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La torre de los siete jorobados (1944)

La torre de los siete jorobados
Trailer
7,0
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Sinopsis
En el Madrid castizo de finales del siglo XIX, el enigmático fantasma del doctor Mantua revela al joven Basilio la existencia de una ciudad subterránea en la que habitan unos siniestros personajes dedicados a actividades criminales. Basilio consigue dar con la Torre de Los Siete Jorobados, en cuyo interior permanece secuestrada e hipnotizada Inés, la sobrina del difunto doctor... (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ España España
Título original:
La torre de los siete jorobados
Duración
81 min.
Guion
Edgar Neville, José Santugini (Novela: Emilio Carrere)
Música
José Ruíz de Azagra
Fotografía
Enrique Berreyre (B&W)
Productora
Producciones Luis Judez / German López España. Distribuida por Versus Entertainment
Género
Intriga Fantástico Terror Siglo XIX Fantasmas
7
El tiempo en movimiento.
Una cupletista abre esta insólita historia, rodada con el fino sentido de comercial calidad de Neville, de fantasmas y ciudades subterráneas, de espectros y coches de caballos, de carreteras de polvo y sombreros de copa.

Un genial retrato de una época, de un fino costumbrismo solapado entre detalles y laberínticos expresionismos, camuflado en una historia fantástica de corte humilde pese a todo. El folletín, las localizaciones típicas madrileñas, un tono novelesco de misterio español, de personajes muy nuestros, de caracteres que nos son muy cercanos por su naturalidad, humor y hábitos (nunca los personajes cotillean tanto, se prestan tanto al comentario certero por la espalda, con esas ansias de confidencia justiciera, como en una película española). Todo ese ambiente proporciona una amena y extraña, para lo que nuestra filmografía suele ser, película, y nos invita a abandonarnos al regusto del tiempo, el que quiera hacerlo, al reflejo de los años retratados en celuloide quién sabe si con más o menos encanto que la propia realidad otorgó en su día.

Y es que esta película tiene una comicidad muy nuestra, un enfoque de historia de fantasmas de literatura juvenil de bisoña y sugestiva escasez. El sainete, los diálogos… Todo nos retrotrae a nosotros mismos o, mejor, a nuestros antepasados. A esas calles en las que vivieron, a esas calles en las que caminaron y a esas inocentes historias con las que rieron o se emocionaron. Esta cinta es tiempo, más que otra cosa, es un rato pensando en edificios de piedra, coches de caballos, enaguas, pololos, camisas de sarga, enormes portones de madera astillada y llaves de dos palmos… Y lo que todo aquello suponía. El cine siempre ha de tener algo de esto, como los buenos libros. Ha de obsequiarnos con un pedazo de nuestro propio viaje por los años y los siglos; que nos conecte, de alguna manera, con el camino de lo que fue, lo que es y será. El cine ha de ser desgarro y testimonio del tiempo que pasa, que no vuelve (Tiempo Perdido lo llamaron). Más allá de tramas, más allá de taquillas, es lo que queda.

Eso es cine. Lo demás son películas.
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76 de 87 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
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Edgar Neville, amén de mucho más que discreto dramaturgo, demuestra en varias películas, como aquí, sus dotes como director rayanas en lo extraordinario.

He visto críticas que achacan a ésta falta de medios. Pero ¿son mejores los de cualquier otra producción extranjera de más o menos los mismos años? No citaré títulos: están en la memoria de todos.

Aquí, al menos, se mantiene constantemente la intriga. No es cubrir metros de cinta como justificación del pago de una entrada, como en tantas de Karloff o Lugosi. Aquí subyace un hilo argumental siempre interesante. Incluso el artificio está tan bien ensamblado que todas las incongruencias del guión nos parecen hechas a propósito, con lo cual en ningún momento se nos ocurre romper el convenio tácito de creernos todo lo que se nos cuenta. El director ha conseguido, pues, lo más difícil, demostrándonos su maestría.

Además, continuamente destila un humor sorprendente, cercano a lo surrealista, que no pasa de moda. Hay detalles que provienen ya de la novela de Carrere, y otros los inventa. Para las antologías queda aquella escena en que, en plena aparición del fantasma de Robinson de Mantua ante la cama de Beltrán, se introduce por equivocación el espíritu de Napoleón, invocado por la medium del piso de arriba. Ambos espectros se presentan mutuamente y, al abandonar el cuarto, pugnan por mostrarse a cual más amable:

-"Pase usted delante, doctor."
-"No, por favor, majestad, usted primero".
-"Insisto, insisto..."

Es memorable la secuencia del casino de juego, o la de las cenas con la Bella Medusa y su madre. Una imaginativa y épica vena humorística encadena casi sin solución de continuidad ocurrentes sucesos todo a lo largo de la película.

La trama se desarrolla en un momento deprimente de la historia de España. Es el cambio de siglos, el momento de los últimos de Filipinas y de la Guerra de África. Acaba de suceder el revés del 98. La gente viste trajes cochambrosos y se mete en los figones a bailar el chotis y oír a las cantantes malas mientras se emborracha. Ya lo dice la zarzuela de Chueca: "Yo soy un baile de criadas y de horteras / a mí me bailan / las cocineras..." Mientras tanto, medio Madrid ofrece un aspecto lamentable.

La interpretación es adorable. La credulidad candorosa de Inés (Isabel de Pomés) no podía contar con más afortunado rostro para encarnarse, la confusión inocente de Beltrán halla su contrapunto en un Antonio Casal que se hace querer, un jorobado Guillermo Marín nos muestra lo más hipócrita y ambiguo de su rostro... pero Félix de Pomes, señores, está que se sale.

Merecedor de mejor suerte, este filme avanza con los años a pasos de gigante desde su discreto puesto a retaguardia, y acabará colocándose en un lugar destacado entre la antología de la cinefilia mundial. Creo que no tardará demasiado en convertirse en un icono, no ya de nuestro cine fantástico, sino quizás de todo el europeo. Tal vez lo sea ya.
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59 de 64 usuarios han encontrado esta crítica útil