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Críticas de Ulher
Críticas ordenadas por:
Jackie
Jackie (2016)
  • 6,0
    7.446
  • Estados Unidos Pablo Larraín
  • Natalie Portman, Peter Sarsgaard, Billy Crudup, John Hurt, ...
9
El escaparate del duelo
La relevancia de lo visual en el último cine de Pablo Larraín ha adquirido un sello incontestable. Composiciones abrumadoras, provocativas pero sin gratuidad, orquestadas con la sabiduría de un veterano, que imprimen a su trabajo una valía a reconocer. Impregnando toda su atención en el lenguaje cinematográfico como expresión, conduce de forma aparentemente sigilosa a un destino que aúna lo lírico con lo perturbador rozando el gran abismo que separa la obra maestra de la hecatombe. Porque el riesgo en la dirección del chileno se respira, se siente en cada movimiento de esa temblorosa cámara o de esos planos en los que el tiempo parece detenerse. Poderosas imágenes que hablan por sí mismas.

Precisamente de la importancia de la imagen versa su último trabajo. Una figura política es una estampa que debe permanecer reluciente en cada movimiento. Diana de todos los dardos y todas las filias. Inmaculada y siempre presente hasta en los instantes más íntimos. Una fotografía, una postal o un espejo sobre el que volcar las esperanzas, los deseos o simplemente dónde desechar las miserias. Larraín se inmiscuye sin contemplación en uno de esos momentos. El funeral de John F. Kennedy según el diario de a bordo de su reciente viuda, Jacqueline Kennedy. A través de continuos flashbacks, el cineasta hace suya, y no partícipe, la aflicción de la primera dama. No quiere ahogar en el dolor ajeno al espectador y aquí radica el gran acierto de la cinta. Lejos de buscar la empatía, la constriñe. Más interesado en la contención, Larraín acerca al público al exorcismo de los demonios que Jackie lleva dentro. Una magistral sesión de psicoanálisis entre las majestuosas salas de la Casa Blanca en la que apenas encontramos concesiones ante las figuras públicas que fueron los Kennedy - "¿nuestro legado?" maravilloso diálogo entre Jackie y Bobby Kennedy -

Nos encontramos ante un trabajo que dista de lo convencional en cuando a estructura narrativa. No hay conflicto y sí muchos clímax. No hay doctrina ni moralina objeto de debate. Sólo los recuerdos turbios y ocultos de una persona que ha visto morir en su regazo a su marido. El interés, por tanto, sólo radica en el pudoroso itinerario a seguir para acompañar el duelo. Un trayecto que puede tacharse de insensible, extremo o de mal gusto por determinados pasajes pero que no deja de ser la carroña que nos han vendido y venimos pidiendo desde que tenemos raciocinio. Fuera máscaras. Todos somos ese periodista entrevistando a una Jackie Kennedy mecida por la tragedia a la que da vida una actriz que ha sabido entender al personaje y a la persona con una madurez interpretativa intachable, un registro con un abanico de matices que hiela la sangre. Natalie Portman suma a su trayectoria el papel mas complejo al que se ha enfrentado en una interpretación quebrada y a la vez desgarradora elevando sus imponentes primeros planos a la ya memoria cinéfila.

Como ya comprobamos en la controvertida "El Club", Larraín vuelve a escribir poesía desde el horror. En "Jackie" persiste el tono amenazador, tóxico y hasta enfermizo, no exento de guantazo visual al que la partitura de Mica Levi lleva al paroxismo. Un réquiem estiloso, arrebatador. Una obra que no busca contar nada que no se haya dicho antes, y sin embargo parece hacerlo como la primera vez. Magistral.
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22 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil
Toni Erdmann
Toni Erdmann (2016)
  • 6,4
    7.332
  • Alemania Maren Ade
  • Peter Simonischek, Sandra Hüller, Lucy Russell, Trystan Pütter, ...
6
Terapia contra la infelicidad
En "Toni Erdmann", Maren Ade coloca el espejo delante de Europa y lo muestra al mundo. Refleja la piel agrietada de un continente carcomido por el vacío existencial, por la amargura de la insatisfacción, donde la incomunicación funciona como moneda de cambio. En él contemplamos con el rostro amargo el hundimiento de una joven que vierte en el trabajo sus carencias, sus inseguridades, sus insatisfacciones, insuflando a su agenda laboral más vida que a la suya propia. Vemos a alguien perdido que aparenta lo contrario. La imagen en la cúspide. Nuestra realidad más inmediata. También el rescate a esa juventud que no responde precisamente por su nombre. Esa guía para recuperar la ilusión, para despertar de un letargo prematuro, para despreocuparse por las apariencias y saberse a salvo, nos la brinda la película queriendo acercarse a una comedia que queda ensombrecida por su vertiente más dramática.

Como retrato de una sociedad sin rumbo, solitaria y ahogada en la importancia de la imagen, la película no titubea. No ocurre lo mismo cuando entra en juego lo absurdo como conflicto. La directora no termina de escribir las escenas del personaje de Toni de forma contundente. La reiteración se hace presente, el texto se alarga en exceso y sólo queda disfrutar de dos interpretaciones magistrales por las que sí merece la pena todo lo que nos están contando.

Avalada por las carcajadas y vítores de los críticos de Cannes y partiendo como clara favorita a alzarse con el Oscar a Mejor Película de Habla No Inglesa, este drama alemán llega con la corona ya bendecida. Las expectativas no se pueden disimular cuando en la venta del producto las características no admiten duda. Interpretaciones magistrales. Dirección encomiable. Un inteligente guión. Titulares que no por desgastados dejan de tener sentido y hasta cierto punto verosimilitud durante esas casi tres horas de metraje que dura la criatura. ¿Nada que añadir, por tanto, a esos rótulos en negrilla que encumbran a esta cinta a lo más alto de la comedia europea en lo que va de siglo? Tres horas después de un redundante texto, una cámara plana y un montaje sin ritmo, servidor sigue buscando aquello que hace grande a una comedia. Hay destellos de ironía y ciertas salidas que se agradecen -El "Greatest Love of All" que se marca una desquiciada Sandra Hüller- pero más allá de ahí quién escribe sigue buscando al menos una sonrisa que le reconcilie con lo que se le ha vendido.
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8 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Elle: Abuso y seducción
Elle: Abuso y seducción (2016)
  • 6,5
    15.979
  • Francia Paul Verhoeven
  • Isabelle Huppert, Laurent Lafitte, Anne Consigny, Charles Berling, ...
9
Los caminos inescrutables del deseo
En todas las artes y, en el cine no iba a ser menos, existe una cierta tendencia a vivir de los réditos. Vacas sagradas que traen al mundo terneros con el mismo garbo que antaño sin tener presente el momento. Viejas glorias resistentes a la evolución, anquilosadas. No es el caso del Paul Verhoeven que, con sus casi ocho décadas a cuestas, acaba de firmar una obra mayúscula. Un retrato certero donde la moralidad y el deseo entran en conflicto para un espectador que, bajo una ligera sonrisa, esconde sus vergüenzas. Curioso ejercicio de hipocresía el que deambula por la mente del títere que somos en manos de Verhoeven. ¿Realmente nos escandalizamos ante lo que vemos o ante lo que nuestro disfraz oculta?

Michèle Leblanc, víctima de una violación en el salón de su hogar, se dispone a limpiar los destrozos materiales del delito dejando a un lado los personales. La carta de presentación del personaje ya contiene un alto nivel de impacto y es que su reacción antinatural determina el resto del metraje. Primera declaración de intenciones del autor de Instinto Básico, que lejos de buscar la controversia de manual aboga por un cinismo cuestionable. Con escasa sutileza reparte contra la sociedad inquisidora en que nos hemos convertido. "Nuestra verdad es la verdad" es el lema contra el que arremete y cualquier comportamiento periférico, que no es más que el fruto de una tajante imposición social, lo condenamos.

Es fascinante la habilidad de Verhoeven repartiendo migajas para dar a conocer al espectador una conducta tan imprevisible como la de Michèle. Estigmatizada por un pasado, otra vez impuesto por voces judiciales que siguen a rajatabla eso de más vale una imagen que mil palabras, se dedica a la industria de los videojuegos. No es arbitraria esta decisión. Frente a la pantalla mandamos, nos camuflamos en un Dios dictatorial y manejamos las decisiones de nuestros personajes. No hay máscaras. Nuestro instinto se presenta más primario que nunca, sin remordimientos, sin análisis. Somos libres. Cómo lo es Michèlle. Sólo que ella sí es visible y aprovechamos para verter sobre su figura nuestros deseos, inseguridades y obscenidades.

Hija del Buñuel más provocador y prima hermana del Crash de Cronenberg, Elle continuamente muta de géneros. Del perverso thriller erótico al cine negro hitchcokiano, de la comedia costumbrista al drama desaforado. Juego de malabares en manos de su creador, que disfruta como un niño conduciendo a su público por dónde quiere. También a ella, a la principal artífice de plasmar en el relato todo el riesgo que la cinta requiere. Una Isabelle Huppert simplemente arrebatadora. Su presencia en pantalla no es cuestionable construyendo un personaje kamikaze, de esos que quedan en la memoria cinéfila. Basta sólo una ligera sonrisa sarcástica o una gélida mirada de desaprobación para llevarnos dónde se proponga. Y si es con un arma blanca en la mano, mejor. Nunca la frialdad calentó tantas butacas.

Lo que comenzaba como un retrato de identidades donde se cuestionaba la figura de la víctima y el verdugo deviene en una magnífica reflexión sobre el deseo. Sobre las pieles que adoptamos y los caminos que recorremos para saciar nuestra sed. Ahora es cuando hemos de rumiarla y asumir el empujón de Verhoeven para que, como él dice en boca Huppert, la vergüenza no nos impida hacer lo que realmente queremos
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25 de 35 usuarios han encontrado esta crítica útil
Caché - Escondido
Caché - Escondido (2005)
  • 6,6
    18.984
  • Francia Michael Haneke
  • Daniel Auteuil, Juliette Binoche, Maurice Bénichou, Annie Girardot, ...
8
La culpa
Situarnos frente al cine de Michael Haneke implica un ejercicio de autocrítica. No dejar de mirar en el espejo por muy empañado que esté y escarbar en la conciencia. Obliga a liberar los fantasmas de una sociedad hipócrita, autoindulgente y vacía. El llamado primer mundo ante la mirada inquina de sus habitantes. Sus películas conforman un potente revulsivo, una patada al estómago y un posterior quebradero de cabeza. Haneke introduce al espectador en cada una de sus películas. Les tacha de culpables pero ofreciéndoles la libertad que encontrarán en la inteligencia. Jugador empedernido, fotógrafo de la violencia, maestro carcelero.

Unas cintas de video acompañadas de unos escalofriantes dibujos sirven como mecanismo para sembrar la amenaza en un matrimonio francés de clase media-alta. El contenido de las mismas se centra en la fachada de su apacible hogar. Sus movimientos son controlados pero en todo momento el autor permanece en una sombra a la que Haneke no ha querido dar luz. Comienza el juego. En un primer instante "Caché" luce como un thriller sin adrenalina, un Hitchcock pausado, que parece anquilosarse ante los caprichos de determinado cine de autor. Sin música, sin apenas movimientos de cámara, optando por el plano fijo como recurso aniquilador de cualquier espectador paciente. Nos empuja a divagar sobre quien está detrás de esa cámara y por qué. ¿Qué esconden los protagonistas? ¿Son víctimas o verdugos? Y cuando parece que la película discurre por el mismo rumbo, un elemento ambiguo hace acto de aparición y cualquier idea preconcebida se va por la borda. Una sombra de un equipo de filmación a medio metraje pone en guardia a un espectador confuso. Ni es arbitrario ni es un gazapo del equipo de producción de la película. Esa sombra es una pista para pasar a la siguiente pantalla que nos ha preparado la mente lúcida y perversa de Haneke. A partir de ahí el filme adopta un cariz malsano al considerar al propio director como el autor de las inquietantes grabaciones. Referencia explícita a la cuestionada libertad individual. Y ahí es donde radica el punto de vértigo de esta enigmática obra.

Si en "Funny Games", Haneke rompía la cuarta pared acojonando al personal ante la gélida mirada de un adolescente, en Caché la tortura se antoja más sibilina. Los pasos apenas se escuchan pero la amenaza está presente en una atmósfera enfermiza que logra construir a través de prolongados planos fijos. Planos ante los que se requiere paciencia y sobre todo curiosidad. Planos que disparan preguntas y reciben respuestas mayormente subjetivas, como esos minutos que preceden a los créditos finales. La ambigüedad de ese fresco compuesto por un grupo de estudiantes poniendo el lacre a la misiva que Haneke ha firmado. ¿Nos encontramos ante una mirada optimista al futuro por parte de las nuevas sociedades? ¿Todo ha sido un nuevo divertido juego de adolescentes macabros? Nunca lo sabremos.

Lo que sí es evidente es que no podemos apartar la mirada. Somos conocedores del peligro pero desconocemos cómo protegernos. Ante el cine de Haneke nos encontramos en la intemperie. Nos manipula y nos abandona. Nos conduce al precipicio con una venda en los ojos y nos la retira. Su sadismo sólo conoce la cordura en la redención. En la autoflagelación, en la confesión de la culpa, encuentra nuestra libertad
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4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Pink Flamingos
Pink Flamingos (1972)
  • 5,8
    8.424
  • Estados Unidos John Waters
  • Divine, David Lochary, Mink Stole, Danny Mills, ...
8
Libertad en el vertedero
Violaciones, incesto, coprofagia, zoofilia, voyerismo, exhibicionismo, fetichismo, inseminación artificial involuntaria, mímica anal, secuestros, asesinatos, canibalismo. Todo esto y lo que una mente ávida de recibir impactos visuales pueda llegar a imaginar, se dan cita en este peculiar ejercicio fílmico de John Waters. Si nos quedamos contemplando la fachada, podemos asegurar que estamos ante la cinta más repugnante que se ha podido comercializar. Imágenes insanas para el recuerdo que obligan a este hito del cine independiente a ser la cumbre del cine trash. Ante tanta provocación y repulsión sería conveniente pararse un instante a considerar si toda la porquería que transita en la pantalla es arbitraria o por el contrario responde a algún tipo de denuncia, a evidenciar un momento o a dar voz a un género. Waters presenta la carta y el espectador decide el resultado.

Vomitiva, abyecta, repugnante, de mal gusto. Son muchos los adjetivos y no positivos los que Pink Flamingos cosechó. Es evidente que Waters contaba con ello. Hasta el momento pocos se habían atrevido a filmar con semejante zafiedad una retahíla de tabúes. Ahí es donde reside la fuerza del filme. La libertad con la que se creó. Término con el que cada vez cuesta más tropezar. Libertad no sólo en gritar al mundo que lo diferente tiene su espacio, que la basura no es más que los cristales rotos en dónde tantas veces nos hemos reflejado. Waters filma sin convencionalismos, rompiendo las reglas, abogando por la vulgaridad. Nada en Pink Flamingos permanece encorsetado. Cuanto más feo sea un movimiento de cámara mejor. Si el micro se cuela en el plano, no importa, seguimos grabando. Esa apreciable espontaneidad es la que mantiene viva una película de hace cuatro décadas. La criatura se gestó en 1972 y a día de hoy, la escasa evolución mental del ser humano permite que esta bizarrada siga impactando como entonces. Tal vez esto resulte más incómodo que la propia cinta.

Encontrar frescura entre tanta hediondez se hace necesario. Bajo el influjo de la comedia, Waters vomita ácido hacia el conservadurismo a través de diálogos improvisados sobre los que no cabe más que la rendición con personajes de un magnetismo valioso – esa madre obesa, postrada en una cuna y adicta a los huevos – El histrionismo, siempre patente, encuentra el camino adecuado para calar hondo en un espectador que no deja de cavilar sobre lo que está presenciando. Un público que se revuelve ante actos naturales, obligaciones fisiológicas que, una vez pasadas por el barniz de la civilización, molesta contemplarlas. De ahí que esta película genere controversia. Estamos ante todo un panfleto contracultura y ya se sabe que no es fácil nadar a contracorriente.

Quien va a un vertedero es consciente de lo que va a encontrar pero entre la mugre puede haber algo que le sorprenda, que le haga entender que lo diferente tiene cabida. Pink Flamingos es esa cloaca, pero qué delicia deslizarse por ella. Ya lo saben, no se queden en la superficie, imprégnense de mierda, laman cada recodo y en la ducha hablamos.
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5 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Saló, o los 120 días de Sodoma
Saló, o los 120 días de Sodoma (1975)
  • 6,3
    13.562
  • Italia Pier Paolo Pasolini
  • Paolo Bonacelli, Giorgio Cataldi, Umberto Paolo Quintavalle, Aldo Valletti, ...
7
Sodomizados por el poder
El denominado cine de impacto o incómodo no deja de ser subjetivo pero si tuviéramos que pensar en el paradigma del cine irritable que aúne molestia tanto en fondo como en forma, enseguida nos vendría a la cabeza Salò o los 120 días de Sodoma. Una obra polémica por lo explícito de su contenido y contundente crítica social, que vio la luz tras el asesinato de su creador. No estamos, por tanto, ante un trabajo de fácil visionado. Culpa de ello recae en las continuas vejaciones que se suceden dominando a un espectador noqueado ante tanta barbarie, llegando a preguntarse hasta qué punto la condición humana pierde su significado. Acercarse a esta angustiosa obra no es tarea sencilla y mucho menos salir airoso de ella. Porque detrás de tanta tortura y humillación, Pier Paolo Pasolini no plantea un lavado de estómago, al contrario, quiere una digestión lenta, tortuosa, defendiendo la autocrítica que debe plantearse una sociedad sumisa, subyugada por la tiranía del poder, por las estructuras jerárquicas que sólo obedecen al abuso desmedido de la autoridad.

Un presidente, un magistrado, un obispo y un duque, máximos representantes de la supremacía, firman un acuerdo que versa en la falta de libertad de dieciocho jóvenes a los que secuestran y someten a todo tipo de torturas con el único objetivo de la autosatisfacción. Una metáfora que Pasolini hace servir con maestría para arremeter con saña ante el régimen fascista, utilizando para ello la obra del Marqués de Sade, “Los 120 días en Sodoma” El espectador horrorizado se revuelve al enfrentarse a prácticas que van desde la sodomía hasta la mutilación pasando por un banquete de coprofagia. Imágenes grabadas a fuego, orquestadas con toda intención incriminatoria. Todo un aquelarre repulsivo que condena la bajeza del ser humano.

Más allá del marcado acento de denuncia omnipresente en toda la cinta, Salò, en su vertiente formal, deja abatido a quien se acerca a ella. Es cine extrasensorial. El asco se padece. La sumisión se palpa en cada plano. Las miradas de esos jóvenes que han perdido su identidad se recibe con dolor. El olor del sexo constreñido, el hedor de la mierda, la locura de la prisión, se mezclan en este paseo por el infierno desesperanzador. No hay escapatoria, ni siquiera mental. Tan sólo la muerte fortuita como escape. Asistimos al funeral de la humanidad dispuesto por el caos del poder.

Salò conforma una experiencia de obligada lectura, irreductible a etiquetarla de escatológica. Una experiencia cruda que permanece en la retina y que en contadas ocasiones se prodiga por las pantallas. Cine que es vida y, por tanto, muerte
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4 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
The Girlfriend Experience (Serie de TV)
The Girlfriend Experience (Serie de TV) (2016)
  • 6,5
    1.230
  • Estados Unidos Amy Seimetz, Lodge Kerrigan
  • Riley Keough, Paul Sparks, Mary Lynn Rajskub, Kate Lyn Sheil, ...
9
Porque me gusta
Un delicado y sentenciador "porque me gusta" sale de los labios de Christine (Riley Keough) como respuesta a la mirada condenatoria e incrédula de su hermana. También a la del espectador que, desde la tranquilidad de su sofá, no se detiene a entender sino a juzgar. Hablamos de una joven estudiante de derecho que de la noche a la mañana opta por compartir su sexualidad con desconocidos a cambio de dinero. Una actitud que no responde a una necesidad económica ni a una extorsión como la actualidad y el cine nos ha hecho ver a lo largo de su historia. Christine se prostituye porque le gusta.

The Girlfriend Experience se adentra en el mundo de la prostitución de lujo desde un prisma casi documental con un efecto hipnótico. Sencilla en su planteamiento pero con múltiples lecturas, la serie transita por recovecos turbios de la mentalidad capitalista, donde la oferta y la demanda juegan una partida con serias consecuencias. Y es que lejos de abogar por un relato feminista donde la figura de la mujer sólo funcione como objeto reivindicativo en un mundo gobernado por hombres, Steven Soderbergh desde la producción y Amy Seimetz y Lodge Kerrigan detrás de la cámara, orquestan un elegante y seductor thriller, incómodo y adictivo, que embauca al espectador y termina zarandeándole. Y es ahí, precisamente, en esos momentos en que recibimos un guantazo, cuando la serie dista del largometraje del que nace, adquiriendo un significado más compacto y menos frívolo.

Tremendamente provocativa, la serie vuelca todo su potencial en un lenguaje incisivo y en una protagonista perturbadora. De apariencia gélida y carácter aséptico, Riley Keough- magnética como pocas actrices han desfilado por la pantalla en la última década - construye un personaje complejo, una adivinanza en manos del espectador. Y es que estamos poco acostumbrados a que una presencia femenina, con tendencias sociópatas se corone en la cúspide del dominio. Christine tiene el poder. Ella es sexo y el sexo domina el mundo. Pero ¿qué ocurre cuando nuestras carencias afectivas las suplimos con adicciones ya sea al sexo individual o compartido? La limitación del tiempo en la serie no indaga en la psique de Christine pero sí entrega pequeños detalles, ahí tenemos esa incómoda visita familiar para desarrollar cierta empatía hacia un personaje imperturbable. Un personaje sin prácticamente carisma y que, sin embargo, logra con su potente presencia cautivar. No importan sus acciones, tampoco sus motivaciones, simplemente somos consumidores, clientes seducidos, marionetas volátiles en manos del deseo.
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21 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil
Revenant: El renacido
Revenant: El renacido (2015)
  • 7,3
    62.922
  • Estados Unidos Alejandro González Iñárritu
  • Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Will Poulter, ...
8
La obra magna de Alejandro
Resulta complicado el proceso de creación cuando el arte no responde a un sentimiento, cuando se corrompe la naturaleza de la autenticidad, en definitiva, cuando subyace a otros intereses. Desde su anterior y laureada obra, Birdman, Alejandro González Iñárritu ha sufrido una notable pérdida de identidad. Más preocupado por el continente que por el contenido, por una fachada deslumbrante en pro de una desgastada escalera. Lejos quedan las delicadas autopsias sobre el dolor en las que cada plano, cada frase aupaban la historia hasta rozar la belleza más incomprensible. Un cine imperfecto, menos definido, pero racial. No puede negarse que ahora no suframos de síndrome de Stendhal, más bien es inconcebible, porque para ello se han alineado los astros en perfecta comunión. Iñárritu se ha marcado un tanto importante con la colaboración de su compatriota, Emmanuel Lubezki, prodigioso director de fotografía, empedernido trilero de la luz, y verdadero protagonista de The Revenant. Y es que el último trabajo de Iñárritu vuelca toda su fuerza en la opulencia de las imágenes alimentadas de una luz natural, eficazmente seleccionada, bañando cada escena de una hermosura que asusta. Ahora inunda las pantallas con precisión, fiereza, para hacer un retrato nada intimista de la figura del hombre frente a su origen. La naturaleza como el otro.

The Revenant seduce al espectador desde una impotente primera escena a la que da pistoletazo de salida un plano secuencia que surge de las gélidas aguas de un amenazante río. La cámara se sabe elegante, sus movimientos coreografiados hasta la extenuación no dejan ningún recodo por cubrir. Todo está orquestado desde el milímetro y, aun así, no se percibe frialdad. La labor de Iñárritu como director adquiere aquí todo su significado, sin embargo, cuando el relato se aleja de esa lucha del hombre contra la fuerza de la naturaleza y se vuelve más místico homenajeando a Tarkosvki o transcribiendo a Malick, pierde fuerza narrativa, la cual no tarda en recuperar al centrarse en la venganza del héroe. Porque eso es The Revenant, un actualizado western que sigue a rajatabla los códigos del género. La advertencia de peligro siempre está latente aunque el ritmo se antoje lento para una cinta con semejante acabado. Las miradas de los personajes, desconfiadas, y sus pasos premeditados conviven con una melodía alarmante.

Estamos ante la obra más ambiciosa, excesiva y épica de Iñárritu. Tanto como la interpretación de un excelso Leonardo Dicaprio, cuyo desgarro traspasa la pantalla confiriendo a la cinta una entrega y valía respetables. Tal vez se espere más acción, puede que su exceso de metraje constituya un obstáculo o que el espectador se quede obnubilado ante su poderío visual sin poder regresar al filme pero ante todo The Revenant es puro deleite sin mayor intención de crear cátedra. Cine de aventuras, disfrute evasivo.
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7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
El hijo de Saúl
El hijo de Saúl (2015)
  • 6,6
    10.365
  • Hungría László Nemes
  • Géza Röhrig, Levente Molnár, Urs Rechn, Sándor Zsótér, ...
10
La opresión del foco
¿Qué conduce al hombre a cometer una atrocidad sobre los que no considera sus semejantes? ¿Hasta qué punto la naturaleza humana puede corromperse por un asunto de ideologías? El debutante Laszlo Nemes no responde a ello ni sigue los cánones establecidos del cine que con anterioridad ha visitado los campos de concentración. Lejos de escarbar en la conciencia del espectador, al que no da tregua, prácticamente le obliga a vivir la barbarie en primera persona. Nemes se distancia de cineastas de renombre como Spielberg o Polanski, quienes ya nos hicieron testigos de una manera academicista de este capítulo de la historia. El recién llegado agudiza la mirada en la posición del individuo, no como representación de una colectividad sino confiriendo al espectador la potestad de sentir en carne propia la agonía, la desesperanza de un hombre en el epicentro del horror.

El Hijo de Saul es un cine puramente sensorial. No vemos todo lo que ocurre. Lo vivimos. O más bien lo sobrevivimos. El pulso se acelera desde el mismo instante en que los créditos ceden paso a una temblorosa y asustadiza cámara en mano que persigue a Saúl, preso y miembro de una unidad de trabajo denominada Sonderkommandos dentro de un campo de exterminio. La inexpresividad en su rostro y su mecánica movilidad le acompañan cada día en la labor más cruel que puede desempeñar el ser humano. Terminar con las vidas de sus allegados y no dejar rastro se convierte en la contraprestación para subsistir. Pero cuando la pérdida de perspectiva se hace presente no queda otra que encomendarse a algún resquicio de ilusión, a un objetivo como tabla de salvamento. En un acto de misericordia Saúl ve en la figura de un niño su pasaporte para no perder el juicio, centrando sus esfuerzos en darle un funeral adecuado.

Estamos ante un trabajo estilístico de altura, y es que pocas veces una profundidad de campo casi nula ha estado tan bien justificada. La intención de Nemes se centra en la transmisión de sensaciones, en vivir más que analizar, de ahí que sea una película a flor de piel. Para ello coloca la cámara a espaldas del protagonista en foco constantemente, persiguiéndole en ese periplo deplorable, experimentando la claustrofobia de un entorno hostil. Los planos son cerrados, opresivos, dificultándonos ser prófugos de ellos mismos. No hallamos concesiones ni en fondo ni forma. Los lamentos, siempre fuera de campo, componen la melodía del film. La sangre y el barro protagonizan la fotografía, el nervio, el montaje. Lo que ocurre más allá del personaje principal no se muestra, se intuye, siendo tanto o más angustioso, ya que la imaginación del espectador alcanza cuotas superiores a las de una imagen. Requiere, por tanto, la colaboración del público para completar su significado. El Hijo de Saúl concede al espectador todo lo que éste esté dispuesto a entregar.

Es imposible que nadie salga indemne tras esta experiencia que deja sin aliento. Porque una vez puestos los pies en ese infierno resulta imposible detenernos a digerir lo que está ocurriendo. Reacción sobre acción. Sin pausas. Tan sólo Nemes se detiene en una leve sonrisa como bálsamo, la única en todo el metraje. Una mirada al futuro más cierto que nunca y de ahí paso al estruendo, nuevamente fuera de campo, lacrando una obra poderosa en estilo, inolvidable en fondo y justamente contundente.
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6 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
La langosta
La langosta (2015)
  • 6,6
    22.638
  • Grecia Yorgos Lanthimos
  • Colin Farrell, Rachel Weisz, Jessica Barden, Olivia Colman, ...
9
¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir egoísmo?
Una mujer aparca su coche. Se dirige a un campo donde pastan burros. Empuña un arma y, sin pensarlo dos veces, dispara a sangre fría contra un animal. La escena de apertura ya es toda una declaración de intenciones. Quienes conozcan el cine de Lanthimos no se extrañarán ante semejante desconcierto pero para los que se adentren por primera vez en la perversidad típica del director supondrá el primero de los mazazos. En su escasa filmografía habita la sátira sobre una sociedad claustrofóbica, sobre el individuo que se rige por la falta de libertad. Si con la desconcertante Canino (2009) hacía alarde del totalitarismo como medio educativo y en la aplastante Alps (2011) ofrecía un estudio sobre el papel que representamos dentro de la colectividad, en Langosta continúa mostrando esa personalidad tan marcada de sus anteriores obras. Personajes inexpresivos, cierta teatralidad en el lenguaje y un sadismo que bebe del Haneke más polémico.

Sin embargo, esa perversión busca ahora su víctima en otra de las necesidades que la comunidad ha creado para sobrevivir: amar y ser amado. Esa dicotomía universal que en la mano de Lanthimos no dura un suspiro. El griego arremete con severidad contra el amor cuestionándolo de puro y llano egoísmo. Por lo que respecta al amor ¿somos uno o somos dos? La mirada pesimista de Langosta se centra en el individualismo como paradigma de la felicidad. Una visión un tanto realista si entendemos las relaciones de pareja como una satisfacción personal, como una estabilidad emocional impuesta por una sociedad en la que no se tiene cabida si los sentimientos no son compartidos. Una hipócrita sociedad que prefiere ver al individuo autolesionándose física o emocionalmente en pro de dejar de ser descartes. Por que pobre de aquel que no consiga seguir los cánones de las reglas marcadas. Serán castigados con miradas prepotentes, lastimeras, cínicas. En este caso Lanthimos los convierte en animal, eso sí, a su libre elección. Todo un detalle.

El gran acierto de esta distópica película en la que las apariencias son lo más importante para sobrevivir, es que vuelca toda su mala baba en un espectador que no sabe si reír o llorar, si salirse de la sala o permanecer pegado a la butaca por lo que está pasando en la pantalla. No nos engañemos. Pocos están dispuestos a aceptar que un aparente desequilabrado exponga sus miserias con una vís cómica que ya quisieran muchos y encima reirle las gracias. En efecto, Langosta es un espejo pero no sólo para las parejas que verán en ese intento hemofílico su fin de semana ideal. Los solteros, esos marginados en busca de plaza, contemplarán con estupor cómo ni siquiera ellos que tanto han abogado por la libertad, no pueden sentirse libres. Y no lo son porque nadie lo es. Porque estamos obligados a sentirnos aceptados asumiendo cualquier intento de unión. En definitiva, el egoísmo del individuo impera sobre lo demás.

Langosta es crítica, ácida, inteligente. Su humor negro se aplaude y su mordaz sentido del ridículo la convierten en una nueva marcianada del cine griego. En el primer tramo se sabe eficaz pisando suelo firme. Posee un ritmo mucho más ágil que las predecesoras obras de Lanthimos. Sus encuadres perfeccionados y unas solventes interpretaciones -soberbia Weisz-, mientras que el guión fluye a golpe de metáfora y simbolismo. Una idea brillante llevada a cabo con maestría. Resultaba difícil mantener el nivel de sátira de su arranque y sin embargo cuando el texto cambia de página, la cinta no decae por sus sólidas bases. Continúa repartiendo bofetadas para terminar sangrando. Maravillosa escena final con la que el autor sentencia eso que llamamos amor.

Una vez más lo ha conseguido. Lanthimos genera debate. Tras las horas e incluso los días, la película no finaliza. Se queda latiendo y eso la hace aún más grande. Y es que estamos ante una cinta cuya forma puede incomodar pero si se consigue superar, apuesto a que el fondo duele más. Nos cuestionamos, por tanto, si el raro de Lanthimos es una persona equilabrada o los desequilabrados somos los demás.
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71 de 80 usuarios han encontrado esta crítica útil
Truman
Truman (2015)
  • 7,0
    25.520
  • España Cesc Gay
  • Javier Cámara, Ricardo Darín, Dolores Fonzi, Àlex Brendemühl, ...
8
VER EN LA OSCURIDAD
Se trata de dejarlo todo preparado para el viaje sin retorno. De despedirse sin dejar cabos sueltos. De mirar con nostalgia y temor ese minutero cabrón que no cesa. Cesc Gay se apunta a esa ola emergente de películas centradas en saber decir adiós desde un prisma menos familiar, imprimiendo ternura, y desechando cualquier acercamiento al drama de manual. Vertiente que encontró su mayor representación hace ya más de una década en "Mi vida sin mí", magistral ejercicio de estilo y contención de Isabel Coixet.

Precisamente ahora nos encontramos con varias cintas que versan en la introspección del enfermo y su visión ante la propia ausencia. Obras que priorizan la forma en un fondo que se antoja cotidiano. Sin ir más lejos, Médem con la cursi y emotiva "ma ma", o la incisivamente simpática triunfadora en el último Sundance, "Me and Earl and The Dying Girl". "Truman", sin embargo, despliega toda su emotividad en la palabra, sin mayores artificios. Aquí no hay cámaras danzando ni luces color pastel para conseguir tocar al espectador. Gay camina por el dolor verdadero desde ese asfalto que pisamos cada día, dotando de un realismo hiriente a cada situación. Porque si de algo puede presumir el catalán es de mantener pulso en su escritura. Más ahora, cuando el tema es blanco de todos los dardos.

El cineasta, con una voz muy marcada, paradigma del sibaritismo patrio, firma su obra más redonda. Las copas siguen sosteniendo vinos caros, los portales no pueden tener más encanto pero Gay se apunta el mayor de sus tantos en este ejercicio de dolorosa honestidad, utopía en los últimos años. Estamos, por tanto, ante una película sencilla en su concepción que irradia honradez obteniendo el aplauso de un público que se siente agradecido ante tanta franqueza.

"Truman" es un filme de valores en peligro de extinción que anhelamos recuperar. Porque nos rechina la amistad sin contrapartida. La generosidad que no obtiene moneda de cambio. Esa misma que han entregado dos animales de la escena. Dos actores que se abren en canal para construir una química apabullante. Ricardo Darín sentenciando lo que es, una bestia sobre las tablas, aquí en un papel arriesgado que resuelve con maestría y sensibilidad dando la réplica a un Javier Cámara inconmensurable cuya mirada traspasa la pantalla.

Con esta particular entrevista con la muerte, Gay apunta directo al corazón de una manera sutil, cercana, entregando una de las despedidas más dolorosas que se han filmado en años. Imposible no salir tocado de una cinta que es puro sentimiento.
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118 de 139 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mi gran noche
Mi gran noche (2015)
  • 5,0
    14.894
  • España Álex de la Iglesia
  • Raphael, Mario Casas, Pepón Nieto, Blanca Suárez, ...
7
¡Qué escándalo!
Álex de la Iglesia, fiel a su estilo, ha engendrado una nueva criatura. Un retoño buscado y deseado que viene lanzando dardos desde el primer instante en que abre la boca. Crítica punzante sobre la actual crisis económica que saca a la superficie el lado más ruin del ser humano. Un sálvese quien pueda en perfecta comunión con la hipocresía del show business. Escaparate de una realidad podrida que prioriza la fachada decorándola para el vecino.

De la Iglesia, maestro de la sátira, firma un desfase altamente encomiable, vistiendo a su recién llegado con la misma canastilla de humor que a sus hermanos. Tal vez las prendas no sean tan negras como antaño pero sí el etiquetado de mala baba habitual en la filmografía del cineasta.

En Mi Gran Noche no hay tregua a la resaca. Un continuo desenfreno visual que embriaga y que, sin embargo, nunca llega a nublar la vista. Arranca con fuerza y se mantiene apoyándose en un reparto glorioso dónde nadie desentona y nadie destaca porque de ello no se trata. Y es que el maestro de ceremonias de esta excentricidad orquesta con una sintonía memorable a todo su séquito como el digno heredero de Berlanga.

Puede reprochársele en este desaguisado - y así alejándole del creador de "El Verdugo" - cierta tendencia a abarcar más de la cuenta y, como en la mayoría de su historial, no lacrar con fuerza lo que ha ido perpetrando durante todo el metraje. Aún así adentrarse en el mundo de De la Iglesia siempre es aventurarse a una locura tan caótica como disfrutable.
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36 de 51 usuarios han encontrado esta crítica útil
Une nouvelle amie (The New Girlfriend)
Une nouvelle amie (The New Girlfriend) (2014)
  • 6,0
    1.987
  • Francia François Ozon
  • Romain Duris, Anaïs Demoustier, Raphaël Personnaz, Isild Le Besco, ...
7
Que sabe nadie
De fácil visionado y lenta digestión. Así es el cine de François Ozon. Sus historias se siguen con interés, a golpe de inquietantes pianos, dónde cualquier revés es asimilado por muy temerario que pueda ser. Horas después es cuando ponemos el centrifugado dándonos cuenta que nada ha sido gratuito y que por la perversa mente del cineasta fluyen ríos de mala baba que desembocan en una sociedad hermética que responde al nombre de progresista. Esa hipocresía encuentra su Talón de Aquiles en la cinematografía de Ozon, en lucha constante contra el snobismo imperante.

Con "Una nueva amiga", su director afila el aguijón hacia varios blancos desvirtuando el principal. Ahí radica la falta de conexión con un filme de excelente fondo pero de formas cuestionables. Por momentos es un kamikaze dispuesto a jugársela -plausible cuanto más imprudente se vuelve-, mientras que pierde fuelle en pasajes que rozan lo bochornoso y lo cursi. Un conglomerado ya analizado en su interesante trayectoria dónde el estudio de la figura femenina constituye el paradigma. La identidad sexual, el duelo ante la pérdida, las nuevas estructuras familiares suman argumentos de peso a un guión que, en ocasiones, cuesta tomárselo en serio. Al contrario de sus protagonistas. Roman Duris y Anaïs Demoustier. Dos intérpretes que irrumpen en pantalla con un magnetismo brutal. Resulta complicado entrar en este histriónico relato si no es por la presencia de ambos.

En "Una nueva amiga" los géneros transmutan entre sí como ese juego de identidades impreso sobre el guión. No es un capricho, por tanto, que la comedia sea tan zafia. La elección de Ozon viene a certificar nuestro fútil humor ante aquel que no sigue los cánones marcados por una sociedad caduca. En el drama se desenvuelve con una rapidez inusitada. Con la elegancia del país que le ha visto crecer, es capaz de invertir la sonrisa en llano en cuestión de segundos. Sin ir más lejos, su arranque no deja de ser una declaración de intenciones en toda regla. Ese maquillaje, ese velo, ese vestido. Nada es lo que parece en el cine de Ozon. Un juego de perversiones al que ya nos tiene acostumbrados y que no deja de seguir entusiasmando. Un punto de partida prometedor, exquisito, deudor de nuestro director más internacional que conduce a un segundo tercio de subidas y bajadas emocionales, para terminar con un cierre factible pero mordaz.
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21 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
Primicia mortal
Primicia mortal (2014)
  • 7,3
    35.545
  • Estados Unidos Dan Gilroy
  • Jake Gyllenhaal, René Russo, Riz Ahmed, Bill Paxton, ...
8
¿Tenemos la información que merecemos?
Ante tanta basura a la que nos enfrentamos en el día a día, que diría Travis Bickle en la intachable obra de Scorsese, no nos queda otra que hacer autocrítica y preguntarnos si realmente merecemos la información que obtenemos. En la eterna ley de la oferta y la demanda, Nightcrawler aparca la indulgencia a un lado y reparte contra las aves de rapiña en busca de titulares amarillistas para saciar la hambruna de los grandes carroñeros, aquellos que encuentran en la desgracia ajena el morbo que insufla sus vacuas existencias. Pero no sólo ahí radica la mala baba del recién llegado director. No contento con pavonearse con inusitada solvencia en el mercado de las vísceras que ahora llaman información, Dan Gilroy hinca el diente en los truculentos caminos que conducen al éxito. El fin, de nuevo, no justifica los medios y a lo largo de toda la cinta se subraya en cada escena, sin embargo, el virtuosismo del guión convierte a Nightcrawler en todo un bólido dispuesto a jugársela.

Quien también arriesga y termina arrasando es Jake Gyllenhaal, un intérprete que entra de lleno en ese Olimpo de actores ignorados por la academia en un trabajo que eleva el resultado global de la cinta a altas cotas. Si en su día fue lamentable la ausencia de Michael Fassbender (Shame) o Ryan Gosling (Drive), ahora es el turno del que fuera Donnie Darko. Gyllenhaal, con un magnetismo descomunal, cumple sobremanera con un personaje siempre al límite y que nunca termina por sobrepasarle. La cámara se enamora de este Don Nadie en su particular descenso a los infiernos de la moralidad. Un recital que supone una de las cimas de la carrera del actor.

Con un tempo frenético sobre el que no cabe crítica alguna, Nightcrawler mantiene una puesta en escena y en cuadro deudora de la ya mencionada Drive. Neones cegadores que adornan un contenido de jaque y una musicalidad idónea para un thriller que nunca se toma tan en serio como parece a simple vista. En la visceralidad del resultado final tal vez se halle su punto fuerte. Bajo esa fachada mordaz, a menudo dramática y poco condescendiente, encontramos un título incisivamente juguetón focalizado en paladares dispuestos a disfrutar con fascinante envoltorio y contundente entraña.

Tremendamente ácida y retorcida, esta crítica a los medios y a sus consumidores es todo un caramelo y en ningún momento hará que nos rasguemos las vestiduras al soltarnos tremendo bofetón. Aquí no se salva nadie. Y si con esta ópera prima Gilroy ha sido capaz de montar semejante polvorera, servidor se pregunta hasta dónde puede llegar.
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9 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mommy
Mommy (2014)
  • 7,5
    13.599
  • Canadá Xavier Dolan
  • Anne Dorval, Antoine-Olivier Pilon, Suzanne Clément, Alexandre Goyette, ...
10
You´re gonna be the one that saves me
Los fantasmas de Dolan se presentan de nuevo en Mommy, su último y laureado trabajo. Un pasado omnipresente en la trayectoria del joven realizador desde aquella extravagante y encantadora Yo maté a mi madre (2009) hasta la recién llegada experiencia extrasensorial que es Mommy. Las complejas relaciones maternofiliales en las que prima el histerismo han sido y siguen siendo la horma dónde se sustentas las narraciones de Dolan. En ocasiones se elaboran junto a las fobias y filias de diversas identidades sexuales y en otras, como ahora, aparcan su lado más rosa para deslumbrar a golpe de madurez.

Concienzudamente provocador, Dolan parece acomodarse en un género que maneja con la maestría de grandes veteranos. Digo parece, porque el incontrolable bofetón que propina al espectador conforma todo un riesgo. El lenguaje de este subyugante análisis a una educación cuestionada, a un sistema social desquiciante, a imposiciones afectivas y también a la figura femenina dentro de una familia monoparental, es puro magnetismo a pesar de encontrarnos ante un relato con una gran carga emocional y a ratos asfixiante. El filme transita con pasmosa solvencia del nudo en la garganta hasta la sonrisa más férrea. Una montaña rusa que conduce al espectador a un estado constante de sentimientos de a flor de piel. Una de esas contadas ocasiones en las que los títulos de crédito no cierran una película.

Dolan impregna todo el metraje de un halo de íntima nostalgia, de profunda aflicción. Se inmiscuye con admirable fluidez en el dolor ajeno corriendo las cortinas hasta la mitad para que sintamos la claustrofobia, la angustia, el delirio de unos personajes agasajados por la vida. De ahí que el uso del formato 1:1 no sea una arbitrariedad. Puede presentar cierta incomodidad por su escasa frecuencia o por los opresivos primerísimos planos sin fugas, sin embargo se antojan imprescindibles no sólo en el juego metafórico - momento cinematográfico del año - de su director sino que funciona como un complemento a la narración.

En el universo Dolan no hay lugar a la sutileza. Lejos de pulir los excesos que le dieron a conocer, los ensalza. Pronunciados filtros, ralentizaciones a doquier y un acentuado y acertado apoyo musical son ya marca de la casa y aquí lucen mejor que nunca. Temas como el vital Wonderwall que conducen a una inapelable adolescencia de cigarros y pajas, o ese autodestructivo Born to die dejando el alma por el suelo. Lo mismo puede decirse de sus actrices fetiche. Anne Dorval y Suzanne Clement. Dos interpretaciones de vértigo. De esas que dejan a la sala tiritando. Dorval es un animal de la pantalla que embasta la emotividad en cualquier instante. Con sólo una mirada detiene el tiempo. Suyo es uno de los momentos claves de la cinta frente a una ventana. Aquí tiene que medirse, o más bien complementarse, con otra actriz de su talla. Clement mantiene la intensidad con uno de los personajes más bellos que se han prodigado últimamente por las salas. A ellas se suma el alter ego de Dolan. Antoine-Olivier Pinon alcanza el más difícil todavía y es que no sólo el público llegue a empatizar con su personaje sino conseguir quererlo.

Hay algo en Mommy que la convierte en la joya más preciada de Dolan. En un análisis más milimétrico tal vez se eche en falta la voz desmedida del autor, esa que no atiende a razones y que forma parte de la inexperiencia, pero en su favor hemos obtenido el trabajo más cuidado y emotivo de l'enfant terrible. Una experiencia cinematográfica de altura. El trabajo que encumbra al director en autor. Inolvidable.
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13 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
Magical Girl
Magical Girl (2014)
  • 7,1
    22.764
  • España Carlos Vermut
  • Luis Bermejo, Bárbara Lennie, José Sacristán, Israel Elejalde, ...
10
El hielo que quema
¿Puede el deseo de una niña cambiar la vida de quienes la rodean y de los que no? Carlos Vermut responde de forma tajante a través de la alquimia en que ha convertido esta arrolladora idea. Una joya delicada, de esas tan difíciles de encontrar. De esas que parecen romperse en cualquier instante. De esas cuya belleza conduce al abismo del terror. Eso es Magical Girl, un continuo viaje hasta el precipicio. Pareciera que disfruta guiando al espectador hasta estrellarse contra un muro y sin embargo sabe perfectamente en que punto dar volantazo. Su aparente fragilidad la convierte en su mayor virtud y su atrevimiento en una pieza kamikaze directa al estómago. Golpea pero el efecto no es inmediato. Hace daño, y mucho, y de ello se enriquece. Digno paradigma de un nuevo cine más allá de nacionalidades. Porque en Magical Girl se respira constantemente el aroma a clásico desembalado. Fascinante y experimentado. Sorprende, por tanto, que quien mueve los hilos apenas sea un recién llegado.

Estamos ante un trabajo de orfebre. Milimétricamente cuidado, mimado al detalle con la clara intención de romper en el público la fibra que separa el raciocinio de la intuición. Vermut orquesta los silencios como pocos obligando al espectador a completar el guión, a colocar la pieza que falta en las continuas elipsis objetivas marca de la casa. Un esfuerzo digno de una recompensa de escándalo porque su cine, ante todo, requiere predisposición. La entrega se hace necesaria para alcanzar la total satisfacción que Magical Girl otorga. Es una de las experiencias más estimulantes que el cine patrio ha brindado en mucho tiempo por lo que asomarse a la cornisa de esta historia y no temblar es digno de tratamiento.

Adentrarse en este entresijo de relaciones perversas, fraternales, malsanas es sobrepasar la tela de araña que ha tejido un cineasta con una personalidad marcada, la esencia que tanto cuesta ubicar por estos lares. La narración de Vermut, sumamente elegante, pausada, colmada de símbolos y metáforas, desafía los cánones establecidos brindando un exhaustivo ensayo de la venganza. Hay mucho del refinamiento de Chan-wook, de la toxicidad de Lanthimos y del nervio de Tarantino. También del Almodóvar de extrarradio y del hypnostismo de Lynch y aún así el mazazo de estilo que se marca el director deja huella. Un impacto en forma y también en fondo puesto que este oscuro relato no encuentra salida una vez instaurado en el consciente.

Magical Girl atrapa desde el prólogo para no aflojar la soga hasta un brillante broche final y aún después no libera al espectador de la carga emocional a la que le ha expuesto. Su sosegado ritmo puede incomodar pero no es más que un elemento que conforma la expresión de un cineasta con interesantes reflexiones y decisiones. Valor es lo que le sobra a un Vermut que con una maestría de veterano gestiona sus escasos y potentes recursos de una forma soberbia. Si bien se percibe una mejora en la producción respecto a la experimental Diamond Flash, los medios se saben humildes y no por ello deslucen el resultado, al contrario, se convierten en sello. Ahí reside la magia de Vermut. Saber combinar los elementos ordinarios y encerrarlos en un enigma.

Lo que no es frecuente es la sabia elección de un reparto en estado de gracia cuyas interpretaciones no dejan de complementarse entre sí. Hacía tiempo que una recién llegada no pisaba con tanta fuerza (Lucía Pollán), mientras que la voz de la experiencia (incombustible José Sacristán), no sonaba con semejante brío. Magical Girl debe suponer la consagración de dos actores (Bárbara Lennie y Luis Bermejo) acostumbrados a secundar y que brillan con luz propia en dos turbias interpretaciones. Ella, el hielo y él, el fuego. Fríos pero queman.

Si con su ópera prima Vermut puso sobre la mesa un carisma, ahora lleva su talento a la máxima potencia. Aúna ingenio y pasión y sabe proyectarlo. El cine ha ganado. Y nosotros también.
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8 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
Frank
Frank (2014)
  • 6,3
    6.966
  • Reino Unido Lenny Abrahamson
  • Domhnall Gleeson, Michael Fassbender, Maggie Gyllenhaal, Scoot McNairy, ...
7
Locos por el hipster
Sin la malformación del personaje de Anthony Hopkins en El hombre elefante de Lynch o las afiladas manos de Johnny Depp en el famoso cuento de Burton, ahora mismo no debería llamarnos la atención que una particularidad física del personaje central de un filme sea cuanto menos el reclamo principal. El último trabajo de Lenny Abrahamson invita al espectador a bailar en una danza de máscaras donde poco importa el contexto. Porque el gancho de la cinta reside en ese Fassbender cabezón y los ingenios del director por mantener esa careta en su lugar. Algo tan sencillo pero a la vez sumamente complejo. Una brillante idea que no termina de encontrar los cimientos suficientes en este ejercicio del indie más elemental.

La película se centra en el proceso de creación musical de un grupo de outsiders a cada cual más excéntrico, llevándose la palma el líder de la banda. Un joven que esconde su cabeza bajo otra de cartón por convicciones personales que terminan convirtiéndose en uno de los mayores atractivos de la cinta. Pero no es sólo el disfraz lo que hace de Frank una especie digna de estudio. Su magnética personalidad hace perder los estribos a cualquiera. Tanto es así que los feligreses que conforman su banda quedan eclipsados ante la figura de quien da título a la cinta. Una oportunidad desaprovechada, pues de haber ahondado algo más en los desequilibrios mentales de esos secundarios caricaturizados, sus acciones hubieran tendido a una lógica argumental. Es, por tanto, casi imposible empatizar con ellos ni con Frank, ni tan siquiera con el personaje más razonable de toda esta plaga escapada de la Lopez Ibor, Jon Burroughs, artífice de borrar la etiqueta indie al grupo.

Aparte del cierto morbo al que induce el director con la broma de la careta y la identidad, no deja la mala baba guardada en casa. Impregna al filme con el aroma de la crítica hacia los fondos y formas del movimiento hypster encorsetado aunque nunca termina de entrar a matar. Las medias tintas también se ven en la exposición de la enfermedad mental y su relación con la música. El arte y la locura siempre han congeniado de maravilla y los pequeños pasajes que se atisban en la película se hacen innecesario cuando el género va por otros derroteros. Aún así, en esta marcianada radican dos fuerzas que alzan el visionado a una experiencia disfrutable. Por un lado su marcado acento autodestructivo, depresivo y sin embargo, adorable. Por otro, unas interpretaciones potentes dónde destaca un Fassbender, de nuevo, mimetizado en su personaje, apoyando el peso de su trabajo en la voz y en el control de su cuerpo.

Rarezas como ésta son bienvenidas aún pagando el peaje de recurrir a estrellas como reclamo y dejando de manifiesto su verdadera cara.
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5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Taxi Driver
Taxi Driver (1976)
  • 8,1
    115.707
  • Estados Unidos Martin Scorsese
  • Robert De Niro, Cybill Shepherd, Jodie Foster, Albert Brooks, ...
9
En las cloacas de la soledad
Volver a casa no es fácil. Menos aún cuando una guerra ha sido el plato que nos han servido durante un prolongado tiempo. De esa digestión bajo el cegador neón de Nueva York se encarga Martin Scorsese en esta controvertida cinta situada en la cima de su obra. Bautizada como cine de culto o clásico moderno, Taxi Driver compone un retrato fiel de las alteraciones de la psique humana cuando se ha visto expuesta a situaciones críticas. Una sacudida mordaz a esos Estados Unidos post Vietnam cuyos sueños se han desvanecido. Ese país que camina sin rumbo, dónde sólo importa saciar los bajos instintos. Así es como el espectador decepcionado se enfrenta a la ciudad desde las ventanas del taxi conducido por Travis - Incombustible Robert DeNiro mimetizándose en su personaje -. Ese voyeaur que no aparta la mirada de las calles plagadas de delincuencia ni del retrovisor que proyecta la perdida mirada de su chofer.

Taxi Driver es una película que posee magnetismo desde sus primeros pasos. Scorsese embauca en este estilizado trabajo en el que expone un lenguaje cinematográfico exquisito partiendo de una presentación elegante a golpe de saxo y una fotografía digna de cualquier galardón para continuar desarrollando el texto en una ambientación tóxica. Acertados recursos para una narración lineal que requiere de la voluntad de un espectador paciente. Alguien con disposición a dejarse perder por las oscuras calles neoyorquinas en las que el tiempo no se detiene. Alguien que no ocupe el asiento trasero de este taxi para echar una cabezada o ensuciarlo con flujos corporales. Alguien, en definitiva, que pague el billete de un trayecto dónde la moralidad se haya visto mareada. Precisamente ahí es dónde la película gana enteros. La lectura de los posos se hace necesaria. ¿Qué nos queda cuando lo hemos perdido todo para con nosotros y con los demás? Scorsese deja la última página en blanco.

Técnicamente, Taxi Driver compone un fresco inmejorable. La libertad en los movimientos de cámara son evidentes mientras que en el uso de la luz Scorsese se maneja como pez en el agua. En escasos encuadres logra impregnarnos la claustrofobia de una ciudad que expira el olor a sudor, sangre, semen y alcohol. El uso de la voz en off nunca estuvo más justificado y mejor agradecido. Los renglones de los diarios de Travis toman forma en unas imágenes expresionistas que marcarían un antes y un después en la filmografía de su director.

Aún resuenan en mi mente los ecos de esa melodía que acompañan los pasos de Travis por la ciudad que nunca duerme. Las partituras de un jazz que presagian la locura - o cordura, según se mire - de un taxista con un pasado bélico sirven como el engranaje perfecto de historia áspera, retorcida y en todo momento, alarmante. La sugerente pieza de Bernand Herrmann es el paradigma de la música dentro del cine. No sólo funciona como recurso ambiental sino que se convierte desde sus primeras notas, en una protagonista más. Una figura omnipresente que estructura el filme. Es la melodía la que lleva la batuta marcando las transiciones en la narración.

Pero más allá de los clavados reflejos de las luces sobre el asfalto o la desolación que produce ese jazz, el filme invita al debate sobre si el fin justifica los medios zarandeando la conciencia humana. Todo aquel que haya acompañado a Travis por las calles de Nueva York y por los recovecos de su mente no saldrá indemne tras un visionado que se antoja necesario cada cierto tiempo. Una obra con múltiples lecturas que requiere del bagaje del espectador.

Lo mejor: el sabor a hiel que deja su visionado, su cuidada dirección y un DeNiro icónico.

Lo peor: cuesta entrar en una historia dominada por el desamparo y la vacuidad.
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6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
8 apellidos vascos
8 apellidos vascos (2014)
  • 6,1
    80.953
  • España Emilio Martínez-Lázaro
  • Dani Rovira, Clara Lago, Carmen Machi, Karra Elejalde, ...
6
¡Vaya semanita mi arma!
No se ha tenido que romper demasiado la cabeza Martínez-Lázaro para entregar al público lo que busca. Basta con el desarrollo de una anécdota cualquiera o un chiste fácil para tejer un entramado de situaciones absurdas. Esas que, independientemente de su maduración, logran su cometido y no es otro que el de la carcajada. Porque si algo consigue Ocho apellidos vascos es dejar a una sala entera desternillándose ante aquello fácilmente palpable. Esos tópicos sobre regiones que todos hemos ido alimentando. Esos chascarrillos sobre la pereza y el salero de los andaluces o lo toscos y bonachones de los vascos, encuentran en la cinta el mejor terreno para sembrar una comedia sin pretensiones.
El gran acierto de la cinta precisamente es eso. No busca pasar a los anales de la historia como la comedia española del siglo, ni mucho menos. Tampoco está interesada en remover conciencias ni hacer apologías de estudio. Se sabe humilde y se vende como tal. En definitiva, no rompe los platos pero si hará ruido en el sentido más literal de la palabra.

Quién también estará en boca de todos es el estandarte de la cinta. Sin él no habría película. Dani Rovira se mete en la piel de Rafa, un señorito sevillano, engominado y jersey a la espalda atado en el pecho. El andaluz que nos viene a todos a la mente. El cómico se luce en su primera andadura cinematográfica consiguiendo endosar en su personaje los arquetipos del hombre del sur. Ese que con unas tapitas y unas palmas irradia felicidad. Dando la réplica a Rovira, se sitúa una Clara Lago al borde del precipicio en sus primeros minutos para acomodarse en su personaje durante el resto del metraje. La intención de la película se situaba en combate entre ambos actores, potenciando sus acentos, sus raíces y sus ideologías. Lo encontramos pero no en el rostro esperado sino en el de un actor que se crece en cada aparición. Karra Elejalde infunda magistralmente a su personaje el ideal del vasco más zafio. Un intérprete a reivindicar.

Pero no todo es plausible en esta divertida comedia de choques culturales. En ciertos pasajes al guión de Ocho apellidos vascos se le ven las costuras. Demasiado remiendo y demasiado énfasis. Por momentos sucumbe a los encantos de la mala baba pero se queda a medio camino. No termina la faena sino que se adentra en el terreno del enredo y de ahí no resurge. Algo que podría verse disimulado con una aportación técnica que no incrementara ese regusto a amateur. Ese tufillo a saberse cutre y disfrazarlo como tal. No es complicado atisbar escenas mal resueltas que requerían mejor trato así como planos descuidados y cortes incoherentes, imperdonables para un señor que lleva décadas en la profesión.

Con todo ello, la química que desprenden sus protagonistas, el mejor bastón dónde apoyarse el guión de Cobeaga y San José, nos hace olvidar las carencias. La hilaridad una vez más actúa de camuflaje y se convierte en el principal reclamo.

Para quien esté dispuesto a reírse de sí mismo.

Lo mejor. Todas y cada una de las escenas que comparten Rovira y Elejalde.
Lo peor. Su falta de ritmo en la segunda mitad y una dirección terriblemente mal ejecutada.
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14 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
Joven y bella
Joven y bella (2013)
  • 6,4
    9.678
  • Francia François Ozon
  • Marine Vacth, Géraldine Pailhas, Frédéric Pierrot, Charlotte Rampling, ...
8
Dans la chambre
Hay algo en el cine de Ozon casi tóxico. El aroma de lo prohibido que hace las delicias del voyeur de turno. El morbo a saberse transgresor. El cataclismo al que conduce el deseo. Si con su anterior y fascinante creación, En la casa (2012), ya apreciamos todo ello ahora no es menos, aunque el resultado final no alcance la satisfacción que supuso su predecesora.

Joven y bonita, de apariencia sencilla, engloba más de una lectura directa al debate. Ozon no ejerce de juez. El fallo de sentencia lo deriva a unos espectadores que comienzan a cuestionarse la necesidad de un veredicto. Pero, ¿realmente es así o queremos creerlo? ¿Somos tan progres para ver como una joven vende su cuerpo sin someter su decisión a una mesa redonda? La película se compromete a ello y cumple. Cada asistente sacará sus propias conclusiones y su máxima será aceptada dependiendo de la vehemencia con que plantee sus alegatos.
Por lo pronto, tenemos a una chiquilla rabiosamente preciosa que en verano se hace cosquillas con el edredón, pierde la virginidad y al igual que el 0,1% de las adolescentes de su edad, se olvida de su primer affaire tan pronto como vuelve a su hogar. Con la caída de la hoja se convierte en escort. Todo suena atropellado, casi impersonal y hasta falso sino fuera porque detrás de la narración confluyen el talento y la sensibilidad de un maestro en crear atmósferas inquietantes con sopapo incluido. Un Ozon más seguro, más inteligente, que pisa con brío y acelera saltándose ciertos límites impuestos por una sociedad empeñada en mirarse en espejos empañados.

Joven y bonita, lejos de verse como un ejercicio que denosta la imagen de la mujer, dirige cierta mirada al poder de la misma. A ese irrefrenable deseo del sexo femenino de dar portazo a una etapa dominada por los cambios físicos. El adiós de la peligrosa adolescencia que tiende la alfombra a la vida real. Esa que pende de unos estables cimientos pero que si éstos caen, hay que volver a levantar. Ozon bucea por ese interior femenino como pez en aguas claras. Es conocedor de la jurisdicción de la mujer frente a la del hombre. Es Isabelle, rompedora Marine Vacth, quien en todo momento cree controlar la situación. Es ella quien, convertida en arma de seducción, ejerce el dominio frente a sus clientes. Su juventud y su belleza son su mayor cualidad. Lo sabe y lo potencia. Más allá de la linde divisoria de la moralidad, ¿deberíamos rasgarnos las vestiduras?

Con En la casa, Ozon jugaba con el espectador, le hacía partícipe en todo momento, sólo le faltaba grabar sus ansias por pasar las páginas de aquella lectura, mientras que aquí le posiciona desde el minuto uno detrás del prismático, detrás de ese pequeño visor que muestra todo tal y cómo es, sin distorsiones, y sin permitir mayor acercamiento. El papel del voyeur reflexivo. Porque ante todo eso es Joven y Bonita, una introspección sobre el poder femenino más allá de la sexualidad del mismo.

Para intérpretes de los deseos ajenos.

Lo mejor. Su protagonista, Marine Vacth cuya mirada desarrolla un personaje entero.
Lo peor. Que se quede en la superficie del colchón y no de la almohada.
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4 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil