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Los crímenes del museo (1933)

Los crímenes del museo
Trailer
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Sinopsis
Tras una pelea con su socio, un frustrado escultor londinense contempla atónito cómo éste incendia el museo con el fin de cobrar el seguro y poder pagar las deudas. El artista queda inconsciente en medio del fuego, pero sobrevive, aunque con las manos quemadas. Años más tarde reabre el museo en Nueva York. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Estados Unidos Estados Unidos
Título original:
Mystery of the Wax Museum
Duración
77 min.
Guion
Don Mullaly, Carl Erickson (Obra: Charles Belden)
Música
Cliff Hess
Fotografía
Ray Rennahan
Productora
Warner Bros. Pictures
Género
Terror Thriller
7
Poco antes de que la censura quisiera ser protagonista.
Desde 1934 hasta 1967, el cine en los Estados Unidos estuvo bajo sospecha. Todas y cada una de las películas que se proyectaban tenían que cumplir lo que se llamó el Código Hays, que no era otra cosa que lo que se consideraba moralmente aceptable o no.

Es por ello que mucha gente joven cuando ve películas antiguas, tiene la impresión de encontrarse ante un universo muy distinto al que pertenecen. Y en parte tienen razón, la censura es la censura nos guste o no. Aunque también es verdad que como decía Berlanga la censura disparaba el ingenio y hacia a los cineastas más inteligentes en ese arte del insinuar y no mostrar. Ahora ya no pasa. Bueno y mucho antes tampoco. En los años veinte la pornografía conoció un boom en tierras norteamericanas y se podían incluso ver en cines de barrio, muchas películas comerciales eran realmente provocativas y la libertad de aquellos locos años era una realidad.

“Los crímenes del museo” es del año 1933 y tiene diálogos tan atrevidos que ya quisieran otras muchas de los sesenta. La protagonista es una periodista bastante liberada y algo superficial que investiga unos sucesos que la llevará hasta un museo de cera, donde se unirán las dos historias paralelas que tiene la cinta, la de terror y la de comedia-thriller.

La ventaja de la versión posterior de André de Toth es que se carga toda esa parte más de comedieta y la hace más lúgubre, mientras que aquí, tiene mucho de parodia, típica de los años de la recesión, donde la gente quería ver a monstruos, y aunque la Universal era la reina en la materia, también la Warner hizo de las suyas como con esta que comento, aunque no tuvo un excesivo éxito y estuvo pérdida durante muchos años hasta que apareció el rollo en uno de esos sótanos como el de la película.

En cualquier caso, esta película del gran director de estudio o de encargo como prefieran, que fue Michael Curtiz es absolutamente recomendable porque es encantadora, con todas las letras. Se ve en un santiamén y encima te deja regusto a cine preclásico. Según esta la producción cinematográfica en nuestros días como para quejarse.
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20 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
Cazadores de tesoros
Los caminos del cine son inescrutables. Al querer ver “Los crímenes del museo de cera” de André De Toth, con el fin de completar un personal miniciclo de este director (de quien recomendaría la muy poco conocida pero sumamente interesante “Pitfall”), hallé que en el DVD se encontraba como extra la primera versión de 1933, hasta entonces desconocida para mí, y dirigida nada menos que por Michael Curtiz.

El remake de De Toth, como se sabe, debe su fama a ser la primera, o de entre las primeras, películas concebidas en 3D, pero más allá de esa característica, que se percibe de manera clara en algunas composiciones que sitúan objetos marcadamente en primer término, y pese a la presencia siempre estimulante del mítico Vincent Price, aparece curiosamente más envejecida que la original, a lo que cabe añadir que sus mejores hallazgos visuales (como la acongojante visión de los rostros de muñecos de cera derritiéndose por el fuego) son siempre los que ya estaban presentes en la versión de antaño. De hecho, en varios pasajes idénticos se genera esa misma sensación de copia caligráfica que cuando se ven seguidas las dos versiones de “El prisionero de Zenda”.

Lo primero que llama la atención de “Los crímenes del museo” es el primitivo Technicolor, que en un primer momento induce incluso a pensar que podría tratarse de una película en blanco y negro coloreada. En algunos momentos, como escenas en exteriores, el efecto es netamente no realista, como si determinadas zonas del fotograma hubiesen sido tintadas tal como sucedía en el cine mudo. Pienso que, atendiendo a lo bizarro del argumento, habría sido muy productivo que Curtiz hubiese aprovechado esta involuntaria limitación técnica para acentuar dicho carácter extravagante. De haber jugado esa carta a fondo, en lugar de intentar atenuarla o disimularla, estoy seguro que el film habría ganado en capacidad de extrañeza e inquietud expresionista.

Otro de los motivos que acentúan la, a ojos de hoy, modernidad de la propuesta, es que rehúye el carácter más “solemne” que por esa época tenían por ejemplo muchos títulos de terror de la Universal, e instala en la trama (algo de lo que la segunda versión prescindirá) el personaje de una periodista que vira el relato hacia la alta comedia. En este sentido, la película es también actualmente una rara avis representativa de los modos de antes del Código Hays, y a través de ese personaje asistimos a diálogos y situaciones verdaderamente llamativos en ese aspecto, y que poco tienen que envidiar a las más conocidas sentencias de Mae West.

Es, en definitiva, esa combinación desacomplejada de drama, comedia, y gotas de suspense y terror, lo que para mi gusto la hace más interesante y divertida que su sucesora, planteada en unos términos más aferrados a los cánones genéricos, pero por ello mismo, como decía, con una formulación que hoy se antoja más arcaica.

Por último, cabe destacar la presencia de Fay Wray, la inmortal heroína de “King Kong”, en un papel igualmente gritón. Advierto que ambas son del mismo año, y no sabría decir si fue antes el huevo o la gallina, pero de lo que no cabe ninguna duda es que sus aullidos de pánico en una de las dos debieron de pesar mucho a la hora de decidir el reparto de la otra, pues sus cualidades tímbricas resultan definitivamente indispensables para ambos papeles.
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11 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil