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Críticas de Sandro Fiorito
Críticas ordenadas por:
El único superviviente
El único superviviente (2013)
  • 6,4
    17.094
  • Estados Unidos Peter Berg
  • Mark Wahlberg, Taylor Kitsch, Ben Foster, Emile Hirsch, ...
5
Una larga escena bélica
El único superviviente relata el auténtico infierno sufrido por un grupo de soldados de los US Navy SEALs emboscado por talibanes durante una operación militar en Afganistán. Basada en una historia real, la cinta está protagonizada por Mark Wahlberg (La trama, 2013), que a su vez es uno de los productores, y dirigida por Peter Berg, que venía de sumergirse en otro proyecto bélico (aunque con tintado de ciencia ficción), Battleship (2012).

Comenzada la película, detecto de inmediato que falta ritmo, que se tarda demasiado en presentar a sus personajes y que se dedica un tiempo innecesario a intentar hacerles cercanos al espectador, pues ésta es una tarea que no se consigue hasta muy bien entrado el metraje, más por la desgarradora naturaleza de su historia que por cualquier vano intento de la realización para humanizar a sus personajes. Según avanzan sus fríos e inconsistentes minutos iniciales, llegamos al punto en el que gran parte de la cinta se convierte en una larga y desangelada escena bélica que, no exenta de algunas secuencias espectaculares, siempre me da la sensación de conseguir mucho menos de lo que pretende.

Probablemente, gran parte de la culpa de esto la tenga su mala ambientación, causante de que nunca llegue a percibirse la sensación real de encontrarse en un peligroso territorio de Afganistán dominado por descerebrados talibanes: se huele el falso cinematográfico, y todo me parece un básico rodaje en una colina en la que han disfrazado de talibanes afganos, para intercambiar disparos con las tropas americanas, a personas que, víctimas de una pésima caracterización (con imagen pulcra y excesivamente maquillada) no parecen ni de los alrededores. Esto confiere al conjunto una imagen de telefilm que me lleva a decir que esta película sería un excelente entretenimiento de sobremesa, pero no una cinta a la altura de la gran pantalla.

Lo mejor que podemos encontrar en El único superviviente, además de la entrega de unos efectivos Mark Wahlberg (subidito de peso para guardar su personaje similitud física con la persona en quien se basa) y Ben Foster (The Messenger, 2009), rodeados por un elenco que responde, se vislumbra en un convincente último tramo de película, más emotivo, sentido y con la capacidad de mejorar el conjunto general. También, y por supuesto, el sufrimiento que produce ver algunas de sus escenas más cruentas, señal del buen trabajo que se ha realizado al rodarlas y el mejor reflejo de lo que padecieron unos héroes que vivieron en sus carnes toda una tortura humana para deshacer al mundo de unos cuantos tiranos y hacernos así, a todos, pero especialmente a quien los sufre in situ, un poco más libres.
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12 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
El Hobbit: La desolación de Smaug
El Hobbit: La desolación de Smaug (2013)
  • 6,7
    61.169
  • Nueva Zelanda Peter Jackson
  • Martin Freeman, Richard Armitage, Ian McKellen, Aidan Turner, ...
8
Uno de los viajes con el billete mejor pagado
Tan espléndida como el resto de películas de la saga. Y es que lo bueno que tiene la espectacular factoría de Tolkien adaptada al cine por Peter Jackson es que cada una de sus películas tiene algo que la hace especial, que la hace única dentro de su propio universo. Hasta el momento del estreno de 'La desolación de Smaug' y en mi modesta opinión, era 'Un viaje inesperado' la película más remarcable de la saga por dar sentido a la misma y aumentar, al menos en este servidor, el aprecio a unas entregas que algo deberán tener cuando, contando de media con tres horas de duración, éstas nunca se hacen largas.

Será su épica, serán sus personajes, será ese fascinante mundo tan bien imaginado por Tolkien y grandiosamente adaptado por Jackson, pero en cualquier caso existe en esta manufactura una magia por la que me he sentido atrapado. Y así vuelve ocurrirme en 'La desolación de Smaug', que ha pasado ante mis ojos aportando un entretenimiento monumental y ofreciendo todo un repertorio de deslumbrantes escenas que hasta en algún momento me han dejado con la boca abierta por despejar, al menos en parte, algunas de sus más sorprendentes incógnitas. La película, rebosante de energía, es un incansable torbellino de acción trepidante, buenas historias y continuación de uno de los viajes con el billete mejor pagado en una sala de cine, ya que su mágico transporte a través de uno de los mejores mundos de fantasía que podremos encontrarnos en la gran pantalla, garantiza una completa inmersión en un universo repleto de rincones por los que sentirse fascinados.

Con el permiso de Gandalf (Ian McKellen), son los carismáticos personajes de Thorin (Richard Armitage) y Bilbo Bolsón (Martin Freeman) los reyes de esta nueva trilogía, aunque en La desolación de Smaug no tengan desperdicio otros personajes como Tauriel (Evangeline Lilly) y Kili (Aidan Turner), ambos protagonistas de una historia que no tiene desperdicio. Con sus correspondientes pizcas de humor (hilarante una durante la escena de los barriles) y acompañada por los brillantes compases de Howard Shore, 'La desolación de Smaug' no sólo mantiene alta la media de calidad de la saga, si no que inyecta muchas ganas para poder ver la que ¡oh, Dios mío…! será la última película de tan genial universo: 'Partida y regreso'. ¿De verdad que todo acabará ahí? Porque yo estoy seguro de quedarme con muchas ganas de más.
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52 de 81 usuarios han encontrado esta crítica útil
La gran belleza
La gran belleza (2013)
  • 7,5
    32.682
  • Italia Paolo Sorrentino
  • Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli, Serena Grandi, ...
10
Roma
La gran belleza es una película que habla de lo que significa para Jep Gambardella (Toni Servillo) ese frío y mundano universo de la alta sociedad en el que la riqueza puede ser el mayor capítulo de miseria. Fiestas chic, círculos intelectuales ahogados en copas de Martini, diálogos demoledores forjados con pluma de acero, inspiradoras estampas de la exquisitez de una silenciosa Roma con intenso aroma a Fellini que se erige como el mejor ejemplo del auténtico significado de la belleza, y cuyos caminos y rincones transitados por sus protagonistas suponen un deleite visual prodigioso…

Me he enamorado de esta película, en la que mi muy admirado Paolo Sorrentino (El amigo de la familia, 2006) se gusta más que nunca, se disfruta como nadie y arroja sin reparos contra el guión (escrito junto a Umberto Contarello, de Un lugar donde quedarse, 2011) y ante la cámara todo su potente despliegue de imaginación y atrevimiento, con ese buen manejo del ritmo que viene demostrando a lo largo de toda su filmografía. Ha vuelto a servirse de su mejor actor, Toni Servillo (Il divo, 2008, Las consecuencias del amor, 2004), para adentrarse en la historia de un antaño novelista, hoy periodista de reputada tinta en publicaciones artísticas y culturales, que recorre con parsimonia e incredulidad todo ese cielo de estrellas artificiales en el que se ve representado lo más selecto de la società.

Pero la cinta, una profunda y continua espiral de contrastes con fuerte arraigo filosófico, es más que Jep Gambardella aunque éste sea el hilo conductor de todo el argumento. Es la amistad, el amor, la religión, la vida. Un plano de todo ello. Son las intensas sensaciones que compone el entramado de una preciosa película de la que no quise desprenderme hasta el último crédito final. Un paseo a través de los parajes más bellos de Roma, atravesando las puertas de los lugares más prodigiosos de la capital italiana (a esto, en exclusiva, se dedica una monumental escena), en los que se filman toda una serie de secuencias memorables y sobre las que fluyen unos estupendos diálogos que dan lugar a la reflexión, pero que también divierten por lo que hay escrito en esas líneas que son pronunciadas por un exquisito reparto, encabezado por el siempre magistral Toni Servillo (enorme en su papel) y continuado por figuras como un extraordinario Carlo Verdone (Manuale d’amore, 2005), entre otros muchos.

Todo aquí es lo que el propio nombre de la película indica, pero la belleza podría resultar empalagosa si ésta fuera la única protagonista del film. Para que la belleza sea posible debe existir su contrapunto, y en la última creación de Paolo Sorrentino, pese al riesgo de quedar embelesados con los ambientes preciosistas que como en un lienzo son aquí trazados, la belleza siempre está cercada, amenazada desde no muy lejos, por la indigencia moral y carencia de humanidad de muchos de sus personajes y circunstancias, situados en el otro extremo de algunos roles tristes, solitarios y apagados que también se dan cita en La grande bellezza y por los que acabas sintiendo una tremenda simpatía.

La gran belleza es una obra maestra que navega a través de secuencias que transmiten una cautivadora y envolvente sensación hipnótica por la que te sientes atrapado, engalanada por un mundo de luces, colores y sombras perfectas —maravillosa fotografía de Luca Bigazzi—, un prodigioso guión y una banda sonora que, fusionados todos estos puntos, se generan los contrastes de los que nos quiere hablar Sorrentino. Y esto se hace mostrando sus situaciones a través de choques visuales, de armonía y de emociones que reflejan ese mundo explorado por el director napolitano y mostrado desde diferentes perspectivas. Una película para disfrutar sintiendo y para sentir disfrutando en la que Sorrentino se la juega siendo más él mismo que nunca (se permite el lujo de cortar una celestial secuencia inicial amenizada por un coro, con la estruendosa pero trepidante y disfrutable intrusión de una fiesta de más de seis minutos a ritmo del “Far l’amore” de Carrà remixado por Bob Sinclar, con más significado del que aparenta) para firmar la que para mí es la mejor película de este maestro, la mejor que he visto de 2013 y, sin duda, la más inspiradora en mucho tiempo.
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46 de 60 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tokyo kazoku (Tokyo Family)
Tokyo kazoku (Tokyo Family) (2013)
  • 7,0
    2.908
  • Japón Yôji Yamada
  • Isao Hashizume, Kazuko Yoshiyuki, Tomoko Nakajima, Yû Aoi, ...
8
Un cuento directo al corazón
Se abre la película con un sencillo pero relajante encuadre que ya transmite el sosiego, la frescura y las sensaciones positivas que el conjunto de la cinta será capaz de mantener a lo largo de su duración. En ese mismo momento, en ese primer segundo, ya me siento atrapado por este remake de Yôji Yamada, homenaje al largo firmado por Yasujiro Ozu en 1953, Cuentos de Tokio -una de las películas mejor valoradas de la historia-, y que retrata la vida cotidiana de una familia durante la estancia temporal de los abuelos en la ciudad japonesa que da nombre a esta cinta.

