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Distant Voices, Still Lives (1988)

6,8
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Sinopsis
La acción se desarrolla en Liverpool en el seno de una famila obrera. El padre ha muerto y, delante del ataúd, su esposa y sus hijos empiezan a recordar el pasado. Reviven anécdotas insignificantes, pequeñas alegrías, episodios dolorosos. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
Año / País:
/ Reino Unido Reino Unido
Título original:
Distant Voices, Still Lives
Duración
85 min.
Guion
Terence Davies
Música
Ella Fitzgerald, George Gershwin, Jessye Norman
Fotografía
Patrick Duval
Productora
British Film Institute / Film4 Productions / ZDF
Género
Drama Años 40 Familia Drama social
Film de excelentes críticas que narra la vida de una familia británica en los duros años de la posguerra.
[FilmAffinity]
"Una de las películas capitales de los años ochenta."
[Diario El País]
7
Voces distantes, vidas tranquilas
"Voces distantes" es un drama británico de los exquisitos, rodado con actores de primerísima categoría (Postlehwaite está monumental) y con esa manera única que tienen los cineastas ingleses de facturar historias cien por cien sentimentales sin hacerte sentir que te están manipulando para que te emociones cochinamente, como hacen los sibilinos de los italianos o los pesados de los americanos.

El título original no sólo es muy poético sino que además resulta bastante descriptivo de lo que vamos a escuchar y a ver: voces distantes y vidas tranquilas. En la primera mitad de la película se trata de la infancia de los protagonistas bajo el yugo de su autoritario padre. En la segunda mitad, ya adultos, se casan, tienen hijos y en general, se dedican a vivir. Por partes "Voces distantes" es una obra de arte, con un buen puñado de secuencias al borde de la perfección y una banda sonora increíble que repasa casi todo lo mejor que ha dado la música inglesa de antes de los cincuenta, tanto clásico como moderno. Y lo mismo te digo Gershwin que unos madrigales del medievo de ponerte los pelos como escarpias.

Sin embargo, la película a partir de la segunda parte se vuelve bastante repetitiva, escasea en escenas memorables y los personajes empiezan a perder interés. Pasa de ser un drama costumbrista a costumbrismo a secas. La selección musical, eso sí, se mantiene en todo lo alto y a la postre, resulta ser lo mejor de la experiencia.
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25 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil
5
Entre Pintas Anda El Juego.
Una de las películas capitales de los años ochenta. Así la define un tal Miguel Angel Palomo entre hipos, no cabe duda, después de cerrar el último bar. O eso o, vista la buena opinión que se tiene de ella por la red y el aura de culto que arrastra, de nuevo vuelvo a andar perdido, aunque yo abogaría por lo primero, obviamente. Opera prima de Terence Davies y seguramente mi particular hola y adiós a su filmografía. Davies, al que no se le puede negar un estilo y unas intenciones muy particulares, una voz, en definitiva, esboza aquí un drama familiar que parte de la defunción del cabeza de familia para ir desgranando, a base de viñetas y retazos, una estampa de sus risas y sus lágrimas, sus aliolis y sus sinsabores. El primer cargo que le imputaría yo a Davies es el modo que tiene de atiborrar la función de cuatrocientas canciones tradicionales irlandesas e inglesas que acaban por ser más dolorosas que los golpes de Truffaut, ya sea mediante la BSO o mediante los personajes, que parecen vivir inmersos en un continuo musical melancólico, orgullosos de poseer el remedio definitivo para los silencios incómodos y los infortunios, y así se pasan la vida, cantando con una pinta en la mano. O eso es al menos lo que decide mostrarnos Davies, en un claro intento de enternecer al pequeño Shane McGowan que todos llevamos dentro sin tener en cuenta los daños colaterales. Así pues, la voz de Davies consiste en una frialdad dramática, salpicada de ocasionales accesos de comedia aprovechables, ribeteada de melancolía en fosforito, un acentuado sentido estético que asfixia la emoción, y una épica intimista muy inflada, todo ello sacando bastante pecho y con la camisa desabrochada hasta el tercer botón, sin percatarse de que la forma mata al fondo. Como atenuante cabe reseñar que Davies, supongo que consciente de la densidad de su brebaje, ajusta la duración a 80 minutos, cosa que se agradece. Y este es el sabor de la resaca, al menos el mío, por que parece ser que allí donde va triunfa, ya digo. Y en este punto llamo a declarar a Chet, cuya opinión sobre ella en la licorería fue la causante de que descorchara esta botella.
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16 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil