existe la redención y como meta una victoria. Una de las que cuesta alcanzar.

Morgan Freeman se entrega en cuerpo y alma para dar vida a Nelson Mandela, regalando una interpretación ejemplar que sólo puede ser disfrutada en su totalidad en versión original (con el acento surafricano y su forma, con pausas, de decir las cosas). Matt Damon también está creíble como el capitán de los Springboks, Francois Pienaar, funcionando igualmente bien el resto del reparto, un grupo de secundarios sólido, siendo mayoritariamente intérpretes desconocidos, lo que sirve para reforzar, en parte, la sensación de "realidad". Los aciertos continúan con una potentísima puesta en escena, un sentido del espectáculo único que es capaz de interesar e incluso emocionar a quienes (como un servidor) no tienen ni idea de rugby. Lamentablemente falta algo en este relato, quizá cierta sobriedad, que habrían hecho de Invictus un film menos "para pasar el rato" y más "para grabarse a fuego en la memoria".

Invictus es así un film perfectamente realizado, interpretado con convicción por Damon y especialmente Freeman, pero que dista de ser el peliculón que uno espera encontrarse firmado por Eastwood. Sorprenden además ciertos recursos (el uso de música pop en cierta escena), e incluso lo poco que se profundiza en los temas políticos, algo que aplaudo, pero que podría molestar a ciertas personas. Pese a todo, merece la pena: es terriblemente entretenida y, pese a no ser uno de los films del año, es una de las películas mejor dirigidas de 2009. Veremos qué nos ofrece Clint Eastwood en 2010 con "Hereafter", que parte de una premisa no original pero que, en sus manos, puede convertirse en algo excepcional.
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146 de 170 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Al abuelo no lo tumba ni Dios
Con casi 80 tacos y un buen puñado de muescas en el revólver (“El jinete pálido”, “Los puentes de Madison”, “Sin perdón”, “Mystic River”, “Gran Torino” y las que me olvido) supongo que al viejo Clint se la tiene que traer más bien floja lo que algunos, en estos momentos, puedan decir de él. Demasiados años y pelis han pasado ya para que Sansón Eastwood (su primer apelativo en Hollywood) vaya a inmutarse ahora ante la sarta de chorradas de quienes, a buenas horas, pretenden desprestigiar su calidad artística y humana.

Y aunque a mi, personalmente, me importa más bien poco el número de hijos ilegítimos y la cantidad de rubias a las que se habrá podido cepillar este portento de hombre durante toda su vida, lo que sí me jode -y mucho- es que, a estas alturas, alguien ponga en entredicho su talento. Entre otras muchas cosas porque no es de recibo machacar a un cineasta por la sencilla razón de que no ha respondido a las expectativas. ¿Expectativas? ¿qué expectativas? ¿estamos hablando del tipo que el año pasado firmó “Gran Torino”? ¿o estamos hablando de un novato al que le sonó la flauta en su debut y debe reivindicar su valía? ¡Pero si seguir trabajando con 80 tacos ya es un puto milagro, coño! Yo flipo, en serio. Flipo porque no entiendo cómo se puede condenar una peli técnica y narrativamente impecable y sigo flipando porque tampoco entiendo qué tiene de malo apelar a la fibra sensible (e incluso a la épica) si lo que se pretende y se consigue, además, es construir un sincero, emotivo y merecidísimo homenaje a Nelson Mandela. Un homenaje cuyo presunto delito -agárrense- radica en recurrir a lo fácil, idealizar en exceso al prota y otorgarle demasiado protagonismo al rugby. Chorradas, chorradas y más chorradas. Intentaré explicarme.

Considero, en primer lugar, que reprobarle a Eastwood su simplicidad es una verdadera estupidez. Sobre todo porque de todos es bien sabido que a quien se le achaca tal defecto es un cineasta que siempre ha huido del artificio y la virguería y que siempre ha optado por una caligrafía cinematográfica absolutamente inteligible y diáfana.

En cuanto a lo de idealizar a Nelson Mandela, más de lo mismo. Yo diría, incluso, que hacerlo es casi casi una necesidad. Un acto reflejo natural e inevitable. Y si no que alguien me diga qué político o estadista actual le llega a este hombre a la suela de los zapatos.

Pero si algo me parece verdaderamente de chiste es que se le recrimine a la peli de Eastwood un excesivo protagonismo deportivo. Me parece de chiste porque quien no haya pillado la metáfora del rugby y no la haya sabido extrapolar a la situación política y social de aquellos turbulentos años en Sudáfrica es para darle de ostias hasta en el carnet de identidad. Con perdón.
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