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El señor Skeffington (1944)

7,2
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Sinopsis
Nueva York, 1914. Para salvar a su hermano, que ha cometido un desfalco, Fanny Trellis (Bette Davis), una mujer egoísta que sólo se preocupa por su belleza, se ve obligada a casarse con Job Skeffington Claude Rains), el director del banco, un hombre poco atractivo y mucho mayor que ella, pero paciente y bondadoso. El matrimonio, concertado y sin amor, pasará por varias etapas en las que ambos verán pasar dos guerra mundiales, varios amantes, una cruel enfermedad, persecuciones nazis, la ceguera y el pánico al envejecimiento. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Estados Unidos Estados Unidos
Título original:
Mr. Skeffington
Duración
145 min.
Guion
Julius J. Epstein, Philip G. Epstein (Novela: Elizabeth von Arnim)
Música
Franz Waxman
Fotografía
Ernest Haller (B&W)
Productora
Warner Bros. Pictures
Género
Drama Romance Melodrama Años 1910-1919 Años 20 Años 30
8
Belleza y elegancia de Bette Davis
Dirigida por Vincent Sherman, se basa en la novela "Mr. Skeffington" (1940), de Elizabeth von Arnim. Se rodó en los Warner Studios (Burbank, CA). Fue nominada a dos Oscar (actriz y actor). Producida por Philip y Julius Epstein ("El hombre que vino a cenar", 1942), se estrenó el 25-V-1944 (EEUU).


La acción tiene lugar en NYC a lo largo de 30 años (1914/44). Narra la historia de Fanny Skeffington (Bette Davis), coqueta, presumida, de gran belleza, casquivana, asediada por numerosos pretendientes, interesada sólo en si misma y en el cuidado de su atractivo. Oculta las penurias en las que vive con su hermano Trippy Trellis (Richard Waring), vendiendo falsos bonos de beneficencia. Contrae matrimonio de conveniencia con Job Skeffington (Claude Rains), rico agente de bolsa, judío, mucho mayor que ella.

La película enfrenta la coquetería y frivolidad de Fanny con la devoción que siente por ella su marido, Job, paciente y comprensivo. La tensión entre ambos aumenta con el nacimiento de la hija, que para Fanny es un estorbo, mientras el padre siente pasión por ella. En el trasfondo del relato se suceden hechos trágicos como la IGM, el crac de la Bolsa de NY (octubre, 1929), el paro y la miseria de la población neoyorquina, las noticias inquietantes de Alemania y el estallido de la IIGM, que provoca el regreso a NY de la hija, Fanny Rachel (Marjorie Riordan), de 20 años, que la madre ve como una rival ante a sus jóvenes amantes. El film exalta la paciencia de Job, el espíritu independiente de la hija y la amistad inquebrantable del primo George Trellis (Walter Abel), que marcan el contrapunto de la vacuidad y superficialidad de Fanny, incapaz de entender el verdadero sentido del amor y de la auténtica belleza del alma. Se incluyen referencias a los males del antisemitismo y del nazismo. Pese al título, la protagonista de la obra es Fanny.

La música, de Alfred Waxman, tiene como tema principal el de Fanny (solo de violines), como secundario el de Job y como complementarios el de los amigos, el de Ed Morrison (solo de saxo) y otros. La composición ("Suite de Skeffington") está dedicada al maestro Richard Strauss, en cuyos modelos se inspira. La fotografía, en b/n, de Ernest Halle ("Lo que el viento se llevó", 1939), combina encuadres precisos, composiciones equilibradas y un diligente movimento de cámara, que acaricia la belleza de B. Davis, realzada por un vestuario espléndido. Es destacable la escena de cámara subjetiva en la que Fanny explora desde el primer piso la soledad de la casa. El guión define bien los personajes principales, crea un ambiente de inquietante fragilidad y dosifica con habilidad la progresión dramática, que salpica de humor. La interpretación de B. Davis le valió su 8ª nominación al Oscar a mejor actriz. Espléndida intervención de Claude Rains. La dirección consigue la que posiblemente es su mejor película.

Film clásico, de la edad de oro del cine, rodado y estrenado durante la IIGM.
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23 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
El tiempo en los espejos (El síndrome de Scrooge, 2ª parte)
Supongo que todos libramos nuestras propias batallas y que muchos de nuestros odios o amores no son para otros más que simples manías o estúpidos errores. Será una manía o una perversión o un simple efecto de la edad, pero llevo tiempo embarcado en una cruzada en la que, ay, cada vez me siento más solo. Será, quién sabe, que se acerca Navidad y vuelve a rondarme de nuevo el síndrome de Scrooge.

Hay en el cine actual una irritante tendencia a tratar como niños o tontos a los espectadores, a subrayar groseramente las líneas maestras del argumento, al énfasis y la sobreactuación, a la cháchara sentenciosa o a los silencios falsamente profundos, a un concepto de drama que mezcla solemnidad e histeria, ajeno a todo roce con el humor y que, curiosamente, parece satisfacer a casi todo el mundo. Directores y guionistas son aplaudidos y premiados por sus, así llamadas, hirientes introspecciones en lo más profundo del alma humana. Actores y actrices pueden dar rienda suelta a su gran variedad de registros interpretativos, llorando y berreando y retorciéndose de pena o paseando una muy acongojada cara de acelga que refleja, dicen, su dolorosísimo suplicio interior. Críticos y espectadores, en fin, hablan de tragedias griegas y se hincan de rodillas ante tan pasmosas exhibiciones, en las que, lo siento, yo no puedo ver sino vacuidad y autocomplacencia y marionetas malcaradas ahogadas en sus propios mocos.

Tal vez ese desprecio por la contención y el humor expliquen por qué esta espléndida película languidece en votos y críticas y apenas cuenta para nada. “El señor Skeffington” empieza como una comedia frívola y desenfadada, con los pretendientes de Bette Davis amontonándose en su salita, gorroneándole los licores y despellejándose verbalmente entre ellos. El drama no tarda, sin embargo, en hacer acto de aparición, pero de modo sutil, elegante y veteado de humor, y aunque el tono general va oscureciéndose, nunca transcurren más de cinco minutos entre sonrisa y sonrisa. La narración es diáfana y se apoya en sugerencias y detalles, en gestos, miradas y sobreentendidos. Las actuaciones son extraordinarias, en especial la de un memorable Claude Rains, desbordante de entereza y dignidad. Hay escenas que son ejemplos extremos de delicadeza y emoción, en especial una, protagonizada por Rains y su hija en un restaurante y resuelta, como casi todo en la vida, entre risas y lágrimas.

Porque las risas, por descontado, pertenecen al drama de la vida tanto como las lágrimas y no impiden a esta peli cruzar dos guerras mundiales y el horror nazi y reflexionar acerca del paso del tiempo y de la vana pretensión humana de vencerlo, de la incapacidad de amar y de la incomunicación familiar, de la caducidad de la belleza y de la vejez y la soledad que devuelven los espejos cuando no hay máscara que nos cubra el rostro. Y todo ello sin trucos innobles ni tremendismo barato, sin la hueca y pueril trascendencia de tanta paparrucha enmascarada y sin espejo en que mirarse.
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23 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil