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Tres rostros para el miedo (1960)

Tres rostros para el miedo
Trailer
7,3
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Sinopsis
Böhm interpreta a psicópata que fotografía a sus víctimas mientras mueren; es un hombre profundamente perturbado, cuyo desequilibrio hunde sus raíces en la infancia. Su padre, un científico obsesionado por estudiar las reacciones infantiles ante el miedo, destrozó su psique y lo convirtió en un adulto acomplejado y afectado por una demencia demoníaca. El personaje necesita registrar en imágenes el terror que sienten sus víctimas antes de morir. Por eso ejerce la profesión de fotógrafo, para encubrir sus intenciones y poder satisfacer sus morbosos impulsos sin levantar sospechas. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Reino Unido Reino Unido
Título original:
Peeping Tom
Duración
109 min.
Guion
Leo Marks (Historia: Leo Marks)
Música
Brian Easdale, Wally Stott
Fotografía
Otto Heller
Productora
Anglo-Amalgamated Productions / Michael Powell
Género
Terror Thriller Slasher Asesinos en serie Fotografía Cine dentro del cine
"Un clásico del cine de terror alabado por la crítica que desconcierta al público"
[Diccionario Espasa]
8
Peeping Tom
Contrariamente a lo que suele suceder en la mayoría de thrillers y pelis de terror, “El fotógrafo del pánico” revela la identidad del psicópata asesino (Carl Boehm) a las primeras de cambio.

Poco después, incluso, conoceremos con todo lujo de detalles el trauma infantil que impulsa a Mark Lewis a cometer todos esos macabros asesinatos.

Sin lugar a dudas, lo que para otro cineasta hubiera sido un abismo insalvable constituye para Powell un pretexto creativo tan fascinante como novedoso. Desprovisto de cualquier estrategia intrigante, Powell decide situarse a las antípodas de la lógica hitchcockiana y nos obliga a convertirnos en testigos de excepción de un truculento ‘making off’. Un depravado proyecto que saca a relucir ese ‘peeping tom’ (mirón) que todos nosotros llevamos dentro y que nos hace cómplices de los enfermizos propósitos de Mark.

Estamos, por lo tanto, ante una peli con mucha miga. Las múltiples sinergias que incentivan su visionado resultan tan jugosas que no nos debe extrañar su unánime condición de film de culto. Sus paralelismos con “Frankenstein”, “La ventana indiscreta” o “Psicosis” son notorios, así como su indisociable vinculación con las ‘snuff movies’, pero si en algún aspecto el film de Powell ha contribuido a engrandecer y ennoblecer el bagaje creativo del séptimo arte es en el de la dirección propiamente dicha.

Cedámosle la palabra a Martin Scorsese:

“Siempre he creído que Peeping Tom y 8½ dicen todo lo que puede ser dicho sobre el arte de hacer peliculas, sobre el proceso de llevarlas a cabo, la objetividad y la subjetividad y la confusión entre las dos. 8½ captura el lujo y el disfrute de hacer cine, mientras que Peeping Tom muestra la agresión que hay en ello, cómo la cámara infringe una violación... Viéndolas puedes descubrir todo sobre las personas que hacen cine, o al menos, cómo esas personas se expresan a si mismas a través de las películas”.
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53 de 59 usuarios han encontrado esta crítica útil
7
MORBOSA CINEFILIA
1) En el primer minuto se desactiva la posibilidad de motorizar la película mediante la intriga: el protagonista, Mark, con trenka beige, asesina a una prostituya callejera. Toma subjetiva, a través de una 16 mm que el asesino lleva siempre consigo para filmar a parejas en los parques, a mujeres desvistiéndose cerca de la ventana o a sus aterrorizadas víctimas.
A continuación vemos con el asesino la película del crimen, en B & N, otra vez la misma escena, mientras se presentan los créditos.

2) Minutos después Mark, venciendo su extrema timidez, revela a una bienintencionada vecina su infancia traumática que, en explicación psicoanalítica al uso, contiene todas las claves de su patología: el padre, científico, le utilizaba como cobaya para investigar el efecto del miedo y los sustos en el sistema nervioso, marcándole de por vida, igual que al regalarle una cámara que ya no despegaría de la cara en adelante. Mark lo cuenta a su vecina proyectándole filmaciones domésticas que conserva en su piso. En ellas aparece mientras espiaba a parejas o se despedía de su madre moribunda, o posaba desolado junto a su madrastra.

3) Desde el principio la policía está sobre la pista, y es evidente que no tardarán en caerle encima, con lo que sólo queda una mínima incertidumbre, acerca de si entrará en el punto de mira la angelical vecina, o si la madre de ésta, ciega, alcohólica y medio vidente, descubrirá al criminal.
Por otra parte, el actor protagonista, Bohem, opta por caracterizar a su personaje marcando exclusivamente su carácter solitario y huidizo, su apocamiento sin apenas resquicio para la crueldad inherente a un ‘serial killer’.

4) ¿Dónde está entonces el interés de esta cinta de no-intriga y no-suspense (a diferencia de su coetánea “Psycho”), rechazada en su momento por el público y la crítica? Tal vez en la carga de sentimientos turbios y malsanos asociados en ella al hecho fílmico. Y por si esto fuera poco para volverla carne de cinefilia, hay cine-dentro-del-cine, con la inserción de las películas domésticas; el protagonista trabaja como operador de cámara en unos estudios y se ven diversos momentos de rodajes; redondea el sueldo con fotos porno; tiene un laboratorio de revelado y, según los cineastas que han convertido “El fotógrafo del pánico” en film de culto, subraya el hecho vampírico de la grabación, ese robo del alma que era para los indios la toma de imágenes, esa aniquilación de la persona al capturar su efigie.

5) Powell tiñó la película de una veta emocional perturbadora con visos de confesión o desahogo encubiertos. Dentro de la perceptible turbiedad resulta difícil identificar sus motivaciones, qué rara conciencia culpable, unida al hecho fílmico, descarga en la película, pero sirvan como indicadores las siguientes claves:

-La trenka que usa el protagonista era de Powell.
-El actor que representa a Mark niño es el hijo de Powell.
-El padre de ese niño, que aparece fugazmente, es el propio Powell.
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42 de 49 usuarios han encontrado esta crítica útil