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La soledad del corredor de fondo (1962)

Sinopsis
Colin Smith es un joven de clase obrera que vive en los alrededores de Nottingham. Un día comete un robo en una panadería y es enviado a un reformatorio. Una vez allí empieza a correr, y gracias a sus cualidades como corredor de fondo va ganando puestos en la institución penitenciaria. Durante sus entrenamientos reflexiona sobre su vida anterior y empieza a comprender que se encuentra en una situación privilegiada. (FILMAFFINITY)
Director
Reparto
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Año / País:
/ Reino Unido Reino Unido
Título original:
The Loneliness of the Long Distance Runner
Duración
99 min.
Guion
Alan Sillitoe
Música
John Addison
Fotografía
Walter Lassally
Productora
Woodfall Film Productions / Bryanston / British Lion
Género
Drama Drama carcelario Atletismo Deporte Free Cinema
9
La soledad de Colin Smith
Producida y dirigida por Tony Richardson, es su tercer largo. Implicó la eclosión del "FreeCinema" en el RU, movimiento próximo a la "Nouvelle vague" francesa, pero de menor duración. Obtuvo el BAFTA al mejor actor principal debutante y el premio al mejor actor del Festival del Mar del Plata.

La acción tiene lugar en Nottingham y alrededores en 1961/62. Narra la historia de Colin Smith (Tom Courtenay), hijo de una familia obrera, el mayor de 4 hermanos, de 15/16 años, que ha vivido la experiencia traumática de la muerte dolorosa del padre y ha sufrido las penurias de la pobreza familiar, gestionada por una madre poco equilibrada y nada cariñosa. La obsesión de la madre por el dinero le lleva al robo y al Ruxton Towers Reformatory, que imparte una educación represiva y punitiva.

La película muestra la realidad de los menores infractores de los años 60; la inadecuación de los métodos de educación y socialización de los reformatorios; y los sentimientos de inconformismo y rebeldía que anida en los muchachos internos. Pese a la ubicación temporal de los hechos en los primeros 60, la película conserva su interés y su frescura en relación al momento actual, en el que muchos menores viven en situaciones de riesgo social. La narración de la historia es sólida, está bien construída y su realización es magnífica. El mundo interior de Colin se ve afectado por la pulsación de experiencias que han dejado en él huellas de dolor y desarrraigo, a causa de la pobreza y la desestructuración familiar, el desafecto de la madre, el egoismo del padastro, el maltrato psicológico y emocional del reformatorio, la arbitrariedad del director. La transgresión es para el chico una vía de obtención de lo que la sociedad le ha quitado, de compensación de la falta de comprensión y afecto que padece y de manifestación de su rebeldía contra la injusticia. No quiere privilegios: quiere lo que merece.

La música, de instrumentos de viento, sobre todo el clarinete, subraya la estridencia de los hechos que se exponen. La fotografía presenta en paralelo, mediante un brillante juego de flashbacks, el presente y los recuerdos del muchacho. Explora con lucidez el interior del reformatorio, el alma de los educadores, el conservadurismo del director, el liberalismo del nuevo educador, la utilización de Colin en provecho de la vanidad personal del director, etc. El guión construye una narración tensa, dramática y conmovedora de la historia de un muchacho que se rebela a la luz de una inteligencia superior a la media de su edad y de unas aptitudes físicas superiores. La interpretación de Tom Courtenay es magnífica y convincente. La dirección impone a la obra un fuerte ritmo, una gran coherencia narrativa y una profundidad psicológica inusual.

Película que mira hacia los problemas reales que afectan a los menores, sus causas y sus secuelas. En los 60 y ahora, la educación de los menores es obligación de todos.
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47 de 52 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
La verde y placentera Inglaterra
Colin Smith corre que se las pela. No en vano, nos dice, su familia tiene experiencia en salir huyendo de la policía. Tiene el tío, además, el perfil del buen fondista: es enjuto y espigado y tiene una poderosa zancada. Es cierto que bebe y fuma y que su estilo es claramente mejorable (bracea mucho y se tambalea tanto que da la impresión de que va a caerse de un momento a otro), pero esa fragilidad es sólo aparente, porque lo cierto es que el tío deja atrás a cualquiera y aguanta lo que le echen.

Colin, sin embargo, tiene un grave problema: no sabe hacia dónde correr. Sus piernas están preparadas, son fibrosas y resistentes, pero no tienen ningún lugar al que dirigirse. Colin no tiene meta alguna. No topa más que con muros. No hay expectativas. Su vida es un asco. Colin quema billetes porque el dinero no sirve para comprar lo que quiere, aunque no sabe lo que quiere. Roba coches y asalta panaderías en busca de una respuesta, pero la sociedad ignora sus preguntas y señala, en cambio, el camino del reformatorio: ahí, jovencito, aprenderás lo que es correcto, sabrás qué esperamos de ti, encontrarás una meta. Oh, y durante un tiempo la encuentra, es cierto que la encuentra: la meta es la libertad y el camino recorre la hermosa campiña inglesa a través de los bosques de Nottingham. Mírala, míra la meta, ahí está, corre, Colin, corre, ¿no oyes cómo vitorea la gente tu nombre? Sólo faltan unos metros, Colin, unos metros y la libertad, unos metros y el derecho a ser considerado un honrado y respetable ciudadano británico. Porque eso es lo que quieres, Colin, ¿verdad? Responde, Colin, decídete, ¿es eso lo que quieres, o no?

Tom Courtenay tenía 25 años cuando encarnó, brillantemente, al adolescente Colin Smith, pero ni esa aparente discordancia ni las chirriantes escenas en cámara rápida empañan la pervivencia de uno de los grandes clásicos del “free cinema” británico, que explora el conflicto entre una sociedad aparentemente plácida y sosegada y el malestar latente y la rebeldía de sus jóvenes, que no encuentran su sitio en un orden social represivo y autoritario, incapaz de entender y asimilar unas demandas que sobrepasan sus rígidas y anquilosadas estructuras. Mediante un uso ejemplar del flashback, que hace que ambas partes del relato encajen a la perfección, Tony Richardson narra con brío, sin sermones y con mucho sarcasmo, una historia de rebeldía que culmina en un desenlace de los que no se olvidan, pero que guarda también otros momentos memorables, como esa tediosa función teatral que acaba con los chicos del correccional cantando a pleno pulmón el poema “Jerusalem” de William Blake, el mismo que nada ociosamente suena también al final de la peli:

¡Traedme mi arco de oro ardiente!
¡Traedme mis flechas de deseo!
¡Traedme mi lanza! ¡Oh nubes, abríos!
¡Traedme mi carroza de fuego!
No cesaré en mi lucha mental,
Ni dormirá mi espada en mi mano
Mientras una nueva Jerusalén no hayamos construido
En la verde y placentera Inglaterra.
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28 de 28 usuarios han encontrado esta crítica útil