Un anciano matrimonio (maravillosos Isao Hashizume y Kazuko Yoshiyuki) que afronta con ilusión la aventura de viajar desde un resguardado pueblo a la inmensidad de la gran ciudad para ver a sus hijos, que parecen rifarse la tarea de cuidar a sus padres mientras éstos asumen la situación con tranquilidad y sin renunciar a una sonrisa permanente en sus rostros, como siendo conscientes de que son dos trastos incómodos a los que no se les puede encontrar una ubicación concreta.

El abanico de personajes que conforma esta historia de historias está mayoritariamente compuesto por roles que desprenden una tremenda simpatía, gente que rebosa ternura, que da lecciones sobre cómo afrontar la vida y sus situaciones más amargas, que recuerdan la importancia de los pequeños detalles para valorar el mundo en el que vivimos. Y todo ello sin pretensiones filosóficas, con absoluta naturalidad. También sirven para denunciar actitudes egoístas e hipócritas como las de algún que otro despreciable papel que aparece en pantalla, inmerso en la inmundicia moral de ese tipo de personas que siempre están diciendo cómo hacer las cosas, para después ellos no dar ejemplo y lavarse las manos cuando se requiere su ayuda o simplemente, su atención.

Se ve reflejada la decadencia de nuestra sociedad a través de la pérdida de afecto y respeto por los mayores, la desvinculación progresiva de nuestra generación con la familia. Pero como en toda bonita historia hay un halo de esperanza, y este es uno de esos cuentos directos al corazón que al llegar al final te hace abrir los ojos, asomar una sonrisa y decirte a ti mismo, con la sensación de haber descubierto el acertijo: así que esto era lo que me querían decir... Para llegar a ello, atravesaremos pasajes que van desde lo simpático hasta lo desgarrador, siempre manteniéndose el guión en un nivel sensato, coherente y nada pretencioso.

Se agradece enormemente que te sientes para disfrutar una película y al final hagas algo más que eso: ser testigo de una historia que en realidad es una llamada de atención general a nuestra sociedad, que recuerda que si queremos mejorar como personas debemos contar con otras personas, que el egoísmo no conduce a nada y necesitamos solidaridad. Pero no de esa que viene acompañada por un ánimo de redención: ésta debe salir directamente de nuestro interior, y para ello primero debemos comprender el trasfondo del asunto, explorarnos a nosotros mismos. Una historia de Tokio puede ser un buen empujón para ello.
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12 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Caída mortal
Caída mortal (2012)
  • 5,1
    3.893
  • Estados Unidos Stefan Ruzowitzky
  • Eric Bana, Olivia Wilde, Charlie Hunnam, Sissy Spacek, ...
7
Desgraciados en la nieve
En La huida de Stefan Ruzowitzky (Los falsificadores, 2007) esperaba un argumento más tópico y acorde con el título que le ha sido impuesto en España, viniendo inmediatamente a mi cabeza otras cintas de tramas inmersas en nevadas como En la niebla (2012) o Infierno blanco (2012), en las que la supervivencia de sus protagonistas es la base sobre la que reposa su historia. También me he acordado de la excelente Fargo (1996), apunte muy difícil de guardarse debido a una determinada escena que guarda un descarado parecido con el trabajo de los hermanos Coen. No son pocas las películas en las que podemos encontrar los ingredientes de supervivencia frente a condiciones climatológicas extremas, personajes al límite y lugares infinitos cubiertos por un amenazante manto blanco que promete arropar peligros. Pero en “Deadfall” más que ser esto un ingrediente principal, es la guarnición de un plato cuyo sabor quiere sorprender con algo diferente. Y a veces, lo consigue.

Lo consigue porque lleva su historia de fugitivos y perseguidores más allá de la mera sucesión de secuencias por las que los personajes deberán resistir ante lo imposible. Y es que la dirección apuesta por dividirlos -separándolos por diferentes situaciones que después pretenderán unirse- para que no nos cansemos de un excesivo relato de supervivencia en pantalla, ni caigamos en una historia que sólo muestra dos bandos. Aquí los protagonistas se dividen en varias facciones: fugitivo uno, fugitivo dos, fugitivo tres (y que nada tiene que ver con los anteriores puesto que él huye de otra causa), oficina del Sheriff (con sus propias intríngulis internas) de un recóndito condado fronterizo de Michigan y una familia feliz que sólo quiere celebrar una buena cena de Acción de Gracias. Desde cada parte se nos muestran unas personalidades muy interesantes, cada rol con unas preocupaciones y una determinada profundidad relativamente bien construida, y fusionándose todos estos enfoques para constituir en su conjunto una completa maraña que analiza un puñado de personajes desgraciados.

Los problemas, más allá de la previsibilidad de algunos desenlaces y lo incompleto o forzado de ciertas subtramas, salen a la superficie cuando intentan convertir una bien ideada historia de dos desconocidos que sienten una repentina tensión sexual -y que bien pudiera haberse llevado por ese camino, dándole juego a una trama más pícara, madura y desvergonzada-, en un romance idiota tan lleno de inocencia como de tomadura de pelo. Que en el 80 % de las películas, sea cual sea el género, tengamos que mamar sí o sí una historia de amor, vale. Que en el cine parezcan no existir las relaciones entre gente físicamente normal o simplemente, fea., vale. Que sólo pueden valer aquellos romances en los que ambos, además de actores, también pueden ser -o ya lo son- modelos, también okey. Pero ya que tragamos con esto, al menos que la realización se moleste en unirlos de una manera creíble.

Pese a ello, de lo que estoy muy seguro es de una cosa. Ni me he aburrido, ni he mirado el reloj, y cuando me he tenido que levantar para irme de la sala lo he hecho satisfecho por la sensación de haber visto una película que me ha ofrecido muy buen entretenimiento, gracias a la tensión de ciertas escenas, a la diversidad de sus personajes, a los admirables parajes en los que se desarrolla su historia y a sus flecos más cercanos a las road movie . De su reparto, me quito el sombrero ante Kris Kristofferson (lamentablemente, muy desaprovechado) y Sissy Spacek, ambos conscientes de que son capaces de emocionar hasta sin pronunciar una palabra: y es que sus miradas penetran, embelesan, enamoran. Eric Bana también me ha resultado muy atractivo en su papel. Charlie Hunnam lo único que ha hecho ha sido cambiar su moto de Sons of Anarchy por una SuperCab (una camioneta Ford F-250), no necesitando ni esforzarse para cumplir con un rol cuya personalidad parece calcada de la de su personaje en la célebre serie televisiva. Olivia Wilde hace de la sensualidad su bandera, pero su rol está bastante difuminado.
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23 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil
15 años y un día
15 años y un día (2013)
  • 5,3
    4.081
  • España Gracia Querejeta
  • Maribel Verdú, Tito Valverde, Arón Piper, Belén López, ...
4
Cadena de despropósitos
15 años y un día” o cómo hacer que se sucedan el mayor número de despropósitos posibles en una cinta cuya historia de inicio parecía llamar la atención. Un joven rebelde, una madre desesperada… y un abuelo condecorado en el ejército empleado como último recurso para meter en cintura a un adolescente cuyo último desaire ha traspasado los límites de las trastadas habituales. Gracia Querejeta (“Siete mesas de billar francés“, 2007) parecía haber encontrado el camino para guiar una trama en la que chocara el interesante contraste entre la rebeldía adolescente y la disciplina militar, pero no tardamos en descubrir que todo lo que apunta se queda en nada, que la forzada actitud del chaval no era para tanto, y que el militar retirado que vela por su rectitud no es precisamente el teniente coronel Frank Slade de “Esencia de mujer” (1992): aquí, ese soldado de armas tomar es Max, un personaje a medio dibujar del que nunca se llega a percibir un retrato completo pese a la buena interpretación de Tito Valverde (“El comisario“, 1999-2009).

Lo mismo pasa con el resto de personajes e historias de un entramado en el que la dirección, en lugar de optar por reforzar el hilo central, se ha preferido decantar por un abanico de subtramas carentes de fuerza pero abundantes de una descarada pretensión melodramática, que lo único que han conseguido ha sido desvirtuar la historia y alejarse de la aparente idea principal, hasta llegar a un punto en el que todo se vuelve extremadamente forzado y en el que no se sabe exactamente a qué está jugando Querejeta. Hay un claro interés por intentar emocionarnos a toda costa, buscando formas y desenlaces propios de películas con aspiraciones profundas, pero del único detalle que se olvidó aquí la directora y también guionista es que para lograr eso, hace falta ser fiel a una idea clara, desarrollar un argumento contundente y conseguir unos personajes mucho mejor definidos que los aquí presentes. Todo para que al menos podamos librarnos de esa previsibilidad latente durante todo el metraje, que adquiere mayor presencia en un débil tramo final en el que todo ya importa demasiado poco puesto que uno ha sido desconectado casi por completo.

Ahora quiero ir con un par de puntos que podrían parecer anecdóticos e intrascendentes de no formar parte estos del engranaje de una película que se dice seria, que pretende ser creíble y que para colmo demuestra unas pretensiones muy superiores que a las que es capaz de llegar, culminadas estas en la aspiración a un premio Oscar como mejor película extranjera. En primer término, hacer referencia del patético espectáculo que nos convida la interpretación de Pau Poch (“[•REC]²“, 2009), un español poniendo acento sudamericano con un resultado lamentable que invita al sonrojo: tan pronto nos encontramos palabras y tonalidades propias de la jerga colombiana como volvemos a identificar su marcado acento natal de España, en el que no queda ni rastro de ningún país latinoamericano porque al mismo actor parece habérsele olvidado su rol.

