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El luchador (1949)

El luchador
Trailer
7,6
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Sinopsis
Un maduro boxeador en decadencia, para demostrarse a sí mismo que todavía no está acabado, decide seguir boxeando, a pesar de la desaprobación de su mujer. Incluso su propio mánager, convencido de su derrota, apuesta contra él. Obtuvo excelentes críticas por las escenas de boxeo y por la vibrante interpretación de Robert Ryan. (FILMAFFINITY)
Dirección
Reparto
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Año / País:
/ Estados Unidos Estados Unidos
Título original:
The Set-Up
Duración
72 min.
Guion
Art Cohn (Poema: Joseph Moncure March)
Música
C. Bakaleinikoff
Fotografía
Milton Krasner (B&W)
Productora
RKO Radio Pictures
Género
Drama Cine negro Deporte Boxeo Película de culto
8
Vigorosa historia de desolación, derrota y corrupción
Dirigida por Robert Wise, es uno de los mejores films de su etapa de juventud. No se estrenó en España porque la censura rechazó mostrar los manejos de los bajos fondos del deporte. Rodada en estudio y en un estadio de boxeo, se basa en un poema de Joseph Moncure March, publicado (1928) en la prensa. Obtuvo 2 premios en Cannes (el FIPRESCI y fotografía) y fue nominada a un BAFTA (mejor película). Producida por Richard Goldstone, se estrenó el 29-III-1949.

La acción tiene lugar en una ciudad indefinida, símbolo de la ciudad media americana, en 1948, a lo largo de una hora y media. El tiempo cinematográfico coincide con el real, como en "Solo ante el peligro" (1952). Narra la historia de Bill "Stoker" Thompson (Robert Ryan), boxeador, de 35 años, fracasado, que busca desesperadamente un triunfo que le permita resolver la precariedad de su vida. Su esposa Julie (Audrey Totter) desea su retirada. El entrenador de Stoker, convencido de su derrota coviene por dinero (50 dólares) la seguridad de la misma con el mafioso "Little Boy" Jo (Alan Baxter). Durante el combate el púgil sospecha la existencia del "tongo", contra el que se rebela luchando con fiereza.

La película, a modo de documental, muestra el submundo del boxeo, en el que se mueven personajes turbios y corruptos, que amañan combates con la vista puesta en las apuestas, los beneficios y el interés propio. El colectivo de púgiles incorpora jóvenes promesas de barro, campeones de poca monta, veteranos derrotados y personas sumidas en la marginación y la exclusión social. Stoker es un hombre honesto, de trayectoria profesional mediocre, que nunca ha cedido ante la corrupción. Se halla en un momento especialmente dramático, que suma la soledad en la que se halla ante la esposa, la angustia de un combate difícil, la esperanza de poder ganarlo y su rebelión contra las sospechas del "tongo" convenido por el entrenador a sus espaldas. Todo ello se concentra sobre el que puede ser su último combate.

La música ofrece melodías de baile procedentes de los locales jóvenes de las calles que recorre Julie. Alcanza su punto culminante cuanto Stoker es víctima de una agresión y la cámara deja la escena fuera de campo para enfocar las sombras proyectadas sobre un muro de un grupo instrumental que interpreta una composición estridente y distorsionada. La fotografía desarrolla una narración visual de excelente factura, basada en planos próximos, combinaciones de tomas del combate y de espectadores ávidos de sangre, subrayados visuales efectistas, etc. Las escenas de lucha son de gran realismo. El guión crea un crescendo dramático absorbente y da a la figura de Stoker una densidad humana admirable. La interpretación de Ryan, en uno de sus escasos papeles protagonistas, es soberbia. La dirección construye un relato intenso, dotado de buen ritmo y gran vigor.

Una de las mejores películas de boxeo de la época clásica. De ella tomó numerosos elementos Martin Scorsese en "Toro salvaje" (1980).
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37 de 38 usuarios han encontrado esta crítica útil
8
Músculos, ética… y huevos
Unos meses atrás tuve la fortuna de ver por primera vez “Incidente en Ox-Bow” y constaté, no sin cierta sorpresa, que rematar un peliculón como el de Wellmann en 72 escasos minutos era una tarea difícil pero no imposible. Ayer mismo, sin embargo, mi estupor fue un poco más allá al comprobar que Robert Wise había conseguido batir esa extraordinaria marca finiquitando “Nadie puede vencerme” en unos productivísimos segundos menos. Impresionante.

Wise, por si fuera poco, había rodado su peli en tiempo real. Contando de forma impecable todo lo que le ocurría a un maduro y honesto boxeador de segunda fila desde las nueve y cinco hasta las diez y veinte de la noche. Incluyendo en ese lapso de tiempo, además, un durísimo combate que dura -ojo al dato- 18 minutos. 18 intensos y larguísimos minutos durante los cuales podemos contemplar a dos hombres castigándose despiadadamente en un cuadrilátero. Sin cámara lenta, ni salpicaduras sanguinolentas, ni ostias en vinagre. Solo dos hombres frente a frente. Cuerpo a cuerpo. Sin concesiones. No me extraña que a Scorsese se le cayeran los huevos al suelo viéndola. Ni un pelo.

“Nadie puede vencerme” no es, aún así, una simple peli sobre boxeo. Ni una notable muestra de cine negro tan sólo. Yo diría, más bien, que “Nadie puede vencerme” es, fundamentalmente, una peli sobre perdedores. De las buenas. De las que me gustan. Como “Casablanca”, “El buscavidas” o “Fat City”. Pelis que te dejan hecho polvo pero que te ayudan, en cualquier caso, a ver la vida de otro modo. Pelis que te ayudan a madurar. Y a decidir, obviamente, qué golpes debes encajar y cuáles devolver.
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35 de 37 usuarios han encontrado esta crítica útil