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El motín del Caine (1954)

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Sinopsis
El estricto capitán Queeg (Bogart), un hombre aquejado de agotamiento nervioso y fobias neuróticas, asume el mando del Caine, un dragaminas norteamericano cuya tripulación carece de disciplina. En contra de la opinión de los demás oficiales, introduce cambios y toma medidas tan arbitrarias que la tripulación empieza a considerarlo un neurótico peligroso. Durante una tempestad, Queeg pierde el control de la nave; entonces, el segundo oficial lo obliga a dejar el mando y lo releva. Este incidente dará lugar a un consejo de guerra. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Estados Unidos Estados Unidos
Título original:
The Caine Mutiny
Duración
124 min.
Guion
Stanley Roberts (Novela: Herman Wouk)
Música
Max Steiner
Fotografía
Franz Planer
Productora
Columbia Pictures
Género
Aventuras Ejército Aventuras marinas II Guerra Mundial
8
Una película muy buena, pero con lastres
La he visto muchas veces y me parece una película muy buena, pero... hay algo en ella, algo ambiguo, que la lastra.

Veamos: la película trata de un motín en un barco de la Marina de los EEUU (no descubro nada, está en el título), pero se deja claro en el filme con líneas sobreimpresionadas que nunca ha habido un motín... en la Marina de los EEUU. ¿Qué quiere decir eso? Pues que desde la US Navy se participó en el rodaje de la película (de ahí que se pudiera rodar en los propios barcos y durante sus maniobras, etc con el consiguiente ahorro de $ ), pero con un mensaje que se dejó claro a los productores: “Colaboramos, pero debe quedar claro que rebeliones a bordo en buques norteamericanos no han existido jamás”. Da igual que se trate de ficción. El condicionante está ahí, y el director Dymytryk ha de apechugar con él; soportarlo, en definitiva.

Y ese condicionante, llamémoslo de esta manera, está planeando en el filme: sólo así se entiende las imprecaciones del letrado encarnado por Ferrer sobre la valentía del capitán Queeg, y todo el mensaje de la sobresaliente secuencia final, con el abogado borracho. Nuevo ejemplo de cómo se puede estar asistiendo a una escena brillante y emocionante, pero condicionada en un 100 % por los imperativos antes descritos.

Bogart está excepcional: da agonía verle con lo que sostiene en la mano cada vez que se pone nervioso; Van Johnson pone cara de estreñido demasiado a menudo, sobre todo en la parte final, pero tampoco carguemos demasiado las tintas sobre él; Fred MacMurray, a mi modo de ver, también está que se sale: su personaje manipulador está muy bien definido. Y E.G. Marshall, en su papel de fiscal, lo hace francamente bien. No nos olvidemos de un joven Lee Marvin, tan correcto como siempre.

Mención aparte merece José Ferrer: compone fenomenalmente su papel de abogado aparentemente descreído y a vuelta de todo, pero que valora sobremanera la honradez, de forma que dedicará todos sus esfuerzos en defender a su cliente, por encima de la opinión personal que pudiera tener. Por eso este filme suele proyectarse en ciclos que versen sobre películas de juicios y, particularmente, sobre el tema de la ética profesional de los abogados.

Tampoco dejemos de mencionar la secuencia de la tormenta: estará hecha con maquetas de la época y todo lo que queramos, pero realmente está muy pero que muy lograda.

Y efectivamente la historia de amor sobra completamente. Aquí vuelvo en cierta manera a lo que comentaba antes. ¿Por qué aparece dicha historia? Pues por presiones ¿De la Marina? No, en este caso, directamente del productor.

Y así se iba haciendo buena parte del cine norteamericano de estos tiempos: con presiones directas e indirectas de todas partes incidiendo en la tarea de unos guionistas y directores que bregaban con eso lo mejor que podían, saliéndoles en unos casos películas espantosas, y en otros malas o regulares.

A veces buenas. O incluso muy buenas.

Ésta pertenece al último grupo.
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33 de 36 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
La curación de Queeg
Cuando vi por primera vez a Humphrey Bogart ante un consejo de guerra en el tribunal, jugueteando nerviosamente los balines entre sus manos, me impresionó. Y diferentes emociones llegaron a mí. Al ver su catarsis, sentí una especie de conmiseración hacia aquel hombre a punto de perder la razón. Pero también vi la fuerza de un hombre ante la adversidad en cumplimiento de su deber. A veces la sociedad es demasiado dura con alguien que raya en lo genial y la locura y el dictamen si estuvo bien o mal, es ambiguo. Muchas veces me he enfrentado a jefes neuróticos como el capitán Queeg y no es cosa fácil, relaciones en crisis. Solo queda admirar la actuación de un Bogart que me hizo recordar situaciones cotidianas de la vida en que la humanidad parece naufragar en sus miedos, aunque no sean capitanes de un dragaminas durante la segunda guerra mundial. Pues cada uno de nosotros ya tenemos nuestro “Pearl Harbor” dia a dia.
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15 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil