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Mar adentro (2004)

Mar adentro
Trailer
7,2
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Sinopsis
Ramón (Javier Bardem) lleva casi treinta años postrado en una cama al cuidado de su familia. Su única ventana al mundo es la de su habitación, que da al mar, donde sufrió el accidente que interrumpió su juventud. Desde entonces, su único deseo es morir dignamente. En su vida ejercen una gran influencia dos mujeres: Julia (Belén Rueda), una abogada que apoya su causa, y Rosa (Lola Dueñas), una vecina que intenta convencerlo de que vivir merece la pena. Pero también ellas, cautivadas por la luminosa personalidad de Ramón, se replantearán los principios que rigen sus vidas. Él sabe que sólo quien de verdad le ame le ayudará a emprender el último viaje. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ España España
Título original:
Mar adentro
Duración
125 min.
Guion
Alejandro Amenábar, Mateo Gil
Música
Alejandro Amenábar
Fotografía
Javier Aguirresarobe
Productora
Sogecine / Himenóptero / UGC Images / Eyescreen / Televisión Española (TVE) / Canal + España / Televisión de Galicia (TVG)
Género
Drama Basado en hechos reales Discapacidad Biográfico Años 90
8
Luz en la oscuridad
Se suele decir que hacer reír es difícil, más incluso que arrancar las lágrimas. Pues yo a esto le daría una vuelta, y diría que "hacer reír es difícil mientras que las lágrimas están en la rampa de salida". Y Mar Adentro es una de las pocas películas que lo consigue, el que nos riamos de un gag, por muy liviano que sea, cuando estamos asistiendo a una tragedia tan bien narrada por Alejandro Amenábar, y tan bien interpretada por todo el reparto, que intentar evitar que los sentimientos afloren es una pérdida de tiempo.

Sí, todo esto para decir que yo he llorado viendo la película y he estado con los ojos encharcados en más de una escena, y de dos, y de tres. La historia es bastante simple, y nos narra como un chaval de 25 años calcula mal un salto y se queda tetraplégico al romperse el cuello en la caída. Viviría con esa agonía, postrado en una cama, casi tres décadas hasta que finalmente consiguió la ayuda necesaria para ejecutar su derecho a prescindir de su propia vida. Es una historia verídica, todos los españoles conocemos por A o por B a Ramón Sampredro, o al menos nos suena.

La razón de ser de la película es ambientarse en los dos años previos de su muerte, en cómo conoció a una abogada (genial Belen Rueda) que le intentaría hacer cambiar de opinión, o a la pueblerina Rosa (interpretada por Lola Dueñas), que le insuflaría de vida en los momentos más duros. En un triángulo amoroso bastante extraño, las sensaciones fluyen como pocas veces lo han hecho, todas en torno a un inmenso y brillante Javier Bardem que no sólo interpreta, sino que durante dos horas es el propio Ramón Sampedro. La labor de maquillaje es increíble y lo demás lo aporta él, con su gran talento.

Las escenas oníricas son de lo más precioso que he visto nunca, esas en las que la fantasía se apodera de la pantalla arropada con una BSO brillante, formada por temas del propio Amenabar y otros de música clásica. Me quedo, sin duda, con la escena en la que Bardem/Ramón "vuela" hasta la playa para ver a Belén/Lucía, con el tema "Nessun Dorma" sonando de fondo. Inmensa, de 10.

La cinta de Amenábar tiene muchísimos aciertos y pocos errores, pero sobretodo tiene corazón y alma. Con esto se consigue no sólo simpatizar con el espectador, sino hacerle reflexionar sobre "¿Y tú qué harías?", hacerle partícipe de la trama hasta el punto de que casi podría considerarse uno más en torno a Sampedro, y en el momento clave, conseguir que se sienta tanto como sus propios familiares la agonía de su desaparición. Un final agrio pone la guinda final a una de las mejores películas españolas de este siglo que, por suerte, se vio recompensada con un montón de premios. Lástima que Amenábar esté en "stand by"... a ver con qué nos sorprende en su próxima película.
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96 de 126 usuarios han encontrado esta crítica útil
10
"Buen viaje, compañero"
Supongo que, si yo alguna vez llegara a ese momento en que uno se siente una carga para los demás (incluso aunque los demás te quieran lo suficiente y no admitan jamás que eres una carga), si yo llegara a esa situación sin salida en la que uno siente que el peso de la infelicidad y de la impotencia vital es mucho más grande que el peso de los destellos breves de felicidad... Tal vez yo también querría morir. Tal vez yo también buscara un medio para terminar... Y, quién sabe, para empezar en lo desconocido.
Yo, como Ramón, tengo ese pálpito de que no hay nada después de la muerte. De que es como antes de nacer. Pero, ¿qué sé yo? ¿Qué sabemos? En cualquier caso... Puede que llegue un momento en la vida en que uno entra en ese sendero sin retorno en el que la muerte se vislumbra como un consuelo. Como algo preferible a sentir la vida como una obligación dolorosa, y no como un derecho repleto de posibilidades.
En que la nada, o lo desconocido que haya más allá, sea una opción más seductora que la cárcel de un cuerpo truncado, y de una vida que ha perdido todo su aliciente.
Lo cierto es que no sé lo que haría. No soy quién para juzgar. A veces creo que los que defienden la conservación de la vida a ultranza tienen razón, a veces creo que quienes deciden voluntariamente y en plenitud de sus facultades privarse a sí mismos de ella son los que realmente tienen derecho a decidir.
Qué poco sé de estas cosas. Imagino que nadie aprende por cabeza ajena. Y, la mayoría de las veces, ni siquiera por la propia.
Yo no soy quién para decirle a Ramón por qué debería haber seguido viviendo. Decidiera lo que decidiera, ni él ni nadie se habría librado del sufrimiento. El de vivir, o el de morir.
Un proverbio hebreo dice que una hora de vida es vida. Es cierto. Y la calidad de esa hora quizás determine si merece la pena o no. Unos dirán que la merece, sea como sea. Otros dirán que una hora sin dignidad, sin libertad y sin motivación, no la merece. ¿Quién tiene razón?
Si me escuchas, Ramón, ya sabrás que yo también vivo junto a un mar infinito y verde que sobrevuelo en mi imaginación cada día. Como para ti, mi cuerpo a veces es insuficiente para lo que mi imaginación es capaz. En esos momentos soy como tú y vuelo contigo, en busca de algo que tal vez nunca encontraré.

"Mar adentro, mar adentro,
y en la ingravidez del fondo,
donde se cumplen los sueños,
se juntan las voluntades para cumplir un deseo.
Tu mirada y mi mirada,
como un eco repitiendo sin palabras:
"más adentro, más adentro,
hasta más allá del todo por la sangre y por los huesos."
Pero me despierto siempre,
y siempre quiero estar muerto
para seguir con mi boca
enredada en tus cabellos."
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51 de 68 usuarios han encontrado esta crítica útil