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La balada de Narayama (1958)

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Sinopsis
Esta es la historia de un remoto lugar situado al pie de una imponente montaña, cuyos habitante de manera inexplicable no consiguen superar los 70 años de vida. Granny, a punto de cumplir esa edad, espera contenta que llegue el momento de su muerte. Sólo su hijo Tatsuehi luchará para que pueda superar ese cumpleaños con vida. En 1983, Shohei Imamura dirigió un remake, que ganó entre otros premios la Palma de Oro en el festival de Cannes. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Japón Japón
Título original:
Narayama bushiko (Ballad of Narayama)
Duración
98 min.
Guion
Keisuke Kinoshita (Historias: Shichirô Fukazawa)
Música
Chuji Kinoshita, Matsunosuke Nozawa
Fotografía
Hiroyuki Kusuda
Productora
Shochiku Kinema Kenkyû-jo
Género
Drama Vejez
8
Dientes para el Narayama
<Madre por qué no hablas si aún no estamos en el Narayama>.
La película de Kinoshita nos sumerge sombríamente en la concepción de la muerte. En este insólito lugar la muerte cobra víctimas a partir de la inutilidad de las personas, es decir cuando cumplan determinada edad (caso contrario de Granny, la protagonista, quien se desenvuelve de manera saludable). Es así como nos encierra en un drama perturbador ante la idea próxima de la muerte, sobre todo cuando se sabe que es inevitable y se ha pactado ya de antemano.

Es la postura del hijo frente a la partida de su madre lo que causa la experiencia existencialista, experiencia que vive en carne propia el hijo más no la madre quien, como la mayoría de asiáticos, se sostiene en base a rígidas costumbres ancestrales.

La madre, al ser conducida al monte Narayama por su hijo, deja de hablar. Le quita la palabra recordándonos que es la falta del lenguaje lo que nos atribuye realmente ese carácter de muertos. Es el olvido del tono acústico de la palabra lo que nos hace vivir la muerte. Es el silencio el que nos hace desaparecer y es así como, a pesar de poder hacerlo, la madre se niega a hablarle para así adaptarlo a su muerte cercana.

La presencia de la muerte se vuelve escalofriante ante la persistencia de la madre por deshacerse de sus dientes en perfecto estado de conservación al considerar que su edad difiere de la permanencia de estos, hecho que lleva a cabo al llegar la esposa para su hijo. Estos tonos oscuros de la película se sienten también cuando en la cima del Narayama, lugar que la madre calificaba como hermoso siendo todo lo contrario, se asume que la muerte se da a partir de la inanición haciendo aún más desgarrador para el hijo el dejar a su madre a la intemperie.

El antagonismo del vecino de la madre, quien ya ha superado los 70 años, refuerza la idea de la cual parte el relato el cual es muere antes de ser inútil o, en este caso, antes de cumplir los 70 años. Es por este motivo que el hombre en cuestión es agredido por su propia familia y obligado a subir al Narayama a pesar de su resistencia. Es la imagen del temor a la muerte que traerá como consecuencia una vida miserable.

La escena de la cima del Narayama es extraordinaria, sobre todo el silencio en que se desarrollan los dos personajes. La madre al preparar el rito para esperar la muerte y el hijo al esperar poder irse cuando su naturaleza le exigía lo contrario.

En definitiva la lectura de esta obra maestra consigue su propósito. Infaltable.
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19 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
Morir en Narayama
Desde tiempos inmemoriales han existido tradiciones que han dictado cómo afrontar la etapa final de la vida. Para los vikingos, era un honor abandonar este mundo en la batalla, así como su salvoconducto para verse cara a cara con sus dioses. Los samuráis se daban muerte voluntaria si deshonraban su espada, o si dejaban de servirla con honor. Los esquimales, cuando ya eran demasiado viejos para ser útiles, se marchaban por su propio pie para recibir en los hielos el abrazo del frío mortal.
En Japón, había pueblos que conducían a sus ancianos de setenta años a la cima de una montaña, donde se creía que moraban las divinidades, y los abandonaban a su suerte.
Parece que unas cuantas culturas adoptaban la decisión de no esperar a la muerte, sino de salirle al paso. Fallecer de forma natural en la ancianidad debía de asemejarse a una profanación, un acto de cobardía, y una vergüenza capaz de despertar las iras divinas y de hacer caer en desgracia a una familia.
En esos pueblos marcados por un calendario de fatigoso trabajo, calamidades esporádicas y épocas de escasez, la utilidad de cada miembro de la familia debía de ser crucial y, cada boca que alimentar, un quebradero cuando el arroz no abundaba en los campos ni en las ollas. Si reflexionamos sobre la ruda vida de esas gentes, ligada a la áspera tierra, a las estaciones, a las bonanzas y a las dificultades, no es de extrañar que los mayores comenzaran a sentir que estorbaban en el devenir de la cotidianeidad. Que sus estómagos robaban las raciones de los jóvenes, y que sus viejos huesos encorvados servían ya para poco. Ya iban sintiendo la llamada del Más Allá, de los Dioses de los Muertos que habitaban en la cumbre del Narayama.
El trámite hacia la eternidad (o hacia la nada) voluntariamente aceptada era traumático para los parientes que amaban a esa persona que les había dado el ser y los había cuidado. Pero no todos los ancianos asumían su destino con valentía. Algunos se resistían, aterrorizados, y si persistían en su cobardía y postergaban demasiado el ascenso a la montaña, creaban un serio dilema.
Pero, con dilema o sin él, tendría que ser terrible, para los padres y los descendientes, hacerse a la idea de que el final se aproximaba. Porque, además, ellos sabían exactamente cuándo debían entregarse al viaje sin retorno. Tenían ya preestablecida su fecha límite. Saber de antemano cuándo uno va a morir tiene que ser una pesada carga. Pero, de alguna manera que quizás los occidentales no lleguemos a comprender, ellos poseían un valor que nos es desconocido. Puede resultar cruel esa costumbre a nuestros ojos acostumbrados a otro filtro radicalmente distinto. Pero quizás para ellos era el mayor gesto de amor hacia los demás. Retirarse de la circulación dignamente, por sus propios medios, y dejar paso a las siguientes generaciones… Tal vez no concebían actuar de otra forma, porque no entregarse gustoso al suicidio podía atraer malos presagios, y un estigma capaz de manchar toda una estirpe.
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19 de 22 usuarios han encontrado esta crítica útil
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