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Exótica (1994)

Exótica
Trailer
7,1
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Sinopsis
Un solitario inspector de Hacienda acude cada noche al club de striptease Exótica, en las afueras de Toronto, para ver bailar a Christina, una sensual joven que se desnuda para el público masculino ante la mirada de su ex-novio, el disc-jockey del local. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Canadá Canadá
Título original:
Exotica
Duración
103 min.
Guion
Atom Egoyan
Música
Mychael Danna
Fotografía
Paul Sarossy
Productora
Alliance Communications / Ego Film Art Production / Miramax / Téléfilm Canada
Género
Drama Película de culto Historias cruzadas Drama psicológico
8
Eros y Tánatos
Manejar los hilos de un género tan peliagudo como el dramático no debe ser tarea fácil para cualquier director corriente y moliente. De hecho, consagrados cineastas como Von Trier o nuestra Coixet han sufrido en sus propias carnes la ira desatada de las implacables plumas de FA. ¿Su pecado?. Cimentar sus dramas en pilares excesivamente petulantes, artificiosos o intelectualoides.

Todo ello enaltece y dignifica aún más, si cabe, el trabajo de Egoyan. Un director que sabe proyectar como pocos el amargo resabio de la tristeza, de la frustración, de la muerte. Y eso mismo lo consigue Egoyan con un cine sutil y elegante, a años luz de las estrategias altisonantes e impostadas de realizadores menos dotados.

Atom no pretende engañar a nadie; le basta con seducirnos sibilinamente, desplegando sus dotes de encantador de serpientes. Eric, el ‘speaker’ del ‘Exotica’ viene a ser su ‘alter ego’. Ese alguien que nos incita y nos excita musitándonos al oido una morbosa letanía. El escenario, a su vez, constituye un elemento clave en toda esta historia. El ‘Exótica’ es ese lugar, un santuario laico en el que se desnudan cuerpos y almas. Con su oficiante, su liturgia, sus sacerdotisas y sus feligreses. Un lugar donde la voz de Cohen y los contoneos de Mia Kirshner forjan una de las secuencias de mayor tensión sexual del cine de los 90.

Francis y Cristina protagonizan una especialísima relación que aún partiendo de ese ancestral pacto de satisfacción y amparo recíproco, trasciende todo razonamiento inmediato (voyeurismo, disipación, neurosis...) y demuestra como la empatía no necesita de grandes discursos ni entiende de convencionalismos preestablecidos.

Profunda, cautivadora y tremendamente sensual.
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78 de 91 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
LLEGA UN INSPECTOR
Un día de invierno de 1993, un inspector de Hacienda se presentó sin avisar en la oficina de Atom Egoyan. No había terminado de identificarse y ya estaba quitándose el abrigo.
—Si me dice dónde están los libros de cuentas y los papeles, usted puede seguir a los suyo, que no creo que tardemos mucho; a lo sumo, tres o cuatro días.

Durante ese periodo Egoyan, lejos de acostumbrarse a la situación, se sentía cada vez más incómodo, y eso que no tenía nada que ocultar.
El inspector examinaba concienzudamente facturas, extractos, recibos, agendas y albaranes mediante los cuales reconstruir, a partir del rastro económico, las actividades recientes del cineasta. Su vida, en suma.
Pero el inspector, particularmente callado y hermético, nada revelaba acerca de sí mismo. Ni lo dejaba entrever. Incluso, se diría, hacía por ocultarse tras el humo de los cigarrillos que fumaba con parsimonia.

Para defenderse de la sensación de desnudez, Egoyan concentró sus facultades profesionales en imaginar la vida más íntima del inspector, visualizarlo en sus horas libres. Y le supuso (le pareció un rasgo de coherencia) dedicado a contemplar desnudas a personas inocentes, sin tocarlas, como quien mira a través de un espejo polarizado.
En su fantasía, Egoyan le trasladó a un club de striptease, le hizo cliente asiduo, obsesionado con una stripper que hacía su número vestida de colegiala. “Una de nuestras preciosas muñecas”. Ahí estaba Mia Kirshner, con faldita plisada…
Un local de atmósfera densa, repleto de rincones y penumbras. “¿Qué da a una colegiala su especial inocencia, amigos?”. Obsesionado con mirarla, inspeccionarla, comprobar su candor uniformado, pero sin tocar. El club tenía una regla estricta.
Sí, allí pasaba las horas el inspector, quieto, fijo, metido para adentro y abrumado, no por una preocupación cualquiera, como cuando te bloquean un ascenso, tu mujer te la puede estar pegando o te descubren una mancha en el hígado, no; algo más gordo, una desgracia seria, una tragedia tal vez, ya se irá tramando sobre la marcha, un golpe que intentaba encajar, al finalizar la jornada de inspecciones, por ejemplo en la tienda de un pajarero, un inmigrante que se sacaba un dinero irregular con el contrabando de huevos de un ave exótica… exótica…
Exótica: buen nombre para el club…

Desde su mesa, Egoyen miró al inspector, absorto en el estudio de montones de documentos.
Cuando el inspector levantó la cabeza al oír un carraspeo, Egoyen le dirigió una sonrisa.
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51 de 59 usuarios han encontrado esta crítica útil