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I vitelloni (1953)

I vitelloni
Trailer
7,7
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Sinopsis
Los vecinos de un pueblo de las costa adriática italiana son gentes amables y corteses que se dedican afanosamente al trabajo. Sólo cinco jóvenes rompen la armonía de la comunidad; ninguno de ellos ha trabajado nunca y ni siquiera se avergüenzan de ello. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
Año / País:
/ Italia Italia
Título original:
I vitelloni
Duración
101 min.
Guion
Federico Fellini, Tullio Pinelli, Ennio Flaiano
Música
Nino Rota
Fotografía
Otello Martelli (B&W)
Productora
Peg Film
Género
Drama Neorrealismo
9
La dolce vita
Con una evidente carga autobiográfica, Fellini nos cuenta la vida de unos jóvenes de provincia y nos retrata su hastío y tedio. Unos jóvenes ociosos que no hacen nada para trabajar ni ganarse la vida, viven de sus familias y solo les interesa ir con amigos y mujeres (ninis de entonces que delataban la falta de certezas y expectativas de la juventud italiana de la época). Un cine moral y humanista pero no por ello menos personal (aunque no tanto, evidentemente, como los −benditos− excesos onanistas y ombliguistas del Fellini posterior).

La película está vertebrada por una historia principal −la del joven matrimonio− pero a su alrededor aparecen diversos episodios en los que vemos también al resto de personajes (y su estancamiento vital). Ese núcleo principal es lineal en su desarrollo mientras que el resto de situaciones tienen muchas veces el ritmo que marcan los recuerdos, como si Fellini los reconstruyera siguiendo los fogonazos caprichosos de la memoria (no todas son así, también hay subtramas construidas de forma convencional). Es ahí donde cobra especial relevancia la voz en off del narrador, una extrañísima voz recapituladora que plantea dudas sobre su origen (¿es el hermano de Sandrina, es el propio Fellini?).

Por ello, la película tiene una doble vertiente: por un lado una narrativa más clásica, en la que Fellini demuestra su capacidad narrativa para contar una historia logrando la conjunción entre imagen y texto escrito (la película avanza muchas veces con el mínimo uso posible de la palabra, apoyándose en gestos, miradas y frases a medias); pero también atisbamos ya cierto barroquismo, aún desde el realismo del cine italiano de entonces (es pronto para la vertiente más desaforadamente subjetiva y casi solipsista que después tomaría su filmografía), anticipando algo de su posterior iconografía: el carnaval, la forma de retratar la tienda de antigüedades, las calles vacías y el viento, los amigos una mañana en la playa, el tonto del pueblo con la talla del ángel... y, por supuesto, la música de Nino Rota generando esa atmósfera tan particular en las películas de este director. Es, por tanto, un Fellini más sosegado y menos artificioso que en su etapa posterior, pero la semilla del cine que le convertiría en una auténtica figura está muy presente.

En todo caso, a mí me parece una película pequeña pero en ningún caso una obra menor, igual de válida que su posterior cine, que nos presentaba (era, creo, su tercera película) a un joven realizador con unas preocupaciones estéticas y una caligrafía visual que ya se apuntaban como propias. Y con un final antológico: los travellings sobre las camas de los amigos, como si el tren pasara por sus habitaciones dejándolos −a ellos y a su propia juventud− atrás.
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87 de 91 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
Generación ni-ni
Definitivamente, el Fellini que me gusta. El de sus orígenes. El menos onírico, barroco y teatral. El más emotivo, melodramático y neorrealista. El Fellini de “La Strada”. Un cineasta que siempre supo cómo y de qué manera tocar la fibra del espectador. Sin pamplinas ni embelecos. Sin entregar el testigo de sus historias a ningún héroe o villano que le sacara del apuro. Sin caer en la tentación de culminar sus pelis con esos insidiosos y complacientes ‘happy end’ que tantas lágrimas de cocodrilo conseguían hacer brotar desde el otro lado del Atlántico. Confiando todo el peso del relato en un guión y unos personajes perfectamente delineados. Como sus inútiles. Cinco haraganes que queman sus horas vagueando por las calles de una ciudad de provincias en la que nunca pasa nada. Jugando unos billares. Echando unos tragos o unas risas. Y, en el mejor de los casos, un polvo. Cualquier cosa menos trabajar. Menos comprometerse con un empleo o una familia. Algo a lo que, de repente, se ve obligado a someterse Fausto. Un más que digno representante de esa primigenia Generación ni-ni (ni estudio, ni trabajo) de la posguerra italiana. Y el más truhán de todos ellos. El eje sobre el que se vertebra una triste y descarnada historia que denota ciertos paralelismos con dos grandes títulos de Bardem: “Calle Mayor”, en lo que a esos cinco tunantes se refiere, y “Nunca pasa nada”, en lo que a su ambiguo final respecta. Un final, por cierto, estética y conceptualmente prodigioso. De los de obra maestra, vaya.

Próxima entrega, “Johnny Guitar”, de Nicholas Ray.
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24 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil