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The Cossacks (1928)

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Sinopsis
Adaptación libre de la novela homónima de León Tolstói. John Gilbert interpreta a un joven cosaco que no le agrada la vida de su pueblo, prefiere leer poemas a salir a cabalgar por la estepa. Su padre, lo somete a crueles desdichas para forjar su carácter, inútilmente, porque el muchacho se vuelve cada vez mas rebelde... hasta que ambos son capturados por los otomanos y ahí se demuestra de que madera están hechos. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Estados Unidos Estados Unidos
Título original:
The Cossacks
Duración
92 min.
Guion
John Colton, Frances Marion (Novela: León Tolstói)
Música
Película muda
Fotografía
Percy Hilburn (B&W)
Productora
Metro-Goldwyn-Mayer (MGM)
Género
Drama Romance Cine mudo Melodrama
Grupos  Novedad
Adaptaciones de León Tolstói
7
"LOS HOMBRES LUCHAN, LAS MUJERES TRABAJAN Y, POR ENCIMA DE TODO, DIOS."
Este proyecto de la MGM, uno de los más costosos de su tiempo, no estuvo exento de problemas. El guión de Frances Marion, basado en una novela de Leon Tolstoi, tuvo que ser rehecho en varias ocasiones, hasta el punto de que, en sus propias palabras, acabó bastante “deshilachado”. Su inicial director, George W. Hill, abandonó la película cansado de las exigencias de Gilbert y su partenaire, quienes pedían mayor peso para sus propios personajes, y el realizador fue sustituido por Clarence Brown, quien, como recordamos, ya había dirigido a Gilbert en “El demonio y la carne" junto a Greta Garbo. La relación sentimental de Gilbert con la Garbo aunque explotada taquilleramente en Love (Anna Karenina) no parecía ser del agrado de un celoso Mayer por lo que la elección de la campesina Maryana recayó sobre Renée Adorée quien había compartido cartel con Gilbert en The Big Parade. Puede decirse que fue un acierto y la química entre los dos constituye uno de los mayores activos de la obra.

La historia narra, a mi modo de ver de forma demasiado esquemática, la vida de un pueblo de cosacos, donde “los hombres guerrean con los vecinos turcos, las mujeres trabajan y donde, por encima de todo, está Dios”. La frase entrecomillada no es de mi autoría, sino que se repite en varias ocasiones en los intertítulos de esta “silent movie”. Es precisamente el hijo del líder de los cosacos quien rompe este simple esquema, dedicándose no a la lucha sino a la vida bucólica y contemplativa, especialmente de una de las jóvenes agricultoras amiga suya desde los años de la infancia. Su rechazo de las ocupaciones varoniles le hace ser blanco de las bromas y pullas de sus convecinos, hombres y mujeres, incluso de su amiga Maryana, quien le reprocha no haber matado a diez turcos.

Las cosas cambiarán y Lukashka (Gilbert) demostrará a su padre, a Maryana y al pueblo entero que es un hombre aguerrido y no un “primavera”. Sin embargo, la cosa se complica y entre batallas y batallas Maryana es pretendida en matrimonio por el hijo del Zar quien se ha fijado en esa pequeña comunidad para unir la sangre real con la de otras etnias. El orgullo y los malos entendidos hacen que Maryana acaba aceptando la proposición de su Majestad Imperial partiendo con él hacia Moscú. Una emboscada turca precipitará un final que no les voy a narrar pero que resulta impactante en algunos momentos por su violencia y efectos, como el derrumbe de una montaña dinamitada por los otomanos. Asimismo resultan muy espectaculares las escenas ecuestres de verdaderos cosacos contratados para la ocasión.

Los acontecimientos del 11-N y la exigencia de un tacto exquisito en estas cuestiones han dificultado la exhibición actual de un film “imperfecto”, ciertamente “deshilachado”, que pretende tocar a la vez demasiados palos: el amor, la guerra, la homosexualidad, la religión, la Rusia zarista, etc. pero que, en su conjunto resulta más que correcto, donde me quedaría especialmente con los ojos de Renée Adorée, la profesionalidad del trabajo de Ernest Torrence (padre de Lukashka y líder cosaco) y donde, John Gilbert, un santo del que no soy devoto, está bastante aceptable.
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1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
9
Un amor imposible... de nunca olvidar
Fue, en 1844, cuando el joven Lev Tolstói, comenzó a estudiar Derecho y Lenguas orientales en la Universidad de Kazan. Su familia pertenecía a la antigua nobleza rusa y esto le daba a él oportunidades que muchos otros no tenían. Por estos años, fue que se le vino la idea de casarse y tener un empleo estable. Un día, mientras acompaña a su hermano Nikolai quien debía escoltar un convoy de enfermos, Tolstói conoce a una bella muchacha cosaca que atrae poderosamente su atención. Se llama Marenka… y el inolvidable y extraño idilio que sostuvo con ella, lo rememoraría, luego, en su novela de 1863, “Los Cosacos” (Казаки), la cual publicaría primero en la revista El Mensajero Ruso.

Lo autobiográfico comienza con un joven noble, Dimitri Andreievich Olenin, quien, desencantado de la sociedad que le ha tocado padecer, decide marchar al Cáucaso en condición de alférez. No sabe nada del amor… pero tiene la esperanza de que, quizás allí, pueda encontrarlo.

La novela describe, con objetividad y lujo de detalles, la singular cultura de los cosacos y esto la inscribe en el estilo realista que caracterizaba a los mejores escritores rusos de la época; y también contiene una muy bella historia de amor que la convierte en una novela romántica capaz de emocionar a cualquier alma sensible.

Cuando, la Metro Goldwyn Mayer, decide llevarla al cine, la entrega a la renombrada Frances Marion (The Primitive Lover, Dulcy, Zander the Great…) y ella se ocuparía de estructurar un guion que cambia hechos muy puntuales, y abandonando el realismo tolstoiano, termina convirtiendo la historia en otro cuento mucho más ficticio, pero no menos atractivo. Sin detrimento de lo escrito por Tolstói, confieso que me gusta muchísimo lo desarrollado por ella, y la labor del director, George W. Hill (complementado, según se ha dicho, por Clarence Brown), no sólo consolidaba parámetros para lo que sería el cine espectáculo de la gran industria hollywoodense, sino que apunta a una actitud abiertamente crítica frente a lo aceptado convencionalmente, teniendo muy en cuenta el, por tanto tiempo abusado, rol de la mujer.

La puesta en escena es impecable; los efectos especiales son de primera línea ¡y estamos ante un filme silente de 1928!; en las escenas de acción hay mucha efectividad, contando, además de muy buenos stuntmen, con un cuidadoso manejo de masas; la banda sonora que nos corresponde -contratada por Turner Classics, con Robert Israel, para la copia de alta definición publicada en el año 2014- es imponente… y las actuaciones son muy ajustadas, resaltando, Nils Asther (el magno Olenin), aquí, un osado seductor con un alto carisma. También la francesita, Renée Adorée (Maryanna), asegura el ímpetu de las mujeres con carácter… y, John Gilbert, hace lo suyo, luciendo acorde como el señorito anclado en la infancia, quien, de pronto, se verá impelido a demostrar que es ¡un digno guerrero cosaco!

Adaptada con todas las reglas del cine por excelencia, <<LOS COSACOS>> es una película firmemente pensada para dejar huella. ¡Imperdible!
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