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Padre Pío (TV) (2000)

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Sinopsis
Desde niño, Francesco Forgione ha tenido visiones de la Virgen María, de Jesús y también del Diablo. De adulto, se ordena sacerdote e ingresa en la orden de los Capuchinos con el nombre de Pío Pietrelcina. Pronto se pone de manifiesto que posee unos poderes para los que no hay explicación científica alguna: sana enfermos, conoce el nombre y los problemas de desconocidos a quienes predice el futuro... Cuando, en 1918, le aparecen estigmas en manos y pies, sus devotos seguidores se multiplican. El Vaticano lo acusa de embaucador y le prohíbe ejercer como sacerdote. En 2002, fue santificado por Juan Pablo II, a quien muchos años antes le predijo que llegaría a ser Papa. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Italia Italia
Título original:
Padre Pio (TV)
Duración
200 min.
Guion
Carlo Carlei, Massimo De Rita, Mario Falcone (Libro: Renzo Allegri)
Música
Paolo Buonvino
Fotografía
Gino Sgreva
Género
Drama Religión Telefilm Biográfico
6
Ora Pro Nobis
Fiel reflejo de la vida y obra de un personaje controvertido a caballo entre los divino y lo humano. Una cinta que entretiene, ilustra, sorprende, conmueve y hasta emociona en algunos tramos de la vida de Francesco Forgione (Padre Pío). Su director, Carlo Carlei, no añade nada nuevo que no pueda hallarse en la biografía del Padre Pío, por lo que hasta cierto punto ya el guión estaba escrito antes que se pusieran manos a la obra para rodarla. Mención expresa merece el protagonista, Sergio Castellitto, quien interpreta de forma soberbia, de modo que se haga creíble un papel tan espinoso como el de un religioso que se encamina a ser santo ya en vida. Fantástica caracterización e interpretación, como digo, acompañado por una simpática banda sonora angelical y una ambientación especialmente fiel a los escenarios originales. Película apta para agnósticos, creyentes y ateos. Siempre viene bien algo de historia si el más allá no interesa demasiado.
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11 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
6
¡MENUDO ERA EL PÍO!
Es un filme interesante, hecho para televisión, del género religioso cristiano-católico, que narra la vida de Francesco Forgione o padre Pío (Italia 1887-1968), un religioso capuchino que después de su muerte ha sido beatificado y convertido en santo por Juan Pablo II con el nombre de san Pío de Pietrelcina.

Nos muestra con bastante imparcialidad el carácter visionario y clericalista de este hombre de pueblo metido a franciscano-capuchino. El tipo era de armas tomar, le encantaba pasarse ocho o más horas seguidas en el confesionario, dizque perdonando los pecados de la gente (o más bien enterándose de todas las intimidades de unos y otros), sin duda era un pasatiempo estupendo en un tiempo en que ni la televisión ni el Internet estaban aún ni en la calle ni dentro de la Iglesia. Además, el pío franciscano también era megalómano, le encantaba ser el centro de la parafernalia religiosa y tener a cientos de personas a su alrededor venerándolo o prestándole su tiempo, vista y halagos (cuando decía misa, la hacía durar hasta tres horas y encima se mosqueaba si el público aburrido, cansado y deseoso de que aquel ritual acabase de una vez, no estaba completamente atento y en silencio durante la consagración de la hostia). Sin duda este religioso estaba convencido-enajenado de que en el orden jerárquico tenía primacía la profesión clerical sobre la seglar, así si un seglar lo contrariaba y se ponía muy a la mano le daba un hostión manual en plena cara. O sea todo un clásico ejemplo de clérigo que se corre de gusto cuando le llaman "padre" y que no comulga con la recomendación evangélica de Mateo 23,1-12).

Hay una anécdota en la película en la cual el protagonista habla de esta manera: "En mi pueblo dicen que hay tres cosas inútiles: lavar la cabeza a los burros —aquí añadiría yo, 'sobre todo si son burros necionalistas-catalanes'—, añadirle agua al mar y hablar con los curas." Es decir que él mismo, a veces, reconocía que era un auténticos cabezón, duro de mollera e intransigente hasta el hastío.

Su suerte o vete a saber qué, fue que le salieran estigmas en las manos y éstos le sangraran, con lo cual la beatería crédula empezó a tomarlo por un santo (olvidando ese sabio refrán del pueblo que advierte: "EN SANTO QUE MEA NO CREAS").

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15 de 29 usuarios han encontrado esta crítica útil