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El sabor del té verde con arroz (1952)

7,3
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Sinopsis
Takeo, una mujer caprichosa de la alta sociedad de Tokio, se aburre con su marido, un hombre tranquilo, que se ha educado en el campo, aunque ahora es ejecutivo de una empresa. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Japón Japón
Título original:
Ochazuke no aji
Duración
115 min.
Guion
Yasujirō Ozu, Kogo Noda
Música
Ichiro Saitô
Fotografía
Yuuharu Atsuta (B&W)
Productora
Shochiku Kinema Kenkyû-jo
Género
Drama
7
No se acaban los trenes, no terminan de pasar.
Ya aquí se nos arrodilla Chachuchiro, como ofreciéndonos cine en formato letanía. No por lento, que también, sino por su recogimiento meditabundo. Surgen primeros planos que sujetan a los actores como efigies ubicadas en mitad de un flujo temporal de blanco y negro. Las caras, cansadas, hablan de la vida descalzándose en el genkan, en un plano en que las estalagmitas de Ozu tienen la fuerza de las estalactitas de Orson Welles.

Las cosas suceden con una musiquilla de como si nada y si quieren ustedes, a mano derecha, pueden fijarse en esas japonesas de posguerra mundial, con su modernidad carente de aspavientos pero terca, opuesta a la conformidad de matrimonio impuesto, convencional. Podemos ver también un matrimonio en crisis, que enfrenta lo sencillo, pueden decir tradicional si quieren harina de debate, a las frivolidades burguesas de nuevo cuño occidental.

A la izquierda observamos las consabidas transiciones de planos cotidianos que nos sitúan en escenas -un edificio, una estación vacía, un tren, la cola de un avión…-, nostalgia postal de cámara estática que a veces, no obstante y en momentos de máxima intimidad, se mueve sola, corrigiendo. Sola, nada indica que la mueva Ozu.

Una posguerra de cambios sociales. Siglo XX en Japón. Personas y familias. Fideos y sake.

Y cómo aguanta la imagen ese avión que se va entre nubes apenas salpicadas. Y cómo retrata Ozu esa casa vacía, de variopinta decoración, con su cañería de silencio sólido en el pasillo atravesada.
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12 de 17 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
La humanidad en miniatura
Esta película no es de las más demostrativas de Ozu: como un koan, mantiene su secreto a costa del riesgo de resultar trivial para un espectador apresurado.

Pero las imágenes destacan por encima de la levedad de la anécdota que van mostrando: podemos descubrir paralelismos insospechados con obras de autores que nunca coincidieron con Ozu y que, por otra parte, no tienen nada que ver: la belleza de algunas de sus composiciones abstractas (torres metálicas, pasillos con estantes, calles con postes y cables de la luz, la ladera de una montaña y unas banderas superpuestas, la copa de un árbol que llena el encuadre) recuerda las imágenes de fotógrafos posteriores, como Robert Adams; los retratos de personajes solitarios pueden traernos ecos de algunos cuadros de Hopper y la presencia misteriosa de los objetos (lámparas, cubos alineados en un pasillo, jarros y cuencos) evoca quizá a Morandi. Muchas de estas imágenes podrían sostenerse como fotografías en una exposición, desgajadas de su contexto narrativo.

Esto puede parecer un elogio perverso para un cineasta, pero se trata de una verdad incompleta, porque la fuerza estática de esas imágenes se acrecienta según progresa la trama, mediante su alternancia con mínimos travellings que acompañan a los personajes o acrecientan la soledad de un pasillo, y por el montaje con los característicos saltos de eje: es sabido que Ozu incumple la convención del cine clásico de no invertir la perspectiva en los planos “objetivos”: es decir, que si vemos a Michiyo Kogure sola en su habitación, sentada de perfil en un plano cercano con una pared al fondo cubierta con papel floreado de estilo occidental, el siguiente plano, algo más distante, puede estar tomado desde aquella misma pared hacia el punto desde el que antes nosotros (espectadores) mirábamos, en un giro de cámara de 180º, y mostrarnos el otro perfil de la actriz, enmarcada entre algunos objetos silenciosos.

El salto de eje puede quizá concebirse como una filosofía vital: ser capaz de mirar las cosas desde puntos de vista enfrentados, sin temor al principio de contradicción. Y ello no con una voluntad direccional y hegeliana, ya que aquí la única conclusión es el sentimiento, tan oriental, de la futilidad de todos los deseos, de todos los pesares. Como dice un personaje, vistos en la calle desde lo alto de un edificio, todos los humanos nos parecemos.

La película supone una dramatización, dentro de unos márgenes de enorme discreción, de lo cotidiano: historias mínimas, pequeños detalles como el sabor (que viene desde la infancia, como en Proust) del arroz con té verde, que al final son lo único que tenemos.

En la penúltima escena de la película, el personaje de Michiyo Kogure le pide a su sobrina que se quede un poco más con ella, y esta le responde: “No, con esto me basta”.
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8 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil