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Las cuatro plumas (1939)

Las cuatro plumas
Trailer
7,1
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Sinopsis
Harry, un oficial británico, decide abandonar el ejército antes de que su regimiento se embarque con rumbo a Egipto para luchar contra los rebeldes. Su prometida y tres compañeros de armas le envían cuatro plumas blancas que simbolizan la cobardía. A partir de ese momento, Harry emprende peligrosas aventuras con el fin de poder devolver las plumas y recuperar el honor perdido. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
Año / País:
/ Reino Unido Reino Unido
Título original:
The Four Feathers
Duración
130 min.
Guion
R.C. Sherriff, Lajos Biro, Arthur Wimperis (Novela: A.E.W. Mason)
Música
Miklós Rózsa
Fotografía
Georges Périnal
Productora
London Film Productions
Género
Aventuras Colonialismo África Ejército Siglo XIX
Un clásico del cine de aventuras colonial que adaptó la novela de A.E.W. Mason, producida por el reputado Alexander Korda (El ladrón de Bagdad) y dirigida por su hermano Zoltan. Narra la historia de un joven oficial del ejército del imperio británico que lucha para preservar su honor tras ser acusado de cobardía durante la guerra en Egipto en 1898. En el año 2002 Hollywood hizo un remake "versión juvenil" con Heath Ledger y Kate Hudson.
[FilmAffinity]
"Todo un clásico del género (...) envuelto en una esplendorosa fotografía y una contundente música"
[Diario El País]
8
Demostró su valor, desde la otra orilla.
Los hermanos Korda, y en particular Zoltan Korda, sabía muy bien como realizar películas de aventuras, su excelente versión de “Las cuatro plumas” su mejor película, es quizás la mejor de las versiones de la novela de A.E.W. Mason que se han llevado a la pantalla, a pesar del tiempo transcurrido desde su filmación, la película aun conserva la frescura del día de su estreno. En “Las cuatro plumas” se mezclan, patriotismo, valentía, lealtad, amistad y heroísmo, y se enmarca dentro de un período donde las historias sobre el colonialismo victoriano hicieron furor tanto por su exotismo como por su efecto de cine de evasión. La cinta rodada en su mayor parte en escenarios naturales con una magnífica fotografía de Georges Périnal y una soberbia composición musical de Miklós Rózsa, nos cuenta la lucha personal de un hombre Harry Faversham (John Clements en una interpretación memorable) tachado de cobarde por sus mejores amigos y por la mujer a quien ama, y a los que quiere demostrar lo equivocados que estaban en considerarlo así, para ello no se le ocurre otra cosa mejor que acudir a la zona más conflictiva y realizar toda una epopeya de la que sale victorioso y consigue salvar a aquellos amigos que le tacharon de cobarde y desleal. Mención aparte merece el trabajo de Ralph Richardson (excelente actor) y aquí el máximo responsable del envío de las plumas blancas.

De la historia que se nos cuenta, se pueden sacar varias lecciones, la primera y quizás la mas importante, es que no se puede obligar (casi a imponer) a un chiquillo y mucho menos de una forma tan férrea a seguir la carrera de sus antepasados, pues cuando más se le repita y obligue, más llegará a odiar lo que se le está enseñando ya que cada persona tiene el derecho de poder elegir su futuro, y segundo el valor de la amistad nos obliga a comprender la situación de cada uno y no a menospreciar la forma de actuar de aquella persona que siempre hemos considerado como un amigo de verdad, por muy incomprensible que nos parezca su forma de actuar. La verdad, tan ambigua y resbaladiza, está muy por encima del honor. Esa es “Las cuatro Plumas” de Zoltan Korda.
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44 de 45 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
La última mirada
De pequeño, a veces mi madre me llevaba al cine, y a veces le tocaba a mi padre. Disculpen el inicio tan personal, las explicaciones vendrán más tarde.

La cuestión es que mi madre me llevaba a películas de sesión numerada y mi padre a sesiones continuas. Si la vida fuese como un telefilme, este pequeño detalle bastaría para que ni siquiera se hubiesen casado; yo diría que muchas parejas de hoy, no sé si por influencia de las series, creen en este tipo de paparruchas.

La explicación es muy simple: a mi madre le encantaba el cine, y mi padre se dormía con las películas, con cualquier película, de manera que me llevaba a la hora que a él le convenía, que jamás era cuando empezaba la sesión, sino a la mitad, y me conducía a casa antes de que acabara la siguiente.

Creo que mi personalidad como espectador se ha forjado en esta época, viendo la mitad de las películas desde el inicio y la otra mitad con el orden de los factores invertido, primero el final y luego el principio. Así, he heredado la vertiente emocional de mi madre –que literalmente sigue una película suspendida del hilo argumental, huyendo a la cocina cuando sospecha que el bueno va a ser secuestrado por los malos- y la faceta analítica de mi padre, obligado a dar un sentido a las piezas cuyo origen él mismo se había negado por simple pereza. Gracias a eso, era capaz de averiguar sin esfuerzo exactamente lo que iba a pasar en una película, un minuto antes de volver a dormirse y dejarnos a todos pasmados por su indiferencia y su capacidad profética.
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30 de 33 usuarios han encontrado esta crítica útil
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