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El hijo de la novia (2001)

El hijo de la novia
Trailer
7,7
53.036
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Sinopsis
Rafael dedica 24 horas al día a su restaurante, está divorciado, ve muy poco a su hija, no tiene amigos y elude comprometerse con su novia. Además, desde hace mucho tiempo no visita a su madre, internada en un geriátrico porque sufre el mal de Alzheimer. Una serie de acontecimientos inesperados le obligan a replantearse su vida. Entre ellos, la intención que tiene su padre de cumplir el viejo sueño de su madre: casarse por la Iglesia. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Argentina Argentina
Título original:
El hijo de la novia
Duración
124 min.
Guion
Fernando Castets, Juan José Campanella
Música
Ángel Illarramendi
Fotografía
Daniel Shulman
Productora
Coproducción Argentina-España; Pol-Ka Producciones / Jempsa / Patagonik / Tornasol Films
Género
Drama Comedia Alzheimer Vejez Familia Bodas Discapacidad
9
Pues a mi me han engañado ;)
Si "El niño que gritó puta" me conmocionó, "El hijo de la novia" me emocionó. El inicio de la película apunta a un guión lleno de tópicos, trucos emocionales, lágrimas fáciles. Pero según va transcurriendo empiezo a ser consciente de mi piel: caray, me estoy emocionando, me está enganchando, sonrío, me emociono, ...... me muevo, aleluya ¡¡estoy viva!!.

No sé cómo sería esta película con otros actores, el nivel interpretativo es estremecedor. A Ricardo Darín le reprocho lo mal que vocaliza, pero interpretativamente está de lujo. Hector Alterio es una de mis debilidades, pero más allá de subjetividades es un dios actuando. Norma Aleandro tiene una clase, una elegancia interpretando que no deja de asombrar. Natalia Verbeke.... la primera vez que la reconozco como una actriz. Eduardo Blanco da una gran dignidad a su difícil papel en este guión teñido de drama: le da humor y ternura a su personaje.

Película recomendable, si se supera los primeros compases de la película (casi) nadie se arrepentirá de ver esta película.
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97 de 111 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
La lágrima desangrante
Escucha... no, no te estoy diciendo que me oigas. ¡Escucha! Es la diferencia entre la actitud pasiva y la activa, porque para esta película lo vas a necesitar.

Brevemente, la sinopsis: Rafael, estresado propietario de restaurante, un ´malabarista que corre arriba y abajo intentando mantener el equilibrio ´, que tiene una madre con Alzheimer, una novia a quien atiende como si florero, una hija para los jueves fruto de su divorcio y un reencuentro con un viejo amigo que le devuelve sueños de su infancia. También tiene dos grandes amigos, inseparables compañeros: su encendedor y su móvil. Un ataque de corazón y un ´¿qué mierda estoy haciendo con mi vida?´, una oferta de una multinacional para comprarle el restaurante y un entrañable padre que se declara tan absolutamente enamorado de su mujer que desea llevarla a la vicaría, tras cuarenta y cuatro años casados por lo civil, ´lo único que no le he concedido´. Un cóctel de lágrima fácil...

¡No!

De lágrima, pero no fácil. Escuchadme: quienes hayan visto la sumamente recomendable ´El niño que gritó puta´ del mismo director sabrán que no hablamos de un Michael Landon, sabrán que la dureza no le resulta ajena. Pero, a diferencia de aquélla, comprobarán también que se puede encontrar amabilidad entre la miseria humana, que el cinismo no deja de ser una coraza timorata y que la poesía se puede consumir sin edulcorantes.

Si el director ya supone un aval, los actores merecen un aplauso rotura de muñecas. Desde Ricardo Darín que no presenta fisura alguna a su novia en la pantalla, Natalia Verbeke. Héctor Alterio como anciano padre merece un pedestal, por la espléndida interpretación y porque todo lo perceptible, también lo imperceptible, y lo aperceptible, lo properceptible, superperceptible, ultraperceptible, noséquéperceptible se armonizan en uno que nos conmueve y nos hace desear encontrárnoslo por la calle, incluso mejor, mirar de otra manera a quien nos encontremos por la calle.

Categoría especial para Norma Aleandro, como la madre. Pasa de la dulzura a la vulgaridad sin apenas transición, sin ese velo de pudor del que tanto cuesta desprendernos. Pierde la mirada en no sé qué rincón de su memoria mientras nos descubre sus inquietudes más infantiles. Nos arroja su severo semblante que estoicamente soportamos para estallar en una tosca carcajada que nos la devuelve adorable. No culpéis a quienes se enternezcan más de la cuenta o, por el contrario, permanezcan demasiado impasibles. Como el documento nacional de identidad, son sensaciones personales e intransferibles.

Despójate de los guantes que confunden tacto con presión. Líbrate de resfriados que conviertan tu nariz en un simple apéndice nasal y, sobretodo, no se te ocurra enmascarar tu gusto tras una previsible capa de caramelo. Cálzate los cinco sentidos y experimenta con unos sentimientos que, de tan milimétricamente reales, parecen ficción. Esa ficción que todos quisiéramos tener la lucidez de alumbrar.
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65 de 69 usuarios han encontrado esta crítica útil