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Danger: Diabolik (1968)

Danger: Diabolik
Trailer
6,2
496
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Sinopsis
Diabolik (John Phillip Law), atractivo y educado ladrón de una época muy psicodélica, no está contento con todas las cosas buenas y brillantes que le da la vida. Menos aún cuando existen montañas de dinero que robar ante las mismísimas narices de estirados oficiales del gobierno, y joyas valiosas que extraer de los cajones de los súper ricos. Este esquivo canalla encuentra las más diversas maneras de vivir siempre al límite... (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Italia Italia
Título original:
Danger: Diabolik
Duración
99 min.
Guion
Mario Bava, Brian Degas, Tudor Gates, Arduino Maiuri (Cómic: Angela Giussani, Luciana Giussani)
Música
Ennio Morricone
Fotografía
Antonio Rinaldi, Mario Bava
Productora
Coproducción Italia-Francia; Dino de Laurentiis Cinematografica / Marianne Productions
Género
Acción Fantástico Crimen Robos & Atracos Cómic
8
Danger: Diabolik
¿Cómo no se puede amar una película tan deliciosamente kitsch, tan malévola y superficial, tan rebosante de ideas demenciales y de puro genio como esta? Este es el cine que me gusta: un cine que va al grano sin prejuicios y ofrece lo que su póster promocional vende desde un principio: diversión y fantasía. Porque eso es Diabolik, una relectura sexy de Arsène Lupin pasada por el filtro del James Bond más imaginativo, una vuelta de tuerca a la figura del antihéroe que roba a los ricos no para dárselo a los pobres, sino para desperdigarlo en su lecho de amor junto a la increíblemente hermosa Marisa Mell (tengo que esforzarme para encontrar una escena más sugerente y genial que esta).

Pero Diabolik no vive sólo gracias a su ingenioso guión, la otra parte del león pertenece a su psicodélica puesta en escena, anclada en plena fiebre de un trip de ácido (memorable la escena del chute colectivo en el local del mafioso) o moviéndose plácida y sensualmente por una abrumadora paleta cromática mientras suena de fondo la música de Ennio Morricone, en un intento de enfrentar la Estética a la Ética (entendiendo la ética como la vía más adecuada para acometer un guión cinematográfico, esto es, atendiendo a factores “decisivos” como la evolución y profundidad de los personajes, la verosimilitud de los acontecimientos, etc.). Aquí todo resulta mejor cuanto más decorativo y descabellado es, porque su lógica es la del espectáculo y la del disfrute puro e infantil.

Por eso podemos decir que gana la Estética, al igual que gana el entretenimiento frente a la reflexión y el conflicto emocional/intelectual profundo. Esta joya es sexy, amoral, inteligente y casi surrealista, y si algunos críticos sesudos alzan condescendientemente la voz en clara actitud perdonavidas no hay de qué preocuparse, pues más alta se escucha aún la sardónica carcajada cómplice con que el bueno de Diabolik (al que siempre admiraremos y envidiaremos en secreto) despide la película.

Lo mejor: su absoluta falta de prejuicios.
Lo peor: que su feliz superficialidad genere injustas diatribas.
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27 de 28 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
Simpatiquísimo icono
Olvidémosnos de que el apolíneo John Philip Law murió, antes de llegar a muy viejo, en el reciente mes de mayo de 2008, y de que la bella Marisa Mell hizo lo propio, pero mucho más joven -¡maldita!- en 1992, victima de un cancer de cuello, y de que hasta el mismisimo Mario Bava lleva décadas criando malvas. Porque esta película es un canto a la belleza, a la juventud y a la salud perenne, al lujo más delirante, y a la amoralidad más embriagadora. A todos, de niños, nos hubiera gustado ser Diabolik, y ser tan guapos como él, y reir a carcajadas como él, y tener esa novia tan buenorra y ese coche, y vivir en una lujosa cueva digna de un supervillano de James Bond, al margen de la ley y sin pegar golpe, y dedicarse a robar de vez en cuando al estado y a los millonarios sin escrúpulos. Esta película, vista hoy, podría considerarse el epítome kitch, pop, y delirante del espíritu inconformista que reinaba en los irrepetibles años sesenta. Y ahora me voy a fumar un porro y me voy a poner la musiquita de Morricone -pi, pi, paaaaa, ta ra ta tatara...- mientras sueño con inmensas camas redondas y giratorias, inmaculadamente blancas en su pureza, y cubiertas -¡más. quiero más!- de billetes de dolar.
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13 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil