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Río salvaje (1960)

7,2
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Sinopsis
América, años treinta. Chuck Glover (Montgomery Clift) es un funcionario del Gobierno del Valle del Tennessee, encargado de expropiar las tierras ribereñas, cuyos habitantes sufren con frecuencia los devastadores desbordamientos del río. El objetivo es, además de evitar catástrofes, construir una presa hidroeléctrica que garantice el progreso de la región. Pero ese proyecto exige la demolición de las viviendas de una pequeña población y la evacuación de sus habitantes. Y el caso más difícil de resolver es el de una mujer de 80 años (Jo Van Fleet), que se resiste con todas sus fuerzas a abandonar el hogar de sus antepasados. Mientras tanto Chuck se va enamorando de la nieta de la anciana, la bella Carol (Lee Remick). (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Estados Unidos Estados Unidos
Título original:
Wild River
Duración
109 min.
Guion
Paul Osborn
Música
Kenyon Hopkins
Fotografía
Ellsworth Fredericks
Productora
20th Century Fox
Género
Drama Años 30 Vida rural (Norteamérica) Drama sureño
7
Las uvas de la ira del 'New Deal'
Rodeado de un buen número de actores que le resultaban próximos —incluso con Monty Clift había trabajado previamente en teatro— Kazan, pese al batacazo “salvaje” en taquilla que se pegó, filmó una película que más tarde habría de confirmar en repetidas ocasiones como una de las favoritas de su filmografía. Quizás debido a que algunos de los temas fundamentales en su carrera —la temática social de cariz realista (que ya se apunta desde el material documental a modo de introito) y el análisis pormenorizado de personajes y ambivalencia de personalidades— aparecen aquí trazados con mesura y proporción. Incluso el contexto de la América profunda, también obsesión frecuente en su cine ('Baby Doll', 'Esplendor en la hierba'), encuentra en este guion acomodo para explayarse considerablemente.

Para ello se valió de la expresividad de un maltrecho Clift —ya con el accidente y sus adicciones a cuestas— al que daban la réplica las estupendas Lee Remick y Jo van Fleet —enorme en ese sentido la relación de admiración-rivalidad entre ella y Monty— y de una factura muy equilibrada en localizaciones y la fotografía otoñal.

Es interesante, entrando en detalles, observar un guion que sortea las intenciones doctrinarias de proselitismo anti-liberal. Se puede incidir, desde ese punto de vista, en la relación de ese detalle con la voluntad de Kazan de esquivar los excesos emotivos del actors studio. Todo ello se confabula en una puesta en escena carente de sobresaltos y más centrada en captar la belleza tenue del Cinemascope y la contención en las interpretaciones. Quizás esas pretensiones veraces de retrato sociológico de Kazan —seguidor confeso del neorrealismo italiano— son las que consiguen alejar el fantasma del “recado” vocinglero tan recurrente en este tipo de argumentos.

En este sentido, cabría destacar que el personaje de Clift tiene una evolución no enfatizada, una crisis mostrada de manera sobria entre sus obligaciones o convicciones y la realidad que descubre. Esto compensa en parte algunos tramos de estructura de guion de laboratorio tanto en la distribución formal de escenas como en los diálogos academicistas.

Quizás la falta de química entre la pareja protagonista y la ausencia de carisma de un Clift en horas bajas sean elementos que lastran el conjunto. El aspecto físico del protagonista, de hecho, obligó a Kazan a modificar el planteamiento primero de la cinta, convirtiendo al personaje en un tipo inseguro y no el hombre fuerte que tenía pensado. El clásico héroe hollywoodiense que había de enfrentarse a la conjunción de cerrazón y tradiciones de las fuerzas sureñas se convierte en esta cinta en un tipo débil, que se mantiene en sus “trece” más por obligación que devoción.

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26 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Expropiación forzosa
Kazan nos devuelve a la América profunda con su inconfundible narrativa visual, crepuscular, dorada, presentándonos a orillas del río Tennessee una historia de segregación racial adaptada a los ambientes sureños de la época de la Gran Depresión. Una historia, “Río Salvaje”, que bien podría formar parte de una trilogía documental junto a “Esplendor en la hierba” y “Al Este del Edén”. Pareciera que las tres películas se retroalimenten entre sí.

La acción transcurre en el año 1934. Clift, ya reconstruido su rostro tras el accidente de tráfico que sufre en el 1956, es un agente de la Administración del Valle de Tennessee encargado de la expropiación de unas tierras, al que poco menos que toman por el pito del sereno. Kazan pone como nadie de relieve el conflicto o choque de poderes y competencias que se produce entre el gobierno federal de los Estados Unidos (que Monty representa) y las libertades individuales en cada casa, rancho, condado o ciudad. En “Río Salvaje”, se evidencia el tropiezo entre las distintas idiosincrasias de la nación americana: de cómo un puñado de blancos del Sur, deciden la suerte de todos los hombres negros de la región estableciendo a 2 dólares el jornal por día de trabajo mientras sus congéneres blancos recaudarán más del doble o, de cómo una anciana Jo Van Fleet (de apenas 46 años en el rodaje pero a la que caracterizaron de octogenaria) pone en jaque con su declaración de intenciones al mismísimo presidente Rooselvelt. Todo con la Gran Depresión y el New Deal como telón de fondo, tema recurrente en el cine de Kazan.

Clift tuvo ocasión de compartir pantalla probablemente con las cinco intérpretes femeninas más destacadas que dio el cine americano en el siglo XX:
- Katherine Hepburn y Liz Taylor (en “De repente, el último verano”; con la segunda, “su mejor amiga”, repetiría en “Un lugar en el sol” y “El árbol de la vida”)
- con Anne Baxter en “Yo Confieso” de Hichtcock
- Jo Van Fleet (actriz fetiche de Kazan) en esta entrega.
- y con Lee Remick, co-protagonista en “Río Salvaje”, quien, a juzgar por su papel en “Días de vino y rosas”, pasa por completar el quinteto actoral femenino por justicia.

Él, ya menoscabado su aspecto físico y minada su moral, en proceso de autodestrucción, sigue deslizándose por lo que en Hollywood bautizaron como “el suicidio más largo de la historia”. Quizás los problemas personales de Monty ayudaron a dar más convicción a sus personajes desvalidos y patéticos, como es el caso.

Más allá de las tres interpretaciones protagonistas, de altura, sobresalen los secundarios y un guión que continúa siendo tema de actualidad: ¿hemos de claudicar en favor del progreso y en detrimento del medio natural? A juzgar por la expresión de Clift, quien perpetra la expropiación, evidentemente no. Al fin y al cabo, como el mismo confiesa “la peor erosión no es la que causa la tierra sino la que corroe nuestras ganas de vivir”.

Muy buena.
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15 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil