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En passion (1969)

En passion
Trailer
7,7
2.012
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Sinopsis
Andreas, un hombre desconectado del mundo después de su divorcio, se retira a vivir a una pequeña isla del Báltico. Allí conoce a una pareja de artistas que está en plena desintegración, y a una joven e inestable viuda. Unidos por el dolor de la pérdida y la desconexión emocional, ella y Andreas inician una relación. Mientras tanto, alguien recorre la comunidad de la isla realizando actos de crueldad animal. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Suecia Suecia
Título original:
En passion
Duración
100 min.
Guion
Ingmar Bergman
Fotografía
Sven Nykvist
Productora
Svensk Filmindustri (SF) / Cinematograph AB
Género
Drama Romance Drama psicológico
9
Bergman sí emociona
Descubrí a Bergman con 18 años aproximadamente, cuando pusieron un ciclo en la dos hace unos quince años. Ya entonces su cine me impactó profundamente y algunas de sus películas me resultaban tan sinceras y cercanas que me emocionaban de manera íntima. Entonces no me consideraba intelectual, ni ahora tampoco, aunque he leído mucho porque me gusta leer y escribir. Sin embargo no he ido a la universidad, por ejemplo.
No creo que las pelis más complejas de Bergman requieran ser vistas por "intelectuales", aunque sí por personas curiosas y abiertas a vivir experiencias distintas, y sobre todo sin miedo a enfrentarse a historias en ocasiones duras como la vida misma. Esto sucede porque Bergman indagaba en la naturaleza humana, la cual no siempre tiene un rostro bello y agradable.
En la actualidad sigo disfrutando y emocionandome con el cine de Bergman, y creo que gran parte de su cine es muy fácil de asimilar por cualquier espíritu minimamente curioso.
Es cierto que "Persona" o "El rito" o quizás incluso "Pasión" son un tanto raras si las comparamos con un cine más clásico, pero leer que Bergman es gélido me sorprende mucho.
"Pasión" es una historia dura y triste, pero llena de emoción profunda.
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95 de 105 usuarios han encontrado esta crítica útil
6
El hombre no puede escapar de sí mismo
Andreas sabe que es inútil huir de su yo, de su memoria, pese a que hace el vano intento de creerse más seguro en esa casa solitaria en la isla. Ellis y Eva representan el papel del matrimonio para engañarse con la ilusión de compañía, cuando la realidad es que están solos. Y Anna flota en su fantasía de mentiras sobre su vida anterior, la que concluyó trágicamente con el fallecimiento de su familia.
La esposa de Andreas salió de escena en algún momento indeterminado del pasado, y ahora él lleva su rutina de la casa y las tareas sin más alicientes visibles. De vez en cuando se cruza con su vecino Johan.
Ellis, Eva y Anna se instalan temporalmente en una casa cercana y traban amistad con Andreas. Pronto surgen las pasiones subrepticias, hilos finos y suplicantes como los de náufragos aferrándose a una tabla. Buscando tal vez un consuelo que es como un veneno de adictivo sabor que deja unas secuelas de amargor en la lengua y pesadez en el espíritu.
La soledad, la desesperanza, el fingimiento y el escepticismo presiden el reducido espacio de los personajes en la isla rodeada por un mar que acentúa los ecos de los silencios, de las palabras no dichas, de las verdades disfrazadas o acalladas, de los engaños autoinducidos y aceptados. Destinados a lastimarse en la sucesión de los días a fuerza de alejarse unos de otros, de disimular, de interpretar el papel de la normalidad. El estallido está próximo. Se intuye en el aire. Nada marcha bien. Alguien se dedica a torturar y matar a los animales del vecindario. Alguien está asumiendo el rol de la brutalidad que en la mayoría permanece latente, subyacente, volcándola en las pobres criaturas inocentes. Ellas pagan por la infelicidad de esos seres autodestructivos que sienten impulsos asesinos, que son la especie que tortura y mata por simple capricho, por maldad, por aburrimiento vital. El hombre. El mismo que acorrala a sus congéneres humanos más débiles, más indefensos, en busca de un chivo expiatorio para librarse de la propia culpa, y retribuir la violencia con más violencia.
En ese marco sangriento Anna y Andreas caen en otra mentira más de vida en pareja, haciendo como que son amantes conviviendo en armonía, pero que son los náufragos perpetuos que jamás aferrarán tabla alguna.
El mar, testigo susurrante, nada cuestiona, nada pregunta, nada responde, nada reprocha, ni siquiera proporciona solaz, dejando que sean esos extraños seres los que se hagan polvo a sí mismos y entre ellos.
Pocas cosas habrá más penosas que la soledad compartida.
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46 de 50 usuarios han encontrado esta crítica útil