Esto, para una broma en plena noche de borrachera con los colegas puede estar bien, pero para un ejercicio cinematográfico de estas intenciones me parece una tomadura de pelo y una mofa hacia el espectador. Eso sí, más culpable es quien lo pone ahí y/o quien no ordena repetir el rodaje de las escenas, que quien no tiene la capacidad para cubrir esa función interpretativa (se me acaba de venir a la cabeza el espléndido trabajo de Carlos Bardem en “Celda 211” ejecutando esa misma tarea, aunque ¿tan difícil es seleccionar a un actor cuyo país de procedencia sea ese al que pretenden imitar el acento?).

De la escena de trámite en la que aparece una chica en una webcam hablando con el protagonista (y esto forma parte del segundo punto que quería comentar), mejor me ahorro la calificación porque para ello debería recurrir a una tabla de puntuación muy por debajo de las temperaturas glaciales. Que sí, que es una escena de paso (que por cierto, sobraba, porque no aporta ni justifica absolutamente nada del argumento, ni mucho menos adorna) pero ¿cuesta tanto tomársela en serio, ahorrándose una de las interpretaciones más pésimas que yo haya podido ver en mi vida?. Sin salir de ese mismo locutorio en el que se encuentra la adolescente de la cámara (me ahorro su nombre para preservar su honor), encontramos a Sfía Mohamed como la encargada de ese ciber. Ciertamente no incomoda su dulce papel, pero su interpretación vuela a ras de suelo, notándose excesivamente su vocalización y transmitiendo tan poca naturalidad como falta de emoción y credibilidad propia en todas sus palabras.

Esta selección de papeles cojos (o directamente en la UCI) es rescatada por la solidez de un Tito Valverde que gusta pese a su difuminado papel, y al que se agradece su calidad para poder hacer más llevadera esta película que se quedaría en menos que nada sin él. Igual sucede con Maribel Verdú (“Blancanieves“, 2012), que brinda una gran interpretación en la que todo resulta creíble, y el propio Arón Piper (que ya participó en un corto de Gracia Querejeta con un trasfondo similar, “Fracaso escolar“, 2012) en el papel de Jon (el adolescente rebelde), que aún careciendo su desaprovechado personaje de una construcción más definida, cumple con naturalidad el rol que aquí le ha sido impuesto. Y la naturalidad, sobretodo en una cinta con tantas imposturas, se agradece muchísimo.

(Continúa en el SPOILER sin desvelar detalles del argumento, por falta de espacio)
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24 de 37 usuarios han encontrado esta crítica útil
Rush. Pasion y gloria
Rush. Pasion y gloria (2013)
  • 7,2
    35.567
  • Estados Unidos Ron Howard
  • Chris Hemsworth, Daniel Brühl, Alexandra Maria Lara, Olivia Wilde, ...
8
Adrenalina biográfica
Que alguien no aficionado a la Fórmula 1 acuda a ver esta película y salga de la sala sintiendo especial interés por este deporte, e incluso comprendiendo no sólo la dureza, complicación y peligrosidad del mismo sino también admirando los pequeños detalles que lo hacen único (cómo un mísero centímetro puede cambiar el resultado de un campeonato mundial, o unas aparentemente insignificantes modificaciones en el coche pueden conseguir que éste corra dos segundos más rápido) dice mucho de lo que “Rush” puede conseguir. Porque se mete en un terreno temático pocas veces explorado en el cine y lo hace con un producto arriesgado pero muy bien montado, ya que aunque el deporte es el absoluto protagonista y pilar fundamental de la película, son las moralejas vitales que va dejando por el camino las que al menos han captado gran atención por parte del que junta esta letras.

Años 70. Dos hombres, dos estilos. El apuesto y enérgico James Hunt (Hemsworth), con ganas de comerse el mundo automovilístico y, de paso, a unas cuantas mujeres. Bueno, a muchas. A todas las que sea posible, mejor si está rodeado de adineradas fiestas bañadas en alcohol, porros y unas cuantas cosas más. Al otro lado, Niki Lauda (Brühl), serio, aplicado, casi con maneras del mejor estudiante de la clase, tan centrado en la Fórmula 1 que casi se le olvida vivir. O es que esa es su forma de vivir, y cada uno afronta los años que le son alquilados en este mundo de la forma en la que más disfruta. Y ahí están esos dos pilotos, tan distintos que en el fondo son demasiado parecidos, pues el motor que realmente pone en marcha sus corazones es ese cuyo atronador rugido rompe sobre las pistas de carreras. Y la película, que nos muestra el contraste de ambos, su rivalidad, su forma de hacer las cosas, de enfrentarse a todo cual gladiadores que salen a la plaza sabiendo que ese día puede ser el último.

Como resultado, un impactante e inspirador largometraje en el que tienen cabida tanto agradecidas chispas de simpatía, como momentos realmente duros de soportar, precedidos de escenas que hacen llevarte la mano a la boca, en señal de preocupación. Sabe llenar esa laguna fílmica de cintas con este argumento, acertando en el sacrificado retrato de la Fórmula 1 al saber entrelazarlo con la vida misma, ofreciendo así un historia muy completa (escrita por Peter Morgan, “Más allá de la vida“, 2010), que toca muchos palos sin ver mermada su firmeza. Transmitiendo que el mencionado deporte es algo más que una serie de enfrentamientos: un espíritu, un riesgo, toda una serie de factores físicos, psíquicos y de gran audacia (demostrado esto último no sólo durante, por ejemplo, un adelantamiento en una carrera, sino también en la interesantísima parte concerniente a la ingenería de los vehículos). Y la gasolina para que el bólido arranque, dos carburantes que delatan muy buena química, dos actores que cumplen con nota su difícil función: Chris Hemsworth (“Thor“, 2011) y Daniel Brühl (“Intruders“, 2011), tan acertados ellos en sus interpretaciones como el equipo técnico (tanto el de casting, como el de maquillaje) responsable de caracterizarlos para hacer posible la revisión personal y profesional de estos dos mitos. Pierfrancesco Favino, como Clay Regazzoni, que ya había participado en otro film de Howard (“Ángeles y demonios”, 2013, ofrece un papel que deja con ganas de más.

Por buscar algún contrapunto (y a pesar de haber presenciado muy buenos minutos de emocionantes carreras retratadas con detalle), decir que en ocasiones sí que he echado de menos más presencia de esos enfrentamientos sobre la pista, ya que la dirección ha preferido decantarse por saltos cronológicos en los que simplemente resume el resultado de los premios sin hacernos testigos de lo que en ellos ocurre, aunque bien pensado esta tarea sería una misión casi imposible si lo que se pretende es no prolongar un metraje que, como en el caso de “Rush”, ni sobra ni falta, pues está cortado en su justa y precisa medida. Para beneficiar el impacto argumental, parece exagerarse la enemistad entre los dos pilotos, pues si bien el enfrentamiento deportivo era latente, las imágenes de archivo reflejan una relación inicial más afectuosa entre ambos que lo dibujado aquí por Ron Howard.

Pero esto no empaña la sensación de haber visto una extraordinaria película.
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6 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Barabba (Barabbas)
Barabba (Barabbas) (1961)
  • 6,4
    2.606
  • Italia Richard Fleischer
  • Anthony Quinn, Vittorio Gassman, Silvana Mangano, Jack Palance, ...
8
“Tengo muy buenos ojos, sólo ven la realidad”
Convencido por la contundente presencia del siempre admirable Anthony Quinn, me dispuse a ver “Barrabás”, uno de esos títulos indispensables del cine clásico que bien pudiera servir como compañero de otras grandes cintas de factura similar como “Espartaco” (1960) o “Ben-Hur” (1959). En todas ellas coinciden una serie de elementos rápidamente reconocibles: la Antigua Roma como imponente escenario de la grandeza y la vergüenza; un trasfondo histórico/bíblico salpicado por la épica; la cruda esclavitud y su inexorable lección de resistencia ante el sufrimiento más inhumano; ese llanto sin lágrimas que pone sus esperanzas en la libertad; las precarias condiciones de vida de entonces…

Richard Fleischer, responsable de una nutrida filmografía entre la que destacan películas tan dispares entre sí como “Tora, tora, tora” (1970), “Fuga sin fin” (1971), “20.000 leguas de viaje submarino” (1954) o “Conan, el destructor” (1984), dirige con muy buen pulso y criterio una cinta en la que conoceremos más de cerca al hombre que fue indultado de la crucifixión en detrimento de Jesucristo: Barrabás. Un desarrapado, encarcelado por un delito que no se concreta (pues para ello se debería entrar en un profundo debate histórico/religioso en el que también entraría a análisis la propia figura completa de Barrabás), entregado a la que para él es la única realidad, que es aquella que sus ojos perciben, y que si bien se libró de la cruz, cargará para siempre con el peso que supuso su liberación, por ser quien mataron “en lugar de”.

La escéptica mirada que dibuja la brillante interpretación de Anthony Quinn casa con la sensación que cualquier no creyente puede vivir cuando le hablan de hechos divinos o instancias supremas, siendo aquí Barrabás muy contundente respecto a dilemas de fe (“Tengo muy buenos ojos, sólo ven la realidad”), pretendiendo huir del revuelo que se causa cada vez que alguien pronuncia su nombre: sólo quiere que le dejen en paz. Y ante Quinn, para hacer más difícil su existencia, un escalofriante Jack Palance como Torvald, en un abominable rol que ejecuta con brillantez y que supone el culmen del resto de papeles.

“Barrabás” es una película emocionante y cautivadora, repleta de interés y guiada por una dirección sobria, ideal para ser engullido por ella y disfrutar con el notable recorrido histórico y religioso que propone, acompañado de un protagonista profundo, personajes de interés, diálogos llenos de reflexiones y situaciones crudas y salvajes que nos hacen preguntarnos cómo la especie humana pudo alcanzar tan bajas cotas de miseria moral. Además, como en las otras superproducciones citadas, está engalanada por una factura técnica asombrosa, transmitiendo un realismo de los ambientes y lugares donde se desarrolla la historia que ya quisieran emular hoy día con los excesos digitales, que para nada repiten la maestría que significa el trabajo de una dirección artística monumental, responsable de escenarios que son recreados palmo a palmo para transportarnos directamente a cualquier hasta el tiempo en el que Barrabás deambulaba incrédulo por Judea.
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8 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Drive
Drive (2011)
  • 7,2
    80.889
  • Estados Unidos Nicolas Winding Refn
  • Ryan Gosling, Carey Mulligan, Albert Brooks, Ron Perlman, ...
8
Tick of the clock
No son pocas las voces coincidentes en señalar que la cinta de Winding Refn se basa en una estética de estilos prestados. No en vano, en ocasiones puede incluso percibirse la oscuridad de los contrastes de Lynch y más vagamente el tempo de Jarmusch en cintas como “Ghost Dog”, especialmente en las silenciosas pero meticulosamente montadas escenas de conducción, en las que siempre algún extraordinario tema musical acompaña la suavidad con la que el protagonista palpa el volante y se aferra a la palanca de cambios como el regulador de intensidad de su propia vida.

La diferencia entre copiar descarada y gratuitamente, e inspirarse, es de dos universos. Winding Refn demuestra no sólo que se inspira, sino que es capaz de navegar entre las aguas de diversos esquemas ya creados aportando su propio sello, respetando la calidad y moldeando cuidadosamente cada secuencia. De esta manera construye una atmósfera que logra desconectarte de todo para centrarte en una película tan oscura como brillante, llena de contrastes, logradas fusiones de épocas y géneros, y una tensión para morderse el labio inferior, apretar los puños y agudizar los sentidos.

“Drive” es elegante, pero la palabra con la que más podría casar es “exquisita”. Y es más, mucho más: la estética no se monta ni consigue porque sí, el argumento atrapa, envuelve e interesa, aunque progresivamente vaya perdiendo la intensidad y originalidad de sus minutos iniciales, lo que me obliga a no calificar a esta película con una nota mayor.

Pero a quién le importa eso. Las sensaciones que quedan tras verlas son imperecederas: escenas que vuelven a la cabeza una y otra vez, inspiración que se incrusta en el alma del cinéfilo, una banda sonora que se entrelaza con el metraje mediante sosegadas composiciones propias pero también (las que más destacan) melodías arrebatadas con el permiso de sus autores, temas como el minimalista “Tick of the Clock” de Chromatics, compañero de unos fotogramas que quisiera repetir una y otra vez:. Revivirlos personalmente, si es posible, con ese ritmo tan medido. Son precisamente melodías como la citada y otras de Kavinsky (“Nightcall”) o Desire (“Under your spell”) las que dan un toque especial a “Drive”, transportándonos a una década ochentera sin necesidad de abandonar la actual, y cuyo aroma tiene matices de “Miami Vice” o videojuegos como “GTA: Vice City”.

“Drive” es una película a la que le faltan muchas cosas para ser perfecta, (principalmente, más atrevimiento, una trama con mayor profundidad) pero es la apuesta más apreciable y distinguida (por mucho que se apoye en las espaldas de lo ya creado, pero ¿quién no lo hace? La creación es la constante reinvención, la reutilización de los buenos resultados para convertirlos en brillantes) que he visto en el cine de los últimos años. Su visionado no es sólo recomendable, sino, al menos para este señor que esputa letras desde su maltratado teclado, agradecido.

Ryan Gosling se mueve con soltura en el rol de un personaje tan apagado como hipnótico, consiguiendo que su protagonista se convierta en icono gracias a una interpretación genial. Ah, y… señor Winding Refn: si es cierto que usted copia estilos, por favor, siga haciéndolo tan bien y regalándonos películas como esta.
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8 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Guerra mundial Z
Guerra mundial Z (2013)
  • 6,1
    70.120
  • Estados Unidos Marc Forster
  • Brad Pitt, Mireille Enos, Daniella Kertesz, David Morse, ...
6
Sobrecogedor inicio, lamentable desarrollo.
Fantasear con la historia de unos seres que viven a la vez que están muertos y provocan con su desenfrenada, diabólica y/o irracional actitud una situación apocalíptica que les convierte en una fuerza superior e incontrolable por la civilización, siempre ha sido un ingrediente que para los amantes del terror y la ciencia ficción ha caído bien. Pensar en cómo el mundo pasa de la estabilidad a una sangrienta anarquía fantástica que pone en riesgo a una desesperanzada especie humana, ser testigos de cómo sus protagonistas deben sobrevivir, y no dejar de rondar en nuestra cabeza los interrogantes referentes al porqué ha pasado y cómo se puede solucionar, son las claves de una clase de argumento que ha ido cobrando más protagonismo con el paso de los años.

George A. Romero se convirtió en abanderado de los zombis en el cine, a los que ha dedicado el grueso de su filmografía destacando con títulos como “La noche de los muertos vivientes” y su secuela, estrenada diez años después. En lo más alto del podio de este tipo de tramas, podemos encontrarnos desde la célebre serie “The Walking Dead”, que inició su andadura con una excelente primera temporada y se deshinchó hasta la vergüenza con las posteriores, hasta otros trabajos televisivos, también por capítulos, como la francesa “The Revenant” o, ya títulos como “28 días después” y la secuela, en clave de comedia o sátira como “Terroríficamente muertos” y “Posesión infernal” , también de Sam Raimi, “Zombies party” o “Bienvenidos a Zombieland”, versiones españolas como la saga [REC], etc.

Con este repaso pretendo recordar que son muchas las producciones que han hablado sobre un tema que empieza a estar machacado, explotado sobremanera. “Guerra Mundial Z” aterrizará en los cines con el propósito de conquistar la taquilla pero ¿será capaz de sortear los tópicos? ¿resultará innovadora? ¿habrá sabido aprovechar los 200 millones de dólares de su presupuesto? Estas son algunas de las preguntas que un servidor plantea y que también responderá a continuación. En “Guerra Mundial Z” Brad Pitt es, además de un —ya retirado— experto investigador de la ONU, un entregado padre de familia, acompañado por una esposa y dos hijas a las que pretenderá proteger por encima de cualquier circunstancia en mitad de la invasión zombi que les sorprenderá. Su experiencia resulta vital para la ONU, que le contacta para que vuelva a colaborar con ellos tratando de poner algo de luz al asunto con el claro objetivo final de intentar encontrar una solución que simple y llanamente, pueda salvar el planeta, infestado de asquerosas criaturas.

“Guerra Mundial Z” es una película que en sus minutos iniciales resulta maravillosamente sobrecogedora, golpeando directamente sobre las impresiones del espectador y produciendo que los vellos se pongan como escarpias: su despliegue visual es tan ilimitado, tan feroz, que todo lo que vemos en la película por fantasioso que resulte, puede llegar a asumirse a la vez que se disfruta contemplando algo que huele a maestría. Además, construye excelentemente el caos, el miedo y la confusión de la población, describe inmejorablemente los ambientes y aporta terror e intriga con unos zombis, muertos vivientes, zetas o simplemente no-muertos, que producen auténtico interés por su forma de proceder, muy diferente a la de aquellas versiones en las que éstos se mueven a paso de tortuga y apostando aquí por unos seres endiabladamente recargados de energía sobrehumana, rápidos, fuertes…

Lamentablemente todo ello va deshinchándose hasta enfangarse de tópicos y diálogos pobres, recursos mil veces vistos en cualquiera de las anteriores referencias que añadí, y con un conjunto que cae en una película con más acción que corazón, muy afectada por un guión endeble que corre a resguardarse en las faldas de lo forzado, guiando la historia y a sus personajes de una forma descarada que hace que casi percibamos en pantalla las líneas de lo escrito, dinamitando así la credibilidad. Incluso se cae en un punto en el que los zombis llegan a ser ridículos, recordando sus movimientos a los del maestro Gregorio Sánchez Fernández, que les sonará más por el seudónimo que lo hizo célebre: Chiquito de la Calzada.

Brad Pitt (que asistió fugazmente a la premiere, deleitándonos con su presencia, tres frases y un hasta luego) cumple con su cometido y me sorprendería verle en el reparto de un proyecto de estas características de no ser porque él mismo es uno de los productores. Una película menor para un gran actor. Simplemente pasta, supongo, porque no ha existido un interés concienzudo en construir bien un guión que padece cojera. Lo que sí es seguro es que aun con todo lo que haya podido hacer esta película para sorprender, si no tuviera encabezando el reparto a un grande como Pitt (o en su defecto cualquier superestrella), probablemente estaríamos hablando de una cinta más… y eso que para mí (a excepción de sus quince minutos principales) lo acaba siendo. Pese a que forma parte de uno de los terrenos que más me han gustado de la película (la ambientación de Israel), no logro comprender la desmesurada atención sobre el personaje de la actriz Daniella Kerstesz, Segen, que no aporta más que lastre a su compañero protagonista. Una pena que se desaproveche el papel de un actorazo como Peter Capaldi, aunque en general se desperdicia todo lo concerniente a lo que sucede en torno al lugar donde éste aparece.

La cinta es enormemente disfrutable durante sus escenas de acción y lo que consigue con creces es el hecho de ser un entretenimiento feroz, pero como aporte cinematográfico no pasa del blockbuster de turno (bien aderezado por un 3D que va difuminándose), y como contribución a la temática zombi no supone ninguna innovación al respecto: sólo más de lo mismo pero con mejores materiales artísticos, rodeando a un argumento que en su tramo final, se cae a pedazos, ahogándose entre tópicos que culminan en un inocente mensaje moralista.
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6 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mi hermano es hijo único
Mi hermano es hijo único (2007)
  • 6,8
    2.461
  • Italia Daniele Luchetti
  • Elio Germano, Riccardo Scamarcio, Angela Finocchiaro, Luca Zingaretti, ...
8
Accio Benassi
El cine italiano contemporáneo nunca deja de sorprenderme gratamente. En esta ocasión, con “Mi hermano es hijo único”, Daniele Luchetti, también director de la acertadísima película erigida como un creíble drama social “La nostra vita” (2010), demuestra una sensibilidad y entrega en su trabajo que transmiten el sentir de lo escrito por uno de los mejores duetos de guionistas del cine europeo, Sandro Petraglia y Stefano Rulli, ambos autores de cintas como “La nostra vita” (2010), “Cuando naces… ya no puedes esconderte” (2007) o extraordinarias miniseries como “La mejor juventud” (2003). En compañía de otro guionista, Petraglia ha escrito guiones como el de “No mires atrás” (2007), cinta protagonizada por el camaleónico y brillante Toni Servillo. Los textos de estos escritores (aquí basado en la novela de Antonio Pennacchi) siempre han solido ir acompañados de una fuerte carga sentimental que apuesta por reflejar la parte más cotidiana y natural, sin correcciones políticas mediante, de la sociedad italiana.

Aquí, ese sentimiento a la hora de escribir y filmar se ve plasmado en la práctica totalidad de los personajes, sobre los que desarrollan unas interpretaciones exquisitas. Y es que si además de tener una buena base para trabajar, los papeles de los actores son más que buenos, sólo puede salir a la luz un pequeño regalo del cine italiano como “Mio fratello è figlio unico” (por favor, véanla en VOS para poder disfrutar de esa fuerza, ironía y belleza del idioma italiano). ¿Y de qué nos habla Luchetti en esta cinta? Retrocedemos hasta la década de los sesenta para ver al rebelde adolescente Accio Benassi (Vittorio Emanuele Propizio) dispuesto a convertirse en sacerdote, deseo frustrado por su falta de fe, que le empuja a volver nuevamente con su familia en un ambiente hostil y derrumbado que aquí se representa de manera magistral, pues yo me creo todo: su mala relación con el hermano mayor Manrico (Riccardo Scamarcio), la sensación de rechazo que siente de su propia madre Amelia (Angela Finocchiaro), cada discusión que se sucede entre todos…

Su tambaleante posición dentro de la familia va convirtiéndolo cada vez más en un joven arisco e independiente que, motivado por Mario, un vendedor de manteles (Luca Zingaretti), se apunta a un partido fascista. Más que por hacer enfadar a los suyos (como se cuenta en alguna sinopsis de por ahí), por el hecho de encontrar en esas filas, y en Mario, el cobijo o sensación fraternal que no vislumbra en su propio hogar. Los años pasan y Accio crece, por lo que su papel pasa a ser protagonizado por Elio Germano, quien mantiene firme el grandioso trabajo que hasta ese momento estaba desarrollando Vittorio Emanuele con una naturalidad y entrega que me ha conquistado y que obliga a seguir de cerca a este actor nacido en 1991. Germano (“Díaz – No limpiéis esta sangre”, 2012), completamente metido en su personaje, apuntala con su trabajo un protagonista memorable, auténtico y desgraciado sobre el que se puede sentir toda la empatía que un rol pueda producirte en el cine.

Su trabajo está flanqueado por el del célebre Riccardo Scamarcio (“Manuale d’amore 2”, 2007), que encarna en un buen papel al hermano de Accio, que se encuentra en las antípodas de éste al ser él un revolucionario comunista. Dicha esta referencia aprovecho para citar que la ideología de los Marx, Stalin, Mao y compañía parece disfrutar aquí de una distinción más respetuosa (en ocasiones, casi de admiración) que los regímenes fascistas, cuando debería ser tratada con el mismo desprecio que merece cualquier movimiento que oprima de una u otra forma las libertades de un pueblo o diga cómo se debe pensar. El trabajo del reparto me ha parecido extraordinario y además de los citados, destacan por encima del resto Luca Zingaretti (“Sanguepazzo”, 2008), Angela Finocchiaro (“La bestia en el corazón”, 2000) y por supuesto la bellísima actriz francesa afincada en Italia, Diane Fleri (“Posti in piedi in paradiso”, 2012), quien risueña y con una sincera mirada que enamora, contagia cada una de las sonrisas de su indispensable personaje.

“Mio fratello è figlio unico” disecciona el drama de una familia rota y recorre los años a través de la madurez de sus personajes y las experiencias que estos viven, con la juventud, la política y el amor como trasfondo de un cóctel que monta cada una de sus historias con garra, emoción y personajes que importan, que tienen algo que decir y que, como Accio, encarnan una rebeldía que desemboca en lo solitario y desgraciado de un rol inolvidable. Cada actor defiende su papel con tal intensidad que hace que el argumento se empape de verismo y provoque el espectador sienta empatía por sus personajes. La dirección ha construido un producto lleno de realidad con una historia que destila espontaneidad, algo que se transmite con fluidez desde todas sus escenas, contando aquellas que contrastan momentos muy diferentes como los buenos y malos,y demostrando la misma fuerza y acierto para representar ambos.

Mención especial para la BSO de Franco Piersanti (“Habemus papam“, 2011), quien mezcla sus ligeras y agradables partituras originales con temas de la época en la que se basa la trama, como el excepcional “Ma che freddo fa” de Nada Malanima, con aportes de Beppe Servillo y otras canciones que aportan frescura y ritmo como el “Chariot” de Betty Curtis, “Riderà” de Little Tony o el “Amore disperato” con el que, también Nada, cierra esta extraordinaria película.
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6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tchang (C)
Tchang (C) (2010)
  • 5,9
    150
  • España Gonzalo Visedo, Daniel Strömbeck
  • Martxelo Rubio, Juan Aroca, Gorka Lasaosa, José Luis Ayuso
8
La fábula del Mulhacén
“Tchang” es un completo ejercicio cinematográfico de calidad comprimido en apenas veintisiete minutos. A lo largo de su limitado pero intenso metraje y a través de un impecable apartado visual que fascina con sus exquisitos planos paisajísticos del blanco Mulhacén en Sierra Nevada y la frondosa Vitoria en Euskadi, recorremos los senderos de la tensión provocada por las extremas condiciones a las que se enfrentan sus protagonistas, siendo a la vez testigos de una historia que tiene como trasfondo el terrorismo etarra.

También, sirve para que podamos admirar la nada sencilla tarea del Servicio de Montaña de la Guardia Civil, enfrentándose a todo lo que se le ponga por delante con tal de ver cumplido su objetivo de salvar una vida. Se agradece que, como en esta ocasión, se apueste por ofrecer la parte menos sensacionalista de las fuerzas de seguridad españolas, de las que tan pocas veces hemos podido ver plasmado en el celuloide algún relato que nos recuerde la parte más sufrida, rutinaria y humana de su trabajo, siendo más habitual en nuestro cine cualquier historia de excesos que persiga denostarlo.

Dirigido por Gonzalo Visedo (“El momento justo“, 2009) y Daniel Strömbeck, con guión del primero basado en hechos reales, este cortometraje nos habla del rescate de dos montañeros vascos por parte de la Guardia Civil, siendo capaz de transmitir lo extremo de este deporte, representar el minúsculo grano de arena que significa el ser humano respecto a la inmensidad de nuestra Tierra o revisar el drama de la supervivencia, acompañándose de diálogos simples pero efectivos (incluyendo parte en euskera que se subtitula), que no pretenden erigirse como protagonistas de una trama en la que una mirada o una acción ya habla por sí sola, y que pese a ello refuerza su contenido atreviéndose con una historia de Tintín para justificar más cosas de las que podríamos imaginar en este notable trabajo.

Sostenido en unas correctas interpretaciones que cumplen con la función de impregnar realismo a la trama y de las que resalta el trabajo de Martxelo Rubio (“27 horas“, 1986), “Tchang” hurga en nuestra conciencia y en la de sus propios personajes para retratar lo deplorable del terrorismo etarra desde una óptica diferente, que nos hace ser testigos de lo injustificado y gratuito de unos criminales que abanderan la excusa nacionalista para tapar lo mísero de su cobardía y fanatismo. Pese a la crudeza de los puntos que toca, el corto termina siendo una bonita fábula que aporta esperanza, reflexión y, en definitiva, buen cine, porque habla de algo que importa y lo hace muy bien, siendo amenizado por las sutiles pero bien encajadas piezas del compositor Paco Prieto en su banda sonora.
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9 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
Marcado por la muerte
Marcado por la muerte (2013)
  • 5,7
    5.811
  • Estados Unidos Niels Arden Oplev
  • Colin Farrell, Noomi Rapace, Dominic Cooper, Terrence Howard, ...
5
Tópico entretenimiento
Niels Arden Oplev, responsable del original sueco “Millenium 1: Los hombres que no amaban a las mujeres” (inmediatamente adaptado en forma de remake por David Fincher), estrena ahora “Dead Man Down”, un mero entretenimiento de aceptable aunque irregular factura, bañado en grandes tópicos y sostenido por una trama perezosa que guía con descaro a sus protagonistas. Colin Farrell encarna a Victor, un sicario que trabaja a las órdenes de la organización de Alphonse (Terrence Howard), criminal que está perdiendo a los miembros de su banda mediante misteriosos asesinatos que siempre vienen acompañados de un oscuro juego: tras cada crimen, una pista, una pieza del puzzle que conforman los trozos de una fotografía. Este hecho pondrá a toda la banda en estado de alarma, buscando con insistencia al autor de lo citado por los más diversos rincones de Nueva York y sumergiéndose en lo más profundo de los bajos fondos.

Hacen presencia algunos de los recursos más habituales (además del propio hilo central) del thriller de paso, como una foto dividida en pequeños trozos que hay que completar, media nota con un acertijo que pretende que su receptor se estruje las neuronas, o la típica pequeña llave de algún buzón o compartimento. Todo aquí está demasiado guiado, masticado, y la total falta de espontaneidad en la trama se reafirma en puntos como el carente de originalidad que hace que sus dos protagonistas principales puedan conocerse (vecinos que se ven de ventana a ventana), el aburrido y estúpido recurso de la pata de conejo como amuleto de la buena suerte (aquí utilizado hasta la extenuación casi como un elemento filosófico de la trama), la típica escena en la que dos de los más importantes criminales se reúnen a plena luz del día en un restaurante justo en la mesa pegada al ventanal principal (lo ideal para francotiradores o quienes quieran fotografiarles), una banda de torpes albaneses en la que todo parece cómico…

Gusta el tratado estético y técnico, con una atmósfera que parece buscar el aroma desesperanzado, caótico y oscuro de “La noche es nuestra” o “Broken City”, y ese retrato del Nueva York menos impresionante (aunque igualmente admirable) que nos muestra los barrios de clase media y baja, grandes urbanizaciones, callejones estrechos, lugares abandonados, puertos, calles muy transitadas pero apartadas de las postales más típicas de la Gran Manzana… También le beneficia el ritmo, sabiendo distribuir bien la acción (nada excesiva, aunque sí muy condimentada en ocasiones), los silencios y las escenas dedicadas a los diálogos (aunque éstos no vayan más allá de una corrección que no deja ninguna frase de interés por el camino). Pero sus personajes principales son planos y las interpretaciones de puro trámite.

Colin Farrell (“Última llamada“, 2002) no abandona el mismo rostro durante toda la película, y aunque podría justificarse diciendo que su papel es el de un hombre apático, no cuadra esa total falta de gesticulación facial, esa falta de sobresalto ante cualquier acontecimiento. Probablemente éste sea uno de los trabajos más rancios que le recuerdo. Me fastidia Noomi Rapace (“Prometheus“, 2012) porque es una actriz de calidad que se entrega a sus papeles sin importarle cómo tengan que retratarla: pese a cumplir con el poco nivel impuesto, da la sensación de ser un personaje desaprovechado y mal perfilado, perjudicado por un guión que se inventa una absurda historia hinchada para ella que bien pudieran haberse ahorrado. Y esto es doblemente delictivo si recordamos que Niels Arden Oplev fue el mismo director que la hizo brillar en “Millenium” con un papel extraordinario. Aunque, claro, allí su personaje estaba bien definido. Me quedo con la credibilidad y seriedad de Terrence Howard, muy acertado en el papel de Alphonse. Dominic Cooper cae en gracia, pero sus minutos son escasos.

Y pese a todo lo dicho y la prepotencia de la BSO de Jacob Groth, que busca aprovechar el recurso de las partituras minimalistas y ruidosas para impresionar, escapando de esto en un par de ocasiones que ofrece bellos resultados, “La venganza del hombre muerto” es una película que entretiene. Que ves sabiendo que tiene un montón de defectos y que sus virtudes no son lo suficientemente fuertes, pero que te mantiene en la butaca sin aburrirte y que incluso en ocasiones se permite el lujo de reírse de su propio argumento con algunas escenas intencionadamente paródicas. Si las pretensiones no son muchas y uno está dispuesto a verla sin creer que asistirá a algo más que un inocente thriller, puede servir para cubrir los minutos y devorar las palomitas en una aburrida tarde de domingo.
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22 de 26 usuarios han encontrado esta crítica útil
Stone
Stone (2010)
  • 4,0
    6.436
  • Estados Unidos John Curran
  • Robert De Niro, Edward Norton, Milla Jovovich, Frances Conroy, ...
6
Vapuleo desmedido
Hoy en películas que no son tan malas como dicen: “Stone” (2010). El vapuleo al que fue sometida por la crítica en su estreno y el bombardeo de votaciones negativas que cosechó en multitud de medios sólo podía presagiar un auténtico bodrio. Cierto es que esta cinta puede ser merecedora de algunas descalificaciones vertidas sobre ella, pero en la mayoría de las ocasiones éstas han llegado cargadas de exageración y con pretensiones hirientes, pues lo que yo me he encontrado aquí no ha sido ni por asomo la hecatombe que se anticipó hasta la saciedad desde los textos esculpidos (o escupidos) desde una gran cantidad de sitios dedicados a la información cinéfila.

El gran talón de Aquiles de esta película se concentra en la simpleza de su argumento central, en el que Jack Mabry (Robert De Niro), un agente de la condicional que desempeña su labor en una prisión, es seducido de alguna manera para que el reo Gerald ‘Stone’ Creeson (Edward Norton) pueda conseguir su libertad. La llave para todo esto: Lucetta (Milla Jovovich), la sensual esposa del convicto. La película, dirigida por John Curran (“El velo pintado“, 2006), juega muy bien sus cartas de atmósfera desesperanzada, personajes interesantes y profundos, diálogos que buscan adentrarse en el alma de sus protagonistas y moraleja de múltiples interpretaciones, pero más que tener una china en el zapato, directamente camina sin suela, cojeando, al no disponer todos sus buenos elementos sobre una trama más sólida y menos convencional que la citada.

Y es que la dirección realza con buena técnica muchas de sus escenas, pero éstas quedan empañadas cuando recordamos que el hilo principal no da como para magnificar sobremanera lo retratado. La película, envuelta por una corteza contemplativa sobre la que gotean los mensajes religiosos y moralistas, funciona mejor presentándonos sus virtudes individuales que en conjunto, dejándonos ver a un puñado de personajes desgraciados y estancados en el fango de una vida que se les ha revuelto, y dando la sensación de que se encuentran en el lugar equivocado. “Stone” se deja ver y se sigue con pausada fluidez, recordando por momentos a una cinta que se estrenaría un año más tarde: la controvertida “El árbol de la vida” (2011), de Terrence Malick, con una carga filosófica que hace presencia con la misma insistencia, y pizcas de un aroma similar. También, se ha sabido elegir muy bien la banda sonora, destacando en ella temas tan enigmáticos o surrealistas como el “Fonograaf” de Machinefabriek.

Chirría la exagerada evolución del personaje de Norton (“American History X“, 1998) pese a la corrección de un papel que termina siendo discreto, gusta Jovovich (“Resident Evil“, 2002) aunque no termine de brillar, y Robert De Niro (“La gran boda“, 2013) hace lo que se espera de un actor de su talla, mejorando con el paso de los minutos, en paralelo con la progresión de su rol. Pero es Frances Conroy (“A dos metros bajo tierra“, 2001-2005) la que, aun con menos peso en la trama y no demasiadas líneas de diálogo, inquieta los sentidos y llega muy lejos con un solo gesto o mirada. Pese a que no se evidencia un manido trabajo por parte de la dirección de actores (parece no exigir mucho de ellos), un cumplidor plantel para una película incompleta, que pretende mostrar más de lo que consigue, y aquello que retrata lo ensalza hasta darle más importancia de la que tiene. Puede disfrutarse si no anteponemos demasiadas pretensiones por delante, gracias a sus buenos personajes y la exploración psicológica de casi todos ellos, ciertas particularidades y el riesgo de un formato tan áspero como grisáceo y desasogante sobre el que se construye su atmósfera.
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5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Díaz: Non pulire questo sangue
Díaz: Non pulire questo sangue (2012)
  • 6,7
    1.457
  • Italia Daniele Vicari
  • Claudio Santamaria, Jennifer Ulrich, Elio Germano, Davide Iacopini, ...
8
A la carga
Año 2001, Génova, Italia. El G8 celebra su cumbre en aquel lugar. Frente a ellos, movilizaciones de toda índole contra la presencia y el sentido de esas reuniones internacionales. Movimientos anti-globalización despliegan a sus simpatizantes, que acaban enfrentándose en violentos disturbios contra las fuerzas policiales del país. Uno de los manifestantes, Carlo Giuliani, moría a consecuencia de un disparo en la cabeza realizado por un carabiniere. La situación es cada vez más tensa, y la policía, perdida entre el miedo, la impotencia y la sensación de no controlar la situación, recurre a tomar una drástica decisión: asaltar la escuela Díaz, en la que según parece están escondidos los miembros anarquistas del ‘Black Bloc‘, que no es ningún movimiento en sí, sino una táctica habitual en manifestantes anti-sistema en la que todos visten con ropa de color negro y se cubren con capuchas para evitar ser identificados por las fuerzas de seguridad.

Pero la decisión de los mandos policiales, tomada a raíz de una provocación a una de sus patrullas, fue la más trágica, por sus consecuencias, que pudieron haber tomado, utilizando la fuerza bruta, cargas desmedidas, represión o incluso la tortura contra sus objetivos, mostrando inequívocos síntomas de odio y abandonando todo principio por el cual debería caracterizarse cualquier cuerpo policial europeo contemporáneo que pertenezca a una democracia. En aquella escuela asaltada no sólo se encontraban algunos miembros violentos, pues compartían techo con estudiantes y periodistas llegados de todas partes del mundo para cubrir el evento de la ya fatídica cumbre del G8. Desconozco cuál fue el resultado general de la actuación policial en aquel momento, por lo que sólo podemos entrar a valorar el caos policial que mostraron algunas unidades concretas que participaron en las operaciones más polémicas.

Estos son los hechos que Daniele Vicari retrata con precisión periodística en esta coproducción de Italia y Rumanía en la que es evidente el interés informativo, documentalista y a la vez crítico y de denuncia contra los hechos descritos, pidiendo incluso Justicia por considerar la dirección que es un caso que ha muerto en el intencionado olvido político. Su conjunto está lleno de tensión y ofrece escenas tan impactantes como desagradables, caracterizándose la cinta por un realismo que incluso incomoda, desplegando una buena cantidad de medios que transmiten el retrato de una Italia prácticamente sumida en estado de guerra. El argumento avanza y retrocede en multitud de puntos para adelantarnos el resultado de algo y explicar después cómo se llegó a ello, mostrando todo esto desde diferentes perspectivas. La historia distribuye con equilibrio los minutos que concede a policías y manifestantes, sosteniéndose en unas convincentes interpretaciones en las que no resalta ningún personaje concreto puesto que no hay interés en buscar un protagonista.

Se prefiere optar por el realismo que aporta narrar lo que sucedió, con buen pulso, ritmo, sin estancarse en subtramas personales y limitándose a ser una cámara que es testigo de unos hechos reales. Sólo en sus minutos finales podemos notar cierto regocijo en lo dramático, sintiendo la sensación de que ya no hacía falta extenderse con ello puesto que todo lo que ya había aparecido en la película era lo suficientemente explícito para comprender la crudeza de lo mostrado. Pero para nada esto consigue empañar la convicción de que nos encontramos ante una gran película, otra lección de buen cine llegada de Italia, siempre con historias arriesgadas, que sorprenden, enganchan y hacen que el interés por las producciones de aquel país siga, al menos para este servidor, en aumento.

El magnífico Teho Teardo, autor de bandas sonoras como “El amigo de la familia”, “No mires atrás” o “Il divo”, completa un nervioso y firme score que fluye en concordancia con la tensión y energía del argumento. El compositor italiano es fiel a su habitual fusión de instrumentos de cuerda con modificaciones electrónicas, siendo un exquisito garante de la buena música para películas, del que siempre merece la pena volver a escuchar sus partituras una vez finalizado el visionado del film.
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8 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
La nostra vita
La nostra vita (2010)
  • 6,0
    741
  • Italia Daniele Luchetti
  • Elio Germano, Raoul Bova, Isabella Ragonese, Luca Zingaretti, ...
7
E la vita continua.
Claudio (Elio Germano) está felizmente casado, disfruta de sus dos hijos y espera un tercero que ya está en camino. Trabaja como albañil en la construcción y alterna el estrés laboral con las bromas entre sus compañeros, teniendo la tranquilidad de que al llegar a su casa, después de todo, encontrará el paraíso en compañía de los suyos. Pero un día todo eso se tambalea. Cosas de esta vida que al vernos felices parece inquietarse y necesita sacudirnos cual muñecos de trapo. Daniele Luchetti se apoya en el guión de los inseparables Sandro Petraglia y Stefano Rulli (“La mejor juventud“, 2003) para montar una historia en la que su crudeza se aleja del sentimentalismo forzado, prefiriendo llegar al espectador mediante la naturalidad de unos personajes y una trama que inspiran cercanía y cotidianidad, ofreciendo esto un argumento impregnado de realismo en el que gente normal, de esa en la que cualquiera de nosotros pudiera verse reflejado, tiene problemas normales (por extremos que sean).

Pero “La nostra vita” no sólo habla de un hombre abocado a una situación límite, también toca otros palos (directa o indirectamente) como la educación infantil, la situación de los inmigrantes en el ámbito laboral, la ilegalidad dentro del mundo de la construcción, el hecho de encontrar ayuda en el tipo de personas contra las que más prejuicios tiene la sociedad, las relaciones vistas como el inicio de una nueva vida en la edad madura, los principios y valores, los chanchullos a la italiana… Sin abandonar en ningún momento el hilo central de la historia, cada pequeña ramificación (siempre rodeando el entorno del protagonista) resulta sumamente interesante. Somos testigos de la evolución del personaje de Claudio, reflejada aquí de una forma que fluye naturalmente y que sabe dibujar lo bueno y lo malo con el mismo acierto, mostrándonos cada ambiente en el que se mueve su protagonista (familiar, laboral, amistoso, psíquico, etc) con no menos mimo, sin prácticamente dejar un cabo suelto en ninguna de sus tramas por intrascendentes, en apariencia, que pudieran parecer.

Pero lo mejor es que todas son importantes para comprender el mundo, la situación y las sensaciones del personaje tan brillantemente interpretado por Elio Germano (“El fin es mi principio“, 2010), quien además de su buen trabajo en líneas generales, despunta en algunas secuencias concretas que requieren de toda su pasión y entrega para poder dar como resultado unas escenas impresionantes. Otros personajes, como el bonachón, apático y enamoradizo Piero (Raoul Bova, “Perdona si te llamo amor“, 2008), el torrentiano —si ven su aspecto sabrán a qué me refiero— Ari, encarnado por el célebre Luca Zingaretti (“Sanguepazzo“, 2008), la estupenda Elena (Isabella Ragonese, “Tutta la vita davanti“, 2008) y otros más breves como Porcari (un Giorgio Colangeli que te deja con ganas de más), son los más destacados secundarios de un reparto que cumple y convence con su espontaneidad, encajando perfectamente en los personajes asignados.

“La nostra vita” es, además de la disección de un drama social, una historia cercana de lucha, entrega y superación (pero no de esas impuestas bañadas en tópicos hollywoodienses), un retrato de unas vidas golpeadas que caminan a través de la realidad de unas escenas que no pintan un mundo alternativo, de ensueño o penumbras, sino simplemente el que es, con lo bueno, lo malo, lo sencillo y lo complicado. Las pequeñas y las grandes cosas que hacen que existamos. Personas que quieren ser felices y que cuando lo consiguen, radian tanta alegría y llenan de color todo su mundo que no sólo hacen que tú también te alegres por ellos, sino que te contagies de esa vida que desearías imitar, desparramado junto a tu pareja sobre unas suaves sábanas agitadas por la brisa de un ventilador que refresca tus sentidos mientras cantas el desgarrador “Anima Fragile” de Vasco Rossi.

E la vita continua.
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7 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
La cacería
La cacería (2012)
  • 7,7
    31.733
  • Dinamarca Thomas Vinterberg
  • Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Annika Wedderkopp, Alexandra Rapaport, ...
8
Caza de brujas
¿Dónde está el límite de la credibilidad que pueden infundir las palabras de un niño? ¿Hasta dónde llega la confianza que se puede tener sobre tu mejor amigo cuando éste es acusado gravemente de un hecho deplorable, que incluso puede salpicarte? ¿Se puede confiar ciegamente en alguien que es señalado por todo el mundo? ¿Y si al hacerlo estamos cometiendo un error y cubriendo a alguien que ha cometido una atrocidad? ¿Es la sociedad tan cobarde que prefiere prejuzgar y condenar a alguien antes que concederle la presunción de inocencia, sólo por tener cuanto antes las espaldas bien cubiertas? ¿Puede el miedo inventarse realidades alternativas en nuestra mente? Son algunos de los interrogantes que nos plantea Thomas Vinterberg (“Celebración”, 1998) en “La caza”, una cinta de espinoso argumento construida con tanta seguridad e inteligencia que se permite el lujo de ser, más que una historia concreta, un abanico de varias, una disección de multitud de aspectos sobre nuestra psicología y la sociedad que, partiendo todos ellos del hilo central, se unifican para convertirse en una prudente llamada a la coherencia.

Aquí, Vinterberg nos habla de Lucas (Mads Mikkelsen), un afable profesor de parvulario que muestra una encantadora conexión con sus alumnos, trata de recuperar la buena relación con su hijo (de cuya madre se divorció) y se divierte con sus amigotes entre cervezas y apuestas idiotas. Nota el comienzo de una nueva vida en la que incluso hace presencia una mujer que le llama la atención, y todo va encarrilado sobre una estabilidad demolida por una mentira que pone todo en peligro, llevando al protagonista hasta la confusión y el agobio. Thomas Vinterberg, que coescribe el guión junto a Tobias Lindholm (“Kapringen”, 2012), va montando la historia de forma que ésta fluya con naturalidad y sin imposiciones, mostrando cada elemento con detalle desde escenas e interpretaciones exquisitas, sostenidas por muy buenos diálogos. Se evidencia lo bien labrado de un guión que también acierta al introducir varias líneas simpáticas que además de no chocar con la crudeza de un relato tan amargo como este, contribuyen a reforzar el realismo de lo narrado, todo ello navegando con soltura sobre las aguas de un tema tan delicado como incómodo.

“La caza” es una película dura, en continua evolución de calidad e interés a través de sus minutos, que transmite todas las sensaciones agobiantes de su personaje principal, excelentemente interpretado por Mads Mikkelsen (“Casino Royale“, 2006), dueño y señor de un reparto del que también deslumbra un fantástico Thomas Bo Larsen (“De største helte“, 1996) en el papel de Theo, seguido por la frescura que aporta Lars Ranthe (“Dirch“, 2011) como Bruun y la credibilidad que radia Susse Wold como la directora Grethe. La pequeña Annika Wedderkopp sabe retratar, con mucha naturalidad, la inocencia de una niña. Son interpretaciones que emocionan, fascinan y hacen llegar al espectador todo lo que sienten sus personajes, ya sea pronunciando sus diálogos o desde unas miradas penetrantes, repletas de una expresividad y reflejo de toda la historia que sostienen. He sentido impotencia por la injusta caza de brujas a la que se somete al personaje de Lucas, habiendo seguido la película con los ojos clavados en la pantalla, y más que interesándome, involucrándome directamente en la historia, pues todo aquí es tan auténtico y está tan bien reflejado que no es difícil sentir empatía por sus personajes y sufrir con sus vivencias. Y son más las emociones (dispares entre sí) que he podido revivir.

Pese a la buena crítica generalizada sobre esta cinta y lo bien que me habían hablado de ella, no llegué a la sala esperando encontrarme con tan grata sorpresa en forma de demoledora película, en la que todo (dirección, interpretaciones, apartado técnico, argumento) brilla pese al desgarro de una historia que angustia nuestro interior, que llega a nosotros envuelta de una atmósfera gris que dibuja frialdad, algo que puede palparse en los escenarios sobre los que fluye, en la desesperación de su protagonista y en la evolución, llena de matices, del resto de los personajes.
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19 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Oblivion: El tiempo del olvido
Oblivion: El tiempo del olvido (2013)
  • 5,8
    44.546
  • Estados Unidos Joseph Kosinski
  • Tom Cruise, Andrea Riseborough, Olga Kurylenko, Morgan Freeman, ...
7
Un mundo acabado que se busca a sí mismo
Joseph Kosinksi dirige “Oblivion”, un más que digno y respetuoso aporte al género de la ciencia ficción, filmado con una factura técnica magistral que no se despliega gratuitamente, pues se sostiene sobre un argumento rico en los matices que aportan las diversas perspectivas que se van sucediendo, hablándonos de un mundo acabado que se busca a sí mismo. Éstas atraviesan un metraje que a pesar de su lentitud se sigue con fluidez, refrescando todos los sentidos del espectador con unas imágenes limpias y de encuadres perfectos, que disfrutan recreándose con los lienzos visuales que ejecutan y realzan los impresionantes ambientes (este aspecto es una maravilla) sobre los que se desarrolla la trama.

Es muy efectivo el trabajo de Tom Cruise, pero las mejores interpretaciones recaen sobre los dos espléndidos papeles de Olga Kurylenko y Andrea Riseborough, ambas plenamente convincentes en general, pero exquisitas en las escenas que piden a las mismas una mayor expresión emocional. Morgan Freeman aprovecha sus minutos sin despeinarse, para ofrecernos un personaje que gracias a su buena interpretación puede aumentar el interés del espectador por su rol.

Aunque en ocasiones se evidencian ciertas escenas con mayor poderío visual y musical que argumental (secuencias de guión más vacuo acompañadas por un impresionante despliegue técnico), la cinta logra interesar durante toda su duración, fascinando incluso en determinados (y muy efectivos) giros de la trama que aportan interesantes desenlaces, y saciando la curiosidad de quienes se intriguen por un futuro post-apocalíptico que presenta nuestro planeta como un lugar asolado que sigue bajo el yugo amenazante de fuerzas oscuras. Me ha fascinado la recreación detallada de los drones y la descripción de su actividad: unos robots que asombran tanto como inquietan. También lo que parece una fusión estética entre indígenas y samuráis, en la que pueden basarse para recrear a los Scavengers (en español, “carroñeros”). Se notan las prisas en un final tan absorbente como acelerado, aunque las sensaciones generalizadas al salir del cine son buenas y la película permite seguir reflexionando sobre sus diversos desenlaces y las interpretaciones que podamos sacar de la misma.

Sin ser redonda, su conjunto se disfruta y te aumenta el interés hacia el género de la ciencia ficción que tan bien representa. Su banda sonora, de M83, emocionante, cautivadora y armoniosa, es una de las que más he disfrutado en una sala de cine en las últimas fechas.
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23 de 29 usuarios han encontrado esta crítica útil
Barbara
Barbara (2012)
  • 6,4
    2.927
  • Alemania Christian Petzold
  • Nina Hoss, Ronald Zehrfeld, Rainer Bock, Jasna Fritzi Bauer, ...
5
Una historia de la RDA
La última película de Christian Petzold (“Jerichow“, 2008) comienza ofreciéndonos una sugerente exploración de la hermética personalidad de su protagonista, Bárbara (Nina Hoss), una doctora “castigada” por el régimen socialista de la República Democrática de Alemania a ser trasladada de Berlín a un hospital menor sito en una apartada zona rural. Una reprimenda estatal debido a la intención de marcharse a la Alemania Federal, que la susodicha manifiesta solicitando el permiso de rigor a su país. Todos los esfuerzos de la distante y enigmática protagonista parecen centrarse en una evidente planificación de fuga de la RDA, pese a que la cinta no muestre demasiado detalle acerca de lo citado y prefiera limitarse a reflejarlo en dos forzadas e intrascendentes escenas de no poca duración, que buscan generar misterio en el espectador.

En lo que se refiere a la parte que nos muestra la progresiva pero lenta evolución del personaje de Bárbara nos adentramos en un terreno que además de interesar, fascina por la sólida interpretación de Nina Hoss (“La masai blanca“, 2006), en muchos momentos sexy incluso sin buscarlo, pues su arisco rol contrasta con un atractivo generalizado de su personaje que precisamente capta la atención de André (Ronald Zehrfeld), aquí su compañero y jefe en el hospital, a la par que un tipo visiblemente fascinado por la presencia de Bárbara, a la que trata de acceder, sin prisa pero sin pausa, con gestos amables. Pero poco a poco esta buena baza que tan grata sensación causaba en sus inicios se va difuminando entre varias historias alternativas que surgen, o mejor dicho se insertan con cucharilla, por el camino. Incluso una de ellas pretende ser la que guíe el argumento central, llegando a despistarnos, pues la trama sobre la que todo debería girar es la concerniente a los personajes de Bárbara y André, desde la perspectiva de la evolución de su áspera relación entre ambos, algo que lamentablemente se abandona en favor de otras situaciones.

Son momentos carentes de interés pero ricos en minutos inmerecidos, como el de un personaje que sale de repente y de Dios sabe dónde, que tiene alguna clase de relación con Bárbara y que pretende protagonizar una historia intensa y emocionante según se vislumbra en su envoltorio, pero que se queda en una serie de escenas que no me importan y cuya existencia no logro llegar a comprender. Igual sucede con Mario (Jannik Schümann), otro personaje sacado del cajón de las sorpresas, un paciente acompañado de un rastro de exagerado dramatismo que ni siquiera comienzo a creerme, considerando que la presencia de esta historia inútil no sirve para absolutamente nada: ni para reforzar los matices de los personajes centrales, ni para dar fundamento a la trama. Bueno, para algo sirve: para aburrir y extender un metraje que debiera haberse recortado pese a no ser ésta una película de gran duración (105 min). Puntos que podrían haber ofrecido mucho, como un reflejo más detallado de la opresión socialista en la RDA y el agente interpretado por Rainer Bock (un inquietante personaje con pinta de poder haber dado mucho), se desperdician incomprensiblemente.

Resumiendo: una cinta que arranca bien y ofrece buenas sensaciones pero que se equivoca en la elección de los temas que verdaderamente importan, relegando la historia de André y Bárbara a casi un segundo plano ensombrecido por vacuas subtramas que terminan apoderándose de una desproporcionada cantidad de minutos, para lo poco que aportan. Otra de esas películas que veo removiéndome en la silla, fruto de la incomodidad del momento, y durante las que termino jugando a las batallas de rugidos de tripas con la compañera de al lado (gané yo con un enfurecido sprint final). No estamos ante una mala cinta, puede que incluso sea de interesante visionado, especialmente para los amantes de pequeñas y escondidas historias que se adentran en la psicología de un determinado personaje y los motivos que lo llevan a mostrar esa actitud. Una pena que no hayan sabido centrarse en la historia más importante, la exploración psicológica de la protagonista y el desarrollo de la relación con su compañero médico, y en su lugar hayan querido vender humo desde torpes e innecesarias subtramas. Cuesta mucho soportar el aburridísimo tramo final.
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25 de 33 usuarios han encontrado esta crítica útil
Soplo
Soplo (2001)
  • 6,9
    31.579
  • Estados Unidos Ted Demme
  • Johnny Depp, Penélope Cruz, Ethan Suplee, Ray Liotta, ...
8
Doctorado en cocaína
Cómo engaña “Blow”. Al principio parece querer jugar a Scorsese, con esas conversaciones de tú a tú entre la narrativa del personaje y el espectador en las que va describiendo a todos los personajes y situaciones que acontecerán el argumento. Recuerda a secuencias de “Casino” (1995), “Uno de los nuestros” (1990) o, muy particularmente, el inicio de “Una historia del Bronx” (1993), dirigida por Robert De Niro, que demostró haber aprendido —y mucho— de su maestro. Luego, la calidad de lo que contemplamos va en aumento, y aunque sus formas delaten mamar de otros estilos cinematográficos, Ted Demme demuestra que no se apoya en esto gratuitamente. Sabe trabajar su material y por ello consigue elaborar un profundo viaje a las entrañas del mundo del narcotráfico, además de ofrecer una sólida y desgarradora estampa del inmenso poder destructivo que poseen los tentáculos de la ambición.

Basada en hechos reales y aderezada con una buena selección de conocidos temas de la época en la que se basa el argumento (70-80), “Blow” cuenta con un fabuloso Johnny Depp para encarnar a George Jung, un joven cuyo temor a convertir su vida en algo parecido a la de sus padres (existencia monótona, escasa de emociones y muy limitada económicamente), lleva a involucrarlo directamente en el negocio de la marihuana. “Todo es perfecto”, insiste Jung una y otra vez, ignorando aquellos aspectos negativos que probablemente algún día puedan explotarle en la cara. Johnny Depp está chapeau en una interpretación que, como la propia película, va mejorando progresivamente hasta el final. Aparecen en escena actores como Ray Liotta como el padre de Jung, esta vez en el lado de los buenos y desarrollando un convincente trabajo, junto a un acertado Jordi Mollá que se va creciendo por momentos o una pasable Penélope Cruz a la que el cartel de la película concede inmerecidamente demasiado espacio, y cuyo trabajo, más allá de un par de escenas reseñables, se limita a cubrir el trámite que le ha sido impuesto a un personaje que no aporta —al menos a este servidor— demasiado interés.

Al parecer, esta cinta fue vapuleada en su momento por la crítica especializada, que dividió sus opiniones hasta demostrarnos una vez más (y van…) que los críticos deben servirnos simplemente para orientarnos, y no para hacernos decidir si queremos ver o no una determinada película. Generalmente, toda opinión relacionada con un film es subjetiva. A todos no nos gusta lo mismo. Algunos que van de superestrellas del teclado, demuestran su prepotencia creyéndose más importantes que la propia película que desgranan, esputando cuantos más insultos mejor para dárselas de crítico feroz, contundente y temido. Yo no os tengo miedo. Seguiré viendo lo que a mí me dé la gana sin haceros ni puñetero caso.
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7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil