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7
La maison d'Hélène
En la novela ‘El último puritano’, George Santayana nos dice, por boca de su protagonista, que pretender dotar de entidad moral a las cosas materiales es caer en la superstición. Olivier Assayas quiere mostrar con esta cinta que es posible que una casa y sus objetos tengan alma.

Lo triste o lo feliz es que esa alma se sitúa en las personas que la habitan, que los usan.

Como en la saga juvenil de J. K. Rowling, los individuos pueden fragmentar su alma y repartirla en diferentes objetos, lugares o incluso en otros seres vivos.

A pesar del título, tan veraniego, Assayas acierta con la sombra más que con la luz: la escalinata, Hélène subiendo, el arco vegetal oscurecido; el cuarto, que acoge en la penumbra a Frédéric; la visita de los tasadores a la casa, deshabitada y umbría.

En la película ‘Toy story 2’ los juguetes se debaten entre la inmortalidad vacía del museo y la mortalidad con aventura de la infancia.

Los recuerdos se constituyen en vivencia presente del pasado. Los objetos y lugares funcionan como interruptor. Conjuran sólo aquello que ya está en nosotros mismos. Al fallecer, fallecen en nosotros. Quién sabe si perduran, intactos, en otras redes neuronales.
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51 de 56 usuarios han encontrado esta crítica útil
6
Estoy mirando detenidamente un jarrón de mi abuela para ver si siento algo...
Bueno, ella está viva aún; a lo mejor por eso no funciona. El caso es que los recuerdos que afloran en mi mente (el olor a rosquillas, aquella cocina con una despensa tan enigmática) no necesitan del jarrón para ser evocados. El jarrón me da igual, no me importa si se rompe. No me importan las casas, si ya no están aquellos que las habitaron. Me cuesta permanecer en los lugares que se empeñan en recordarme quién se ha ido ya de este mundo. El alma no se queda pegada a las cosas como una mancha en una vajilla mal fregada.

¡Qué libertad dará una casa vacía, sin trastos!. ¡Qué libertad la de no esperar recompensas! Sé que hay quienes aspiran a tener cada día menos y desde luego tienen suerte, creo que están en el camino correcto. De mayor quiero ser como ellos.

Entiendo lo que me quiere contar Assayas en esta película pero me resulta muy ajeno. Sin embargo, he de decir que a pesar de la torpeza narrativa del director, la película nos lleva a una honda reflexión sobre el paso del tiempo, el deterioro, en todos los sentidos; cómo se van las personas mientras las cosas permanecen.

Los objetos de un muerto son un desafío para los vivos: son codiciados si tienen valor o rechazados por lo que evocan, como si de esa manera ahuyentáramos a nuestra propia muerte. No creo que vuelva a ver esta película nunca, aunque sé que pensaré en ella muchas veces.
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37 de 42 usuarios han encontrado esta crítica útil
6
Si no es de piun piun, no vale nada?
Todo el cine no puede ser igual. Cansa que sea igual. Nunca me ha importado ver cine lento, no me aburre, lo veo de una manera diferente a cuando veo parque jurasico o pulp fiction, porque es otro tipo de cine. Entiendo que haya gente a la que no le guste, pero las comparaciones son odiosas, y si a alguien no le gusta este film, espero que sea por lo que este representa por si solo. No por que en comparación con las peliculas de Steven Sigal, sea lento.

(más en spoiler)
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25 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
contención
Solo de pensar lo que otros hubieran hecho con un planteamiento como el de esta película, aún me parece mejor el resultado obtenido por Assayas en su propuesta.
Su tono contenido, su elegancia, la exquisitez, la suma de pequeños detalles que engradecen una historia de por sí escasa en incidencias, nos vuelven a demostrar que el cine francés continúa en buen momento, y raro es el año que no manda un puñado de interesantes películas.
Parece que no pasan muchas cosas, pero sí pasan. Pasa... la vida. No hay estridencias, no hay gritos, no hay desgarros, pero sí sutileza, sí cierta melancolía, sí una hermosa reflexión sobre el arte, entre otras muchas cosas.
Actores competentes, puesta en escena elegante, sin estridencias, simplemente poniendo la cámara donde tiene que estar.
Buen cine, en suma.
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22 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil
5
La tipícula y topícula pelícola francécula (el estilo Assayas: se entiende lo que quiere decir, pero no sabe decirlo; la próxima vez, mándale el guión a Claude Chabrol).
Ah, el verano, el territorio de la infancia. Assayas comienza con unas escenitas que atufan a falsedad y a tópico: jugueteos infantiles en una idílica casona de la Francia rural, ji, ji, ji, ja, ja, ja, los nietecicos que suben a los árboles, se ríen, juegan a buscar tesoros, mientras la servidumbre (vieja gruñona pero de buen corazón y fiel a la familia) hace sus potajes y sus asados y toca una campanilla para que la prole veraniega vaya a comer, qué original. Luego sale la abuela estilosa y sus hijos (grandes profesionales) y hablan de sus cosas: que si la exposición en Estados Unidos, que si hay que restaurar el Odilon Redon del salón y, en fin, de esas cosas de las que hablan los millonarios, con la Binoche haciendo muecas como si le apretara la goma de las bragas. La película deriva en una historia de herencias y de qué hacemos con la casa y si mamá se lió con no sé quién y si la niña fuma porros y yo me voy a Pekín a trabajar y yo veraneo en Denver y yo en Bali y qué pena vender los Corot, todo muy francés y muy falso, con personajes que se enfadan, se hacen reproches o se ríen porque lo pone en el guión, no porque sus reacciones sean naturales. Entre tanta falsedad y desgana hay algún atisbo de verdad y hasta de humor (la comisión del Museo de Orsay), pero en general todo se queda entre lo plano y lo plomo.
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30 de 45 usuarios han encontrado esta crítica útil
6
Hogar, dulce hogar
La historia comienza con la reunión veraniega de una acomodada familia francesa, celebrada en su casa de campo de toda la vida. El gozo creado por la ilusión de reencontrar a los seres queridos se ve ligeramente empañado por el triste posado de Hélène, la abuela y la encargada de curar una importante colección artística. Al poco tiempo de la celebración familiar, la muerte de la cabeza de familia obligará a Fréderic, Adrienne y Jérémie, tres hermanos cada vez más distanciados, a ponerse de acuerdo con respecto al valiosísimo patrimonio que han heredado.

Tal vez el mayor problema de ‘Las horas del verano’ sea que el meollo tarde demasiado en descubrirse. Me explico, a los primeros compases de la cinta pocos reproches técnicos pueden achacárseles: predominancia de colores vivos muy agradables para la vista, buena planificación de los encuadres y escenas, actuaciones correctas… sin embargo la aparentemente banal historia de esta familia aburguesada no conseguía atraer lo más mínimo mi atención. Con lo que de momento teníamos un más que aceptable retrato costumbrista contemporáneo de la alta sociedad, pero también un auténtico y peligroso somnífero.

Suerte que con paciencia todo se consigue. Para todo aquel que haya aguantado despierto, Olivier Assayas le tiene preparado una más que interesante radiografía sobre la descomposición familiar. Lo curioso es que ésta no se da por las archirepetidas riñas entre congéneres, sino por algo mucho más inevitable: por todas aquellas circunstancias de la vida (trabajo, nueva pareja sentimental, cambio de domicilio, etc.) que irremediablemente pueden acabar cortando nuestras propias raíces. Ni falta hace decir que el mundo sigue girando, pero seguramente no de la misma manera… ahora lo hace de una forma bastante más fría.

Aunque suene obvio, no por ello deja de ser cierto que con la venta de la casa de campo, la familia ha perdido mucho más que cuatro paredes y un techo. Ha perdido buena parte del alma que estaba almacenada en ella. La metáfora perfecta se alcanza con las obras de arte que se venden a los más distinguidos museos. ¿Qué mejor retiro para un preciado jarrón del s. XIX que la Quai d’Orsai? ¿Qué mejor futuro para un empresario que un próspero negocio en la emergente China? No parece que deban plantearse demasiadas quejas. Sin embargo, a ambos les falta el resto de elementos o personas que les completan…

Una melancólica reflexión para este drama intimista cuyo mayor tropiezo es alargar demasiado una historia que bien le sobrarían veinte minutos -e incluso me atrevería a decir alguno que otro personaje-, y cuyo mayor logro es el de tratar con tanta delicadeza y sensibilidad (que no sensiblería) un tema que desgraciadamente en demasiadas ocasiones desemboca en la más facilona lagrimita. Aquí por suerte se deja de lado el pañuelo para dar sitio a una reflexión al principio un poco difícil de digerir, pero interesante a pesar de todo.
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12 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
El fetichismo respecto al tiempo
'Las horas del verano' está tan cerca de ser una obra maestra como de que pasen inadvertidas sus bondades narrativas al confundirlas tras algún detalle menor que le hace ser convencional. Es una de esas películas francesas que de vez en cuando aparecen para reafirmar un tipo de cine olvidado, y sobretodo desde que Agnès Jaoui con 'Para todos los gustos' calibrara la buena forma en la que se encontraba la comedía costumbrista francesa (o cosmopolita en estos casos) con desarrollo dramático, en comparación al resto de cinematografías europeas. Sólo Miguel Albaladejo con 'El cielo abierto' se acerco en España a un tipo de cine naturalista, humanista, pequeño en pretensiones pero gigante en sugerencias, temas tratados y resoluciones formales y de fondo.

Olivier Assayas, cineasta un poco más transgresor, de culo inquieto y difícil de encasillar dentro de una visión particular sorprende con esta historia a la que lo fácil es hacerla dialogar con el cine de Jean Renoir o con la literatura de autores como James Joyce (¿quizás Parisenses y no Dublineses?) y no encasillarla dentro de su tics narrativos como director.

Las dudas que se les plantean a tres hermanos respecto a la herencia y testamento cultural de su madre trasciende la anécdota de la sinopsis (¿qué hacer con la casa de campo familiar y con todas las obras almacenadas en ella?) y habla de manera directa y transparente de la muerte, el paso del tiempo, el valor del recuerdo, el pasado visto en el presente y proyectado en el futuro así como del fetichismo por el coleccionismo y el poder de lo tangible, del objeto en sí mismo, para mover las emociones y los actos de todo un ser humano, una familia, una sociedad y varias generaciones interconectadas.

Además, de que todo ello tiene en la forma: un equilibrado trabajo de planificación, buena capacidad de síntesis y unas interpretaciones naturalmente emocionantes, una capacidad para sugerir más allá del discurso algo que el cine siempre debería buscar y encontrar: el fetichismo de las imágenes hacia el espectador siempre desde el espacio fílmico de la ficción que se está narrando, y sin salir de ella.
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12 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Nada y todo
Acabo de salir del cine de ver Las horas del verano y la verdad es que me ha dejado muy satisfecha. En el fondo, es una película en la que no pasa nada, en el fondo. Sin embargo, en ningún momento se me ha hecho larga ni he mirado el reloj. Parecía como si estuviera siendo una observadora indecente de una familia francesa: sus conversaciones, sus secretos, su cotidianeidad al fin y al cabo. Es una historia totalmente habitual: una madre de familia muere y sus hijos han de repartirse los bienes (que en este caso son muchos y de gran valor artístico). Nada más. Y todo lo demás. El sentimiento de que algo se pierde, de que la unión familiar irá disminuyendo al fallecer la figura principal; la diáspora; el valor de los objetos, de las obras de arte, y a la vez el valor sentimental; las diferencias entre generaciones...
De todo esto nos habla Olivier Assayas en esta cinta que para mí tiene la calidad de obra de arte.
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12 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
El futuro ya está aquí.
El disenso y los traumas que entre 3 hermanos (2 hombres y una mujer de edad madura, para más señas) ocasiona el reparto de una valiosa herencia, compuesta básicamente por obras de arte y un gran caserón campestre, bien podría resultar un argumento más propio de los intereses de la alta burguesía francesa que de los del común de los mortales. Sin embargo, tal lectura no sería más que una valoración simplista, irreflexiva y bastante desacertada de lo que la nueva película del ex-redactor de “Cahiers Du Cinéma”, Olivier Assayas, nos depara, que no es poco.

Las horas del verano nos ofrece reflexiones mucho más hondas y universales que las banales disyuntivas que se generan tras la muerte de "la mère" entre un grupo de franceses acomodados. Puede sonar a diatriba antisistema salida de la boca del señor Michael Moore o de las páginas del último libro de Noam Chomsky o Naomi Klein, pero lo cierto es que las preocupaciones plasmadas en la nueva película del director de Finales de Agosto, principios de Septiembre enraízan directamente con aquellos ensayos sociológicos sobre las nuevas formas de vida en el denominado “capitalismo flexible”.

La inmediatez, el desarraigo, la cuantificación, el materialismo o la deslocalización son peajes que el nuevo orden está imponiendo a nuestra sociedad occidental en detrimento de los valores de un mundo casi extinto, el de nuestros padres y abuelos. En otras palabras: familia extensa, lealtad, referentes morales, el mundo de la memoria o el valor intangible de lo afectivo son conceptos que parecen estar condenados a desaparecer en una realidad regida casi en exclusividad por la globalización más salvaje y absoluta. Es lo que el sociólogo británico Richard Sennett llama “la corrosión del carácter” cuando afirma que “las especiales características del tiempo en el neocapitalismo han creado un conflicto entre carácter y experiencia, la experiencia de un tiempo desarticulado que amenaza la capacidad de la gente de consolidar su carácter en narraciones duraderas”. De todo esto, y no de las disputas sobre el legado de mamá, es esencialmente de lo que habla Las horas del verano. Casi nada.

Pero no os asustéis. Assayas no es un proselitista que se valga de arengas incendiarias o de una densa y cansina obra-ensayo para expresar su discurso. Lo suyo es Cine fino y, por ende, empuña unas armas aparentemente inocuas pero mucho más sutiles y efectivas: un intimismo costumbrista alejado de la sensiblería y el maniqueísmo, y basado en la expresividad de los diálogos y los gestos.
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9 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
6
Podría haber sido brillante
Película francesa que parece querer retratar la Francia actual a través de la muerte de una mujer mayor y el reparto de la herencia, con un importante valor artístico, entre sus tres hijos, con unas profesiones muy bien seleccionadas para este objetivo. Expone la confrontación entre el valor sentimental, el artístico y el monetario de las cosas, ya sea una preciosa casa en el campo, unos muebles, unos cuadros o hasta un jarrón.

Estructurada y hasta brillante en un principio va perdiendo fuerza tanto en la narrativa como en el discurso según avanza. La dirección se pierde con los cambios de escenario, sólo en la casa de campo se ve brillantez. Incluso en algunas escenas se buscan imágenes o planos bellos de forma algo forzada, lo que les hace perder valor. Eso sí, cada vez que vuelve a la casa, recupera brío.

Las actuaciones son simplemente correctas, pues tampoco en ningún momento ni el ritmo ni la ausencia de dramatismo con el que está explicada la historia les obliga a algún esfuerzo, teniendo en cuenta la situación, era de esperar una mayor emotividad en las convicciones de los protagonistas, pero el guión las frena en todo momento. Puestos a destacar alguna actuación tal vez Juliette Binoche sea la más valiosa.

Dentro de lo que sería el fondo de la película se ve en exceso, en mi opinión, la voluntad de querer dibujar un retrato de una o incluso varias generaciones, a parte de
La historia parece creada con la intención de abrir debates respecto a la globalización y las raíces, hacia dónde va Francia, en algunos momentos de forma en exceso descorazonada, hasta parece pedir que su título sea 'Francia a muerto'. Aunque en el global, y rascando un poco, pueden haber varias lecturas, especialmente en la difusa presentación de la generación adolescente. Se nota en exceso sus aspiraciones a ser refente o parte del discurso.

En conclusión, interesante, aunque sabe mal pensar que con menos intelectualismo y aspiraciones (o más disimulado) podría haber sido brillante.

Valoración:6
Cine: Verdi Park
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7 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
La casa de la abuela, y el jarrón de las flores...
La he acabado de ver hace un rato y todavía estoy conmocionado. No esperaba demasiado de ella (a pesar de que es "mi primer Assayas"), y me ha encantado. Una bellísima y sensible reflexión sobre el paso del tiempo, la infancia perdida, y sobre la importancia de los objetos y las casas, y el peso sentimental que tienen estos cuando van pasando las vidas...

Excelentes y naturalistas diálogos, estupendos personajes y correctísimas interpretaciones. Magnífico guión, en definitiva, en la mejor tradición del (buen) cine francés.

Y esa secuencia final es fascinante, por todo lo que implica... Esa casa la hemos visto al principio habitada por una señora mayor angustiada por qué ocurrirá con ella -y los objetos de gran valor que la habitan-, tras su muerte. La pobre mujer se lo huele, porque conoce a sus hijos, y sabe de sus vidas y personalidades...

En fin, una sorprendente joyita, que me hará buscar como loco todo lo que pille de Assayas, aunque me consta que este es como el Tavernier, que hace cosas bien diferentes cada vez. Porque esa de 'Demonlover' me da que no se parecerá mucho a esta...
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7 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Bella como una pintura de Camille Corot
Cuando uno contempla un cuadro de Camille Corot experimenta serenidad, belleza, y una cierta melancolía. Aquellos lienzos luminosos y difusos nos transmiten una cierta sensación de caducidad del tiempo, ese fluir de sus arroyos, esas plumosas nubes pasajeras y aquellos pequeños seres que se divisan a la distancia como diminutos mortales.

Algo de aquella belleza pictórica me transmitió esta hermosa película, Las Horas del Verano, en sus escenas inicial y final que transcurren en una hermosa campiña de las afueras de París, bellamente retratada en este filme, y que nos habla precisamente del fluir, de la vida que transcurre, la vida que comienza, encarnada en los jóvenes, y la que termina.

Dentro de este escenario se nos presenta a esta familia burguesa, Hélene, una culta y elegante mujer de 75 años (Edith Scob) que habita aquella magnífica casa de campo repleta de tesoros –valiosas obras de arte y objetos de diseño que heredara de un prestigioso tío artista, Paul Berthier-. La visitan con motivo de su cumpleaños sus tres hijos adultos y nietos, quienes se encuentran algo distanciados y desapegados de la casa familiar y sus objetos, con excepción de uno de sus hijos (Charles Berling), el único de los tres que aún vive en Francia.

Hélene siente con algo de tristeza que ya va siendo hora de pensar en distribuir la herencia, y presiente que todo aquello que representa la historia familiar, la vieja casa de campo, los cuadros y objetos de arte amorosamente conservados, los dibujos inéditos del tío Paul Berthier –a quen ella adoraba apasionadamente-, todo terminará siendo vendido. Los secretos y el alma de la casa y sus cosas morirán inexorablemente con ella… aunque no descarta una pequeña esperanza de que algo pueda ser conservado, y con ello también parte de su propia memoria...

Los hijos de Hélene, en efecto, llevan cada uno su vida, pero se verán enfrentados al dilema de vender los tesoros familiares, o conservarlos… ¿qué se hace el legado familiar? ¿se lo conserva para los hijos, con orgullo, como un legado afectivo, intelectual? ¿O bien, poniéndonos en prácticos, nos deshacemos de todo seguros de que sólo se trata de objetos, y de que su verdadero provecho está en su valor monetario?

Estas son algunas de las cuestiones a las que nos enfrenta esta película. Los encuentros familiares, el desapego o apego a sus tradiciones, los secretos, la herencia material y espiritual, las diferencias generacionales, el amor por el arte… son tratados con sobriedad y sutileza, sin sentimentalismos, en este filme de exquisita elegancia y mesura.

Disfruté mucho de esta película. Hermoso cine francés. Tan bello como un cuadro de Corot.
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5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
Aspereza bajo su corteza.
Los caminos de tres hermanos en la cuarentena y con su vida más o menos organizada volverán a encontrarse y chocar a raíz de la muerte de su madre, la cual gestionaba una importante colección de arte de un tío suyo, con el que ésta mantuvo una muy particular relación.
Una película muy francesa, con bastante diálogo y una puesta en escena clara y sencilla, dónde Assayas, sin tomar partido ni ejercer juicios morales, habla sobre la memoria, el extraordinario valor de los objetos, la familia, los recuerdos, la propia condición humana.
Bien servida por un adecuado reparto, es un film agradable en apariencia, pero áspero tras limar su corteza, subyaciendo una capa nada encantadora ni bonita. Es decir, es una obra más profunda de lo que parece también.
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4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
4
Ah, no es un documental??
Claaaro, me parecía.. porque esa era Juliette Binoche nomás.. No?.. Pero por ahí, yo pensé, como era rubia.. pero no.. Era. Era Juliette Binoche. Y claro, si era ella, era un poco raro que estuvieran haciendo un documental de arte en donde se muere la mamá de Juliette Binoche. Pero.. por qué no? Por ahí sí.. podía haber sido un documental sobre la muerte de la mamá de Juliette Binoche, no? Y cómo ella unos días antes se había teñido el pelo. Y también un documental que nos muestra cómo los hermanos de Juliette Binoche piensan distinto sobre qué hacer con los bienes que les lega la mamá de Juliette Binoche. Que parece -esto queda entre nosotros.. shhh- que le metía los cuernos al papá de Juliette Binoche con su tío de ella, o sea, el tío abuelo de Juliette Binoche. Que parece que era artista y de los buenos. Qué raro, a la prensa amarilla se le escapó este escandalete sobre la mamá de Juliette Binoche y el tío abuelo de Juliette Binoche. Ah no, pero cierto, que no era un documental, era ficción. Bueno, no sé, queseyo, dejenme de joder. Qué película mas aburrida. Uf.
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6 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
4
Y otro peñazo sobre burguesitos
Tostón con disfraz nostálgico que pretende sentar trascendencia con un grupo de seres que tienen bien asegurado el fin de mes y cuyos trabajos no son precisamente camarero o teleoperador, en el que no he disfrutado ni con Juliette Binoche.
Hay algún indicio revelador de lo que intenta ser la película en cuanto a nuestra esclavitud por el materialismo del presente, que acaba siempre dejando de lado cualquier indicio o sentimiento del pasado, pero en realidad es una difuminación más bien somnolienta.

Tras ver esta obra tan descorazonadora como me cuentan las críticas, se me ocurren varias opciones diferentes de finalización bastante mejores que la que he visto. Y creo que me decantaría por la de meter a todos los personajes dentro de la casa, incluídos los entrañables chavalillos, pasar unas cuantas cadenas de las gordas por todo su alrededor, unos cuantos primeros planos de los mueblecillos del siglo z, otros cuantos primeros planos variados de las fantásticas pinturas y jarrones, un primerísimo plano del insigne Otilón Redón fumándose una faria, faria que perseguimos con la cámara observando como se acerca a una mecha sabiamente ubicada, que una vez prendida, avanza con rapidez hasta la esperada explosión final, que da con todo el conjunto en una total absoluta y reconfortante ruína. Títulos de crédito y a otra cosa mariposa.
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3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Me ha gustado
Ha estado bien la película. La he visto esta tarde y ha sido bastante amena. Es una de las muchas buenas películas francesas que se hacen últimamente, un guiño mas al buen cine europeo, el cual veo cada vez mas, en detrimento del estadounidense.
Una película sencilla, con buenos actores, alguno de ellos muy conocido, y que se deja ver muy bien.
Una historia muy familiar, muy cercana debido a que cualquier día cualquiera de nosotros puede verse en una situación similar.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
Globalización y Desarraigo
A veces en una película intimista, de anécdotas y situaciones familiares, se puede plasmar parte de lo que va ocurriendo en el mundo moderno. De entre tres hermanos franceses que pierden a su madre sorpresivamente - lo que hubiera merecido mayor despliegue -, solo en el mayor, nacido en los 60's, se conserva algo del espíritu romántico de entonces. Los otros (si bien ambos adultos) más jóvenes y "desapegados", están dejando su país para ejercer su profesión "allí donde esté el dinero"...sin remordimientos.
La madre, afecta a una vida burguesa y diletante, guarda dentro de una soñada mansión familiar numerosos objetos artísticos acopiados a lo largo de su vida. Desea que sus hijos los preserven, pero a su muerte y como mercancía desalmada, los dos de menor edad - hermana y hermano - se apuran en querer deshacerse de todo. El primogénito, arraigado en su medio natal, acepta la decisión de los demás, pero la padece.
Así es como se desarrollan los acontecimientos hasta que, previo a su entrega, la nieta mayor organiza entre sus pares una fiesta de despedida en el caserón. Allí por última vez, la muchacha confiesa con dolor contener en sí los recuerdos de vivencias infantiles que han marcado su alma.
Parece solo una historia familiar, pero es mucho más que ello: es una película fina, sobria, profunda.
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2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
2
UN CASTIGO
Una familia francesa de alto nivel social se reúne en la casa de la matriarca, ya viuda. Los hijos acuden desde sus diferentes domicilios, unos en Estados Unidos, otros en China… adonde se han desplazado para ocupar siempre puestos de alta responsabilidad y elevada remuneración, pues forman parte de las jerarquías de globalizadas empresas en plena conquista del mercado mundial.

Ciento dos minutos de sucesos rutinarios y conversaciones intrascendentes entre personajes por los que es muy difícil sentir algún interés. Ritmo cansino de narración y nulo esfuerzo del director por empatizar con la audiencia, por la que muestra no sentir ninguna consideración.

La continuada revisión del mobiliario termina por causar hastío y arrepentimiento de haber contemplado otro de esos filmes que empequeñecen la valoración que merece el cine francófono.
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5 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
3
Para la hora de la siesta.
Está claro que el cine francés ha alcanzado un nivel de prestigio que hace que cualquier película que lleve consigo esta etiqueta tenga un plus de credibilidad del que otras cinematografías carecen. Solo así se puede entender que lleguen a nuestras pantallas películas como “Las horas del verano”, producto innegablemente de encargo que ofrece hora y media larga de cine anodino y escaso de ideas. Olivier Assayas toma como punto de partida el fallecimiento de una mujer y la gestión de los bienes de esta que han de llevar a cabo sus tres hijos herederos, para reflexionar sobre el sentimiento de pérdida y el valor de los objetos entendidos como obras de arte en una sociedad cada vez menos preparada para apreciar el legado de nuestros antepasados. El objetivo es de agradecer, el problema es que la película es tan plana, tan contenida y a ratos tan absurda que acaba echando por tierra todos los buenos propósitos que a priori prometía.

Tampoco el trío protagonista pone mucho de su parte para intentar levantar el nivel, en especial una Juliette Binoche (por cierto, que alguien la convenza para que vuelva a su color de pelo natural, por favor) a la que recordamos mucho más inspirada en bastantes ocasiones y que deambula por la pantalla dando la impresión de no acabar de tomarse en serio un personaje al que parece que nada le pase. Y esa es la mejor definición que se pude hacer del film, una película en la que no pasa nada, o bien que lo poco que pasa no llega al espectador que asiste impávido al final de la misma esperando algún acontecimiento que de sentido a lo que acaba de ver.

Lo mejor: su cuidada puesta en escena.

Lo peor: ese “pegote” de final.
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3 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
Bello y conmoverdor film
Una película de una enorme sensibilidad y gran lucidez. Evitando cualquier estridencia o golpe bajo, escapando a cualquier espectacularidad, Assayas nos lleva al mundo de personas de carne y hueso, como cualquiera de nosotros que al llegar un momento en su vida ven sin posibilidad de evitarlo como todo aquello que en una época fue sus vidas paulatinamente se desdibuja y desaparece. El paso del tiempo, la imposibilidad de retener ya no los bienes como tales si no como testigos de nuestras propias vidas y de nuestros seres más cercanos está presentado con una exquisita sensibilidad. Pelicula para emocionarse por lo que cuenta de nosotros mismos. Soberbias actuaciones.
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
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