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El paso suspendido de la cigüeña (1991)

El paso suspendido de la cigüeña
Trailer
7,3
870
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Sinopsis
Aléxandros (Gregory Karr) es un periodista que viaja a la "Sala de espera", un lugar del norte de Grecia en la frontera con Albania, que se llama así porque allí se concentran refugiados kurdos, turcos, albaneses, polacos, rumanos o iraníes que esperan un permiso que les permita abandonar ese lugar. El periodista llega con un equipo de televisión para filmar la vida de estas gentes; en un momento dado, cree reconocer a alguien: un político griego (Marcello Mastroianni) que, diez años antes, desapareció misteriosamente. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Grecia Grecia
Título original:
To Meteoro Vima tou Pelargou
Duración
143 min.
Guion
Theodoros Angelopoulos, Tonino Guerra, Petros Markaris
Música
Eleni Karaindrou
Fotografía
Giorgos Arvanitis, Andreas Sinanos
Productora
Coproducción Grecia-Francia-Italia-Suiza; Arena Films / Erre Produzioni / Greek Film Center / Eurimages / Canal+ / Greek Television ET-1 / Vega Film
Género
Drama
"La obra maestra absoluta de Angelopoulos, que los avatares de la distribución nos dejó inédita"
[Fotogramas]
7
El reino del silencio
La continua atracción de Angelopoulos por el Norte nos lleva, en esta ocasión, a un gélido territorio de frontera en el que todos los valores parecen subvertidos. ¿Cómo no pensar en el hilo tenue de la muerte al ver la línea que separa ambos países? No existe un verdadero avance en la "sala de espera" en la que aguardan las almas exiliadas de los refugiados. Todo es vida vegetativa y gris, melancolía esencial y tristeza indefinida. El tiempo queda suspendido, inerte y congelado. Los habitantes de ese microcosmos (que pudiera integrar a todo el género humano) comparten un ¿perpetuo? aislamiento, sin apenas capacidad para comunicarse o comprenderse, cercenados, en apariencia, de las vivencias más profundas de sus semejantes. Todo se muestra como un continuo simulacro, con seres que actúan entre hastiados y abatidos. Abundan en la cinta las escenas memorables: la boda, a caballo entre dos mundos, con el río inexorable en medio de los novios; la primera escena, circular y sobrecogedora, en la que asistimos al rescate de los cuerpos suicidados en medio de una nube de helicópteros; el final, ¡ah, el final!, maravilloso. Con un amarillo deslumbrante, el de los "ángeles" que resplandecen en los postes, tratando de restablecer la comunicación. Una escena fallida: el reencuentro, protagonizado por los personajes de Marcello Mastroianni y Jeanne Moreau; hay algo en su tempo que no acaba de funcionar, pese a la preparación milimétrica de los encuadres y la exquisitez con la que está rodada. Un defecto: una película tan lenta, con un planteamiento tan diáfano, no debería resultar confusa, y, a ratos, adolece de ese vicio. Demasiado aire, demasiada contención, y un exceso de preciosismo retórico que desluce el tejido emocional de aquello que se nos presenta. Una idea tópica: el informador objetivo que no puede evitar su implicación sentimental. La atmósfera de nieve, lluvia y frío da vida al limbo de la espera, donde el desánimo penetra hasta los huesos. El guión parece salido del estudio de un ingeniero del lenguaje y de la imagen (¡qué pulcritud en cada toma!); todo está medido hasta el extremo, las simetrías, las reiteraciones, la inexistencia del sol y de la acción. La falta de utopías e idearios. Y el personaje más logrado de la cinta: el olvido de sí mismo en el silencio de la muerte.
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39 de 46 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Sobre lo absurdo de las fronteras
Casi en el mismo comienzo nos encontramos con uno de los elementos centrales de la película: un río, frontera natural y centenaria, como bien expresara Ivo Andric en su hermosa obra "Un puente sobre el Drina". Sin embargo, en pleno siglo XX, los conocimientos técnicos del hombre han permitido sortear esa inmensa barrera por medio de un puente, algo que puede ser más o menos hermoso en lo físico pero siempre bello en lo que simboliza: la conquista de la naturaleza, la prolongación de caminos cortados y, por lo tanto, la posibilidad de ir más allá hacia lo desconocido; con la salvedad de que este puente contiene en su mitad la frontera entre Albania y Grecia. Nada más paradójico teniendo el cuenta lo que un puente representa. La película esta ambientada en un momento delicado tanto para griegos y albaneses (qué momentos no lo son para estos pueblos, al menos desde la perspectiva externa), a caballo entre los ochenta y los noventa: los primeros viviendo en una sociedad completamente militarizada por el miedo constante a una guerra con los turcos y para mantener blindadas las conflictivas fronteras con Albania; los segundos una sociedad dominada por una paranoica dictadura comunista desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, completamente aislados del mundo exterior sino es a costa de grandes peligros. Para comprender los parámetros en que se mueve esta película hay que tener en cuenta la conciencia griega hasta hace muy pocos años de ser una isla europea en mitad de un mundo hostil, el último reducto de la civilización occidental en oriente (hasta el ingreso de Bulgaria Grecia no compartía fronteras físicas con ningún país de la UE). Esto queda claramente expresado en una frase del coronel griego al encontrarse en mitad del puente junto a Alexandre, su amigo el periodista: "Grecia termina en la línea azul. Si doy un paso estoy en otra parte o muero". Sin embargo, como siempre, el contrabando sigue siendo un lazo conector entre pueblos: "El año pasado una cajetilla de tabaco me costó un tiroteo y la vida de un hombre".

Es hermoso y muy clarificador respecto a la profesión de estos individuos el papel del periodista, Alexandre. El observador impersonal que desde lo alto del balcón, como un ave rapaz se introduce en vidas ajenas, en destinos que poco tienen que ver con el suyo. Los refugiados cuentan sus experiencias migratorias, hablan del miedo a morir, del pasado de muerte que dejan atrás y de lo que esperan encontrar al otro lado y el miedo a no llegar nunca. Alexandre está investigando la misteriosa desaparición de un ilustre político griego muchos años atrás. La obra con la que éste cerró su obra decía: "¿Cómo podíamos dar forma a un nuevo sueño colectivo?".
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18 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil